06/04/2026 11:27
06/04/2026 11:25
06/04/2026 11:25
06/04/2026 11:25
06/04/2026 11:25
06/04/2026 11:24
06/04/2026 11:24
06/04/2026 11:24
06/04/2026 11:24
06/04/2026 11:24
Concepcion del Uruguay » La Calle
Fecha: 06/04/2026 09:44
La detención de Agostina Páez en Río de Janeiro por realizar gestos de mono hacia trabajadores afrodescendientes, su regreso a Argentina y su rápido alineamiento con sectores de la derecha local han transformado su caso en un síntoma político de época. En lugar de asumir su responsabilidad, inició un recorrido mediático de victimización, encabezado por una foto junto a Patricia Bullrich, que reinscribe al agresor en la figura de la perseguida, en una operación que muestra cómo el racismo no solo persiste, sino que muchas veces tiene premio en forma de cámaras, contención política y capital político. El racismo mata, no solo como violencia física sino como gramática colonial que naturaliza que ciertas vidas valen menos. La derecha argentina ha hecho de la victimización selectiva uno de sus principales dispositivos discursivos, y Agostina Páez podría convertirse en una figura pública candidateable de ese espacio, como no es la primera vez que la derecha premia a quienes encarnan sin filtros sus pulsiones más profundas: clasismo, racismo, xenofobia. Horas después de su regreso, su padre, el empresario Mariano Páez, fue filmado en un bar de Santiago del Estero repitiendo exactamente el mismo gesto racista, y su posterior justificación (negación del video, atribución a inteligencia artificial, excusa por consumo de alcohol) forma parte de la misma lógica de impunidad. No estamos ante una excepción individual, sino frente a una trama de legitimación familiar, social y política del racismo. El problema central es cómo la sociedad produce sujetos que cometen actos de racismo y regresan convertidos en celebridades mediáticas, protegidos por sectores políticos que buscan capitalizar el episodio. El caso deja al desnudo una herencia colonial de un proyecto nacional construido sobre la blanquitud, la jerarquización racial y la producción diferencial de ciudadanía, que decide quién puede ser deshumanizado y quién puede transformar la agresión en carrera política. Cuando el racismo deja de ser sancionado y empieza a ser recompensado, el problema ya no es sólo quién lo ejerce sino la sociedad que lo premia.
Ver noticia original