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  • De genio de Harvard a terrorista: la caída de Unabomber tras 20 años de búsqueda y una frase que lo delató

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 04/04/2026 10:02

    Lo delató una frase: No podés comerte la torta y seguir teniéndola. Una tontería, una verdad de Perogrullo, una muletilla con más pretensiones de sandez que de proverbio. Theodore Kaczynski la había repetido miles de veces a lo largo de sus casi cincuenta y cuatro años, en especial cuando todavía era Theodore, o Ted, o Kaczynski, un científico brillante, una promesa joven y no ese espectro llamado Unabomber, un criminal que mataba por correspondencia, con explosivos metidos en encomiendas fatales y arteras. Cayó en manos del FBI que lo buscó con desesperación a lo largo de veinte años, el 3 de abril de 1996, hace ya tres décadas, y si lo apresaron no fue por los ardores consumidos en esos veinte años de búsqueda imposible, o no sólo por esos ardores, sino porque Kaczynski, o mejor Unabomber, que asesinaba para imponer sus ideas anti industriales, anti tecnológicas, de resistencia pasiva al consumismo y a la informática, en pos del abandono pasivo del uso de la tecnología y, aquí se acababa la paz, para provocar el mayor daño posible a quienes producen tecnología y progreso, envió a los diarios, después de su último crimen, un manifiesto titulado La sociedad industrial y su futuro. Ese documento, conocido como El manifiesto de Unabomber, era un largo escrito que llamaba a la revolución mundial contra las consecuencias de la sociedad moderna () que obliga a la gente a comportarse de un modo cada vez más alejado de los patrones naturales de la conducta humana. En ese largo escrito, que los diarios publicaron, figuraba la frase: No podés comerte la torta y seguir teniéndola. Cuando la leyó, David Kaczynski, hermano de Ted, creyó ver en el perfil del criminal el rostro de su hermano. No quiso creerlo, pero habló con el FBI. La policía pidió a David que los llevara adonde vivía Ted, pero aquel era un sitio remoto, de difícil acceso, un lugar perdido en el mapa del estado de Montana, cerca de las altas montañas rocosas a las que supo cantar John Denver. Buscaron primero por aproximación, después por eliminación, después peinaron casi metro por metro hasta que dieron con una pequeña cabaña de madera, un refugio, una cueva casi, sin agua, sin corriente eléctrica, sin nada. Allí hallaron a Unabomber y a su diario de vida en el que había registrado sus acciones criminales, más un cuaderno de notas que detallaba la fabricación de sus bombas caseras, cada vez más perfeccionadas para un tipo que invitaba a prescindir de la tecnología. Kaczynski ya no era Ted, el chico brillante, el científico prometedor que había sido. Ni siquiera su cara decía que era quien había sido: demacrado, enjuto, con harapos por vestimenta, la mirada extraviada de un tipo al que se le torció el destino, se le dio vuelta el viento y lo pudo el fracaso, el rencor y la ira. Un lagarto acorralado que durante veinte años se había escurrido de las redes de la ley y de la convivencia. Unabomber es hoy un mal recuerdo. Kaczynski, que fue condenado a ocho cadenas perpetuas sin posibilidad de libertad condicional, murió el 10 de junio de 2023, a los ochenta y un años, en su celda del Federal Medical Center Butner, en Carolina del Norte, una cárcel de máxima seguridad. Dos años antes, y por su salud frágil, había sido trasladado allí desde la prisión de máxima seguridad Supermax de Florence, en el estado de Colorado, donde pasó los primeros veinticinco años de su condena infinita. Allí fue el interno 04475-046. Nunca volvió a ser Ted Kaczynski. Había dejado de serlo muchos años antes. De alumno brillante a criminal ¿Cómo es que una promesa de la ciencia, un chico brillante de coeficiente intelectual superior al medio alto, graduado de Harvard como doctor en matemáticas y profesor de la