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  • La joven bailarina que fue drogada y asesinada por su niñera: un plan macabro, una promesa de dinero fácil y una obsesión mortal

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 06/04/2026 01:34

    El cuerpo de Rachel Barber apareció envuelto en mantas, enterrado en una fosa poco profunda cerca de Kilmore, un pueblo australiano ubicado a 60 kilómetros de Melbourne. El hallazgo interrumpió catorce días de búsqueda frenética, reconstrucciones y esperas ante teléfonos que nunca sonaron. La tranquilidad de la localidad se había trastocado por la desaparición de Rachel una joven bailarina. En Kilmore pasaban pocas cosas. Todos sus habitantes dejaban sus bicicletas sin candado y sus autos con las llaves puestas. Los últimos pasos de Rachel La tarde del lunes 1 de marzo de 1999, Rachel salió de The Dance Factory en Richmond, Melbourne. Tenía quince años y su objetivo era triunfar como bailarina. Esa tarde, mientras se despedía, mencionó a una amiga que tenía una oportunidad para ganar mucho dinero esa noche. La última vez que se la vio, descendía de un tranvía acompañada por una mujer. Durante las horas siguientes, nadie supo más de ella. Rachel no era una adolescente que se ausentara sin aviso. Su novio, Emmanuel Carella, de dieciséis años, confirmó que ella le había hablado de un trabajo secreto bien remunerado, pero no pudo precisar detalles. Cuando esa noche Rachel no regresó a casa, sus padres, Michael y Elizabeth Barber, denunciaron la desaparición ante la comisaría de Box Hill. La primera respuesta policial fue tibia. Sugerían que probablemente Rachel había perdido la noción del tiempo y regresaría en unas horas. La familia, convencida de que algo más grave había ocurrido, inició su propia búsqueda. Llamadas, recorridos por la zona, reconstrucción de los movimientos de Rachel. Con el paso de los días, la presión familiar obligó a la policía a tomar en serio el caso. Pero al principio, la demora en activar protocolos de emergencia fue un obstáculo. La relación previa entre víctima y victimaria Rachel Barber no aceptó la invitación de una desconocida. Caroline Reed Robertson, de diecinueve años, ya había formado parte de la vida de los Barber. Fue niñera de Rachel y sus hermanas entre 1996 y 1997. En ese tiempo, la familia la consideraba digna de confianza. A finales de los noventa, Caroline retomó el contacto con la familia. Solicitó información personal, como las fechas de nacimiento de Rachel y sus hermanas, y en un momento pidió incluso una copia del certificado de nacimiento de Rachel. Justificaba los pedidos como parte de proyectos personales. Los detalles que en su momento parecieron triviales, terminaron cobrando sentido en la investigación posterior. El día del crimen, Rachel aceptó encontrarse con Caroline bajo la promesa de recibir alrededor de 100 dólares australianos por participar en una supuesta encuesta confidencial. Rachel, que tenía en mente un par de zapatos, consideró que era una oportunidad fácil y segura. Así lo contó a su entorno. Michael Barber la acompañó por la mañana hasta la parada del tranvía. Rachel planeaba ver a sus amigos más tarde y asistir a su clase de baile. Nadie en su círculo percibió una señal de alarma. El plan criminal de Caroline La investigación reveló que Caroline Reed Robertson había elaborado un plan minucioso. En su diario, los investigadores hallaron anotaciones detalladas sobre cómo drogar a Rachel, transportarla en una bolsa militar y deshacerse del cuerpo en un lugar remoto. Las notas incluyeron dibujos de sí misma rodeados de palabras como fea, gorda o fracaso social. Caroline describía su odio hacia su aspecto y su vida: Me siento como un alma perdida, atormentada y torturada, arrojada a un mundo de ángeles. Con el tiempo, la atención de Caroline en su diario se enfocó en Rachel. Documentó su fascinación y planificó adoptar su identidad después del asesinato. Entre los preparativos, anotó: Pedir pizza y ponerle polvo