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» Clarin
Fecha: 10/04/2026 08:39
El profesor Luceno sabía que llevaba las de perder en el debate de aquella mañana, en el Salón del Árbol, de la Universidad del Ande. Reunían a los profesores de Ciencias Políticas, Historia y Sociología, con otros tantos académicos, ensayistas e interesados. Un ramillete de periodistas cubría el evento. Incluso en Norteamérica le hubiera costado cara a Luceno su posición. Mucho más en aquella remota Universidad de aquella perdida provincia de un país sudamericano. El paisaje era maravilloso y Luceno lo apreciaba. Pero si sus colegas, en una metáfora, formaran parte del entorno, serían considerados como ripios hostiles, relieves riesgosos, fauna peligrosa. Le ocurría en casi todas las casas de estudio del ramo. Para Luceno, Nixon había sido un eximio presidente norteamericano. Y el Watergate, un delito no tan grave, por el que había pagado un precio desproporcionado. Según Luceno, Nixon había retirado razonablemente a la mayor parte de las tropas norteamericanas de Vietnam, sin recrudecer la guerra ni provocar una derrota; incluso firmando un acuerdo de paz con los comunistas de Hanoi, frágil pero maniobrable. Había distendido la estrangulada rivalidad con los soviéticos -siempre al borde de la tragedia nuclear-, sin renunciar a la defensa de los intereses de las democracias liberales. Y había reanudado las relaciones con la China de Mao -en el abismo desde la revolución de 1949-, generando a su vez, a partir de este movimiento audaz e imprevisto, una alquimia de paz entre rusos, chinos y americanos; nuevamente, sin bajar los brazos en defensa de la expansión de la democracia, gradual, por momentos imperceptible, pero constante y consistente. Efectivamente, Nixon había plantado una de las piedras basales del triunfo en la Guerra Fría. Además, había lanzado la primera expedición tripulada a la Luna, con alunizaje incluido. En contraste con esos logros, la irrupción de un grupo de espías en el cuartel general demócrata de Watergate, en un evento ilegal que no había dejado víctimas ni mayores daños, no calificaba como un pecado mortal que ameritara la primera renuncia de la Casa Blanca en toda su historia. Indudablemente Kennedy había cometido transgresiones aún peores, pero contando con una mucho mayor consideración por parte del establishment norteamericano. No había dos periodistas durante el mandato de JFK que hubieran seguido con suficiente rigor alguna de sus defecciones. Watergate era una tragedia, no por el suceso en sí, si no por lo que había costado. No había modo de defender a Nixon de esa acusación, pero el sentido común clamaba que el castigo había sido insensato. Pocos años después de su renuncia, no más de un lustro más tarde, Nixon regresó al ruedo como pensador, escritor y asesor. Su mirada geopolítica continuó igual de lúcida que cuando estaba en el poder, ahora con la ventaja de la observación calma que permite el llano. Nixon desde su casa continuó compartiendo ideas, que desde la Casa Blanca pacificaron al mundo durante su mandato, y desde su propio hogar aportaron discretas pero consistentes direcciones para una generación en perpetuo estado de desconcierto, como todas. Esa era a grandes rasgos la postura del profesor Luceno para el debate inminente, sobre el lustro 1970/1975 en USA, coincidente con la nueva visita espacial a la Luna que habían lanzado los americanos. Los implicados pasaron al Salón del Árbol de la Universidad del Ande. Pero el profesor Luceno no se hubiera imaginado que, como parte de la comitiva de exponentes, se encontraría Clarisa, su ex esposa. La joven -todavía lo era, no debía pasar los cuarenta-, llegaba en compañía de Lin Fua, el filósofo chino, exiliado en California desde mediados de los '90, pero con un leve halo de simpatía provocativa por el maoísmo, a la manera de Zizek por el comunismo clásico. El chino ya debía estar bien pasados sus 60, pero parecía bastante más vivo que Luceno. Ese cuerpo había sido sobradamente trabajado en el gimnasio, con el tiempo libre que le deparaba la fama, anabólicos, y el dinero que le proporcionaba la venta de sus libros ... (y algo que aparentemente se había robado también de su ciudad china natal, de la cual Luceno no recordaba el nombre). ¿Cómo se habían conocido con Clarisa? Luceno lo ignoraba, pero ella lo había dejado por el filósofo. En algún lado Luceno había leído que Lin Fua era de Manchuria, pero no se acordaba el gentilicio. ¿Manchuriano? ¿Manchés? La única vez que había escuchado al respecto era el título de la película El hombre de Manchuria, sobre un candidato a presidente norteamericano que en realidad era un agente de los chinos, al que le habían lavado el cerebro previamente. Por entonces, se temía mucho más al lavado de cerebro que pudieran ejecutar los chinos, por medio de técnicas tales como la gota que horada la frente, que a los rusos en ese rubro. Plena guerra fría. Nixon había sido uno de los pensadores preclaros que había logrado diseccionar la histeria anticomunista del peligro real que los comunistas concretos, dirigidos por Moscú o Pekín, representaban efectivamente para el mundo libre. El extremo opuesto era el senador McCarthy. Manchú, gritó por fin la memoria de Luceno, al ver entrar al filósofo oriental tras Clarisa, como si ella fuera su asistenta, que preparaba el terreno para su elegante andar. Aunque Clarisa, lo supo por chequear el programa al verla, también estuviera anunciada como participante. Uno de los expositores que seguramente se ensañaría con Luceno era el profesor/historiador putinista ruso, Mario Piokopov. Luceno no alcanzaba imaginarse el por qué del nombre prosaico en español del especialista. Era como si Lenin se hubiera llamado Pepe. En fin, Mario Piokopov aseveraba que el 11 de septiembre de 2001, el derribo de las torres gemelas por parte de Al Qaeda, había sido una operación concertada entre Bin Laden y los norteamericanos desde que la URSS invadiera Afganistán en 1979. El sólo hecho de que permitieran a semejante orate participar de un debate académico le resultaba a Luceno la prueba de la decadencia de la epistemología de las ciencias sociales en el siglo XXI. Los profesores, académicos, historiadores y ensayistas se disgregaron a lo largo de una mesa ovalada, de alguna madera o fórmica lustrosa, rodeados por una circunferencia de butacas, en su mayor parte ocupadas, por periodistas, asesores y público especializado. Un pájaro desconocido graznó a la distancia, desde el imponente silencio de los picos nevados. La primera exclamación, como un estornudo apagado, llegó de una de las butacas. Luego, alguno de los integrantes de la mesa oval miró su celular con aprensión. Gradualmente, como si fuera una de esas grandes chorradas de una serie de streaming, la totalidad de los asistentes compartía una noticia que se difundía por distintos medios: el filósofo chino Lin Fua era acusado de haber plagiado su libro más exitoso, La Parábola de Platón. Aparentemente, se lo había birlado a Renzo Grafo, el no menos relevante filósofo italiano, que había dejado una carta contando post mortem el crimen intelectual. Clarisa, secreta pareja de Grafo, previo a su noviazgo con el manchú, había sido cómplice de Lin Fua en el desfalco. Grafo acababa de fallecer, no se sabía si envenado o de una enfermedad incurable. Este relato concluirá la próxima semana. Sobre la firma Newsletter Clarín
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