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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 06/04/2026 01:15
En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, la filósofa y escritora Florencia Sichel reflexionó sobre las exigencias de la adultez y el desajuste entre las expectativas heredadas y las formas actuales de vivir. A partir de su libro Todas las exigencias del mundo, planteó que muchas personas se reconocen como adultos funcionales sin sentirse realmente así. Según Sichel, la vida contemporánea está marcada por el peso de las múltiples elecciones y la presión constante por alcanzar el éxito, lo que genera una autoexigencia que aleja del deseo propio. La autora sostuvo que es fundamental redefinir la adultez para incluir la vulnerabilidad, el cambio y la aceptación de no poder con todo, en lugar de perseguir ideales rígidos. Además, cuestionó los discursos que promueven que todo es posible y propuso adoptar una perspectiva que valore los procesos, los errores y los límites personales. El episodio completo está disponible en Spotify y YouTube. Florencia es filósofa, escritora y divulgadora, formada en la Universidad de Buenos Aires, cuya obra se centra en acercar la filosofía a la vida cotidiana. Se ha especializado en temas como la educación, la crianza, la maternidad y los vínculos, combinando reflexión teórica con experiencias personales y sociales. A lo largo de su carrera enseñó en distintos niveles educativos y actualmente coordina el área de Formación Ética y Ciudadana en el sistema educativo de la Ciudad de Buenos Aires. Además, es autora de libros como ¿Y vos qué pensás?, El filo del amor y Todas las exigencias del mundo, y creadora del newsletter Harta(s), desde donde analiza críticamente los mandatos sociales contemporáneos, especialmente en torno al éxito, la felicidad y la adultez. En tu libro Todas las exigencias del mundo hablás del poco control que a veces sentimos sobre nuestra propia vida. Y quiero empezar por lo que a mí más me interpeló: que nunca terminamos de sentirnos realmente adultos. Te cuento que cuando me convocó Planeta para escribir lo que en ese momento era mi segundo libro, yo pensé que quería hablar de la maternidad, que justo era un tema que en ese momento me convocaba mucho, porque mi primera hija tenía dos años y estaba embarazada de mi segunda hija. Y sentí que tenía que ir por ese lado o con relación al deseo. Y lo que me empezó a pasar es que primero me sentía muy perdida en ese momento con la vida, con un montón de cosas, y sentía que no estaba siendo toda lo adulta que se suponía que tenía que ser. Y, por un lado, por supuesto que era adulta, porque efectivamente tenía una hija, pagaba las cuentas, tengo una pareja, vivo sola hace mil años, resuelvo un montón de cosas, pero un poco la sensación era: Che, yo nunca estoy logrando todo eso que se supone que es ser adulta. Y algo de eso me traumatizaba bastante. En el medio me empezaron a pasar cosas de adulta: mi pareja que se quedó sin laburo, yo que tenía ganas de cambiar, un montón de cosas que dije: Bueno, acá hay algo. Sobre todo porque cuando conversé con mucha gente que más o menos tenía mi edad, que en ese momento eran 33 años, la sensación era compartida. ¿Cómo puede ser que somos adultos, efectivamente, porque somos adultos funcionales, sin embargo, no nos sentimos así? Como si hubiéramos aprendido una idea de adultez que no nos pertenece o que no es la que efectivamente hacemos todos los días. ¿Cuál sentís que es la idea errónea que le damos a la adultez? Yo en el libro contrapongo como dos generaciones, a grandes rasgos. Nosotros venimos de esta generación de hierro, en algunos casos de nuestros abuelos, en otra de nuestros padres, que fue una generación criada con valores en torno al sacrificio, al trabajo muy fuerte, donde la adultez tenía como un checklist