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  • Mario Izcovich: "En todas las escuelas tiene que haber un psicólogo que ayude a reflexionar: allí hay mucha gente sufriendo"

    » Clarin

    Fecha: 04/04/2026 18:38

    La tragedia en la escuela de San Cristobal, Santa Fe, donde un alumno de 15 años llevó una escopeta y mató a otro de 13, aún conmociona y puso en agenda preguntas acerca de qué pasa adentro de los colegios. El psicólogo argentino Mario Izcovich, que vive en Barcelona desde 1991, viene trabajando hace años la cuestión del malestar en las escuelas. Con un enfoque psicoanalítico, apunta a la necesidad de que haya más espacios de escucha y reflexión en las instituciones educativas. Su último libro, La escuela que escucha (Ariel/Planeta), será presentado este martes en la Argentina. - ¿Por qué La escuela que escucha? - Parto de una hipótesis: la escuela forma parte de una gran maquinaria, el sistema educativo. Esto no es nuevo; ya lo trabajó, entre otros, Michel Foucault. La escuela transmite valores de una sociedad en cada época, y dentro de esa maquinaria lo que suele primar es que el sistema funcione. Pero pocas veces se detiene a pensar qué está pasando o qué les pasa a las personas que la habitan. Una prueba de esto es la cantidad de problemas de salud entre los educadores. Y cuando hablo de salud, hablo de salud en general: mental y física, porque están profundamente ligadas. - ¿A qué tipo de problemas se refiere? - A cuadros de ansiedad, depresión, insomnio. Un docente que tiene un conflicto con un alumno puede pasar noches sin dormir. Y eso luego deriva en problemas físicos: de piel, digestivos, entre otros. Por eso en el libro pongo el foco en los educadores, que suelen quedar fuera de la reflexión, aun siendo parte central del sistema. Hay una frase conocida que dice que uno manda a sus hijos con gente que muchas veces no está bien cuidada. La escuela que escucha sería aquella que se permite entender qué está pasando y escuchar a sus docentes. - ¿Escuchar en qué sentido? - Escuchar no es simplemente oír. Vivimos en una época en la que la comunicación está mediada por dispositivos como WhatsApp: mensajes consecutivos, sin diálogo real. Escuchar implica atención, tiempo, disponibilidad para entender al otro. Y hoy tenemos un problema serio con la atención. Por eso digo que escuchar es un acto político, no en el sentido partidario sino en el del cuidado del otro: qué le pasa al que tengo al lado y cómo puedo ayudar a que sufra menos. - ¿Cómo se traduce en la práctica escolar? - Te doy un ejemplo. En una escuela en las afueras de Barcelona, una profesora decía: Tengo 24 alumnos con TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). Más allá de la exageración, lo que mostraba era otra cosa: su dificultad para manejar el grupo. El problema no eran los alumnos, sino que ella no sabía cómo enfrentarse a esa situación. Sin embargo, el sistema responde sobre los alumnos, no sobre el docente. Nadie se pregunta cómo acompañar a esa profesora. Esto muestra un fenómeno preocupante: la psiquiatrización de la escuela. Los educadores diagnostican sin formación. El DSM-5 (Manual de Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría) ha colonizado el lenguaje cotidiano. Es común escuchar que alguien dice yo tengo TOC (Trastorno Obsesivo-Compulsivo) o soy un TOC. Ya es parte del lenguaje común. Cuando la profesora dice que tiene 24 TDAH, en realidad, lo que está queriendo decir es tengo un grupo difícil, pero ahora se traduce en etiquetas clínicas. - ¿Por qué ocurre eso? - Porque el sistema educativo se presenta como un saber totalizante. Nadie puede decir no sé qué hacer. Reconocer la propia dificultad no tiene lugar. Y eso impide pensar. Por eso insisto: escuchar no es hacer catarsis, sino abrir un espacio de elaboración. Escuchar lo que pasa - ¿Quién debería escuchar a los docentes dentro de la escuela? - Esto debería formar parte de la cultura institucional. Hay escuelas que lo hacen. No es un problema de falta de tiempo, sino de modelo de gestión. Hay escuelas que lo priorizan, en lugar de hablar todo el tiempo de protocolos. El otro día una directora me contaba que ella nunca está en su oficina, que camina la escuela y habla con la gente. Es una manera de escuchar qué está pasando, cómo respira la escuela. Esa mujer no tiene nunca la puerta cerrada: cualquiera puede ir, plantearle algo y conversar. Trabajé de supervisor en una escuela de educación especial donde una vez al mes hacíamos una asamblea con todo