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» La Nacion
Fecha: 05/04/2026 03:03
Martín Kohan: Hay escritores, Borges fue uno, que producen el efecto de que lo han escrito todo Doctor en Letras, escritor y profesor universitario, en Argentinos, ¡a las cosas!, Martín Kohan aborda la argentinidad desde veinticinco objetos que considera representativos: de la mesa de La Biela al mural de Maradona - 16 minutos de lectura' Un auto, una ruta, una pizzería, una mano... El Renault 12, la Ruta Nacional 3, la pizzería Los Inmortales y la mano de Maradona en el famoso gol contra Inglaterra en el Mundial de México 1986 son algunos de los veinticinco hechos y objetos que, según el escritor Martín Kohan representan la argentinidad. En su libro Argentinos, ¡a las cosas! incluye también una mesa de bar, un sillón, un puente, una firma, títulos que aluden a elementos simples e invitan a adentrarse en lo que, según su mirada, reúne a los argentinos en una especie de memoria colectiva. Por fuera de la historia grande, es un viaje a la historia más íntima de nuestro pasado. Su pensamiento y su forma de expresarse evidencian sus facetas de escritor y de profesor universitario. Vehemente y locuaz, Kohan les pone énfasis y entusiasmo a sus respuestas. Su análisis de la realidad abarca desde lo más abstracto hasta lo cotidiano y su mirada se vuelca en su obra que incluye novelas como Dos veces junio, Museo de la Revolución y Ciencias Morales, y ensayos como El país de la guerra y La vanguardia permanente. Fruto de su trayectoria, el doctor en Letras, escritor y profesor universitario -dicta cátedra sobre Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y Narrativa Argentina en la Universidad Nacional de las Artes- recibió el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, el Premio Konex, en España el Premio Herralde de Novela y fue nombrado Personalidad Destacada del ámbito de la cultura en la Ciudad de Buenos Aires. -¿Cómo llegó la idea de identificar la idiosincrasia argentina con veinticinco cosas puntuales? -El punto de partida fue la idea de tomarse en serio y no tomarse en serio a Ortega y Gasset en cuanto a volver a la frase argentinos a las cosas y hacer los dos movimientos que se ven rápidamente en el libro. Uno, enfatizar con los signos de exclamación, lo cual ya le da un tono diferente. El otro, adosarle una cita extraída de (Vladimir) Nabokov cuando dice ¿qué cosas exactamente?. Surgió la idea de pensar lo argentino en cosas concretas. Nada más lejos de mi interés es plantearme un ensayo de especulación sobre qué es lo argentino. La idea de trabajar sobre cosas concretas era lo que me permitía ponerme por fuera de la especulación abstracta. Volver a la idea de cosa y jugar esta especie de indagación sobre la identidad entre lo concreto y el no saber del todo qué es, ese juego es lo que me interesó. El paso siguiente fue elegir o encontrar. -¿Cómo fue la selección? -Yo tenía, a la hora de encarar el libro, dos o tres que ya estaban pensadas. El pacto implícito mío con el texto, era que yo hubiera estado frente a todas las cosas, porque entiendo que eso tiene que ver con lo que a uno le pasó ante ese objeto o en ese lugar. O hasta te podría decir, algo de lo argentino en mí se vio tocado por ese objeto. Creo que la primera idea fue la hélice y a partir de la hélice, lo que pasa cuando uno está escribiendo o pensando en escribir algo, es que activás una especie de radar de imaginación y de memoria y fueron apareciendo los sucesivos objetos que terminan integrando el libro. -¿Tuviste ayuda de alguien? ¿Alguien que te dijera te acordás de esto? -No. Por ahí charlar. Más que alguien me dijera en tal lado está tal cosa, fue contar, comentar. Por razones de trabajo, me toca andar por muchísimos lugares de la Argentina. Festivales, clases, conferencias, congresos, ferias del libro, fue como recapitular. Te puedo decir que es bastante especial. Lo es porque mi vida de hecho lo es. Creo que la única provincia en la que no estuve, pero no estuve porque no tuve ocasión, fue Formosa. Después en Chubut di clase, en Tierra del Fuego di clase. En la provincia de Santa Fe estuve siete veces el año pasado; Catamarca, por todos lados. Más bien lo que hice fue activar, y una parte de esto fue conversar, ver los lugares por donde anduve y qué me aparecía ahí. Hay lugares que me pueden haber sido impactantes y significativos, pero no me surgió ninguna cosa concreta para escribir. Ponele, le di vueltas durante un tiempo a la casa de Sarmiento en San Juan, porque estuve hace unos años. Pero tenía que encontrar para este libro