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Fecha: 03/04/2026 15:11
Tras más de un mes de guerra, en la que insiste en que todo terminará en dos o tres semanas, el presidente Donald Trump se ha metido en un callejón sin salida estratégico del que no encuentra una solución fácil. Las conversaciones con Irán sobre un acuerdo para poner fin al conflicto, en la medida en que son sustantivas, han resultado poco prometedoras hasta ahora. Las métricas clave del éxito descritas en varios momentos por Trump --impedir que Irán posea el combustible necesario para fabricar un arma nuclear, ayudar al pueblo iraní a derrocar a un gobierno que gran parte de la población desprecia y reabrir el estrecho de Ormuz-- permanecen lejanas, en el mejor de los casos. Leé también: Guerra en Medio Oriente: Irán amenazó con retirarse del Tratado de no Proliferación de Armas Nucleares La tolerancia de Irán al dolor parece mucho mayor de lo que Trump anticipó y, a pesar de las devastadoras pérdidas de su arsenal, conserva cierta capacidad para atacar a Israel con misiles. Lo hizo incluso mientras Trump hablaba de la guerra el miércoles por la noche. Ese discurso televisado, en horario de máxima audiencia, pretendía tranquilizar a los estadounidenses asegurándoles que los costos de la guerra serían transitorios, que el fin de las hostilidades y el regreso a una vida económica normal eran inminentes. Pero los mercados respondieron a su alocución con un profundo escepticismo. Los precios del petróleo subieron un 8 por ciento en las horas posteriores a su discurso de 19 minutos, en gran parte porque no describió ningún plan para poner fin a lo que equivale a una crisis de rehenes petroleros en el estrecho de Ormuz que ahora se extiende por toda la economía mundial. El estrecho, insistió, se abrirá de forma natural cuando termine el conflicto. A estas alturas, Trump parece ofrecer una serie de caminos hacia adelante, a veces contradictorios, y se enfrenta a la posibilidad de que al final de su propio plazo de dos a tres semanas, no haya cambiado gran cosa. Y su promesa de enviar a Irán de vuelta a la Edad de Piedra si no acepta sus condiciones -que no especificó el miércoles por la noche- equivaldría a una expansión de la guerra, no a una reducción. A Trump nunca le han preocupado las contradicciones internas, por supuesto. Es el maestro de plantear y prescindir de argumentos para adaptarse al momento. En los momentos iniciales de la guerra instó a los iraníes a sublevarse y tomar el control de su gobierno, pero no ha vuelto a mencionar ese planteamiento desde entonces, aparte de decir que probablemente conduciría a la matanza de los manifestantes iraníes. El miércoles por la noche dijo que el cambio de régimen no era nuestro objetivo, aunque había pedido precisamente eso tras el ataque inicial de Estados Unidos e Israel el 28 de febrero. Ahora afirma que el cambio de régimen se ha producido por la muerte de sus líderes originales, como si un cambio de personal fuera lo mismo que un cambio de régimen. (Cuando el ayatollah Ruhollah Jomeini murió en 1989, solo para ser sucedido por otro líder supremo, pocos argumentaron que constituyera un cambio de la estructura de gobierno). En sus vaivenes, Trump recurre a técnicas que perfeccionó en el mundo inmobiliario neoyorquino, donde a menudo lograba crear su propia realidad. Pero la guerra es diferente. El enemigo también influye en el entorno, y los iraníes parecen creer que pueden esperar a que Trump se retire. Y si bien Irán cuenta con muy pocos aliados --incluso su mayor cliente petrolero, China, se ha mantenido al margen--, los líderes iraníes parecen estar contando con la caída de los mercados bursátiles y el aumento de los precios del petróleo para acelerar la salida de Trump del conflicto. Bien sea que las fuerzas estadounidenses se retiren en dos o tres semanas, como predijo Trump, o que Washington intensifique los combates y se quede atascado, a continuación analizamos los desafíos que parecen difíciles de resolver en un futuro próximo. En breve, muy en breve Así describió Trump el miércoles por la noche el tiempo necesario para completar todos los objetivos militares de Estados Unidos. Antes, ese mismo día, dijo que pasarían dos semanas, o tal vez un poco más, antes de iniciar la retirada. Por el momento, dejemos de lado el hecho de que Trump criticó con frecuencia al expresidente Joe Biden por fijar un plazo firme para salir de Afganistán, diciendo que esa información solo ayudaría al enemigo. En este caso, el objetivo de Trump es tranquilizar a los mercados diciéndoles que la normalidad, y un estrecho de Ormuz abierto, están en camino. Pero en otros momentos ha descrito misiones militares que podrían alargarse meses o años. Ha reflexionado abiertamente sobre tomar la isla de Kharg, donde Irán carga el 90 por ciento de su petróleo destinado a la exportación. No creo que tengan ninguna defensa, dijo al Financial Times. Podríamos tomarla muy fácilmente. Retenerla, sin embargo, es otra cuestión. La isla está a solo 26 kilómetros de la costa iraní. Los oleoductos que alimentan el puerto serían un blanco fácil para el sabotaje. Trump no solo necesita abrir el estrecho, sino mantenerlo así. En el mismo discurso en el que dijo que el problema se solucionaría más o menos solo, también les dijo a los aliados que dependen de que su petróleo pase por el estrecho que deberían armarse de valor y tomarlo y cuidarlo. Pero los europeos están tan enfadados con él -por no consultarlos antes de iniciar un conflicto que desencadenó una crisis económica y energética, por llevar a cabo lo que muchos de ellos consideran