de cosas a cumplir, ¿no? Había un proyecto de familia, de trabajo. Quizás uno tenía una profesión, si es que la tenía, y si no tenía un trabajo en el que estaba en el mismo lugar a través de los años. Entonces, no había tantas, en principio, posibilidades, lo cual es divino tener posibilidades. Pero también a veces asusta. El mundo ha cambiado y, en ese sentido, yo contrapongo con esta generación de cristal, que lo uso un poco más largo. En principio, va a partir de los 2000, pero yo la extiendo. En donde todos esos cimientos que nosotros pensamos de la adultez seria, prolija, ordenada, no tiene que ver con nuestras vidas actuales. Un poco porque no queremos, hay un montón de cosas que nosotros ya no queremos hacer, como hicieron nuestros padres, de tener un solo lugar, estar con una sola persona o lo que fuera. Y otro poco, que esto también lo trabajo en el libro, porque no podemos, porque el mundo ha cambiado. Hay algo de eso que también hay que reconstruir una nueva noción de adultez. Está este meme de tus papás a los 30 y una casa y vos a los 30 tarjeteando la compra del supermercado. ¿Por qué se da eso? Han cambiado las condiciones del mundo en el que habitamos y eso nos tiene que de alguna manera permitir pensar otra idea de adultez. ¿Cómo se encuentra un balance entre esas dos posturas? Hay una filósofa que a mí me gusta mucho, se llama Renata Salecl y habla de la tiranía de la elección en esta época, en donde de golpe pone un ejemplo que dice: estoy en la góndola de los quesos y me paso media hora eligiendo entre 58 opciones. Vos ahí podés decir qué lindo, pero a veces se vuelve una tortura que las opciones sean infinitas. Y ahí hay varias cosas. En primer lugar, habría que ver si efectivamente tenemos todas las opciones que pensamos o eso no es más que una fantasía también de esta época, ¿no? Abro la aplicación Tinder y me fijo todos los posibles candidatos. No son reales, es una potencialidad que uno se hace. Después lo que hay que pensar ahí es cuánto eso te aleja o te acerca a tu deseo. A veces tener muchas opciones también puede ser un infierno. Es más fácil elegir a veces entre menos. Con eso no quiero decir hay que volver a los tiempos pasados. Me parece que lo que tenemos que tratar de hacer es no marearnos frente a tanta información, lo cual eso ya es difícil. Y como de vez en cuando volver a la pregunta ¿qué quiero? ¿Qué puedo? No perdiendo de vista eso. Frente a todo esto, ¿qué es lo que quiero yo? Porque en el fondo, por más de que cada vez tengamos más opciones, uno elige una. No podés hacer varias cosas a la vez, como nos han dicho también en esta época. ¿Sentís que esto está pegando la vuelta? Porque veo más interés en la religión y cierto regreso a vínculos más tradicionales. ¿Es un cambio real o son ciclos o modas? Siento que estamos en una época de mucho desamparo y lo que intentamos hacer es buscar respuestas. El problema es que en el medio de la búsqueda de respuestas hay búsquedas más genuinas o más profundas que otras. Y también hay mucha información y hay mucho dogma dando vueltas, lo cual para mí es un problema porque yo en el libro lo trabajo, esta idea de los gurúes que andan dando vuelta, los influencers que te venden un montón de cosas. Yo desconfío de aquel que te dice cómo hay que vivir, y esto no tiene que ver con una búsqueda religiosa. Una cosa es pensar qué es lo que vos necesitás e ir por ello, o tratar de descubrirlo, o construirlo, o preguntarle a alguien. Y otra muy distinta, que a mí sí es algo que me preocupa de esta época o me interesa, es esta bajada de línea moral que hay en exceso de esto es lo que tenés que hacer, esto es lo que te conviene, esto es lo mejor para vos. Dicho en un montón de ámbitos distintos. Aplica al fitness, a las parejas y ahí sí yo creo que corremos el riesgo de salir de una caverna para entrar a otra. Para mí