un objeto, un lugar concreto que me disparara un texto y no surgió. Entonces tuvo que ver con escanear la memoria, ponerla a jugar con la imaginación y charlar. -¿Y qué te detonó la idea de empezar a buscar los objetos? ¿Qué te hizo clic para arrancar con esto? -Yo creo que el punto fue que me interesan las indagaciones de identidad. La columna vertebral de este libro es la identidad. Me interesan los distintos tipos de identidad, no solo la identidad nacional, aunque en este caso tiene que ver con la identidad nacional. Creo que en este libro se ve especialmente de qué manera una identidad se sostiene y trastabilla al mismo tiempo. Y el trastabillar, pensarlo no como algo que amenaza la identidad, sino una parte de lo que la constituye. -¿En qué casos, por ejemplo, en concreto? -La posibilidad de trabajar figuras de lo argentino, como aparecen en este libro, que estén ligadas no solamente con lo que se erige, sino también con lo que se hunde. Cuando te digo esto estoy pensando en la figura de San Martín caído en San Lorenzo como parte de sus monumentos de encumbramiento. O trabajar no solamente la épica victoriosa, y te diría ni siquiera especialmente la épica victoriosa, sino las derrotas. Maradona en la final del 90, la estatua y el cajón de Firpo. Trabajar las derrotas, el hundimiento -vuelvo a la hélice-. Eso sería en realidad trabajar a la persona o al objeto en su total dimensión, con todas sus caras. Una identidad que al mismo tiempo se afirma y vacila. La vacilación es parte de una identidad concebida de esta manera. Para otros credos de la identidad, una vacilación es una amenaza, una caída es una amenaza, un hundirse es una amenaza. Para mi manera de abordar y de entender la identidad, está hecha al mismo tiempo de afirmación y de vacilación, de erigirse y de caer. Otra vez, la hélice está ahí porque el barco al final se hundió. Entonces, jugar de esta manera con una identidad que se dice y se desdice, que se afirma y que vacila, que se afirma y que trastabilla, va a contrapelo de una concepción puramente reivindicativa de la identidad. -Y exitista. -Es que va ligado al exitismo, a la gloria, al destino de grandeza, a los tonos mayores, solamente a los tonos mayores. Y está la posibilidad de pensar consonancias y disonancias, tonos mayores y menores, pero ya no solo para completar la figuración de tal o cual personaje o de tal o cual lugar, sino para formular una posibilidad de indagar una identidad que no suponga una totalidad. Por eso hay veinticinco objetos que podrían haber sido estos u otros. Descarté otros porque podrían haber sido otros. Son veinticinco, podrían haber sido veintiocho, treinta, doscientos. No se cierra. -¿A qué conclusión se puede llegar a partir de estas 25 cosas? -Yo te diría que la conclusión es que una identidad no concluye, que no hay conclusión. En el caso concreto de este libro, de su relación con la identidad, me parece que apuntaría a la idea de que no hay identidad concluyente. No tal como la entiendo yo, por supuesto. Otras concepciones de la identidad son rotundas y concluyentes, y buscan el absoluto y la formulación definitiva. Mi propia concepción de la identidad nacional y de cualquier otra identidad es que nunca son concluyentes. -Pero sin ser concluyentes, ¿nos acercan a alguna definición? -Sí, exactamente. La identidad como algo que uno ronda, indaga y ese rondar e indagar nunca va a terminar. Entonces se produce el efecto que es que vos, para mi satisfacción, te reconocés en eso. Ese reconocimiento tiene que ver con un efecto de identidad. A la vez, ninguno de los veinticinco lugares, objetos o figuras de este libro responden a un criterio de tipicidad. Eso lo evité premeditadamente. Ninguno es típico, ninguno de esos lugares son los típicamente argentinos. Si no hubiese hecho un libro sobre el locro... -Claro, no es el lugar común. -Entonces, el lugar común, lo típico, cualquier espacio de cristalización de identidad habría derivado en una definición concluyente. Y acá hay definiciones, porque sino, no habría reconocimiento. Por ejemplo, una definición que nos acerque... Cuando Eduardo Mallea escribe en Historia de una pasión argentina, hace su planteo sobre la Argentina invisible. Mirá, estaba en LA NACION y Mallea creo que dirigía el suplemento Cultura. Claro que supone que hay un lugar, otra vez, absoluto y concluyente que define la verdad de lo argentino. Incluso está el fatalismo telúrico de Martínez Estrada a partir de la pampa, también de una manera muy distinta, por supuesto, muy diferente a la de Mallea. A mí me entusiasma más la de Martínez