Universidad de Berkeley en California termina por mandar cartas y paquetes explosivos a las universidades y a las líneas aéreas? De hecho, de sus atentados le llegó el apodo a Kaczynski cuando dejó de ser Ted: Unabomber englobaba los objetivos del criminal: University and Airlines Bomber. Había nacido en Chicago el 22 de mayo de 1942, segunda generación de polacos estadounidenses. Fue un alumno aventajado que se salteó dos años de colegio elemental. Ese hecho auspicioso, diría luego Unabomber, cambió su vida para siempre: rodeado de chicos mayores fue víctima de bromas pesadas, violencia verbal, provocaciones y burlas y escarnios: una realidad dolorosa que soportan muchos alumnos de muchos colegios, sin que atinen luego como adultos a mandar bombas caseras por correo. Con dieciséis años, Kaczynski entró en Harvard para cursar estudios superiores. Era un prodigio. Recibió clases de Willard Quine, un filósofo americano reconocido por sus trabajos en lógica matemática y por considerar al pragmatismo como una de las teorías del conocimiento. Kaczynski fue el primero en aquella clase, con un promedio de 98.9. También fue alumno del doctor Henry Murray, especializado en el estudio de la personalidad. Murray invitaba a sus estudiantes a participar de un proyecto de la Central de Inteligencia de Estados Unidos, CIA, conocido como MK Ultra. ¿Qué era el proyecto MK Ultra? Entre los años 50 y los 70 se lo conoció como el programa de control mental de la CIA que experimentaba con seres humanos. Eran ensayos destinados a desarrollar nuevas sustancias químicas y nuevos procesos de interrogatorio y hasta de torturas para debilitar la mente de una persona y forzar confesiones gracias a las técnicas de control mental. Era un proyecto diabólico, y la historia de su desarrollo también es diabólica, organizado por la División Científica de la CIA en conjunto con el Cuerpo Químico de la Dirección de Operaciones Especiales del Ejército estadounidense. Al parecer, fue desactivado en 1973. Hasta hoy, la mayor parte de sus actividades estuvieron rodeadas del secreto más absoluto. Muchos jóvenes universitarios fueron usados como cobayos, se supone que contra su voluntad, o sin conocer en completo los alcances de esas experiencias que incluían drogas entonces experimentales como el LSD, privaciones sensoriales seleccionadas, aislamiento, abusos verbales, sexuales y el uso de la hipnosis. Kaczynski fue uno de esos alumnos, invitado a participar de una clase de filosofía junto a un grupo de compañeros. La clase era, en realidad, una prueba de estrés que incluía un ataque psicológico intenso a cargo de uno de los profesores de la CIA. Los estudiantes eran atados a una silla, conectados todos a electrodos que monitoreaban sus respuestas psicológicas. Todo era filmado y grabado en audio, observado por evaluadores ocultos en otra habitación y detrás de un doble espejo. Más tarde, se les hacía revivir a los estudiantes sus sentimientos de ira, de impotencia. En el juicio que le siguieron a Unabomber, sus abogados sugirieron que Kaczynski era emocionalmente estable cuando empezaron esos estudios. Y le adjudicaron a ese experimento, y a otros, su inestabilidad mental. Unabomber se graduó en Harvard en 1962 a los veinte años. Fue doctor en matemáticas en la Universidad de Michigan, ocupó un sitial en la National Science Foundation y dio clases a estudiantes no licenciados durante tres años. Luego se mudó a California para ser profesor asistente en la Universidad de Berkeley, entre el otoño de 1967 y el de 1969. Y de pronto, sin mediar incidente alguno, tiró todo por la borda. Renunció a sus cargos universitarios sin motivo aparente, pese al asombro de sus maestros que lo admiraban. Se mudó a la casa y granja de sus padres en Lombard, Illinois, donde hizo trabajos menores y mal pagos. En 1971, se mudó a una cabaña de madera, construida por él mismo en los bosques de Lincoln, Montana, para vivir una vida sencilla, casi