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Parana » Inventario22
Fecha: 10/04/2026 12:37
La relación entre violencia y política es un debate actual A 50 años del golpe de Estado, la doctora en Ciencias Políticas revisa críticamente el accionar de las principales organizaciones de la época. Además, reflexiona sobre la biopolítica en las democracias autoritarias del presente, las prácticas de memoria y las resistencias locales. En diálogo con Página/12, la autora de Poder y desaparición: Los campos de concentración en la Argentina; De matar a dejar morir. Biopolíticas de selección de la vida; y Política y/o violencia. Algunos aprendizajes de los años setenta (Siglo XXI, 2026), entre tantos otros, recorre los consensos del Nunca Más, las memorias vivas, las derrotas, las resistencias locales y esas violencias contemporáneas que ya no siempre exterminan de frente, sino que también seleccionan, abandonan y dejan morir. --A medio siglo del golpe de Estado en la Argentina, ¿qué surge cuando recuerda aquellos años? --Lo que me impacta mucho es el número 50. Ha pasado medio siglo y, sin embargo, lo que vivimos está tan fresco y tan cercano, que me invita mucho a pensarlo en términos de mediano y largo plazo. Es una buena oportunidad para pensar esos 50 años como un proceso más largo y reflexionar sobre lo que pasó previamente para que pudiera ocurrir lo que ocurrió en 1976, así como pensar qué elementos conectan distintos momentos de nuestra historia. --¿Qué elementos conectan estas cinco décadas? --Hace 50 años estábamos en un modelo de organización del poder diferente, tanto a nivel nacional como internacional. La represión y las desapariciones forzadas que existieron en los años 70, no solamente en Argentina sino en otros países de América Latina, tienen que ver con las características de aquella forma de organización del poder y con las luchas políticas que buscaban alternativas políticas a este modelo capitalista. Esas experiencias fueron abordadas por los Estados con la lógica de un enemigo a exterminar. En particular para Estados Unidos, abortar esos proyectos era un prerrequisito para ganar la Guerra Fría, en el contexto de un mundo bipolar. Hay diferencias entre el mundo de esa época y el actual en las formas de organización del poder internacional e interno. --¿Cómo cambió la organización de ese poder? --En los años 70, la organización del poder político estaba muy concentrada en un Estado vertical, descendente y relativamente homogéneo. Ahora, la organización del poder es diferente. Tenemos un Estado, pero el poder político está muy atravesado por el poder económico, principalmente de las grandes corporaciones legales e ilegales; es un Estado mucho más fragmentario. Y también hay elementos que están presentes desde antes del 76. --¿Cuáles, específicamente? --El autoritarismo, por ejemplo, es un elemento que se ha venido regenerando, replicando y potenciando. Ya en el siglo XIX, la Campaña del Desierto fue un proceso de limpieza étnico organizado desde el Estado y ejecutado por el ejército. A partir de allí, hubo distintos momentos de irrupción del ejército como núcleo duro del Estado produciendo y diseminando distintas formas de lo autoritario y de la violencia política en toda la sociedad. Ahí hay un ADN desde el origen del Estado que se va replicando, modificando, y también reformulando, pero que será una constante desde la creación del Estado a lo largo de todo el siglo XX, reforzado con la irrupción del poder militar en la vida política que, además, contó con el apoyo y la anuencia de distintos sectores de la sociedad civil. Esos hilos autoritarios llegan hasta el presente. --De ahí que usted hable de democracias autoritarias. --Lo que vemos en los llamados tránsitos a la democracia es un componente popular muy relativo. Se configuran democracias principalmente liberales, en tanto se accede al gobierno a través de un proceso electoral, pero no mucho más. Son democracias muy limitadas porque no hay otras instancias de participación ni cuidados de la representación, en tanto componentes centrales de la democracia. En ellas persiste y se replica la lógica autoritaria, que no se basa solo en lo militar, sino en la propia organización de la vida y de la política como campos binarios. Un campo se reivindica como propio, mientras que el otro es construido como peligroso y menospreciable, para ser exterminado, desaparecido o desconocido. --En este escenario que describe, ¿cómo analiza el pedido de memoria completa que aparece en los discursos de algunos sectores? --Nuestra sociedad se divide muchas veces según esta lógica binaria pero la sociedad es más compleja que eso, aunque haya una tendencia a la polarización. Creo que los consensos en general, como el Nunca Más u otros, son siempre provisionales; funcionan durante un cierto tiempo y luego se ponen en cuestión, son rediscutidos y reformulados. Creo que es parte del juego político el que algunos consensos perduren durante un tiempo y luego requieran de una reformulación. Hay que aprovechar eso como una oportunidad para airearlos y volver