Estrada porque me entusiasman más sus prácticas de lectura y su escritura, pero en un punto también se dirige a una especie de instancia de autenticidad de lo verdaderamente argentino. La Argentina invisible de Mallea apuntaría a lo verdaderamente argentino y el telurismo de Martínez Estrada apuntaría a lo verdaderamente argentino y ahí con cualquier formulación de destino o de trascendencia lo que supone es un horizonte de lo auténticamente argentino. La escena que se ofrece en el bar tiene algo de propio y tiene algo de impropio. Porque el habitué de La Biela era Bioy, que vivía a un par de cuadras. Borges por su parte solía tomar la leche en el café Castelar de la avenida Córdoba o en el Saint Moritz de Paraguay y Esmeralda, si es que no lo cruzaban a pasar el rato en la Galería del Este, entre rockeros y artistas de vanguardia, con Pappo o con Marta Minujín, entre la disquería El Agujerito y la onda expansiva del Instituto Di Tella. Borges y Bioy solían juntarse en un ritual de amistad que se mantuvo durante muchos años y declinó sólo a partir de María Kodama, pero eso ocurriría más que nada en la casa de Bioy y Silvina Ocampo. Borges era el visitante. Bioy jugaba de local (algo de esto se mantiene con los muñecos del bar La Biela), describe el autor en el capítulo Una mesa de bar. -Hacés asociaciones interesantes. Como cuando hablás de La Biela y de las figuras de Bioy y de Borges. Eso lo repetís en varios de los capítulos, ¿cuál es el objetivo? -Evidentemente eso que mencionás me interpela fuertemente porque me parece que aparece más de una vez por lo siguiente: es la instancia en la que uno le pregunta a las cosas no lo que son sino lo que significan. Cuando la pregunta es por la significación, me parece que se abre otra perspectiva de lectura, de escritura y también de identidad. La identidad como algo hecho de significación. Entonces, es el juego entre lo que es y lo que se representa, por algo me apareció una y otra vez. Los muñecos de Borges y Bioy se vieron hiperrealistas. Pegado a ese capítulo, el de (Alberto) Olmedo y (Javier) Portales (llamado Un sillón) fue también una asociación en la escritura, porque es otro que también se llamaba Borges (tal era el nombre del personaje representado por el capocómico). Hay uno que es el muñeco de Borges. Y hay otro que se llama Borges y no es Borges, pero el otro tampoco es Borges, es el muñeco de Borges. Y la hélice no representa a la hélice, es una hélice. Y la estatua de Firpo no es Firpo, representa a Firpo, pero adentro del cajón que uno ve al mismo tiempo, sí está lo que es Firpo. Fue Firpo. Entonces, entre los cuerpos, las cosas, las figuras, hay un juego entre lo que es, lo que se representa y lo que significa, que me parece que también puede ser muy estimulante para pensar la identidad, en la medida que facilita este corrimiento. La pregunta no es por el ser, es por la significación. Empezaste a escribir en el 93. Tuviste varios reconocimientos: de la Sade, de la Ciudad de Buenos Aires, Konex, Herralde de Novela, ¿qué significan para vos? El motor de mi relación con la escritura literaria es la pasión, el deseo, el disfrute y las satisfacciones que vienen. La escritura es una satisfacción en sí misma, pero lo que la escritura puede generar es que las lecturas son siempre reconfortantes, y yo podría decir que hay gestos o momentos que enfatizan la valoración de lectura. Un premio es eso para mí. Toda la lectura para mí son objetos de agradecimiento, ya que alguien te haya leído. Si además el que te leyó lo aprecia, más aún. Si eso que uno escribió generó algo en su lectura, más aún. Y si esa apreciación de lectura cobra la forma concreta de un premio, más aún. Entra en la línea de los reconocimientos de lectura, que es una parte fundamental de la satisfacción que uno puede tener con lo que escribe. -¿En qué estás trabajando ahora? -Lo que viene ahora es una novela que se llama La separación. Tiene que ver con cómo es que se termina el amor. Si vos lo sabés, me lo decís y me ahorrás la novela, pero ya la escribí igual, porque no se sabe. Estuve trabajando, y va a salir también entre marzo y abril, una recopilación. Fue una idea que surgió, con los editores y amigos de Editorial Godot, de reunir materiales que yo fui escribiendo a lo largo de los años sobre Borges. Algunos son textos más largos que tienen que ver con elaboraciones críticas de más largo aliento, algunos son textos más breves, publicados casi a manera de viñetas sobre un momento, un adjetivo, detalles en Borges. Pero la idea fue revisar, seleccionar y reunir distintos textos que fui