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» Clarin
Fecha: 09/04/2026 18:37
Cada vez que un caso de violencia extrema hacia un niño irrumpe en los medios, la reacción social es inmediata: buscamos culpables, armamos teorías, emitimos condenas morales antes de que la investigación siquiera haya avanzado. El juicio mediático es usualmente el primero en llegar. Y es, casi siempre, el menos informado. La primera advertencia necesaria es esta: no se puede analizar una autopsia, una lesión o un dato aislado sin el análisis integrado de toda la evidencia incluyendo su contexto completo. Ningún elemento puede leerse en estos casos en forma aislada ni por fuera del estudio cuidadoso de la historia familiar, roles parentales, características de los vínculos, las dinámicas de cuidado y las condiciones en las que ese niño vivía. La información fragmentada no sólo no explica lo ocurrido, sino que puede inducir a errores graves. Pero más allá de un caso puntual que siempre requiere prudencia y rigor investigativo hay algo que como sociedad nos cuesta admitir: el hogar no es una fuente unívoca de cuidados. Por el contrario, es el ámbito donde con mayor frecuencia ocurren los malos tratos y los abusos hacia la infancia. Existe una fuerte tendencia cultural a sacralizar la familia. A suponer que, por definición, el padre y la madre son quienes mejor pueden cuidar. A creer en el instinto materno como garantía automática de protección. Y esa mirada, profundamente arraigada, muchas veces impide ver lo que sucede puertas adentro. Porque una de las mayores dificultades en estos casos es la discordancia entre la imagen social y la realidad intrafamiliar. Personas que son vistas como buenos vecinos, amables, correctos en su vida pública, pueden generar dentro de su casa un verdadero infierno para quienes conviven con ellas. Esto ocurre con mucha más frecuencia de la que se quiere reconocer. No existe un perfil psicológico único del adulto que maltrata. No hay un conjunto de rasgos que permitan identificarlo con facilidad. Puede haber egocentrismo, dificultad para percibir las necesidades del otro, rasgos psicopáticos, falta de empatía. Pero también puede no haber nada de eso. Hay personas sin psicopatología evidente que maltratan, y personas con trastornos severos que no lo hacen. Por eso es imprescindible el análisis singular, contextual e integral. Otro punto crítico es la escucha de los niños. Con frecuencia, cuando un niño expresa que no quiere ir a la casa de alguno de sus progenitores, su palabra no es evaluada con la profundidad y profesionalismo que requiere. A veces se desestima. O se la interpreta de manera superficial. Suele privilegiarse el lazo biológico por sobre el rol real de cuidado de la figura parental. Las entrevistas a niños requieren en la justicia de prácticas protocolizadas y de especialistas en niños. Las frases aisladas y descontextualizadas suelen inducir a errores diagnósticos, principalmente sin entrevistadores calificados. Adicionalmente deben ser obtenidas en un entorno neutral, con técnicas adecuadas y con conocimiento de la historia completa de ese niño. Los videos grabados por los propios adultos suelen ser cuestionados, porque no se puede saber si ese discurso fue inducido. Evaluar la palabra de un niño requiere formación específica, algo que muchas veces no está presente en el sistema judicial. Y ahí aparece otra falencia estructural: la justicia no suele contar con equipos suficientemente capacitados en infancia y violencia infantil para abordar estos casos en profundidad. Suelen faltan informes socioambientales, psicológicos, psiquiátricos, seguimientos periódicos. Suelen tomarse decisiones desde un escritorio, sin conocer la casa, el contexto, la dinámica familiar. Históricamente, la justicia ha sido garantista para el imputado. Recién en los últimos años comenzó a incorporar la mirada de las víctimas. Pero los niños siguen estando en desventaja: no tienen abogado propio, no tienen recursos, no tienen voz directa. Su protección depende de que otros sepan interpretar correctamente lo que les sucede. Mientras tanto, los niños que viven violencia dentro de sus hogares muchas veces no muestran señales evidentes. No hay un único cuadro clínico. Algunos presentan temores, enuresis, pesadillas, bajo rendimiento escolar. Pero otros se sobreadaptan. Se vuelven silenciosos, retraídos, niños que no molestan. Y esa aparente tranquilidad puede ocultar situaciones gravísimas. Además, por dependencia y miedo, muchos niños protegen a quien los lastima. Callan por temor a represalias, por vergüenza, por creer que no les van a creer, porque están amenazados. Dependen emocional y materialmente de sus agresores. No tienen a quién recurrir por sí mismos. A todo esto se suma una mirada social cómoda: mirar para otro lado. Si alguien golpea a un niño, muchos prefieren no involucrarse porque es el padre o es la madre. Esa idea de que lo que ocurre dentro de la familia es un asunto privado sigue operando con fuerza. Y, como si fuera poco, no existen estadísticas oficiales completas sobre violencia contra las infancias. Hay datos parciales, denuncias registradas en distintos organismos, pero no hay un relevamiento nacional sistemático. No se sabe con precisión cuántos niños son maltratados en la Argentina. Lo que no se mide, no se ve. Y lo que no se ve, no se prioriza. Por eso, cada vez que un caso extremo llega a los medios, parece excepcional. Pero no lo es. Es apenas la punta visible de un problema mucho más amplio y, en gran parte, invisibilizado. Como sociedad, necesitamos desmitificar la familia como espacio automáticamente protector, fortalecer la formación especializada en el sistema judicial, generar equipos interdisciplinarios que puedan evaluar con profundidad estos casos y, sobre todo, aprender a escuchar a los niños en serio. No desde el prejuicio. No desde el sentido común. No desde la sacralización del vínculo biológico. Sino desde el conocimiento, la capacitación y el compromiso real con su protección y seguridad. Esto hace a la prevención de la violencia y al cuidado de las infancias. Por Virginia Berlinerblau, especialista en psiquiatría infantil y medicina legal, ex médica forense de la Justicia Nacional. AA Newsletter Clarín
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