a pensar cómo plantear qué es lo que una sociedad no puede permitir desde las coordenadas del presente y cómo construir una memoria que haga sentido en función de los desafíos reales de este momento. --En Política y/o violencia. Algunos aprendizajes de los años setenta, usted habla de la fidelidad de la memoria y de no dejarla como un recuerdo seco. ¿A qué se refiere con ello? --El sentido de la memoria es responder a los desafíos del momento presente. No podemos hablar de memoria sino de memorias, en plural, porque una de las características de la memoria es la coexistencia de relatos que son diversos y, en muchos casos, incluso contrapuestos. En la medida en que las prácticas de memoria dan lugar a esos relatos, que articulan distintas perspectivas de lo vivido, se pueden construir formas de comprensión más complejas. El relato se articula con las necesidades del presente y por eso se modifica sin perder fidelidad. --¿Cómo se modifica la memoria? --Lo que se recupera de la experiencia pasada es su sentido. Según el momento en el cual rememores esa experiencia, se recupera y se le da relevancia a cuestiones diferentes, porque lo que se transmite no es la literalidad de un relato. Cuando uno repite la literalidad del relato, el relato se seca, pierde vida y deja de ser significativo, sobre todo para las generaciones jóvenes. La memoria se mantiene viva en la medida en que se la discute y el relato se ancla en las urgencias del presente; es desde el presente que se mira a ese pasado. Por ejemplo, lo que hay que ver es qué se desaparece hoy, cómo se recurre a la desaparición hoy y a quiénes se desaparece. Es desde ahí que hay que anclar la memoria para hablar de los setenta. --¿Cómo surge Política y/o violencia? --Este texto tiene que ver con mi propia historia personal y política. Yo necesitaba entender qué había pasado en el país y qué (nos) había pasado a las organizaciones revolucionarias con la práctica política de esos años, qué había pasado en los centros clandestinos, cómo entender todo aquello más allá del horror. Porque el horror te inmoviliza y no te deja pensar. Política y/o violencia surge a partir de esas discusiones; aunque la relación entre violencia y política es un debate también actual. --¿Cuáles son esos nuevos formatos de violencia que conectan con el pasado? --En De matar a dejar morir trato de mostrar que hoy también existen formas de violencia terriblemente lesivas: en lugar de matar de manera directa a ciertos grupos poblacionales se abandona a su suerte a grandes masas de la población. Eso tiene un costo altísimo en vidas humanas y en las condiciones de vida, pero asume otra modalidad: una forma que podríamos llamar más económica, lo cual no es casual en medio de un neoliberalismo tan atravesado por el rendimiento y el mercado. --¿En qué medida la violencia atenta contra la política? --La violencia es parte constitutiva de la política. Tenemos instalada una idea muy contractualista, como si hubiera un contrato que unos sujetos han firmado de manera voluntaria y un derecho que protege ese acuerdo. Nada más lejos de las relaciones políticas que eso. Hoy lo que está en el centro del neoliberalismo es la explotación, la exclusión y distintas formas de un sistema político muy injusto y excluyente. El derecho no guarda un orden pacífico, mantiene un orden terriblemente violento. Hablar de política necesariamente implica hablar de violencia en sociedades que están basadas en la explotación, la exclusión y el exterminio. El relato institucional nos dice que el derecho pacifica y que, por lo tanto, la única violencia legítima es la del Estado. También afirma que cualquier forma de violencia que no sea la estatal es idéntica al terrorismo. Todo eso es falso. --Política y/o violencia subraya la necesidad de distinguir entre violencias de dominación y violencias de resistencia. ¿En qué se diferencian? --No se puede hablar de la violencia en general; es necesario hacer distinciones entre las violencias. El terrorismo es el intento de controlar a una población por la vía del terror, de una violencia sistemática muy intensa y sostenida; porque no cualquier violencia genera terror. Por eso, el principal terrorista casi siempre es el Estado, que tiene la capacidad de desplegar violencias tan masivas, intensas y prolongadas en el tiempo. Esa es una violencia muy específica y distinta de las resistencias. Hay que recordar que el derecho a la resistencia contra la tiranía o la usurpación de la soberanía ha sido reconocido incluso por los pensadores liberales, como John Locke. Es el derecho de las sociedades a resistir a la injusticia. --En su nueva edición, el libro señala el verticalismo y la persecución a la disidencia dentro de los grupos guerrilleros. ¿Por qué considera necesario hacer esa revisión? --Es clave salirnos de lo binario. Cuando identificamos el proceso que se inaugura con el golpe de 1976 -con mecanismos claros de desaparición de lo disfuncional y de exterminio instalados en el Estado-, vemos que ese proceso tiene un reflejo, un impacto y una penetración en distintos ámbitos