el equipo, para que los docentes puedan hablar. En esos espacios, el mismo silencio inicial provoca que alguien lo rompa y empiece a hablar. Escuchar implica crear condiciones para que el otro hable, algo que hoy no pasa con docentes ni con alumnos. Muchas veces, en lugar de escuchar, se moraliza. - La escuela es un dispositivo masivo, van prácticamente todos los chicos. Pero a cada uno le pasa otra cosa, ¿cómo abordarlo? - Sí, ahí hay una tensión estructural: lo universal del sistema y lo particular de cada estudiante. - ¿Está pensando en la posibilidad de que haya un psicólogo -o psicoanalista - en cada escuela, que aporte esta escucha? - Sí. Para mí, en todas las escuelas tiene que haber alguien con esa función. Puede llamarse psicólogo, psicoanalista o de otra manera, pero tiene que haber una figura que ayude a reflexionar lo que pasa. Porque en la escuela hay mucha gente sufriendo y eso hoy no está siendo atendido. Pero no se trata solo de sumar una figura, sino de que haya alguien con una orientación que permita pensar lo que ocurre de otra forma. No sirve cualquier enfoque. Los modelos más conductuales tienden a quedarse en la superficie, en la conducta observable, en lo que hizo el chico. Y es insuficiente. Se necesita alguien que pueda acompañar a los docentes a pensar sus propias dificultades. - ¿Qué otros problemas ve en el sistema educativo actual? - Uno central es la autoridad. Hoy se delega: los padres esperan que la escuela ponga orden y límites, y la escuela delega en los padres la continuidad educativa con los deberes. También hay una tendencia a trasladar la autorregulación a los chicos, por ejemplo, a través de la psicología de las emociones. Proponen que los chicos les pongan nombre a las emociones, que las distingan y esto los ayude a estar más tranquilos. Pero cuando se habla de emociones en la escuela no se habla de estar triste. Se habla de controlar la ira, de que los chicos no jodan en la clase. - ¿Qué tiene de malo que conozcan sus emociones para gestionarlas? - Con mi experiencia clínica, digo que no sirve para nada. - ¿Por qué? - Simplifica demasiado y no cambia nada. Hay estudios, como uno hecho en Reino Unido con miles de adolescentes, donde prácticas como el mindfulness mostraron efectos positivos, pero no lograron los objetivos buscados. Para aprender hace falta concentración y condiciones adecuadas. Y eso no depende solo del docente. He ido a Finlandia, allí ellos muestran que para aprender tiene que haber un estado de bienestar de los chicos. Coincido. Pero no es responsabilidad de los maestros. Hay que crear las condiciones para eso. En Finlandia los edificios son diferentes. El modelo de la arquitectura de las escuelas tradicionales en España o Argentina es el mismo que criticó Michel Foucault en su libro Vigilar y castigar. Y eso fue en los años 60. Falta de diálogo - En Argentina, el malestar docente está muy atravesado por las condiciones laborales: salarios cada vez más bajos. ¿Cuánto influye en lo que usted describe? - Muchísimo. Las condiciones materiales afectan en un porcentaje altísimo. Y no es solo un problema de Argentina: en España ocurre algo muy similar. De hecho, en estos días hay movilizaciones docentes importantes. Los sueldos son bajos, los recursos son escasos y, por ejemplo, todo el trabajo vinculado a la inclusión muchas veces se sostiene a pulmón, sin el acompañamiento necesario. Pero también creo que hay algo más profundo: una idea muy arraigada -casi de raíz judeocristiana- que ubica al educador como una especie de cuidador, alguien que trabaja por vocación más que como un profesional. Como si su tarea fuera un servicio casi sacrificial. Eso tiene consecuencias muy concretas: se naturaliza que trabaje en malas condiciones. - Como si la docencia fuera una vocación y no una profesión - Exactamente. Como si fueran sacerdotes. Y eso se ve en cosas muy concretas: por ejemplo, el cuestionamiento permanente a las vacaciones de los docentes. Al mismo tiempo, lo que yo observo es que los profesores trabajan cada vez más. Hoy hay padres que les escriben por WhatsApp a cualquier hora, cualquier día de la semana. Eso rompe cualquier límite entre el trabajo y la vida personal. Pero no todo es un problema de recursos, muchas veces lo que falta en las escuelas es diálogo. Cada docente piensa su trabajo de manera distinta y no logran ponerse de acuerdo. Y eso genera situaciones muy problemáticas. Yo suelo decir -aunque suene provocador- que incluso sería mejor que todos pensaran algo equivocado