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» La Nacion
Fecha: 08/04/2026 13:26
Alina Fernández es hija del dictador cubano y su amante; en 1993 huyó de la isla disfrazada de turista española - 13 minutos de lectura' El 19 de diciembre de 1993, en el aeropuerto José Martí de La Habana, una mujer de frondoso cabello castaño subió al vuelo 662 de Iberia rumbo a Madrid con un pasaporte español y un aspecto difícil de olvidar. Llevaba botas, pantalón azul aterciopelado, suéter blanco, impermeable y una gorra de béisbol con visera dorada. Los labios, pintados de un rojo intenso, terminaban de acentuar un disfraz llamativo. A simple vista, parecía una turista extravagante. Pero detrás de esa apariencia viajaba Alina Fernández Revuelta, la hija de Fidel Castro, que estaba huyendo de Cuba. No durmió en todo el vuelo. La adrenalina del momento la mantuvo despierta hasta el final del viaje. Cuando llegó a España y pudo refugiarse en la casa de un cubano nacionalizado español, se quitó la peluca y la ropa. A partir de ese momento, esa mujer marcada desde niña por su origen y por una historia que durante años se contó a medias, comenzó una nueva etapa en su vida. Estaba harta. Nunca he sido comunista, diría después para explicar por qué se fue. La infancia Alina Fernández Revuelta nació en La Habana en 1956, y es hija de Fidel Castro y de Natalia Revuelta, una mujer de la alta sociedad habanera que acompañó de cerca los primeros años del movimiento revolucionario cubano. Natalia, a quien sus amigos llamaban Naty, conoció a Fidel Castro en 1952. En ese momento estaba casada con un reconocido cardiólogo, Orlando Fernández, y tenía una hija. Desde los comienzos, Natalia simpatizó con la causa de Castro y puso su entorno social al servicio del movimiento. Trabajaba en la empresa petrolera ESSO y su casa fue uno de los lugares donde se hicieron varias reuniones secretas para organizar el asalto al cuartel Moncada. También vendió sus joyas para comprar armas. El Cuartel Moncada era uno de los principales bastiones del ejército de Batista. La idea del ataque era impulsar una rebelión en Santiago de Cuba y abrir paso hacia la Sierra Maestra. Si las comunicaciones fallaban, Natalia debía hacer llegar a políticos y periodistas de confianza el manifiesto de Fidel Castro con las ideas del movimiento. El asalto, que se realizó el 26 de julio de 1953, fracasó y muchos de sus participantes fueron encarcelados. Mientras Fidel estaba preso en Isla de Pinos empezaron un fluido intercambio epistolar. Naty le enviaba libros, noticias y golosinas, actuando como sus ojos y oídos en el exterior y Fidel le respondía con reflexiones profundas sobre historia, literatura y filosofía. En 1955, tras la amnistía y antes del exilio de Castro en México, vivieron una breve relación de la que nació Alina. En Alina: memorias de la hija rebelde de Fidel Castro, la autora cuenta que, poco después de su nacimiento, una hermana de Fidel fue a verla para comprobar ciertas marcas físicas que, dentro de la familia, se consideraban una señal de parentesco: tres lunares en triángulo y una mancha detrás de la rodilla. Después de examinar a la niña con detenimiento, la hermana de Castro sentenció: Esta niña es una Castro. Y le entregó a Natalia los regalos que Fidel había enviado como un gesto como una forma de reconocimiento (unas argollas y un brazalete de plata para la madre y unos aros de perlas para la niña). Con el tiempo, Orlando Fernández dejó Cuba con la hija mayor de la familia, mientras Natalia y Alina permanecieron en la isla. La relación de Alina con Fidel fue desde entonces esporádica. Natalia siguió trabajando en distintas instituciones del Estado y más tarde colaboró como asesora del Ministerio de Cultura. Mi madre era un hada. Ustedes conocen algunas. Son muy ajenas y misteriosas. Cuando desaparecen se llevan los milagros. Son caprichosas. Mi hada decidió enamorarse de la persona equivocada. Según las personas de los 50, y en la sociedad cubana, eso no tiene perdón ni redención. Ustedes saben. Les gustan las piedras muy viejas y la gente muy puntiaguda. Les gusta habitar sus propias ruinas. Yo me consolaba de sus ausencias desgarrando los entredoses de encaje de mis batas de hilo y chupando el tete desaforadamente, escribió Alina en su libro. Natalia, que murió a los 89 años y nunca dejó de defender la Revolución, solía decir que de su vida apenas se conocían fragmentos. Quién podría deducir de lo publicado hasta ahora que yo fuera una buena madre, una mujer de trabajo, una revolucionaria sincera, dijo en una entrevista citada por EL PAIS. Alina contó que recién a los diez años su madre le reveló que Fidel Castro era su