sin dinero, sin electricidad, sin agua corriente y alimentado por lo que cazaba y recolectaba. Trabajó en muy poco, para cobrar casi nada, y recibió el apoyo económico de su familia para comprar el terreno donde se alzaba su cabaña. En 1978, trabajó un lapso muy breve junto a su padre y su hermano en una fábrica de gomaespuma. Para entonces, ya había enviado su primera carta bomba de las dieciséis que envió entre 1978 y 1995 a personas, empresas y universidades. A finales de mayo de 1978, alguien encontró un paquete extraviado en un estacionamiento de la Northwestern University, de Illinois. Lo había enviado Buckley Crist, profesor de Ingeniería de Materiales de la facultad, y le había sido devuelto al destinatario. A Crist le llamó la atención: se suponía que la letra que figuraba en el envío devuelto debía ser la suya. No lo era. Llamó entonces al encargado de la seguridad del campus, Terru Marker, quien abrió el paquete: el estallido le provocó lesiones no demasiado graves en las manos y fue internado en el Evanston Hospital. La bomba era casera, un tubo metálico de veinticinco milímetros de diámetro y veintitrés de largo, con un ingenioso dispositivo de ignición que no es del caso detallar. Falló parte de ese mecanismo y por eso Marker siguió vivo. A ese primer atentado siguieron unas cartas bombas enviadas a universidades y a jefes y empleados de líneas aéreas. El 15 de noviembre de 1979, Unabomber logró colocar uno de sus artefactos en el equipaje de carga del vuelo 444 de American Airlines que debía unir Chicago con Washington. La bomba estalló a medias, provoco una explosión de succión y una pérdida de presión, según los expertos, y llenó de humo la cabina del avión. Los pilotos aterrizaron de emergencia en el Aeropuerto Internacional de Dulles y doce pasajeros debieron ser tratados por inhalación de humo. Las pericias dijeron que la bomba pudo haber destruido el avión si hubiese funcionado tal como estaba diseñada. Cuando admitió sus crímenes, Kaczynski reveló que aquel artefacto llevaba adosado un barómetro para accionar los explosivos cuando la aeronave alcanzara una altura determinada. Fue ese atentado, un delito federal, el que hizo intervenir al FBI en la búsqueda del terrorista y fue el FBI el que le dio nombre al hasta entonces desconocido y no identificado terrorista: Unabomber. En 1980, el legendario John Douglas, creador para el FBI del perfil psicológico del asesino serial, esbozó un perfil de Unabomber: lo describió como un hombre con inteligencia superior a la media y con estudios universitarios. Más tarde, agregó otras especificaciones: el terrorista era también un neoludita con estudios superiores en ciencia. Pero en febrero de 1993, el perfil hecho por Douglas fue descartado por analistas del FBI que, centrados en las pruebas físicas dejadas por los restos del explosivo, afirmaron que el sospechoso era un mecánico de aviones. Pero Douglas tenía razón. El neoludismo es una corriente filosófica que se opone al desarrollo técnico y científico de la sociedad, porque los considera perjudiciales para el ser humano. Es una vieja corriente británica de pensamiento, ya abandonada, que tuvo una fugaz vigencia entre 1811 y 1817. Sus seguidores impulsan un retorno a la vida primitiva, la resistencia pasiva al consumismo y a la informática, el abandono del uso de la tecnología, llevar adelante una vida basada en la simpleza y sabotear y dañar todo aquello que sea tecnológico o que lo fabrique o distribuya. La corriente adhiere al anarquismo primitivista que aboga por el retorno a formas de vida no civilizadas. En aquellos lodazales del pensamiento chapoteaba Kaczynski cuando nadie sabía que era Unabomber y cuando apenas tenía lazos con su familia que intuía el sitio en el que se había ido a vivir porque había financiado parte o la totalidad de la compra del terreno. El 11 de diciembre de 1985, Unabomber mató por primera vez. Hugh Scrutton, el dueño de una empresa