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» La Nacion
Fecha: 05/04/2026 07:55
Una artista plástica y su marido escritor nos reciben en su casa bicentenaria de San Telmo, con frutales, amplias galerías y una rutina de otros tiempos - 4 minutos de lectura' El tema de mi obra siempre fue la ciudad, y el paso del tiempo que la atraviesa. Así nos recibe la pintora Gloria Audo en su casa de 1840 en San Telmo, mientras revuelve cientos de bastidores acumulados buscando ese cuadro específico que nos quiere mostrar. Recientemente nombrada personalidad destacada de la cultura porteña, ella y su esposo, José María Fernández Alara, llegaron a esta casa cuando el barrio aún era una zona relegada de la ciudad, en la que algunos valientes se aventuraban a reciclar propiedades centenarias. ¿Para qué quieren este inmueble?, les preguntó el arquitecto Osvaldo Giesso, encargado del remate judicial. Para conservar todo lo posible y transformarlo en una casa de familia, respondieron ellos. Los otros pretendientes eran constructoras determinadas a demoler todo para hacer edificios o estacionamientos, así que Giesso (precursor del renacimiento barrial) priorizó al matrimonio de románticos. Y, además, terminó dirigiendo la reforma encarada por los nuevos dueños junto a su hijo Fernando. Era un conventillo abandonado: en cada puerta había una famillia, y adelante vivía un grupo de gitanos, recuerda José. Estaba todo destruido. Lo poco que se salvó de los pisos de pinotea, lo reutilizamos para mesadas y muebles. Pasaron tres años y 46 volquetes de escombros hasta que ese caserón empezó a tomar otro color. La teoría de Giesso era: Lo que el tiempo dejó, se respeta; y lo que se llevó, no se restaura. Tenía ese concepto de reciclaje, y nosotros nos enganchamos. Gloria Audo, artista y dueña de casa Capa sobre capa En sus orígenes, la propiedad había sido una casa colonial de techos bajos, y las marcas de esos dinteles se conserva en las paredes. Perteneciendo a la familia Giuffra, en la década de 1880 fue italianizada: agregaron columnas y agrandaron las aberturas, además de sumar molduras y ornamentos. Luego, pasó a ser colegio inglés; más tarde, casa de inmigrantes. La última reforma, de la década de 1980, incorporó claraboyas, entrepisos y escaleras, siguiendo la tendencia de aquel entonces. Aunque hizo tres años de Derecho (Dicen las malas lenguas que fui a buscar novio, admite), Gloria se formó en sociología e historia del arte. Toda esa experiencia -sumada a sus largos años dentro del casco histórico- han forjado una mirada de la ciudad y su patrimonio que atraviesa sus pinturas. La gentrificación y la globalizacón cortan la identidad de la ciudades. Estoy pintando dos trabajos sobre San Telmo, que es inagotable. Un edificio hoy está, y mañana desaparece: tengo que registrarlo, afirma Gloria con un ímpetu evidiable para sus 82 años. En 1989, el Museo de la Ciudad (presidido por José María Peña) le otorgó a la casa la distinción de Testimonio vivo de la memoria ciudadana, título que conservan enmarcado. Era una muy bella persona, Peña, recuerda Gloria con afecto. Más interiores El comedor es un viaje por recuerdos: retratos al óleo, papel inglés y vajilla de abuelas europeas. Hay años de psicoanálisis en este espacio, reflexiona Gloria. Al empapelado lo pusimos hace cuarenta años; está viejo, pero hacían buenas cosas antes. ¡Si lo tengo que cambiar, me muero! Lo tendría que vender a José María para comprar otro, dice con humor. Espacios de trabajo Al fondo de la casa, al resguardo del pulmón de manzana, Gloria aprovechó un jardín de invierno para pintar y dar clases. Actualmente, está trabajando en una serie de óleos sobre Buenos Aires y su arquitectura fragmentada. Juanto al taller de su esposa, José María tiene un estudio repleto de bibliotecas y recuerdos de viajes por el mundo. Máscaras de Nepal, marionetas de México y flautas para encantar serpientes son algunos de los souvenirs que inspiran las historias que escribe en sus libros. Antes de retirarse, fue gerente de recursos humanos en la mítica fábrica Alpargatas. La galería trasera El viejo piso de calcáreos y la vajilla heredada son cómplices de un momento cotidiano amparado en este verde imprevisto dentro de la ciudad. En el fondo de la casa, a cincuenta metros de la calle y diez cuadras de Avenida de Mayo, el silencio nos traslada a una Buenos Aires de otro tiempo. Entre la parra, los nísperos y una higuera centenaria, las paredes dan testimonio de una forma de habitar que es patrimonio intangible de la cultura local. Y que quizás, al ser retratada, podamos preservar para siempre.
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