un ataque ilegal- que se van a reunir esta semana para discutir sus próximos pasos sin la presencia de representantes estadounidenses. Esta no es nuestra guerra y no vamos a dejarnos arrastrar a ella, dijo el miércoles Keir Starmer, el primer ministro británico. Leé también: La Guardia Revolucionaria tomó el poder en Irán y bloqueó las decisiones presidenciales Trump apenas puede contener su furia ante tales comentarios, que lo han llevado a amenazar con abandonar la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Sin embargo, en un acto relacionado con la Pascua celebrado el miércoles en la Casa Blanca, que estuvo cerrado a la prensa pero que fue grabado en video y colgado por error en YouTube por la misma Casa Blanca, Trump pareció reconocer que Estados Unidos necesitaría ayuda. Se refirió burlonamente a las conversaciones telefónicas que ha tenido con Emmanuel Macron, el presidente de Francia. Le dije: No, no, no lo necesito después de que la guerra esté ganada, Emmanuel, dijo Trump, recordando su conversación. De hecho, reconocen sus asesores, cualquier patrullaje del estrecho podría durar años. De vuelta a la Edad de Piedra A Trump le encanta la referencia a la Edad de Piedra, que según Beth Sanner, su asesora de la CIA en el primer gobierno, a menudo se asocia con el general Curtis LeMay, quien abogó por destruir toda la infraestructura de Vietnam del Norte para forzar su rendición. La frase de Trump fue recogida inmediatamente por el secretario de Defensa, Pete Hegseth, quien publicó siete palabras después del discurso: De vuelta a la Edad de Piedra. Suena duro, y encaja con los constantes estribillos de Hegseth sobre devolverle al ejército estadounidense su máxima letalidad. Pero también subrayó lo que faltaba en ese discurso. Trump nunca describió una nueva visión para Irán, ni la perspectiva de que su pueblo, en su repulsión hacia su propio gobierno brutal, pudiera abrazar la democracia o buscar reavivar una asociación de largo aliento con Estados Unidos. De hecho, Trump nunca habló de incentivos diplomáticos o económicos, como el alivio de las sanciones o la inversión occidental en el sector petrolero, para que Irán renuncie a su programa nuclear o restrinja el tamaño y el alcance de sus arsenales de misiles. Nunca mencionó la idea de enviar al vicepresidente JD Vance a negociar directamente con los iraníes, aunque el gobierno lleva más de una semana trabajando en esa posibilidad. El discurso sobre todo se centró en los ataques, sin mención alguna de incentivos. Eso no me importa Hace solo unas semanas que Trump repitió, en un comentario en las redes sociales, su principal objetivo para la guerra: No permitir nunca que Irán se acerque siquiera a la capacidad nuclear, escribió, y estar siempre en una posición en la que EE. UU. pueda reaccionar rápida y poderosamente ante una situación así. Ninguno de los últimos cinco presidentes estadounidenses estaría en desacuerdo con ese objetivo, que se ha intentado alcanzar por muchas vías. Estados Unidos saboteó las centrifugadoras nucleares de Irán durante los gobiernos de Barack Obama y George W. Bush. Obama negoció un amplio acuerdo en el que Irán renunció al 97 por ciento de sus reservas de uranio. En su primer mandato, Trump se retiró de ese acuerdo, imponiendo sanciones aplastantes a Irán, pero allanando el camino para que el país aumentara sus actuales reservas de uranio que estaban cerca del nivel necesario para la fabricación de bombas. Cuando comenzó la guerra el 28 de febrero, Trump la justificó argumentando que la presencia de ese arsenal, enriquecido al 60 por ciento de pureza, era intolerable, aunque estuviera en túneles cuyas entradas estaban enterradas bajo los escombros creados por un ataque aéreo estadounidense en junio de 2025. Los servicios de inteligencia estadounidenses dijeron que no había pruebas de que los iraníes hubieran recuperado los barriles de material nuclear, aunque todo el mundo estaba de acuerdo en que, tarde o temprano, los iraníes probablemente los desenterrarían. Así que fue bastante chocante escuchar a Trump, el miércoles por la mañana, diciéndole a Reuters en una entrevista que en realidad no se preocupaba por las reservas porque están a mucha profundidad bajo tierra. Lo que hizo su declaración especialmente sorprendente fue que Trump lleva más de una década hablando de la necesidad de impedir que Irán produzca uranio, que podría almacenar y enriquecer hasta hacerlo utilizable en una bomba. Para Trump, sostener que un Irán con armas nucleares sería una amenaza existencial para Estados Unidos y el mundo ha sido un tema constante. Siempre lo estaremos vigilando por satélite, dijo el presidente. Repitió una línea similar en su discurso. Su declaración suscitó naturalmente la pregunta de si había exagerado deliberadamente la amenaza de que una bomba nuclear iraní era inminente, un eco del argumento del gobierno de Bush para invadir Irak en 2003. Por supuesto, todo esto podría ser una distracción. Las unidades expedicionarias de los Marines y las fuerzas de Operaciones Especiales que se dirigen a la región aún podrían recibir la orden de confiscar los 440 kilogramos de uranio de su profundo lugar de almacenamiento subterráneo, una operación enormemente arriesgada. Eso no sería una salida; sería una brusca escalada. *Por David E. Sanger, que cubre el gobierno de Donald Trump y una amplia gama de temas relacionados con la seguridad nacional. Ha sido periodista del Times durante más de cuatro décadas y ha escrito cuatro libros sobre política exterior y retos de seguridad nacional.
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