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  • No se imaginan un futuro: casi la mitad de los jóvenes de las villas y barrios populares abandonaron la escuela

    » La Nacion

    Fecha: 08/04/2026 03:01

    A fondo No se imaginan un futuro Casi la mitad de los jóvenes de las villas y barrios populares abandonaron la escuela Texto Paula Soler Fotos Santiago Filipuzzi y Rodrigo Néspolo 8 de abrl de 2026 A los 14 años, Lucas engañaba el hambre con una especie de engrudo dulce hecho con agua caliente y cacao. Así, no le dolía tanto el estómago a la hora de dormir o estudiar. Su papá se había ido de la casa y lo poco que ingresaba en su hogar, en Villa Soldati, era para que cenara su hermano de 8. Su mamá, empleada doméstica, también se salteaba la cena. Lucas se pasó a una escuela nocturna para trabajar en una verdulería. De 5 de la mañana a 5 de la tarde subía y bajaba cajones de frutas que lo doblaban en peso. La plata era poca y comenzó a hacer delivery por la noche. Dejó la secundaria. Iván había repetido varias veces la primaria en su barrio, en Los Hornos, Moreno. Como llegó al primer año de la secundaria con 16, los docentes le decían que debía ir al turno noche, para cursar con adultos. Se sintió incómodo, no encajaba. Para qué estudiar, se preguntaba. Pensó entonces que era más piola trabajar y se metió como ayudante de albañil en una obra. Dejó la secundaria. A los 16, a Milagros ya no le gustaba compartir la ropa con su hermana, quería tener sus propias cosas, zapatillas, perfumes. Para no ser una carga para sus padres, comenzó a limpiar casas y a cuidar a una señora mayor de su barrio, una zona muy humilde de Parque Patricios. Trataba de seguir estudiando, pero faltaba mucho a clase. Un día el director la llamó y le dijo que era una irresponsable. Ella se puso a llorar. Dejó la secundaria. Las historias de Lucas, Iván y Milagros exponen un drama preocupante: el 42 %, es decir casi la mitad de los jóvenes de entre 19 y 24 años que viven en villas y asentamientos del AMBA, abandonaron la escuela, según revela un estudio reciente del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS) y Fundar, una organización orientada al análisis y diseño de políticas públicas. Para entender la magnitud del problema basta decir que el porcentaje duplica el promedio del país y quintuplica la deserción que existe entre los jóvenes que crecen en los hogares con mayores ingresos. Una deserción masiva Jóvenes de 19 a 24 años que viven en barrios populares La investigación, anticipada en exclusiva para LA NACION, logró además identificar las razones de esa fuga o expulsión del sistema educativo. La conclusión es que los jóvenes están solos y la escuela como faro que promete progreso se desvanece en los barrios populares. La mayoría de los chicos que dejan el colegio, empiezan a trabajar a los 14 años o menos para sumar ingresos al hogar y muchos se ocupan de cuidar a sus hermanitos. En general, crecen en hogares rotos, conflictivos o donde las madres, único sostén familiar, están exhaustas, dicen que no dan más, que solas no pueden. El análisis de ese quiebre de las trayectorias escolares, marcado por una desigualdad estructural, pone luz en problemáticas que necesitan una intervención urgente: la naturalización del consumo problemático de sustancias y una crisis de salud mental sin precedentes. La mitad de los jóvenes afirman haber sufrido ansiedad y el 37%, depresión. Es una generación de pibes que no tienen red, están solos. En muchos casos, la decisión de ir a la escuela está exclusivamente en manos de ellos. Sin embargo, muchos tienen la necesidad de no ser una carga para sus madres, de aportar ingresos al hogar. Son chicos que no se imaginan un futuro y entienden que, estudien o no, su vida va a ser la misma, plantea Daniel Hernández, uno de los investigadores del estudio que se realizó a partir de encuestas y entrevistas en seis barrios populares: Kilómetro 13 (Quilmes Oeste), Villa Mitre y San Ambrosio (San Miguel), Fuerte Apache (Tres de Febrero), Ciudad Oculta y Playón de Chacarita, en la ciudad de Buenos Aires. Arrepentido. Iván, casi siempre de gorra, dejó la escuela a los 16 años para trabajar como albañil; hoy, quisiera volver el tiempo atrás; mientras piensa cómo retomar el estudio, colabora con un centro comunitario en Los Hornos, su barrio Los chicos están atravesados por la violencia, problemas de salud mental, carencias económicas y, en ese contexto, la escuela no llega a garantizar su continuidad, está desbordada porque la vida afuera está desbordada. La escuela no puede cambiar lo económico, la dinámica de trabajo de los chicos y el ingreso de las familias, pero sí debería tener más herramientas y presupuesto para contenerlos, suma María Migliore, referente de Fundar, la otra ONG que intervino en la elaboración del