lo más interesante sería tener una distancia crítica de lo que uno ve, no salir rápidamente a captar un nuevo dios, diría Nietzsche. De nuevo, volver a la pregunta. ¿Qué descubriste sobre vos misma al escribir este libro? ¿Hubo algo que no habías explorado tan profundamente antes? Cada vez más creo que me interesa pensar una noción de adultez que reconozca la vulnerabilidad, la fragilidad y que permita hablar de la ambivalencia de las cosas. Las ambivalencias tienen que ver con aceptar la variedad de emociones que va más allá de: esto es bueno, esto es malo, esto es lindo, esto feo. Hay veces que uno puede sentir las dos cosas a la vez. Hay veces que uno puede sentir mucho amor y mucho hastío, mucho placer y mucho, no sé, dolor. Y eso se da al mismo tiempo. También ocurre en la adultez. Me gusta pensar una idea de adultez en la que podemos pegar los volantazos que queramos las veces que queramos, hasta el, hasta por muchos años. Yo ahora escribo y quizás en 20 años quiero hacer otra cosa y me gusta pensar que la vida adulta tiene la posibilidad de poder cambiar todo lo que quiera. Y esta cosa también de esta sociedad muy exitista de asociar la posibilidad de cambio solo a la juventud. Llegaste tarde, ¿no? ¿Por qué vas a hacer baile a los 42 años? ¿Y por qué no? Y otra cosa que me quedó de estas conversaciones que voy teniendo a raíz del libro, es que la adultez tiene que ver también con saber perder, con saber renunciar, porque hay una idea un poco, a veces ingenua, de quererlo todo. Un poco omnipotente también de decir: Yo voy a ser una grosa, la mejor profesional, la mejor madre y después también voy a ir al gimnasio cuatro veces y voy a comer saludable. Y a veces no podés todo. La mayoría de las veces no podés todo. Y para mí aceptar eso es un gesto adulto, que tampoco es una resignación o una loa a la mediocridad. Al contrario, es reafirmar tu elección. También hay algo de ingenuidad en no aceptarlo del todo. Hoy se repite mucho este mensaje de vos podés, si te esforzás lo lográs. Aunque no siempre se cumpla, ¿no creés que igual tiene algo de sano de tener esa mirada? A veces es muy duro que te digan que vos podés todo, porque a veces no podés. Y también, digo, me parece que no es algo que uno pueda anticipar. El tema es que quizás ese hijo o esa hija, por no decir uno mismo, se puede esforzar un montón y puede no poder. Pudo haber no podido. Y también ahí es bueno alguien que le dé un abrazo y le diga: Escuchame, te va a pasar, te va a seguir pasando, volvelo a intentar. A mí me interesan mucho las infancias y pensar justamente cómo construirnos de una manera quizás más humana y más amable. Hemos puesto el foco demasiado en ese logro y no tanto en los procesos, cuando en realidad todo el tiempo estamos aprendiendo y todo el tiempo nos estamos equivocando. Y esto no tiene que ver con anticipar con un golpe de realidad de: No, no lo intentes, que quizás te sale mal. Está buenísimo decirle a un hijo que luche por sus sueños. Ahora, tampoco seamos ingenuos de pensar que cuando uno le desea algo a alguien, no tiene una direccionalidad, siempre está cargado de tintas. Si yo como madre le digo: Es que por tu bien, hija, yo te requiero, vos terminá la carrera. Bueno, ojo. Desde el amor, es complejo también. Quizás aprender a callarnos un poco y sí acompañar desde la pregunta, desde la mirada amorosa de ver qué necesita el otro, más allá de lo que yo tengo para decirle. Quizás es decirle: Estoy orgullosa de vos. Más allá del logro, estoy orgullosa de todo lo que estás haciendo. Veo todo lo que estás haciendo. Si lo logró, buenísimo, nos vamos a festejar y te invito a merendar. Pero si no lo logró, ¿qué? ¿Solo te felicito porque aprobaste la materia? No, yo te recontravaloro todo lo que hiciste. Aplica a todo, a las amistades también. Sobre esto que mencionás de la flexibilidad en la