pero compartido, antes que trabajar en direcciones completamente divergentes. Porque la falta de acuerdos destruye el trabajo. Este es otro punto clave cuando hablo de la escuela que escucha: los equipos no se escuchan entre sí, no construyen una orientación común. Y eso genera un enorme malestar interno. - ¿Podría dar un ejemplo? - Pensemos en un alumno con dificultades. El profesor de educación física tiene una mirada, el de biología otra, el de lengua otra. Pero si no hay un espacio para construir un criterio común, lo que aparece es fragmentación. Yo trabajé durante años supervisando dispositivos escolares que se crean cuando hay crisis. Y te diría que en el 90% de los casos, lo que aparecía como problema del alumno era en realidad un conflicto del equipo docente. Consejos para autoridades y padres - ¿Qué debería hacerse desde la política pública para evitar el malestar en las escuelas? - Lo principal es dejar de tomar decisiones en despachos sin escuchar a los docentes. Eso es un despropósito. Hoy es posible escucharlas: hay focus groups, encuestas bien hechas, visitas a escuelas. Hay que incorporar la voz de quienes están en el aula. También hay que aceptar que la escuela cambió: ahora es obligatoria, es inclusiva, y funciona en una sociedad distinta. No sirve la nostalgia de modelos del pasado, que muchas veces ni siquiera existieron. - ¿Y qué recomendación les daría a los padres, que también están atravesados por múltiples tensiones en una sociedad que muchas veces los desborda? - El problema de los padres está muy ligado a la angustia que genera el futuro de los hijos. Ahí se juega todo. Es lógico preocuparse por eso, pero al mismo tiempo aparece otro elemento muy fuerte: el narcisismo de los padres, en el sentido en que lo planteaba Freud. Freud lo explica bien: los padres tienden a proyectar en los hijos sus propios deseos, sus ideales, lo que ellos no pudieron ser. Entonces, si tenés un hijo que juega al fútbol, rápidamente aparece la fantasía de que puede ser el próximo Messi. Y ahí vemos escenas muy habituales: el padre al costado de la cancha, gritándole cómo tiene que jugar. Y lo más probable es que ese chico no sea Messi. Entonces, ¿por qué no dejarlo jugar tranquilo? ¿Por qué no ir a tomar un café mientras el chico disfruta? Pero no: ahí se juega algo del propio narcisismo del adulto, que necesita que su hijo sea excepcional. A eso se suma el miedo. Y la combinación de miedo y narcisismo lleva a una sobreintervención constante. Hoy los chicos están controlados 24/7. Prácticamente no tienen espacios de autonomía. Ya casi no juegan solos en la calle; las pantallas vienen a ocupar ese lugar. Entonces se instala una lógica donde todo es potencialmente peligroso. Y si bien los peligros existen, muchas veces funcionan como excusa para intervenir todo el tiempo. Si al chico le pasa algo en la escuela, los padres intervienen de inmediato. No hay distancia, no hay espacio. Por eso, una recomendación es que cada uno ocupe su lugar. Los padres tienen que dejar que los docentes hagan su trabajo. No deberían intervenir permanentemente en lo que ocurre en la escuela, ni convertirse en una extensión del sistema educativo en la casa. Hoy vemos que muchos padres asumen las tareas escolares como propias, y eso genera conflictos familiares muy fuertes. Y hay otro punto clave: recuperar la cultura del diálogo. Conversar con los hijos es fundamental, pero muchas veces lo que se instala es un interrogatorio: ¿Qué hiciste en la escuela?, ¿Cómo te fue?, ¿Con quién estuviste?. Y frente a eso, los chicos responden con monosílabos. La conversación es otra cosa. Es poder hablar de cualquier tema, no necesariamente de la escuela. Que haya un intercambio real. Hablar de lo que sea, compartir. Eso es lo que construye vínculo. Y ese vínculo, a la larga, es mucho más importante que cualquier control o supervisión permanente. Señas particulares Psicólogo y psicoanalista argentino (Universidad del Salvador), Mario Izcovich vive en Barcelona desde el año 1991. Es integrante del equipo del Instituto de la infancia de Barcelona, miembro de la Associacion Mundial de Psicoanálisis, y supervisor y formador de varias instituciones educativas. Ha publicado Tiempo de transformación (Síntesis), Ser padres, ser hijos. Los desafíos de la adolescencia (Gedisa) y La escuela que escucha (Ariel/Planeta), que será presentado en FLACSO este martes a las 18. Mirá también Mirá también Sobre la firma Newsletter Clarín

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