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Fecha: 06/04/2026 09:31
La celiaquía es una enfermedad autoinmune, crónica y multisistémica que daña la mucosa del intestino delgado e impide absorber bien los nutrientes. Se desencadena por una respuesta inmunológica anómala al gluten, una proteína presente en el trigo, la cebada y el centeno. En la Argentina, se estima que afecta al 1% de la población, y datos oficiales señalan que la prevalencia ronda uno de cada 167 adultos y uno de cada 79 chicos. El problema no es menor. La celiaquía muchas veces tarda en detectarse porque no siempre da la cara de la misma manera. Puede provocar diarrea, pérdida de peso, distensión abdominal o fatiga, pero también puede aparecer con síntomas menos típicos, o incluso pasar inadvertida durante años. Por eso sigue siendo una enfermedad subdiagnosticada. Esa dificultad diagnóstica aparece con claridad en el material aportado por especialistas de la Fundación Jiménez Díaz, que remarcan que el cuadro puede confundirse con trastornos funcionales digestivos y que el estudio de familiares de primer grado sigue siendo insuficiente. Ahora, un trabajo publicado en Nature Communications sumó una pieza nueva al rompecabezas: no todas las personas con celiaquía logran aprovechar la fibra de la misma manera, porque parte del problema podría estar en la microbiota intestinal. No es solo cuestión de cuánta fibra se consume A muchas personas con celiaquía, se les recomienda sumar fibra, ya sea con alimentos o suplementos, para favorecer el tránsito intestinal y ayudar con algunos síntomas. Pero la investigación de la Universidad McMaster encontró que ese beneficio puede depender de algo más: la presencia de bacterias capaces de degradarla en el intestino delgado. El estudio observó que quienes tienen enfermedad celíaca presentan una capacidad significativamente menor para metabolizar fibra dietaria en el intestino delgado. Entre las causas, apareció la ausencia de una familia bacteriana considerada clave, las Prevotellaceae, asociada con la degradación de fibra, la recuperación intestinal y la regulación de la inflamación. Lo llamativo es que este patrón se vio tanto en pacientes recién diagnosticados como en personas que llevaban años con dieta libre de gluten. Eso sugiere que el problema no se explica solo por lo que comen, sino también por alteraciones persistentes en la microbiota vinculadas con la propia enfermedad. Inicialmente, pensábamos que el problema radicaba en la falta de fibra. Luego descubrimos que quizás no contaban con las bacterias adecuadas para aprovechar la fibra que ya consumían. Añadir más fibra no será la solución a menos que se corrijan los problemas subyacentes relacionados con su utilización, señaló Mark Wulczynski, investigador canadiense de la Universidad McMaster y primer autor del estudio. Qué tipo de fibra podría ser más útil Los investigadores también probaron si daba lo mismo cualquier fuente de fibra. Y la respuesta fue no. En modelos preclínicos, vieron que la inulina, presente en alimentos como banana, raíz de achicoria, ajo y cebolla, aceleraba la recuperación de las lesiones intestinales inducidas por el gluten al nutrir mejor la microbiota del intestino delgado. En cambio, otra fuente de fibra, un almidón resistente derivado del maíz conocido como Hylon VII, no mostró el mismo efecto. Ese punto cambia el foco. Ya no se trata solamente de recomendar más fibra, sino de entender cuál puede resultar más beneficiosa y en qué contexto intestinal se encuentra cada paciente. La autora principal del estudio lo resumió así: Si bien una dieta sin gluten sigue siendo esencial para la enfermedad celíaca, nuestros hallazgos sugieren que las futuras terapias también deberán apoyar la microbiota intestinal. La frase pertenece a Elena Verdu, médica e investigadora canadiense, profesora del Departamento de Medicina de McMaster y directora del Instituto de Investigación en Salud de Enfermedades Digestivas de la Familia Farncombe. La especialista agregó otro dato relevante: Observamos una actividad reducida en el procesamiento de la fibra en la parte superior del intestino, la zona afectada por la enfermedad celíaca, lo cual resulta sorprendente, ya que tradicionalmente esta parte del intestino no se ha considerado un sitio importante de metabolismo de la fibra. Según explicó, esto abre la puerta a combinar estrategias dietéticas con enfoques sobre la microbiota, como probióticos específicos o restauración microbiana. Qué cambia para las personas con celiaquía Por ahora, el mensaje central no cambia: el único tratamiento aceptado para la enfermedad celíaca sigue siendo la dieta estricta sin gluten de por vida. Lo que sí cambia es la comprensión de por qué algunas personas continúan con molestias, inflamación o sensación de mala tolerancia digestiva aun cuando cumplen bien con esa indicación. El trabajo de McMaster no propone abandonar la fibra ni reemplazar controles médicos por suplementos. Lo que plantea es algo más fino: que el intestino de las personas con celiaquía podría necesitar no solo el nutriente correcto, sino también las bacterias adecuadas para procesarlo. Es decir, una mirada más personalizada. Lee también: Trigo, avena, almendra, quinoa o garbanzo: cuál es la harina más saludable, según los expertos en Nutrición Ese enfoque dialoga con otra advertencia importante de los especialistas clínicos: para llegar al diagnóstico no alcanza con sospechar. Las principales causas de su infradiagnóstico son el desconocimiento de la misma, a veces incluso por parte de los propios sanitarios, y la falta de estudio de los familiares de primer grado de los pacientes, afirmó Sergio Farrais Villalba, médico español especialista en Aparato Digestivo del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz. Además, remarcó que alrededor del 30% tiene un diagnóstico previo erróneo de trastorno funcional digestivo, como el síndrome del intestino irritable. En otras palabras, la nueva evidencia no reemplaza lo básico, pero sí suma una pista valiosa. En el futuro, el abordaje de la celiaquía podría ir más allá de sacar el gluten del plato y empezar a mirar con más atención qué pasa dentro del intestino, donde la dieta y la microbiota parecen jugar en equipo.
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