estudio, realizado en base a 600 encuestas presenciales a jóvenes. LA NACION consultó a los áreas de Educación de Nación, Ciudad y provincia de Buenos Aires para saber si registraban un fenómeno específico de abandono escolar en barrios populares del AMBA, pero ninguno advirtió tal situación, de acuerdo a sus respuestas. El abandono escolar no tiene que ver con el barrio en el que residen los chicos, consideraron desde el gobierno porteño, donde subrayan que cuentan con un equipo de promotores escolares que salen a buscar a los chicos cuando dejan de asistir a las aulas. Desde el Ministerio de Educación bonaerense dijeron que el porcentaje general de estudiantes que abandonan la escuela desciende desde 2011. La tasa de finalización del nivel secundario superó el 80% en los últimos años, aseguraron. Aunque no precisaron la terminalidad en villas y asentamientos, destacaron el rol de los centros socioeducativos y comunitarios en barrios populares, que trabajan en la vinculación y revinculación educativa de chicos de entre 4 y 21 años. Trabajo prematuro Porcentaje de jóvenes de 16 a 24 años de barrios populares que tuvieron que generar ingresos Solo me largué a llorar Yo solo me largué a llorar. Estaba enojado y me hizo sentir una inútil, recuerda Milagros sobre el día que el director de su colegio la citó para decirle que tenía demasiadas faltas, que tenía que ser más responsable. Nunca me preguntó por qué faltaba o por qué me quedaba dormida en clase, dice. Ella tampoco lo explicó. Cree que pensó que a nadie le importaba. Ni al tutor escolar, que a veces la escuchaba y otras veces no. Milagros trataba de estar al día y estudiar, pero no entendía nada. En su hogar tampoco podía concentrarse. Sus padres trabajaban todo el día, él como empleado de seguridad y ella en un local de fletes, para pagar gastos y el alquiler de la casa. Y cuando estaban en familia, solo peleaban entre ellos. Al poco tiempo se separaron. El día que ella decidió dejar la escuela ninguno de los dos se plantó para que siguiera: Me sentía muy angustiada y sola. Sola en casa y sola en la escuela. Me hubiese gustado que me ayudaran a resolver algo, la escuela o el trabajo. La soledad, la tristeza y la falta de guías de las que habla Milagros son palabras que resuenan también en el informe del CIAS y Fundar. Los chicos no solo sienten angustia, se sienten desprotegidos y sin rumbo. No podía imaginarme ningún futuro en la escuela, dice Milagros. Los niños, jóvenes y adolescentes crecen en tejidos sociales conformados por las familias, las escuelas, los servicios y los espacios de sociabilidad como clubes o centros culturales, indica Hernández. Todo esto les permite tener herramientas para imaginar una vida que les organice el presente y para que puedan proyectarse en el futuro. Pero esas tramas están deterioradas, entonces ese futuro se hace difuso, agrega. Durante la adolescencia es imprescindible la figura de un adulto que guíe, porque los chicos empiezan a tener estímulos del afuera, explica Viviana Postay, especialista en gestión educativa y referente de Argentinos por la Educación. Y en las escuelas de sectores populares se necesita mucho ese adulto referente que escuche sin juzgar porque a veces la escuela es el único lugar al que pueden recurrir cuando sus familias están rotas, no hay clubes de barrio y lo que pasa en la esquina es un peligro latente, describe. El riesgo a la que hace referencia Postay es uno que avanza y compite con la escuela en muchos barrios populares: el narcotráfico. De acuerdo al estudio de CIAS y Fundar, el 51% de los jóvenes dicen que la mayoría de sus amigos consumen drogas y el 15% reconocen ser o haber sido adictos. Empecé a trabajar a los 12, juntaba botellas con un carrito. Lo que ganaba era para mí y a veces para poner en casa... Y ya a los 13 dejé la escuela Adolescente de 18 años encuestado Mario, que hoy tiene 18, empezó a cartonear a los 12. Salía con sus cinco hermanos menores, como hacía su padre. En su barrio, Santa María, en San Miguel, juntaba botellas. Con eso conseguía el equivalente a unos 10 mil pesos de hoy: 5 mil eran para su mamá y 5 mil para él. Después, cuenta, la calle lo cambió. A los 13, se empezó a drogar. Consumía antes de entrar al colegio. Sentía que así el día pasaba más rápido. También lo ponía violento. Una vez lo apuñalaron a la salida. Sus padres nunca se enteraron. Cuando él lastimó mucho a un compañero, lo echaron. Comenzó a ir a un colegio nocturno, pero no le encontraba sentido. Al poco tiempo, abandonó. Y, según reconoce, siguió con "mala junta". Para el adolescente resulta fundamental poder identificarse con algo o con alguien, dice Postay. Por eso, cree que para que los menores se sientan identificados con su escuela y entiendan que vale la pena seguir estudiando, es necesario que los equipos pedagógicos