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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 08/04/2026 09:56
Un respiro de dos semanas que, en términos energéticos, es un tanque entero de oxígeno. No hay duda de que ha sido Ormuz la que ha conseguido, in extremis, una pausa en la guerra, tanto en un lado como en el otro de la contienda. Para Estados Unidos, conseguir una apertura momentánea del estrecho le libera de la intensa presión internacional y también de la doméstica, con las elecciones de medio término en el horizonte. Y en el caso de Irán, más allá de frenar las amenazas de Trump y conseguir un respiro, es evidente que ha sucumbido a la presión de China, cuya alianza económica y estratégica es fundamental. Fue China quien protegió la soberanía iraní, vetando la resolución de la ONU que buscaba la reapertura forzosa del estrecho. Y es China quien compra más del 90% del petróleo que exporta Irán, de manera que la frase de Mao Ning, el portavoz de exteriores chino aprovechen las oportunidades para la paz habría tenido un efecto decisivo. A partir de aquí, y con todas las incertidumbres que podrían alterar la tregua, la cita entre Estados Unidos e Irán será en Islamabad el próximo viernes. En este punto, cabe preguntarse cómo están las cosas y cómo llegarán unos y otros al encuentro en Pakistán. De entrada, es evidente que Irán llega con una extrema debilidad militar y política, por mucho que la propaganda del régimen intente vender el discurso pírrico de la victoria. Tanto la fuerza aérea de Irán, como la naval, están destruidas, el programa balístico ha sido severamente castigado (aunque retiene casi el 50% de sus misiles), las instalaciones nucleares fulminadas, e industrias como la petroquímica y el acero -fundamentales para la industria militar- están completamente arrasadas. Además, ha sido aniquilada toda la cúpula dirigente y centenares de altos mandos intermedios de la Guardia Revolucionaria, y tanto la GRI como los Basij han sido severamente atacados. Hoy por hoy Irán ha mutado la dirigencia de los ayatolas, por una especie de junta militar fragmentada en diferentes liderazgos, y bunquerizada para impedir ser cazados. Son ellos quienes están acelerando las ejecuciones contra opositores, para mostrar fortaleza. Al tiempo, se han abierto grietas públicas entre el presidente Masoud Pezeshkian, que hace pocos días alertó del colapso económico si no paraba la guerra y pedía negociar, y los líderes del GRI que lo han acusado de ser un presidente débil, y se han negado a cualquier acuerdo con EEUU. Como añadido no menor, Irán irá a la reunión con la enorme soledad de no tener ningún país del Golfo apoyándolo. Estados Unidos, en cambio, va con su potencial militar intacto, las tropas desplegadas en la región, que pueden acabar de acomodarse durante las dos semanas de la tregua, y respaldado por los países del Golfo, tanto los que se sitúan en la línea dura y quieren mantener la guerra hasta acabar con el régimen (Arabia Saudita, EAU y Bahrain), como aquellos que optan por la línea blanda (Omán, Qatar y Kuwait) y prefieren acelerar el final de la guerra. A pesar de este evidente y notable desequilibrio que se producirá en la mesa de negociación, Irán mantiene su arma más potente, la única que realmente le ha permitido mantener su posición y crear un serio problema a Estados Unidos: la capacidad de crear una crisis energética mundial a través del dominio de Ormuz. De hecho, este parece el error de cálculo más importante que han cometido americanos e israelíes en el diseño de la guerra: creer que Irán no podría cerrar y mantener cerrado el estrecho. Según un extenso informe del New York Times, de las cuatro fases planteadas para la guerra en la Situation Room -descabezamiento de la cúpula, dominio aéreo y marítimo, control de Ormuz y caída del régimen-, es evidente que la tercera ha fallado, y la cuarta está por verse. Por eso la guerra ha continuado y le ha permitido a Irán una apariencia de resiliencia que en realidad no tiene. Y por eso mismo, muchos países del Golfo se horrorizan ante la posibilidad que el régimen continúe y mantenga su poder en Ormuz. Por cierto, también es obligado recordar que Irán se ha beneficiado del apaciguamiento chamberliano de Europa, cuya ausencia en el tema de Ormuz denota una debilidad estructural y una cobardía preocupantes. Finalmente queda la posición de Israel, que probablemente no está feliz con la tregua planteada, hasta el punto de considerar que Trump siempre deja las cosas a medias. ¿Gastar billones para decapitar a los ayatolás e instalar a la Guardia Revolucionaria en el poder?, es la pregunta que recorre los debates en el estado hebreo, y con él retorna la ancestral desconfianza israelí respecto a EEUU. Además, Israel no está dispuesto a frenar su ofensiva contra Hezbollah, y por ello ha dejado muy claro que la tregua no afecta a sus operaciones en el Líbano. Y respecto a Irán, es altamente improbable que Israel permita que el régimen continúe bajo los parámetros actuales, lo cual complica mucho las negociaciones en Islamabad. Concluyendo, Islamabad puede ser el germen de un acuerdo precario que desencalle el conflicto o el tiempo que necesita Estados Unidos para acabar de posicionar sus tropas y preparar el desembarco, preferentemente en las islas del estrecho, con Jark a la cabeza. Lo cierto es que el acuerdo parece muy difícil, a tenor de las exigencias incompatibles de unos y otros, a no ser que la posición pragmática de Pezeshkian se imponga. No es impensable, porque el colapso económico que él mismo pronostica estará más cerca en dos semanas, y la guardia revolucionaria puede usar los misiles que le quedan, pero no tiene capacidad para rearmarse. Pero también es posible que se imponga la auto-inmolación de la GRI y se desate la batalla final, aquella que tan brutalmente anunciaba Trump con el final de una civilización. Si por civilización se refería al final de una ideología que desde 1979 ha instalado un régimen criminal en Irán, cabría exigir que el Presidente mejore su dominio del vocabulario. No cabe más torpeza. Sea como sea, todo pasa ahora por Islamabad y todo es incierto. Pero es indiscutible que Irán llega muy herido, que no parece poder aguantar la guerra durante semanas, y que hay grietas en los liderazgos. ¿Esa extrema debilidad será suficiente para conseguir un acuerdo con aires de rendición, que es lo que busca Trump? Es una de las dos grandes preguntas con las que se encontrará Islamabad. La otra, trasciende el acuerdo: ¿el régimen conseguirá sobrevivir tanto si hay acuerdo, como si se recrudece la guerra? Puede que lo consiga a corto plazo, pero a medio plazo es impensable. Todo ha cambiado en Irán, aunque el régimen intente crear el espejismo contrario. Cuando callen las armas, se abrirá ese capítulo y el anhelo de libertad retornará con más fuerza que nunca entre la ciudadanía iraní espoleada por una situación que nada tendrá que ver con la que había antes de la guerra. Será entonces cuando se escribirá el capítulo final de la locura que empezó con Jomeini y ha teñido de sangre el mapa de Persia. Pero faltan días e incertidumbres. De momento, la cita es el viernes en Islamabad. Habrá que esperar.
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