padre. Hasta entonces la niña había crecido entre visitas esporádicas y regalos. Al principio la noticia de su padre biológico la fascinó, se sintió como la protagonista de un cuento de hadas, pero ese sentimiento se transformó enseguida en una carga. El apellido Cuando Alina nació, su madre seguía casada legalmente con Orlando Fernández. En ese momento, la ley no permitía que una hija nacida dentro del matrimonio fuera reconocida por otro hombre, de modo que Fernández le dio su apellido a la niña. Cedió caballerosamente su apellido para que la niña no se quedara sin nombre, escribió Alina en sus memorias. Una vez en el poder, Castro impulsó durante años gestiones para modificar el Código de Familia y permitir que Alina pudiera llevar su apellido. Sin embargo, cuando finalmente la ley cambió y él le dijo, ya en la adolescencia, que podía convertirse legalmente en una Castro, ella prefirió no hacerlo. En su libro, Alina contó que a esa altura cambiar de apellido le parecía incómodo y hasta ridículo. Sus compañeros de escuela ya la conocían de otra manera, y no quería verse obligada a dar explicaciones sobre una identidad que, desde el comienzo, había estado marcada por el silencio. La hija de Fidel Desde muy chica, Alina entendió que su padre no era sólo su padre. Era también el hombre al que todos le pedían algo. Esperaban que yo saliera a jugar al jardín y se me iban acercando por turnos desde una cola disciplinada. -Niña, por favor, dale esta carta a Fidel. -Y ésta. -Y ésta. Le entregué un par de remesas que él se embolsilló. Empezó a dejarlas en la mesa al lado del butacón reclinable que se había hecho poner en el salón del cuarto del Hada, y ella fue la que me dijo que me dejara de pesadeces, que el hombre no podía resolverlo todo con lo ocupado que estaba. Ya lo sabía yo que estaba ocupado y que tenía ocupado a todo el mundo en la emulación socialista, los trabajos voluntarios y las concentraciones en la Plaza, pero empezó a parecerme que Fidel era malo. El corazón se me encogía de pena por aquella gente.... Al terminar la escuela, y más por el deseo de su padre que por convicción propia, Alina estudió Química Industrial, una carrera que nunca le interesó demasiado. Después ingresó en la Facultad de Medicina de La Habana y llegó a hacer prácticas en el Hospital Docente Manuel Fajardo, pero no terminó la carrera. Tras el nacimiento de su hija Mumín, pidió una baja temporal que terminó convirtiéndose en una expulsión por problemas de asistencia. Más tarde pasó por la escuela de Diplomacia, conocida entre los alumnos como la Escuela del Barniz, donde estudió protocolo, idiomas, marxismo y literatura universal. Tampoco permaneció allí mucho tiempo: fue Fidel quien decidió que esa formación era una estupidez y puso fin a esa etapa. En el plano amoroso tampoco encontró demasiada estabilidad. Se casó cuatro veces y todos sus matrimonios terminaron en divorcio. Primero con Yoyi Jiménez, un teniente de la Contrainteligencia, cuando todavía era muy joven. Luego con un militar hondureño, en una relación marcada por las reglas familiares y la partida de él a la guerra de Angola. Más tarde se casó con el bailarín Panchi, padre de su hija Mumín. Su último matrimonio fue con un ciudadano mexicano llamado Fidel, a quien conoció en el ambiente literario habanero. Crecer en la Revolución En sus memorias, Alina recuerda la llegada de los soviéticos a Cuba con una mezcla de ironía, perplejidad y mirada infantil: ...de pronto apareció en la televisión disfrazado con un gorro peludo y espantándose los besos de la foca Nikita. Estaba en la Unión Soviética, con gente rarísima: hablaban en jerigonza y a los hombres les gustaba el besuqueo. Fue a partir de ahí cuando empezaron a aparecer los rusos en La Habana. Eran muy rubios, tenían dientes de oro, y olían tan mal que no se puede contar. Miraban a la gente cubana como si fueran transparencias. Metieron en la Bolsa Negra latas de carne rusa y botellas de vodka, y de ahí mismo, de la bolsa, sacaban el oro de ponerse en la dentadura. Por lo menos trajeron unos muñequitos nuevos, con la abuela Baba Yaga y el Viejo Jotavich, que se arrancaba un pelo de la barba y... hacía un milagro. Les gustaba andar en manadas para ir y venir de sus clubes, y los rusitos no iban con nosotros a la escuela pública. También habla de la transición cultural que vivió su pueblo tras la revolución de los hombres peludos (los rebeldes): los dibujos animados como Tío Rico y el ratón Mickey se fueron para siempre jamás de las pantallas cubanas. Y el espacio que ocupaban estos personajes fue reemplazado por transmisiones de hombres con barbas y uniformes que hablaban durante horas. Con los años, esa