de la vida social. Esto se replica de diversas maneras y con distintas responsabilidades. En ese contexto, para crear algo diferente y poder hacer una crítica verdadera de lo autoritario, es fundamental escracharnos, en el sentido de ser capaces de mirar en nuestras propias prácticas, como actores sociales y políticos, cuáles son los elementos de lo autoritario que se replican en ellas. Creo que esa es la única forma de comprender. Se replicaron prácticas autoritarias en la Iglesia, en los grupos económicos de la época, en la sociedad civil, en los partidos políticos y también en las disidencias. Es fundamental observar los rasgos autoritarios de los otros, pero también los propios, que son los que podemos modificar. Estos procesos del pasado iluminan el presente porque allí hay elementos que siguen latentes -e, incluso manifiestos- y que se reproducen socialmente. La reflexión sobre los años 70 muestra tanto fallas como apuestas de la política que pueden estar vigentes hoy. --¿Cuáles son estas apuestas a las que alude? --Apostar por el tránsito hacia una sociedad diferente fue central en los años 70, pero tras la derrota brutal quedó prácticamente cancelada. Hoy esa posibilidad vuelve a latir: ¿qué formas de lo social y lo político podrían abrirnos a otra realidad? Eso está en la apuesta de los 70 y creo que es una pregunta que podemos reformular hoy. El cuestionamiento de la violencia estatal como la única violencia legítima creo que también está vigente, en el contexto de una palabra incómoda que casi siempre se evita: derrota. --¿Por qué incómoda? --En los años 70 hubo una apuesta en Argentina, América Latina y en el mundo por construir formas alternativas al capitalismo, que fueron derrotadas y desechadas como improcedentes. Eso dio lugar a una nueva fase de concentración de la riqueza y de la violencia; a formas de dominación que, cuanto menos contraposición tienen, más se profundizan. Por eso importa recuperar la preocupación de los 70 por encontrar formas alternativas a este capitalismo criminal. --¿Con qué tiene que ver la resistencia? --Con la desobediencia, con la contestación, con salir de lo que se impone normativamente. La idea de que la única violencia legítima es la del Estado merece ser discutida y repensada. Existe la experiencia de violencias que intentan rebasar la violencia estatal, poder contra poder, y suelen terminar en el exterminio. Pero también hay formas de resistencia que se orientan a detener, a poner un freno a las violencias estatales y corporativas terriblemente destructivas. Es imprescindible frenar estas violencias que hoy ponen en peligro a la vida misma. Cuando surgen acciones, por ejemplo, en la defensa de los territorios o del agua, la resistencia directa en su contra tiene toda la legitimidad. No se trata solo de una política injusta, sino de una política que amenaza la vida misma. --En De matar a dejar morir, uno de sus últimos trabajos, desarrolla la idea de biopolítica. ¿Qué formas adopta este concepto en la actualidad? --La biopolítica asume que hay vidas que se generan y se protegen a costa de otras vidas que se abandonan. Cuando miramos algunas de las prácticas más brutales del siglo XX, como fue el genocidio nazi, encontramos prácticas biopolíticas porque hay un Estado que decide que ciertas vidas son irrelevantes y, por lo tanto, las extermina. Este es un costado de la biopolítica que tiene que ver con matar de manera directa a determinados grupos, es el costado tanatopolítico. En algún sentido, lo que tenemos en los años 70 aquí es lo mismo, solo que ese otro al que se extermina, se desaparece, es un otro político en lugar de un otro racial. Hoy hay enormes masas de población consideradas irrelevantes y literalmente abandonadas a la muerte: grandes grupos de migrantes, pueblos indígenas, sectores pobres de nuestras sociedades. Esta es la forma más propia de la biopolítica, que no se caracteriza tanto por matar directamente, sino por abandonar y dejar morir. --¿Dónde encuentra hoy las alternativas de organización política y social? --Hoy tenemos violencias estructurales, violencias represivas, violencias institucionales articuladas con redes criminales y, por lo tanto, protegidas, pero este poder tan concentrado y violento también tiene un tiempo de vencimiento. En la historia, hemos aprendido que aun los proyectos más pretenciosos y soberbios tienen un tiempo limitado de duración: presentan muchos ángulos débiles, y se van desgastando porque las sociedades no permanecen inmóviles. De distintas maneras, van encontrando recorridos para enfrentarlos, para resistir de manera lateral o incluso para sobrevivir de manera subterránea y esperar una mejor oportunidad. Hay muchos colectivos que se plantean otras formas de organización, de participación, de hacer política, de crear y construir sociedad. Son luchas de carácter local pero eso no las hace menos relevantes. Me parece que hay que mirar con mucho respeto a las resistencias locales; probablemente de allí vendrán las nuevas formas de la política.
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