adultez, siento que lo que en los adolescentes se permite, en los adultos se ve como infantil. ¿Tiene que ver con la idea de que deberíamos haber llegado a cierto lugar y que todo lo que nos desvía es una pérdida de tiempo? En el libro traigo una cita que dice Adrián Paenza en su charla, que dice: Yo llegué hasta la cima y no hay nada. Entiendo que uno desee más, porque el deseo es eso muchas veces, es movimiento y nos revitaliza, nos llena de energía y está buenísimo tener proyectos. El tema es que no se nos vaya la vida siempre buscando eso. Yo tengo un unipersonal del libro y función tras función voy abordando muchos de los temas y uno de los temas es el éxito. Ya vamos más de cuarenta funciones y yo les pregunto a las personas si quieren ser exitosos. Y la mayoría levanta la mano, por no decir todos. Después les pregunto quiénes se sienten exitosos hoy y nadie levanta la mano. Eso para mí es una pregunta: ¿cómo puede ser que estando vivos, teniendo más o menos condiciones de vida óptimas, no podemos sentirnos exitosos? Y ahí hay un problema. ¿Qué noción de éxito estamos persiguiendo? ¿Qué nos pasa que mientras buscamos y buscamos algo a alcanzar, nunca lo alcanzamos y, por lo tanto, nada nos alcanza? Porque al final del día lo que importa es eso: ¿cómo te sentís con tu vida? ¿Estás contento o no estás contento? ¿Cómo te vas a dormir? Pasa un poco también con los discursos del autoamor, que en principio están buenísimos, pero cualquier discurso sacado de contexto como si fuera solo una cuestión de voluntad, para mí no alcanza. Yo no creo que la felicidad se pueda construir solo desde mi voluntad, porque me interesa pensar una noción de felicidad que incluya a los demás, ¿no? Pero tampoco puedo depender solo del resto, porque me pierdo. Entonces, es todo el tiempo un equilibrio entre los otros, pero también uno, me parece que ahí es interesante y es navegar esas tensiones. ¿Qué es el éxito para vos? Si me lo pudieras definir así como en una frase. Se me viene a la cabeza siempre esa frase de Charly García, que es lo que viene después de pasar por un montón de problemas. Para mí el éxito tiene que ver con resolver problemas, con poder resolver eso que te va pasando. La vida no es no tener problemas. Los problemas los vamos a tener todo el tiempo. Muchos porque los creamos (risas) y otros porque nos vienen de afuera. El tema es qué haces con eso que va a venir. Muchas cosas tienen que ver lo que uno pone, con la meritocracia, y otras cosas tienen que ver con el azar de la vida, de lo que se habla poco también. A mí me parece interesante, que es que a veces uno le puede calcular un montón de cosas y te pasan otras para bien, ¿eh? Porque de golpe estaba, no sé, en un café y me encontré con alguien y me cambió la vida. Entonces es ¿qué hago con eso que tengo ahí a disposición? ¿Qué hago con eso? Para mí eso es como un poco la noción del éxito. Hay un ejemplo en tu libro que todo el mundo dice: No doy más, estoy a mil y, en realidad, no se sabe cuánto de eso es verdad. Nadie dice: Hoy me liberé a las dos del mediodía y me quedé viendo Netflix en mi casa, que no tendría nada de malo. Y esto se aplica a todo: lo que intentamos ocultar, porque no encaja con la idea de una persona ordenada, exitosa o adulta, también tiene un efecto, porque uno se compara con los otros. Totalmente. A mí por eso siempre me gusta mostrar las contradicciones, porque yo creo que las cosas no son binarias y dicotómicas como nos quieren hacer ver. Y por eso la influencer que vive mostrándose feliz y con una vida siempre espectacular, es igual de problemático que la que se graba llorando, porque también es un espectáculo de eso. Digo, ¿quién genuinamente un día que está pasándolo horrible prende un trípode y se graba? Probablemente nadie. Hay algo ahí de lo que nos está faltando un poco es habitar las contradicciones, que es