malestar fue creciendo. Ya no se trataba sólo de un padre distante, sino también con lo significaba el peso de vivir bajo la sombra de una figura Fidel Castro, una figura que ocupaba todos los espacios. Mucho antes de escapar de Cuba, Alina ya cargaba con una ruptura silenciosa. El exilio: Estaba harta La decisión de huir de Cuba no fue repentina. Era una idea que venía pensando desde hacía años, reconoció en una entrevista con Chiche Gelblung. En su libro, la hija del dictador explicó que se sentía sola y vigilada todo el tiempo. No podía vivir con libertad ni tomar sus propias decisiones, y eso la fue alejando cada vez más del régimen y de su padre. A eso se sumó el derrumbe de la vida cotidiana en La Habana durante el Período Especial, la profunda crisis que siguió a la caída de la Unión Soviética. En esos años hubo apagones, escasez extrema de alimentos y transporte, y un deterioro general de las condiciones de vida. La propia Alina resumió ese clima con una frase tajante: estaba harta. Para colmo de mala suerte, empezó una epidemia de neuritis óptica y miles de cubanos se fueron quedando ciegos. Aunque Fidel insistió en que el virus era otro regalo imperialista, la verdad quedó oculta en un laboratorio de bacteriología del Minfar donde se cocinan las enfermedades necesarias para la buena salud política de los cubanos, que en esa oportunidad andaban simplemente envenenados por el talio de los herbicidas y pesticidas improvisados, escribió en su libro. Años después, en una entrevista en la Argentina, la hija de Fidel dijo que la escasez de comida era tal en su país que la gente se estaba comiendo los gatos. A esa desesperación se le sumó el miedo por el futuro de su hija, Mumín. Alina sentía que la niña crecería en un país cerrado, sin libertad y rodeado de vigilancia. Por eso aceptó un plan de fuga organizado desde el exilio, conocido como Operación Prima. El 19 de diciembre de 1993 salió de Cuba disfrazada de turista española, con peluca, maquillaje y un pasaporte español, y logró llegar primero a España y luego a Estados Unidos. La noche anterior a su salida de Cuba, luego del festejo por el bautismo de su hija -que en ese entonces tenía 15 años-, Alina le contó lo que pensaba hacer y le prometió que volverían a verse muy pronto. Durmieron con las manos entrelazadas y, a la mañana siguiente, Mumín la ayudó a prepararse. Alina memorizó los datos del pasaporte que iba a usar, practicó la firma y transformó su aspecto. Acabé de maquillarme. ¡Me había hecho una boca de cine! De Chanel Passion. Le pedí a Mumín que me pidiera por teléfono un turist-taxi vía aeropuerto. Tuvo que salir del edificio y arreglárselas sola porque todos los teléfonos estaban rotos", contó. El mejor modo de pasar inadvertida es provocar la mirada de los otros. ¿Quién hubiese pensado que iba a huir con ese atavío? Y, además, no quería dejar mi país pegada a la pared como una rata. ¡Quería marcharme con la cabeza alta, como en un desafío!, dijo en una entrevista. Antes de llegar al aeropuerto, utilizó su última carta: se aplicó una cantidad excesiva de perfume Chanel Nº 19 porque no quería que los guardias se acercaran, temía que si lo hicieran alguno podría reconocerla. Lejos de Cuba, la fuga de Alina se convirtió en un gesto político. Semanas más tarde se reencontró con su hija (que fue autorizada a salir de Cuba por Fidel Castro) en los Estados Unidos, escribió sus memorias y terminó alzando la voz contra el régimen del que había escapado. Con los años, su nombre dejó de remitir solo a la hija secreta de Fidel Castro que escapó disfrazada: pasó a simbolizar una grieta íntima en el corazón mismo del poder cubano, la de una mujer criada bajo la sombra de la Revolución que eligió contar, desde afuera, aquello que durante décadas se había querido mantener en silencio. En 2014 regresó a Cuba para acompañar a su madre, Natalia Revuelta, antes de su muerte, en 2015. El 19 de marzo, Alina Fernández cumplió 70 años. La prensa la consultó por la actual crisis cubana, marcada por los apagones y la falta de todo. Y ella volvió a insistir en que en Cuba el cambio de régimen es una urgencia arrastrada desde hace décadas. Sabemos que con cazuelas viejas y cucharones no se puede voltear un régimen como el de Cuba, dijo en una entrevista. Mientras tanto, su historia sigue encontrando nuevas formas de ser contada: el próximo 10 de abril, el documental Revolutions Daughter, dirigido por Thaddeus D. Matula, tendrá una proyección en el Koubek Center como parte del Miami Film Festival. Últimas Noticias Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. Iniciar sesión o suscribite
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