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Fecha: 05/04/2026 06:54
Puede pasar en una fila, en el ascensor, en una clase o en un trabajo nuevo. La escena es conocida: alguien tiene ganas de decir algo, pero se frena. Aparece la sensación de incomodidad, el temor a molestar o la idea de que del otro lado no habrá interés. Sin embargo, cada vez más investigaciones muestran que esa intuición suele fallar y que las conversaciones cotidianas con desconocidos pueden aportar bienestar, información útil y una mayor sensación de conexión. La psicóloga canadiense Gillian Sandstrom, profesora asociada de Psicología de la Bondad en la Universidad de Sussex, en Reino Unido, viene estudiando desde hace años estas interacciones mínimas, esos intercambios breves con personas que no forman parte del círculo íntimo pero que igual pueden influir en el estado de ánimo. En el material base, sostiene que uno de los mayores obstáculos es la voz interna que desalienta el contacto y hace creer que uno resultará torpe, poco interesante o fuera de lugar. Ese es el mayor error al hablar con desconocidos: pensamos que somos los únicos ansiosos, que no sabemos qué hacer y que no quieren hablar con nosotros. Pero todos nos sentimos así, afirma Sandstrom. La especialista remarca además que muchas veces el problema no es la realidad, sino la anticipación negativa. Cuando no tenemos datos, tenemos que imaginar cosas, y es más fácil imaginar esos desastres. Eso es lo que recordamos, explica. Por qué una charla mínima puede tener un efecto real La idea de que hablar con extraños puede mejorar cómo se siente una persona no surge solo de la intuición. Un estudio clásico de Nicholas Epley y Juliana Schroeder observó que los viajeros que conversaban con desconocidos en el transporte público terminaban el trayecto con una experiencia más positiva que quienes permanecían aislados, pese a que antes habían supuesto lo contrario. Más adelante, otra investigación publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences mostró que las personas también tienden a subestimar cuánto pueden aprender de una charla con alguien que no conocen. En otras palabras, no solo esperan menos disfrute del real, sino también menos valor informativo del que finalmente obtienen. Sandstrom lo resume en términos simples: muchas personas creen que no van a tener nada en común con el otro, cuando en verdad cualquier contexto compartido puede servir como punto de apoyo inicial. Un trabajo nuevo, un coro, una sala de espera o un club son escenarios donde ya existe una base común para empezar. Tienen algo en común, lo que podría facilitar la conversación, señala la autora en la entrevista. En esa línea, su propia investigación sobre hablar con desconocidos mostró que practicar este tipo de intercambios durante una semana puede reducir el miedo al rechazo y aumentar la percepción de habilidad para conversar. El miedo al ridículo pesa más de lo que debería Uno de los puntos más interesantes de este enfoque es que el principal freno no suele ser el otro, sino la percepción exagerada de quedar expuesto. En psicología esto se vincula con el llamado efecto foco: la tendencia a creer que los demás observan y recuerdan mucho más nuestros errores de lo que en verdad ocurre. Sandstrom lo explica con ejemplos cotidianos, como hacer un chiste sin gracia o decir algo torpe en un grupo nuevo y pensar que esa escena quedará grabada para siempre. En la práctica, lo más probable es que casi nadie le dé esa importancia. Probablemente no lo estén pensando, plantea la experta al referirse a esos momentos incómodos que una persona revive mentalmente mucho más que quienes la rodean. Ese mecanismo puede tener una consecuencia concreta: cuanto más se cree que se va a fallar, más rígida o incómoda puede volverse la interacción. Y eso sí aumenta las chances de que la charla no fluya. Por eso, buena parte del trabajo consiste en bajar el nivel de autoexigencia y entender que del otro lado suele haber una inseguridad parecida. Para quienes se incorporan a un trabajo, un curso o un grupo ya armado, el desafío puede sentirse todavía mayor. Pero la recomendación es no apuntar a una actuación brillante, sino a algo mucho más simple: hacer una observación sobre el contexto, formular una pregunta breve o retomar algo compartido. No hace falta ser carismático; alcanza con estar disponible. Conexión social, un factor de salud cada vez más relevante El tema va más allá de la simpatía o la capacidad social. La Organización Mundial de la Salud advirtió que una de cada seis personas en el mundo sufre soledad, y que la falta de conexión social está asociada con peores resultados en salud física y mental. Según el organismo, la soledad se vincula con unas 871.000 muertes al año a nivel global. En ese marco, las interacciones breves y cotidianas no reemplazan los vínculos profundos, pero sí pueden funcionar como una red de apoyo más amplia y silenciosa. No todos los encuentros tienen que transformarse en amistad. A veces alcanza con dejar de vivir al resto como decorado y empezar a registrar que un intercambio chico también puede modificar el día. Sandstrom lo plantea de un modo muy concreto: si una persona se suma a un grupo y solo habla siempre con los mismos, se pierde la riqueza de ampliar el contacto. No tienes por qué sentirte obligado a obtener su nombre y datos de contacto ni a hacer nada al respecto, pero puedes hacerlo si quieres, dice. La conclusión que deja esta línea de investigación es menos solemne y más útil: en un contexto donde la soledad crece y la desconfianza se vuelve costumbre, animarse a una conversación breve puede ser un gesto pequeño, pero no insignificante. No garantiza una amistad, pero sí abre una puerta. Y, a veces, eso alcanza para que el día se sienta un poco menos hostil.
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