escribiendo sobre Borges a lo largo de los años. En Argentinos, ¡a las cosas! aparecen Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Ricardo Güiraldes. Más acá en el tiempo, entre los escritores preferidos de Martín Kohan están Rodolfo Fogwill, Leopoldo Brizuela, Lucía de Leone, Sara Gallardo, Elvira Orphée, Sergio Chejfec, Alan Pauls, Daniel Guebel, Matilde Sánchez, Sergio Bizzio. El escritor reconoce un mundo literario del Grupo Babel, que fue una referencia muy fuerte para mí, que eran los que se llamaban jóvenes escritores y fue cuando yo empezaba a arrimarme a todo esto y a pensar que quizás yo pudiese publicar. Contemporáneo a él, destaca a Gustavo Ferreyra y, entre los más jóvenes, a Ana Ojeda y Leonardo Sabbatella. -¿Hay un antes y después de Borges? -Hay una serie de escritores que uno puede decir, con la perspectiva del presente, que lograron afrontar o resolver el dilema Borges. ¿Cómo escribir después de Borges? Yo nací en el 67, no he estado tan cerca de la presencia del Borges de los 40, de los 50, porque empecé a escribir mucho después. Pero hay escritores como Manuel Puig, (Juan José) Saer, (Ricardo) Piglia, que de alguna manera resolvieron la cuestión y la dejaron resuelta para los escritores que vinimos después. -¿Cómo la resolvieron? -Planteando el efecto. Esto que estoy diciendo es muy resumidamente alguna de las ideas de Harold Bloom en cuanto a qué supone un poeta fuerte o un escritor fuerte para sus contemporáneos o para los que vienen inmediatamente después. Los escritores así, Borges fue uno, producen el efecto, obviamente es un efecto, de que lo han escrito todo. Alan Pauls, en El factor Borges, dice que Borges no escribió solamente una obra, escribió una literatura. César Aira dice que, cada vez que se habla de la literatura en general, aparece Borges. Ya sabemos que Borges, por lo pronto, uno podría decir, dejó intacto el género novela, lo tenemos disponible. No se trata de eso, es el efecto de que lo ha escrito todo. Nadie escribe todo, por suerte. Es que aún la novela que puedas querer escribir, de alguna manera ya está en Borges, aunque Borges no la haya escrito. Los grandes escritores producen ese efecto y abren el desafío de abrir nuevas posibilidades para la literatura. No es que no se sepa, no tiene que ver con saberlo, tiene que ver con poder resolver el efecto abrumador de una presencia tan potente en la literatura. Hay un gran artículo de tantos grandes textos que tiene Josefina Ludmer, que se llama Salir de Borges. Porque en algún caso, si uno piensa en Puig, la alternativa es abrir un mundo para la literatura que no parecía estar hecho para la literatura y que es completamente ajeno al universo Borges. O tener resoluciones como la de Ricardo Piglia, que es resolver la presencia de Borges borgeanamente. Valerse de estrategias borgeanas para resolver a Borges. Uno abrió un universo literario muy por fuera, el otro lo desactivó desde adentro. Hay una línea derivada que uno podría trazar a partir de Piglia, de una relación entre la narración y los saberes, eso que en Borges pasaba por la enciclopedia. El modo de usar la retórica del saber para la ficción. Uno puede rastrear eso en Piglia, cierta manera de poner el acento literario en la escritura como tal, en la cadencia de la escritura y en el ritmo de la escritura como tal, que está en Saer. Entonces me parece que hay un primer horizonte de referencia que tiene que ver con esos escritores, y después los movimientos que se derivan de ahí. -Ortega y Gasset invoca a los argentinos, dedíquense a resolver sus problemas, ¿Cuáles serían, a tu entender, los problemas más cruciales que tenemos? -Me voy a referir, para acotar la respuesta, a aquello a lo que yo me dedico, que es educación, que viene teniendo problemas severos desde hace mucho tiempo. Desde hace años hay serias dificultades que afrontar y que discutir y que resolver en el ámbito educativo en sentido amplio. Yo en particular, hoy por hoy, trabajo específicamente en el área de la enseñanza universitaria, pero tengo una relación con la enseñanza media, porque voy mucho a colegios. Sí, hace largos años que hay muchas cuestiones muy problemáticas para resolver en el ámbito educativo. Que el aparato y el poder del Estado se haya orientado frontalmente en un propósito de dañar la educación, eso yo no lo había vivido. No estamos en un escenario de discutir proyectos o alternativas con respecto a cuáles son los problemas. Últimas Noticias Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. Iniciar sesión o suscribite
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