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  • Lo que aprendí sobre la vida en estos 21 años que estoy esperando mi ejecución

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 05/04/2026 02:53

    Llevo veintiún años esperando. Estoy en el corredor de la muerte, soy un hombre muerto caminando. Cuando me condenaron a muerte por el crimen que cometí, nunca imaginé algo así. Aquel día, mientras el juez leía mi sentencia, sentí como si escuchara los sonidos debajo del agua, y entendí lo que significaba estar aturdido. Pero también sentí liberación. Mi calvario se acabaría pronto. Me darían la inyección y todo terminaría. Tendría el extraño privilegio de saber qué día y a qué hora moriría. Después, sentí como si todo lo que me estaba ocurriendo le sucedía a otro. Tenía treinta y un años y mi vida terminaría cuando apenas comenzaba. En cuanto me llevaron de regreso a mi celda pensé que esa misma tarde, a lo sumo el día siguiente, me ejecutarían. No fue así, la pesadilla recién empezaba. Mi abogada me explicó que había que seguir luchando, y apelar. Mientras la escuchaba me sentía como un enfermo terminal cuando los médicos insisten en más tratamientos. Creo que los proponen por una obligación científica, porque si fueran capaces de conectar con esos pacientes, los dejarían en paz, solo acompañándolos amorosamente. Yo estaba cansado. Unos días después mi abogada presentó la apelación y me trasladaron acá, mi destino final. Hace veintiún años de todo aquello, y desde entonces estoy en el corredor de la muerte. Mi vida se reduce a este pasillo largo que recorre los calabozos individuales, todos ubicados a un mismo lado, dentro de una cárcel de máxima seguridad. Todas las mañanas a las seis en punto se abre la puerta de ese pasillo y los presos escuchamos pasos. Es el guardia notificador: su trabajo es anunciarle al condenado que será ejecutado ese día. El oficial camina por el corredor y se detiene frente al calabozo de la persona a la que debe notificar y cuando llega al elegido, desliza por debajo de la puerta de la celda un sobre con una nota informando que dentro de dos horas vendrán a buscarlo para darle la inyección letal. A veces el guardia se detiene frente a una puerta cualquiera para asegurarse de cuál es la celda en las tiene que dejar la notificación. No sé por qué tantas veces se detiene: tal vez titubea, tal vez necesite atarse los cordones. Nosotros estamos en silencio, escuchando cada movimiento con el corazón detenido, mirando hacia abajo, esperando a que el maldito sobre se deslice debajo de nuestra puerta. Somos varios los que llevamos muchos años en esta situación. La burocracia judicial junto con los amparos de varias organizaciones que se oponen a la pena de muerte, construyeron este infierno. Así quedamos atrapados en este limbo en el que ni nos matan ni nos dejan vivir. Nos pasamos miles de días esperando una muerte que no llega. Llevo 7.670 días y sus noches esperando. Durante años me sobresalté cada mañana al escuchar que se abría la puerta del pasillo. Rogaba que el guardia notificador siguiera de largo, que no me informara nada. Pero llegó un momento en el que empecé a desear lo contrario: ver ese sobre deslizándose debajo de mi puerta para morirme de una vez por todas. Tampoco ocurrió. A veces pienso que si a Nelson Mandela le hubieran dicho que iba a pasar veintisiete años preso en un calabozo de dos metros por dos treinta, se habría muerto de cáncer en pocos meses. Logró resistir semejante tiempo porque no sabía de antemano lo que le esperaba. Nadie puede intuir cuán fuerte es hasta que lo ponen a prueba. Pero esa fuerza se construye paso a paso. No es un don. Hace relativamente poco, cuando cumplí dieciocho años en este corredor maldito, sentí que no podía más. No quería seguir en este estado de espera, porque ya ni sé qué es lo que espero, si la inyección letal o la absolución. Decidí que tenía que dejar de esperar, de estar pendiente de la Justicia, o que un hecho externo me libere. También decidí dejar de estar enojado, dejar de oponerme a una realidad que no puedo modificar en lo más mínimo. Lo único que puedo hacer es elegir cómo vivir lo mejor posible dentro de las inmensas restricciones que tengo. Hoy disfruto la hora que me dejan pasar al sol. Su calor es una caricia. Estoy contento con el tiempo que me asignaron para hacer deporte; la actividad física me llena de energía y entusiasmo. Me conmuevo leyendo libros que siempre quise leer y nunca tuve tiempo. Estoy en paz. Trato de poner amor en cada instante de mi vida, tomándola como viene, y no como querría que fuera. Es lo que es. Ya no espero más. La semana pasada me entrevistó un periodista. Le sorprendía que no me hubiera vuelto loco. Pero para mí, locos son los que están afuera. Los que siguen esperando que algún hecho externo los libere. Los que todavía no se dieron cuenta de que la vida también se les puede terminar en cualquier momento y, peor que a mí, sin un guardia notificador que les avise dos horas antes. Los que viven como si fueran eternos, esperando cada día una libertad que nunca llega. ¿No se enteraron de que eso no está afuera, sino adentro de uno? Yo aprendí a amar la realidad tal como es. Soy consciente de que cada día puede ser el último. Lo mismo que les pasa a ustedes, solo que todavía no se dieron cuenta. * Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro Un paraguas contra un tsunami. www.youtube.com/juantonelli

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