de servicios de computación, Rustech Computer Store, de Sacramento, California, encontró en el estacionamiento de la parte trasera de su local, un paquete que abrió sin reparo y con curiosidad: voló diez metros y cayó destrozado. En el FBI corrió un escalofrío: Unabomber tenía una manera de actuar, un sello personal inconfundible a hecho consumado; era imposible de rastrear. Si los agentes no podían localizarlo, al menos podían seguir un rastro, donde gastaba su dinero, cuáles tarjetas utilizaba, dónde compraba sus alimentos, qué comía, como viajaba, por donde se movía. Si Douglas tenía razón, y la tenía, la vida naturista de Unabomber lo convertía en un enigma: el FBI intentaba cazar a un fantasma. El 10 de diciembre de 1994, Unabomber mató otra vez. Su víctima fue ahora Thomas Mosser, de cincuenta años, que había sido ascendido como vicepresidente ejecutivo de Young & Rubicam, la empresa mundial de publicidad y comunicaciones con sede en Nueva York. Mosser recibió en su casa de North Caldwell, Nueva Jersey, un pequeño paquete que abrió en la cocina, pese a no reconocer al remitente. Segundos después del estallido, estaba muerto y su casa parcialmente destrozada ante el horror de su mujer y de su hija de quince meses. Cuatro meses después, el 24 de abril de 1995, una encomienda que tenía el tamaño de una caja de zapatos llegó a manos de Gilbert Murray, de cuarenta y siete años, presidente de la Asociación Forestal de California, y un graduado en agricultura de la Universidad de Berkeley, la universidad donde había enseñado Kaczynski. Murray abrió el paquete y lo mató en el acto una gran explosión que voló puertas y ventanas de su oficina. Estados Unidos estaba en vilo: cinco días antes de la muerte de Murray, el terrorista Timothy McVeigh había volado el edificio federal Alfred P. Murrah, de Oklahoma, un atentado en el que murieron ciento sesenta y ocho personas, entre ellas diecinueve chicos. Murray fue la última víctima mortal de Unabomber, al que le quedaba poco tiempo de libertad. Detrás de esa última muerte, el criminal dejaba una estela de veintitrés heridos en sus atentados, los más graves, el genetista californiano Charles Epstein y el experto en informática de la Universidad de Yale, David Gelernter, mutilados ambos por dos bombas enviadas por Kaczynski en junio de 1993 con dos días de diferencia. El mismo día que estalló la bomba que mató a Murray, Unabomber envió una carta al New York Times y otra al Washington Post en las que hacía una oferta: cesar sus actividades terroristas a cambio de que uno de los dos diarios, o ambos, publicaran un manifiesto de su autoría que, de inmediato fue bautizado como El manifiesto de Unabomber. Los diarios dudaron en publicar ese texto, que firmaría en última instancia el hombre más buscado de Estados Unidos y el objetivo de una de las investigaciones más costosas en la historia del FBI. Por encima de los prejuicios, triunfó el deber ético de informar: los diarios dieron a conocer el manifiesto La sociedad industrial y su futuro; publicación que permitiría por fin identificar y cazar a Unabomber. El documento afirmaba que la Revolución Industrial había supuesto una catástrofe para la humanidad porque había obligado a la gente a alejarse de los patrones naturales de la conducta humana. De allí que se hubiesen derivado trastornos psicológicos como el izquierdismo y los que padecían miles de seres humanos sobresocializados. Invitaba a retornar a la sociedad primitiva y veía a la tecno industria y al desarrollo en sí, como una amenaza de la libertad. Por allí, entre tanta parafernalia semántica, Unabomber pellizcó el codo del chico brillante que alguna vez había sido, y recordó la frase de Perogrullo que habla de la torta que no se puede conservar si uno se la come. Fue entonces cuando su hermano David abrió los ojos y acaso con enorme tristeza, sin querer creerlo, llamó al FBI.

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