cuenten con tutores capacitados. Los chicos tienen que saber que alguien en la escuela los espera, los ayuda a organizarse y los escucha. Porque en los casos extremos, los chicos comienzan a identificarse con el tranza que vende droga en la esquina y ese también escucha y les ofrece pertenencia, señala. Pero hay un antes del abandono. Comienzan a faltar al colegio y, nuevamente, la necesidad de salir a trabajar es el principal obstáculo para lograr sus metas. Le sigue el tener que cuidar a sus hermanos, no haber podido sostener el ritmo de estudios o la exigencia académica. Y transitar un embarazo, para el caso de las adolescentes. Crisis de salud mental Porcentaje de jóvenes de 16 a 24 años que viven en barrios populares con problemáticas La escuela como faro Cada vez que llegaba a casa y me recostaba, el cuerpo me dolía tanto que me costaba dormir. Cuando dejé de cargar cajones de fruta, empecé a trabajar como albañil. El cuerpo me dolía más y empecé a toser y a escupir sangre. Me dijeron que era porque en las obras las partículas de yeso y cemento quedan en el aire, las respiro y las llevo a los pulmones, relata Lucas. En ese tiempo, y antes, trató de volver a estudiar en colegios nocturnos. Pero faltaba muy seguido porque se quedaba dormido o le cambiaban el horario en el trabajo informal que tenía. Entonces, volvía a abandonar. Me sentía contento porque podía llevar la comida a casa y tener mi plata. Pero también frustrado. Mi sueño era volver a estudiar para dejar estos trabajos que te rompen todo y en los que vivís al día, dice. El sueño del que habla Lucas se refleja en el informe del CIAS y Fundar: padres, madres y adolescentes encuestados destacaron que aún tienen la idea de que la educación es una herramienta para cambiar su realidad. A pesar de todos los problemas que atraviesa, la escuela sigue siendo una institución valorada. Los chicos dicen que se tienen que rescatar, volver al colegio. Esto es una oportunidad para que el Estado fortalezca una política educativa que incluya inversión en equipos, señala Migliore. Mi hijo de 15 años tiene problemas de drogas. Es terrible. Y el problema son las juntas. El director lo protege, le da todas las oportunidades, pero hace un mes que no va a la escuela Madre encuestada Para cualquier trabajo que no sea de fuerza, te piden un analítico. Mis compañeros de la obra, que son más grandes que yo, siempre me decían que tenía que volver al colegio, que podía hacerlo. Así que este año me metí en un bachiller de adultos. Acá siento que tengo oportunidades, cuenta Lucas, que ya tiene 25 años y va todos los días a estudiar al Centro Educativo Raymundo Gleyzer, que es parte de una red de Bachilleratos Populares del Movimiento Evita. Asegura que cuando termine, podrá ser chofer de una línea de colectivos donde trabaja su padre. Cobrar en blanco, tener obra social y disfrutar de vacaciones y aguinaldo. Milagros, hoy de 20 años, vive con sus tíos maternos y tiene un emprendimiento de venta de perfumes importados. Hace tres años que entró al mismo bachiller que Lucas. Dice que antes de anotarse dudó. Tenía miedo de que la rechazaran, que le dijeran que era una inútil. Cuando lo cuenta se ríe. Acá entienden que tenemos que trabajar y puedo preguntar mil veces cuando no entiendo algo o cuando me pongo nerviosa. Me dicen que respire hondo, que puedo resolver lo que sea. Y lo hago, relata. Su sueño es terminar la secundaria y estudiar marketing o ser farmacéutica. La mayoría de nuestros estudiantes tienen poco apoyo familiar, se sienten solos. Es como que se disolvió ese entramado que había. Las familias están muy rotas Director de escuela encuestado Me hice el vivo dejando la escuela. El tiempo pasó y ahora me doy cuenta de que la pala pesa más que el lápiz, resume Iván, que había abandonado el colegio a los 16 para ser independiente. Hoy tiene 20 años y sigue trabajando como albañil. Hay un bachiller de adultos en un barrio cercano, pero no es muy seguro para andar de noche, cuenta desde el centro deportivo y cultural de Marta Radice, en Moreno. Marta es la vecina que lo fundó para hacerle frente al avance de las drogas en el barrio. Allí Iván come los sábados y colabora en la cocina, o donde lo necesiten. Afirma que ahí lo escuchan cuando tiene problemas y que habla con los más chicos para que se rescaten. Les digo lo mismo que a mi hermanito menor, que terminen el colegio, que les van a pedir el título para trabajar de cualquier cosa. Que quizás pueden conseguir un trabajo en blanco. Que solo así pueden elegir y ser alguien, cierra. Créditos - Edición periodística Javier Drovetto @JavierDrovetto - Edición fotográfica Aníbal Greco @anibalgreco - Edición visual Andrea Platón @aplatton Compartir Copyright 2026 - SA LA NACION | Todos los derechos reservados

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