que muchas veces uno tiene un montón de cosas, de laburo pendiente e igual te ponés a ver Intrusos a las dos de la tarde porque decís: Ya fue y no lo reconocés. Y al revés, digo, muchas veces, te va bien un día y te da vergüenza decirlo también, que eso también hay que hablar, ¿no? Porque también nos da vergüenza reconocer si estamos bien, porque es difícil, es como que nos da miedo, ¿viste? Que nadie quiere. Es como que decís: No, igual no lo cuento porque no sé qué va a pasar. Lo cual es horrible porque a mí me gustaría rodearme de personas con las que compartir no solo lo trágico, sino también lo alegre. Pero volviendo un poco a lo que decías de que falta poder habitar esto, las contradicciones, los grises, los matices, ni somos todo el tiempo productivos ni somos todo el tiempo improductivos. Justamente una de las características de esta época es que hacemos un poco todo, todo el tiempo para bien y para mal. Obras clásicas que perduran en el tiempo En relación a libros que atraviesan generaciones, este episodio está presentado por la editorial Gredos, que reúne en la exclusiva colección de RBA Grandes Autores de la Literatura las obras imprescindibles de todos los tiempos. Entre los títulos seleccionados destacan La Divina Comedia de Dante, los dramas de Shakespeare, Don Quijote de Cervantes, Fausto de Goethe, Crimen y castigo de Dostoievski, Guerra y paz de Tolstói y David Copperfield de Charles Dickens, entre otros. Esta edición de lujo cuenta con traducciones e introducciones realizadas por los mejores especialistas, incluye portadas estampadas en oro y reúne obras universales de gran valor patrimonial. Hay una frase que mencionás en el libro y me encantaría escuchar tu interpretación. Como escribe Borges en El jardín de los senderos que se bifurcan: Siglos y siglos, y solo en el presente ocurren los hechos. Innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente me pasa, me pasa a mí. Esa frase me encanta. La descubrí en un libro de Borges de mi abuela Lea y me la quedé para siempre. Y me gusta por dos cosas. En primer lugar, porque somos mucho más chiquitos de lo que pensamos los seres humanos, en términos del universo, lo cual está bueno para bajar un poco el nivel de ansiedad o de problema porque en el fondo somos completamente efímeros. Esto es un pedacito de vida que va a durar un montón de años y nosotros somos parte de esto, que es muy poquito, pero a la vez es todo lo que tenemos ese poquito. Entonces me recontra importa y lo voy a luchar. Y de nuevo, esas dos cosas a la vez, que para mí es el riesgo de vivir. Para mí en ese riesgo de la vida, que es una y que es cortita, para mí hay algo ahí que es esperanzador. Yo no lo leo como: ¡Uy! Qué cagada, somos recontra efímeros. Al revés, porque somos recontra efímeros, andá por eso. También creo que es liberador: en un mundo atravesado por las redes sociales y todo lo que vivimos, uno tiende a pensar que a los demás les importa mucho lo que hacemos o lo que van a decir o pensar, cuando en realidad a nadie le importa tanto. ¡Por suerte! Y tiene que ver con sacarle un poco de solemnidad a la vida. Hay que sacarle toda esta cosa de que todo tiene que ser heroico, tiene tener épica. Te vas a desayunar y tiene que ser una foto instagrameable, un super brunch. A veces no tiene tanta épica la vida, pero para mí eso es maravilloso, justamente, porque es hacer, porque también lo interesante, que eso es otro desafío para esta época, que es encontrar el asombro en lo cotidiano, que no sea algo espectacular. Es todo un ejercicio de observación: fijate en tu día qué cositas podes registrar que te hace bien. Quizás no sea espectacular o para ser una historia, para un reel, porque te tomaste el mismo café que te tomás todos los días, pero eso a vos te parece un montón en tu vida. Entonces, para mí es un ejercicio de reaprender