somnífero. También mencionó la idea de usar un trapo tóxico y abandonar el cuerpo lejos. La policía encontró en su departamento papeles, ropa y productos cosméticos que apuntaban a un intento deliberado de modificar su apariencia para parecerse más a Rachel. Los oficiales hallaron desde tintura para el cabello, prendas de la talla y estilo de la bailarina, documentación sobre cambio de identidad y solicitudes con nombres falsos como Jem Southall. Caroline citó a Rachel en su departamento con la promesa de un pago generoso por una encuesta. Una vez allí, conforme a los hallazgos judiciales, le ofreció pizza contaminada con un somnífero que reduce la alerta. Cuando Rachel estuvo lo suficientemente debilitada, Caroline la estranguló con el cable de un teléfono. Durante dos días, el cuerpo permaneció en la casa mientras los Barber y la policía buscaban a Rachel por toda la ciudad. Finalmente, Caroline trasladó el cadáver a la propiedad rural de su padre cerca de Kilmore y lo enterró envuelto en mantas, junto al lugar donde años antes había sepultado a su propio gato. El giro de la investigación policial A medida que la investigación avanzaba, los detectives centraron la atención en los contactos recientes de Rachel. Los registros telefónicos y la identificación de la última persona con la que se la vio en el tranvía guiaron la atención hacia Caroline Reed Robertson. En el allanamiento de su departamento, la policía halló documentos relevantes. Había desde solicitudes de partidas de nacimiento a nombre de Rachel Elizabeth Barber, notas manuscritas sobre planes de cambio de identidad hasta materiales que evidenciaban la obsesión y la preparación del crimen. Caroline fue detenida el 14 de marzo de 1999. Durante el interrogatorio en el hospital, confesó el asesinato y guió a los investigadores hasta el lugar donde había enterrado el cuerpo de Rachel. La cronología judicial mostró un procedimiento atípicamente rápido para crímenes de este tipo en Australia. El 14 de marzo de 1999, Caroline fue formalmente acusada. Su primera comparecencia en tribunales tuvo lugar el 15 de marzo. El funeral de Rachel se realizó el 24 de marzo en la iglesia anglicana St. Hillarys. En octubre de 2000, Caroline sorprendió al declararse culpable y en noviembre fue sentenciada a 20 años de prisión. El caso inspiró libros, documentales y adaptaciones cinematográficas, entre ellas la película australiana In Her Skin (2009), dirigida por Simone North, basada en el libro Perfect Victim, coescrito por Elizabeth Barber. Durante el juicio, la psiquiatra forense Justine Barry-Walsh sostuvo que Caroline estaba profundamente perturbada pero no era inimputable. En el debate jurídico y mediático, se discutió el papel de los diagnósticos psiquiátricos en los crímenes de identidad y obsesión. El expediente judicial incluyó informes que describían a Caroline como una joven con depresión, baja autoestima y tendencias obsesivas. Las notas de su diario mostraban una fijación con la vida de Rachel, su aspecto y su entorno social. En palabras de la fiscalía, su deseo era reinventarse en la imagen de la víctima. En prisión, surgieron informes de que Caroline continuaba modificando su apariencia, lo que inquietó a la familia de Rachel. Para ellos, el crimen no solo significó la pérdida de una hija, sino también la amenaza persistente de la usurpación de su identidad por parte de la victimaria. En 2015, Caroline Reed Robertson obtuvo la libertad condicional. Los padres de Rachel, aunque se opusieron a la excarcelación, manifestaron públicamente su deseo de que Caroline, a pesar de no mostrar remordimiento, pudiera reinsertarse socialmente y aportar algo positivo. Cada año, en el aniversario del crimen, sus familiares y amigos visitan la tumba de Rachel. La imagen de la chica quedó congelada en sus quince años. Sus padres miran la lápida de la tumba de su hija y se preguntan, ¿cómo hubiera sido su vida si no se hubiera cruzado con la niñera asesina?

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