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  • Trump, contra sus propios generales

    » Clarin

    Fecha: 10/04/2026 07:38

    En la conducción de la guerra, los nombres importan. Pero mucho más importan las razones detrás de su reemplazo. La salida del general Randy A. George, Jefe del Estado Mayor del Ejército de Estados Unidos, en pleno contexto de escalada con Irán, no puede interpretarse como un simple recambio administrativo. Se produce en un momento de máxima tensión operativa, con opciones militares de alto riesgo sobre la mesa y con un debate interno que expone diferencias profundas dentro del propio sistema de defensa. En ese marco, adquieren relevancia las versiones que vinculan su desplazamiento con una posición contraria a una eventual invasión terrestre a Irán. Una hipótesis que, aun sin confirmación oficial, resulta plenamente consistente desde el punto de vista estratégico. El costo de ignorar a los profesionales Irán no es Irak ni Afganistán. Es un Estado con profundidad territorial, capacidad militar relevante, experiencia en guerra híbrida y una red de aliados y milicias desplegadas en toda la región. Una operación terrestre implicaría no sólo un alto costo militar, sino el riesgo cierto de una escalada regional de consecuencias imprevisibles. Advertir sobre esos riesgos no es debilidad, es profesionalismo. Pero este no es un hecho aislado. El antecedente del relevo del Almirante Alvin Holsey, al frente del Comando Sur, refuerza la percepción de un patrón: la remoción de mandos que habrían planteado objeciones a decisiones operativas impulsadas desde el poder político, en ese caso vinculadas a acciones contra embarcaciones sospechadas de narcotráfico que derivaron en denuncias de extrema violencia. Más allá de los detalles, lo relevante es la tendencia. El sistema de defensa estadounidense ha sido históricamente eficaz no sólo por su poder material, sino por la calidad de su proceso de toma de decisiones. Un proceso basado en un equilibrio esencial: el poder político define los objetivos, pero el asesoramiento militar profesional establece límites, riesgos y condiciones. Cuando ese equilibrio se rompe, el sistema se degrada. El problema no es la decisión política que siempre es soberana sino la desestimación sistemática del consejo profesional. Cuando se releva a quienes advierten sobre los riesgos, el mensaje es claro: el criterio técnico deja de ser un valor. Y eso tiene consecuencias. El estilo de liderazgo que muestra Donald Trump parece profundizar esta lógica. La centralización de decisiones y la tendencia a desoír advertencias reducen los márgenes de análisis y debilitan los mecanismos que históricamente evitaron errores estratégicos mayores. La historia es contundente: el poder sin contrapesos se equivoca. En Estrategia, la superioridad no garantiza la victoria. Y menos aún una victoria sostenible. Vietnam, Irak y Afganistán son prueba suficiente de que el éxito militar inicial no asegura resultados políticos duraderos. Pero existe un riesgo mayor: la victoria pírrica. Triunfar en el campo de batalla puede implicar un costo tan alto en vidas, recursos y estabilidad que termine debilitando al propio vencedor. El actual enfrentamiento con Irán se acerca peligrosamente a ese escenario. Debilidad interna, aislamiento externo y ventaja para China En ese mismo contexto, comienza a evidenciarse el deterioro del respaldo político interno y externo de la administración Trump. Distintas encuestas reflejan una caída sostenida en sus niveles de aprobación, incluso dentro de su propia base electoral. Sectores del movimiento MAGA, tradicionalmente alineados con su liderazgo, comienzan a manifestar incomodidad frente a una política exterior que perciben errática y potencialmente costosa en términos humanos y económicos. A ello se suma un progresivo distanciamiento de aliados históricos, donde la falta de previsibilidad y la tendencia a decisiones unilaterales generan desconfianza creciente. Esta combinación debilidad interna y aislamiento externo no sólo limita la capacidad de maniobra de EEUU, sino que abre una oportunidad estratégica para su principal competidor: China. En un escenario donde Washington se involucra en conflictos de alto costo e incierto resultado, Beijing consolida su posición como actor estabilizador, expande su influencia económica y fortalece su red de alianzas sin asumir los riesgos de una confrontación directa. Paradójicamente, una estrategia concebida para reafirmar el poder estadounidense podría terminar acelerando el desplazamiento del eje de poder global hacia Asia. Cuando un liderazgo se rodea sólo de quienes convalidan sus decisiones y desplaza a quienes advierten sobre sus riesgos, deja de conducir estratégicamente y comienza a actuar por impulso. Y en la guerra, el impulso es sinónimo de error. La falta de equilibrio que viene mostrando Trump no sólo aumenta el riesgo, lo convierte en una probabilidad concreta. Porque los errores estratégicos no se corrigen, se pagan. Desoír a los profesionales no fortalece el poder, lo erosiona. Y la historia demuestra una y otra vez, que cuando la política ignora a la estrategia, el resultado no es la victoria. Es el costo. Sobre la firma Newsletter Clarín

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