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  • Inundar el piso: cuando la fascinación se vuelve un riesgo

    » Clarin

    Fecha: 09/04/2026 06:57

    Hay conceptos que seducen. Conceptos que, por su potencia explicativa, parecen ofrecer una llave maestra para entender el clima político contemporáneo. Pero la fascinación, cuando no se la encuadra profesionalmente, es peligrosa. Lo digo siempre en mis clases: ser profesional implica discernir qué tipo de comunicación estamos haciendo y para qué contexto sirve cada herramienta. No es un detalle técnico; es la diferencia entre intervenir con eficacia o provocar un desastre comunicacional. Entre esos conceptos fascinantes está uno que se volvió ubicuo en los últimos años: inundar el piso, la estrategia que Steve Bannon popularizó para saturar, confundir y desbordar la capacidad de reacción de la oposición y también del periodismo. Este modo de proceder, desde la agenda gubernamental oficialista, está basado -y condensa- gran parte de la metamorfosis de la comunicación política hoy: discursos de incivilidad, contexto de fragmentación de consumos mediáticos, aliento de la polarización afectiva, aglutinamiento tribal y en la ofensiva permanente para imponer agenda, muchas, pero muchísimas fake news. Y sí: funciona. Funciona muy bien cuando se tiene poder. Porque inundar el piso es, ante todo, una estrategia de comunicación de gobierno, no de crisis. Y ahí está el punto que suele perderse. La comunicación de gobierno busca en sus múltiples variantes construir consenso, o al menos una forma de convivencia narrativa que sostenga un rumbo. No hace falta aclarar que cuando hablo de consenso no lo romantizo, porque mucho consenso, especialmente desde el intento de gestar conflictos controlados (los que tienen la pretensión de dotar de identidad) parten de la idea de generar disensos y desde ellos legitimar la propia postura, dentro de un marco, potencialmente controlado, que me distinga constantemente del adversario. La comunicación de crisis, en cambio, tiene un objetivo radicalmente distinto: aportar certidumbre en un contexto de incertidumbre. No es un matiz; es esencia diferente con objetivos diferentes. Por eso, cuando un gobierno atraviesa una crisis, la tentación de inundar el piso es tan comprensible -si antes te servía- como contraproducente. Pero ahí el problema: las tentaciones. Las tentaciones comunicativas son síntomas de bajísimo nivel de profesionalismo. La crisis implica, por definición, pérdida de poder. Toda crisis tiene una primera ecuación derivada: la pérdida relativa de poder. Y cuando se pierde poder, se pierde capacidad de imponer agenda. Entonces, ¿qué ocurre si se intenta saturar el ecosistema informativo desde esa posición debilitada? Ocurre lo obvio: se multiplica la incertidumbre. Así es que la estrategia que en tiempos de normalidad puede servir para desorientar a la oposición, en tiempos de crisis desorienta a la ciudadanía. Y lo que es peor: desorienta al propio gobierno. La consecuencia es conocida: se pasa de una crisis puntual a una policrisis como emergente de la cantidad de temas que entran a la agenda. Una superposición de conflictos supuestamente controlados que se descontrolan, retroalimentan y hacen prácticamente imposible clausurar el episodio inicial. Entonces, si la comunicación de crisis necesita de clausuras, inundar el piso hace todo lo contrario: abre. La gestión de comunicación de crisis debiera trazar trayectorias de certidumbre más o menos claras que permitan entender por donde se saldrá de las crisis. A más temas, es lo más parecido a un río de cuencas endorreicas que pueden desbordar, crecer de manera violenta y con cauces inestables y sinuosos. No todos estos ríos se difuminan en bañados, esteros y suelos arenosos, entiéndase, no todos los temas desaparecen o se desvanecen. La política contemporánea está llena de gobiernos que, en lugar de gestionar la crisis, la expanden. Ni por maldad ni por torpeza, sino por confusión conceptual, por ignorancia o por audacia irresponsable de creer que juegan a todo o nada. Creen que la comunicación política es un conjunto de herramientas intercambiables desde lo electoral, la rutina gubernamental o las crisis, cuando en realidad es un sistema profundamente contextual. Lo que sirve para construir poder no sirve para administrarlo cuando se erosiona. Lo que sirve para imponer agenda no sirve para recuperar control. Lo que sirve para saturar no sirve para ordenar con certidumbre. Inundar el piso es un dispositivo potente, pero como todo dispositivo, tiene condiciones de uso. La primera y más importante: requiere poder. Poder real, no declamado. Poder para fijar marcos, para condicionar la conversación pública, para que la saturación genere desorientación en otros y no en uno mismo. Sin ese poder, ese estilo -que bien puede ser una estrategia- se vuelve un búmeran. La comunicación de crisis exige lo contrario: simplicidad, claridad, secuencia, horizonte. Exige decir menos, no más. Exige ordenar, no dispersar. Exige construir un camino de salida, no abrir nuevas puertas hacia el caos. Exige, sobre todo, entender que la ciudadanía no necesita estímulos emotivos incesantes, sino certezas. Insisto: la comunicación política es puro contexto. No hay recetas universales ni mágicas. Hay decisiones que, aplicadas fuera de lugar, se convierten en su opuesto. Inundar el piso puede ser brillante en un escenario y devastador en otro. Puede ser un arma de poder o un acelerador de crisis. Puede construir agenda o destruirla. La profesionalidad consiste en saber la diferencia. Y en tiempos donde la política parece enamorada de la saturación permanente, recordar esta distinción no es un ejercicio académico: es una necesidad democrática. Sobre la firma Newsletter Clarín

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