constantemente, sabiendo que por supuesto, como vos decís, estamos en un entorno, con un exceso de sobreinformación recontra excesivo y que eso muchas veces si te agarra en un mal día, te flaquea. Es difícil mostrarse estoico frente a tanta cosa. Hay una entrevista que da Rita Segato, la antropóloga, que ella dice que existe esta felicidad grande refiriéndose más a esta felicidad de la que hablo en el libro: esta obligación de ser felices, a veces asociada a lo espectacular, a la fama, al rendimiento, que está bien, todos en mayor o menor medida la podemos perseguir. Pero después dice esta felicidad pequeña y yo también tomo una cita, creo que de Hitchcock, que va diciendo las cosas que a él lo hacen felices, que son chiquitas. Y si uno puede identificar eso, se garantiza una cotidianeidad mucho más feliz en el fondo. Eso te obliga a observarte a vos y también a quienes querés, qué cosas le hacen bien a las personas que querés. Esos detalles. Te esperé con un chocolate blanco porque sé que te gusta, por ejemplo. Y hay algo ahí de construir una noción de felicidad también con el otro y compartida, que no siempre se puede. Pero para mí, en la adultez es importante no perder de vista eso. En una época en la que todo compite por nuestra atención, ¿cómo se hace para mantener la mente en el presente? Es la tarea más difícil y va de la mano con prestar atención, que es habitar el presente, el tiempo presente. Por ejemplo, yo ahora estoy charlando con vos y todo el tiempo la cabeza me marea y me lleva a lo que voy a hacer a la noche, a lo que voy a hacer pasado mañana. Pero todo el tiempo el ejercicio es decir: No, pará y le pongo pausa. Hace poco hablaba con Nicolás Artusi y él me decía: Hay que pensar en una profilaxis de la atención. Porque realmente hay que pensar cómo cuidamos la atención en una época en la que nos la disputan todos y poder elegir a qué se lo damos. Es como que volvemos una y otra vez a eso que es la elección. Después hay otro problema que es a veces no sabemos qué queremos y eso también hay que poder legitimarlo, porque es muy difícil habitar el no saber lo que uno quiere, que yo en el libro lo trabajo a través de la angustia. Muchas veces eso te angustia. Yo quiero conectar con el tiempo presente, pero el tiempo presente me trae un conflicto que qué hago con eso. Y estamos en una sociedad en la que habitar una angustia o la vulnerabilidad también no está del todo bien visto. Eso también es difícil. Pero hay que afrontarlo. Llegar a una idea de adultez un poco más amable también es entender que las cosas llevan tiempo y para mí eso va a contramano de esta época. Queremos cosas cada vez más rápido, no soportamos que las cosas nos cuesten. Y a mí me pasa un montón que a veces me preguntan: Che, ¿y cómo hiciste para escribir un newsletter? Y en todo la respuesta es: Me llevó un montón de tiempo. Y eso solo lo sabés porque lo sostuviste en el tiempo. Eso es algo que sí se lo podemos valorar a las generaciones: la perseverancia. También hay que poder perseverar, que no tiene que ver con quedarse en un lugar en el que no querés estar. Pero después llegar a algo que vos querés te va a dar trabajo. Esta idea de que no te va a dar trabajo es un error gigante. Todas las personas que admiro, que lograron cosas, lo hicieron a costa de mucho trabajo y de mucho error y de mucha perseverancia. En el libro contás que una vez renunciaste a un trabajo y le dijiste a tu papá que ibas a renunciar porque no eras feliz. Y él te dijo: ¿Y qué tiene que ver el trabajo con la felicidad? Eso sí ilustra un poco mejor el choque de generaciones. Yo pongo en el ejemplo que mi papá trabajó toda la vida, como la mayoría de los padres, y jamás se preguntó si era feliz en el trabajo porque el trabajo le daba dinero y ya, era como otra cosa. Y nosotros no, nosotros también queremos ser felices con el trabajo, lo