07/04/2026 11:14
07/04/2026 11:13
07/04/2026 11:13
07/04/2026 11:12
07/04/2026 11:12
07/04/2026 11:12
07/04/2026 11:12
07/04/2026 11:12
07/04/2026 11:12
07/04/2026 11:12
» TN
Fecha: 07/04/2026 09:21
Es bien sabido que la falta de actividad física favorece la obesidad y más si tenemos una vida sedentaria, pero al parecer comer rápido podría ser tan perjudicial para nuestro metabolismo como pasarnos todo el día sentados sin movernos. El hábito de comer rápido está relacionado con el sedentarismo, ya que ambos son factores de riesgo modificables, mientras que la velocidad a la que comemos durante el almuerzo es una característica de nuestra alimentación y, si es excesiva, tiene un impacto negativo en la salud, según indicó el nutricionista español Lucas Jurado-Fasoli. Sin embargo, el experto pide cautela: Aunque existe evidencia de que la ingesta rápida se asocia con obesidad y enfermedades crónicas, su efecto es moderado comparado con factores, como el tabaco, el consumo de alcohol o el nivel de actividad física. Es decir, sabemos que comer rápido engorda, pero no podemos quedarnos solo con ese mensaje, añadió, a la vez que dijo que existe una gran variabilidad entre personas en el tiempo que tardan en ingerir una comida. La rapidez al comer nunca fue buena Comer un primer plato, un segundo y un postre de manera rápida no es la mejor forma de alimentarnos, mientras que tampoco lo es comer algo de take away mientras viajamos en el colectivo porque, cuando ingerimos alimentos a gran velocidad, el organismo activa una serie de respuestas fisiológicas que afectan tanto al sistema digestivo como al metabolismo. Por un lado, tendemos a comer más cantidad y esto se debe a que las señales de saciedad tardan un tiempo en llegar al cerebro. Como no nos sentimos llenos, es más fácil aumentar la ingesta calórica antes de percibir que estamos satisfechos y, si este patrón se mantiene con el tiempo, aumenta el riesgo de sobrepeso. Pero no es el único mecanismo implicado: comer rápido también altera procesos digestivos básicos. Masticar, el primer paso de la saciedad Cuando comemos de prisa, solemos reducir el número de masticaciones, tragamos sin triturar, ni ensalivar bien. El alimento se mezcla peor con la saliva, llega en trozos más grandes al estómago y se envían menos señales saciantes al cerebro, explicó el especialista. Al mismo tiempo, dijo que el estómago se llena a gran velocidad, sus paredes se estiran y activan receptores mecánicos que detectan que está lleno. Esto puede generar sensación de pesadez, dolor, reflujo o incluso una sensación extrema de llenado porque, una cosa es que nosotros comamos atropelladamente y otra, que pretendamos que nuestro estómago se acelere. Además, el nutricionista dijo que, cuando los trozos de comida llegan mal masticados, el estómago tiene que realizar más trabajo mecánico y liberar más jugos gástricos y enzimas para descomponerlos. No es recomendable comer en menos de 20 minutos ni frente a la computadora Desde que la comida entra en el estómago hasta que el intestino libera las hormonas, pasan aproximadamente 20 minutos, dijo el experto. Por lo tanto, si en esos 20 minutos se ingiere el doble o triple de comida de lo que se necesita, se envía la señal de parar de ingerir alimentos cuando ya es demasiado tarde. Aumenta la ingesta calórica antes de que se perciba la sensación de saciedad, incrementando el riesgo de sobrepeso, adiposidad y alteraciones metabólicas, pero lo malo no es ya engordar y las consecuencias pueden arrasar con la salud a largo plazo, señaló. Lee también: Por qué no conviene tomar café ni al despertarse ni después de comer Además, comer algo rápido frente a la computadora es una pésima idea. El motivo es lo que Jurado-Fasoli denomina contaminación cruzada de contextos: el espacio de trabajo deja de ser neutro y la comida se convierte en una tarea más. Comer mientras se mira una pantalla puede duplicar la ingesta y alterar la memoria gustativa, es decir, la forma en que recordamos y percibimos lo que hemos comido, dijo. Si no existe otra alternativa, el experto recomienda, al menos, crear una transición entre trabajo y comida, es decir, apagar la pantalla, retirar los papeles, colocar un mantel o, incluso, salir a comer, aunque sea en un banco o zona común para cambiar el entorno y, sobre todo, intentar no hacer otra actividad al mismo tiempo.
Ver noticia original