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» Clarin
Fecha: 10/04/2026 07:46
Por momentos, la exploración espacial parece un problema resuelto. Las trayectorias están calculadas con una precisión asombrosa, la física orbital se domina con elegancia matemática y las naves como la cápsula Orión de la misión Artemis II pueden viajar a velocidades cercanas al umbral de escape terrestre, apoyándose en maniobras tan sofisticadas como la trayectoria de retorno libre, donde la gravedad de la Luna actúa como un punto de giro perfecto para devolverlas a casa sin necesidad de motores . Sin embargo, detrás de esa aparente conquista tecnológica, se esconde un límite mucho más difícil de superar: el del propio cuerpo humano. La misión de Orión parte del programa Artemis es, desde el punto de vista ingenieril, una obra maestra. Está previsto que el reingreso de la cápsula a la Tierra empiece este viernes a las 20.53 (hora argentina) y que el amerizaje (splashdown) sea a las 21.07 en el océano Pacífico, cerca de la costa de San Diego, Estados Unidos. La nave es capaz de moverse a velocidades cercanas a los 40.000 km/h, lo suficiente para escapar de la influencia gravitatoria inmediata de la Tierra y quedar atrapada en la dinámica del sistema Tierra-Luna. Todo está diseñado para que incluso en escenarios de fallo, la nave pueda regresar: la gravedad lunar la curva como una honda gravitacional y la envía de vuelta hacia nuestro planeta en un búmeran cósmico. Pero mientras la física orbital ofrece soluciones elegantes y robustas, la biología humana sigue siendo un territorio lleno de incertidumbres. En el espacio profundo no hay amaneceres ni atardeceres. No hay una señal natural que le diga al cuerpo cuándo dormir, cuándo despertar, cuándo producir hormonas o cuándo bajar la actividad. Y sin embargo, todo el organismo humano está construido alrededor de ese ritmo: el ciclo circadiano. El problema del ciclo circadiano en el espacio Dentro de la cápsula Orión está el Sistema de Iluminación de la Cabina, que aborda este problema con una estrategia tan artificial como indispensable. La nave simula el paso del día mediante sistemas de iluminación programada que modifican intensidad y temperatura de color a lo largo de la jornada. Durante las horas de mañana, la luz es más intensa y azulada, diseñada para inhibir la melatonina y activar el organismo. A medida que avanza el día, la iluminación se vuelve más cálida y tenue, hasta llegar a una noche controlada, donde la oscuridad o la baja intensidad permiten que el cuerpo inicie el descanso. A esto se suma una disciplina estricta de horarios, regulación de temperatura en la cabina y, si es necesario, apoyo farmacológico. Todo está cuidadosamente diseñado para engañar al cerebro y sostener un ritmo biológico que, en ausencia de señales naturales, tendería a desorganizarse rápidamente. Pero el sistema no es perfecto. Los astronautas suelen regresar con alteraciones del sueño que pueden persistir durante semanas. Incluso en la Estación Espacial Internacional, donde el Sol aparece y desaparece 16 veces por día debido a la velocidad orbital, los tripulantes deben aprender a ignorar completamente lo que ven por la ventana. El cuerpo humano, simplemente, no fue diseñado para ese entorno. Este problema aparentemente menor se vuelve crítico cuando se proyectan misiones de larga duración. Desde el punto de vista tecnológico, viajar a Marte ya no es una fantasía. Saben cómo hacerlo. La Nasa puede calcular trayectorias, optimizar combustible, diseñar sistemas de soporte vital y aprovechar la mecánica orbital con una precisión extraordinaria. El verdadero obstáculo no es llegar, sino sostener la vida humana durante el viaje. Los límites biológicos del viaje a Marte Una misión a Marte implicaría más de tres años en total. Meses de viaje en microgravedad, una larga permanencia en la superficie marciana con una gravedad equivalente al 38% de la terrestre y luego el regreso. Durante ese tiempo, el cuerpo humano experimenta transformaciones profundas. La ausencia de gravedad afecta los huesos, que pierden densidad de manera acelerada. Los músculos se atrofian, incluido el corazón, que ya no necesita trabajar contra la gravedad terrestre. Los fluidos del cuerpo se redistribuyen hacia la cabeza, generando presión ocular y problemas de visión, algunos de ellos permanentes. El sistema inmune se altera, y virus latentes pueden reactivarse. A esto se suma el impacto psicológico del aislamiento, el confinamiento y la distancia extrema de la Tierra. El ejercicio diario, obligatorio para los astronautas, logra mitigar algunos de estos efectos, pero no los elimina. Es una solución parcial frente a un problema estructural. En el fondo, el desafío es evolutivo. El cuerpo humano es el resultado de millones de años de adaptación a un entorno muy específico: la gravedad terrestre. Cada sistema fisiológico está optimizado para funcionar en ese contexto. Al sacarlo de allí, no es que el cuerpo falle; es que continúa funcionando según un diseño que ya no coincide con el entorno. Por eso, aunque la tecnología permita viajar cada vez más lejos, el límite biológico sigue siendo incierto. Se investigan posibles soluciones, como la generación de gravedad artificial mediante rotación, trajes que simulen carga gravitacional o tratamientos farmacológicos que reduzcan la pérdida ósea. Sin embargo, ninguna de estas alternativas resuelve todos los problemas al mismo tiempo. La paradoja es evidente. Podemos calcular con precisión cómo una nave recorrerá cientos de miles de kilómetros, cómo la gravedad de la Luna la redirigirá en el momento exacto y cómo regresará a la Tierra con el ángulo justo para sobrevivir al reingreso. Pero no podemos garantizar que el cuerpo humano soporte sin consecuencias ese mismo viaje. La exploración espacial, entonces, ya no es solo un desafío de ingeniería. Es, sobre todo, un desafío biológico. Y mientras las ecuaciones que gobiernan las trayectorias están resueltas con elegancia, las que gobiernan el cuerpo humano en el espacio todavía están abiertas. Orión puede ir y volver. La pregunta es en qué condiciones lo harán quienes viajen dentro. MG Sobre la firma Newsletter Clarín
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