cual en parte está buenísimo. Pero también a veces es una presión porque no se le puede pedir todo a todo. Me parece que también ahí tenemos que poder aceptar la frustración o que las cosas llevan tiempo. En el libro hablo mucho sobre el trabajo y de esta época en la que muchas veces se encubre esta cosa emprendedora que está buenísima, con también mucha precariedad en el empleo y que eso también tiene efectos sobre nuestra vida, nuestras certezas, sobre la estabilidad. También se habla poco de eso, porque está muy romantizado que tenés que trabajar de lo que amas y no trabajarás ningún día de la vida. Y yo amo mi trabajo, pero también quiero descansar. Entonces, hay algo de esta época que nos pide a todos que todo tiene que ser Tenés que amar tu trabajo, tiene que ser tu profesión y además tenés que ser espectacular en eso que hacés, que no sé. Amo mi trabajo, pero tengo cuatro trabajos más o no puedo parar nunca. Entonces, ahí también vuelvo a la pregunta de: al final, ¿somos tan libres como pensamos? La sensación que me dio a mí tu libro es de tranquilidad, de que está todo bien. Como un mensaje de disfrutá, nadie te está corriendo, nadie te está apurando, estamos todos en la misma. Si tuviera que elegir una palabra, sería un poco de alivio. ¿Qué otra cosa esperás que alguien sienta cuando termina de leer tu libro? Por suerte es un poco lo que me suelen decir la mayoría, ¿no? Esta cosa de que no hay grandes soluciones, no hay tres tips para ser un adulto funcional, feliz. La verdad es que no existe (risas). Pero hay algo para mí, y esto tiene que ver con la filosofía, en primer lugar, frente a eso que se nos impone como lo natural, poder hacer un signo de pregunta. ¿Por qué es así? ¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué yo tengo que hacer esto? Y hay algo de tener una mirada problematizadora, que es lo que intento hacer en el libro, pero sin catalogar qué vida es mejor que otra. Primero porque yo padezco todas las exigencias de las que hablé. No estoy en ningún pedestal. Todo el tiempo lucho contra mis propios mandatos. Lo que más busco, de alguna manera, es habilitar nuestro derecho, a rendirnos, a cambiar de opinión, a repensarnos. Me parece que es eso para mí un poco el ejercicio filosófico. Y después cada uno busca sus respuestas, qué sé yo. Hay algo de eso, también. Pensaste que eras la mejor alumna del mundo, entonces tenés que terminar abogacía. Bueno, quizás no. Flor, te voy a despedir con la última pregunta que le hago a todos los invitados. Más que una pregunta, es que nos dejes algo que te parezca valioso para compartir. Puede ser una recomendación de una película, una frase o una idea que venís pensando. Lo que sea que en el último tiempo te conmovió, te dejó pensando o te hizo reflexionar, y que hoy querés dejarnos acá. Vengo pensando mucho en cómo tener conversaciones con gente que no piensa como nosotros. Eso lo veo como una dificultad. Lo dejo como una puerta abierta. Estamos en una época en la que necesitamos hablar con los otros y que tener conversaciones como estas que estamos teniendo, no es moneda corriente. No es tan fácil como parece. Y para mí la única forma de construir un mundo mejor, más equitativo, tiene que ver con conversando con otros. Me gusta pensar una idea de diálogo que no es la que nos enseñaron en la escuela de dialogamos para ponernos de acuerdo, sino dialogamos para, muchas veces, explicitar los desacuerdos. Y que eso en sí es un montón. Si vos podés sentarte con alguien a hablar, más allá de que no tengas nada que ver o más allá de que no haya un acuerdo, pero hay algo que se produce, Martín Buber dice: Hay un entre. No es ni lo que vos decís ni lo que dice el otro, es eso. Y es a lo que yo apuesto como educadora, filósofa, como madre, en todo intento trabajar mucho en eso.
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