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  • Contra Montoneros y la dictadura. Un cuento, una biografía y dos cartas críticas: que decían los últimos textos de Walsh

    » La Nacion

    Fecha: 03/04/2026 00:28

    A fondo Contra Montoneros y la dictadura Un cuento, una biografía y dos cartas críticas: que decían los últimos textos de Walsh Por María ODonnell 3 de abril de 2026 Adelanto del libro Montoneros, de María ODonnell, que publica la editorial Planeta Los grupos de tareas del almirante Emilio Massera perseguían con especial dedicación a ciertos integrantes de Montoneros; el escritor Rodolfo Walsh, jefe del Servicio de Informaciones, era uno de ellos. Walsh vivía recluido y era muy cuidadoso con su seguridad, pero el 25 de marzo de 1977 acudió a una cita a la que sintió que no podía faltar, con el autor del atentado a la Superintendencia de la Policía Federal. No sabía que José María Pepe Salgado estaba bajo los designios de sus torturadores. Los marinos lo esperaron en San Juan y Combate de los Pozos no muy lejos de la estación de subte de la línea E que luego llevaría su nombre, y cuando se encontró acorralado, Walsh sacó de su maletín una pistola Walther PPK, el modelo con el que se suicidó Adolf Hitler y que en el cine popularizó el agente secreto 007, James Bond. Murió ahí mismo. Su cuerpo fue llevado a la ESMA, pero su cadáver nunca apareció. En la quinta en la que vivía, en San Vicente, provincia de Buenos Aires, los marinos secuestraron sus últimos textos. Además de un cuento y una biografía inconclusos, estaban las consideraciones que Walsh había elevado a la Conducción Nacional (CN) poco antes: documentos muy críticos de la línea que habían adoptado, cargados de pesimismo sobre los resultados. No habían revisado la estrategia en los meses previos ni en los meses posteriores al golpe militar, su estructura había sido devastada, apenas habían tomado la medida defensiva de mandar solamente a la cúpula al exilio y no habían previsto medidas adicionales para proteger a células que sobrevivían en la Argentina. Tendríamos que ser muy sabios pidió para encontrar la salida correcta. Tal vez haya que hallar otros medios, otras vías, otras concepciones que aseguren el triunfo. Sus argumentos no fueron atendidos, tampoco los planteos de dos columnas de mucho peso la Norte y la Sur que, con los dirigentes máximos fuera del país, habían reclamado mayor autonomía en el manejo de los recursos y la toma de decisiones. A Walsh no le parecía razonable proponer que la tortura era soportable creía que era responsabilidad de la organización coordinar una seguridad del conjunto que no cauera sobre la fortaleza de sus integrantes y analizó las caídas originadas en delaciones, que tanto los desangraban, como síntoma de un problema más grave. Si las cantadas fuesen por debilidades ideológicas argumentó, lo mejor sería bajar la cortina, porque la ideología se modifica en medio siglo. Es por falta de confianza en un proyecto, debido a los graves errores cometidos. Aludía a la lectura de la CN sobre la coyuntura. El editorial de Evita Montonera de febrero de 1977 dictaminó que la dictadura se encontraba en una crisis política y económica irreversible, expresión, a su vez, de que el capitalismo había entrado en una fase terminal en la Argentina. Pronosticó que las clases medias se iban a sumar muy pronto al descontento de los trabajadores y que encontrarían en Montoneros la única fuerza capaz de encabezar la resistencia del campo popular, dado que el peronismo se había agotado: una secuencia disparatada a ojos de Walsh. El repliegue aleccionó consiste en desplazarse de posiciones más expuestas hacia posiciones menos expuestas. Por lo tanto siguió, suponer que las masas pueden replegarse hacia el montonerismo es negar la esencia del repliegue. Y dado que las masas están condenadas al sentido común, se estaba dando para Walsh lo previsible. Ante la irrupción militar, se están replegando sobre el peronismo que nosotros dimos por agotado. La CN había sobrevalorado las implicancias del Rodrigazo y había asumido que un paro de la clase obrera contra un gobierno peronista [el de Isabel] equivalía a su defunción. Walsh creía que eran ellos quienes debían ir hacia el peronismo, en lugar de esperar que los sectores populares acudieran a ellos. En nuestro país es el movimiento el que genera la vanguardia y no a la inversa, como en los ejemplos clásicos del marxismo, advirtió Walsh. Es la nota distintiva de nuestro país que debemos tener siempre en cuenta. La literatura china o vietnamita no nos sirve. No iban a liderar a campesinos (como en China) ni echar a una potencia colonialista (como en Vietnam): la clase obrera argentina ya vivía en un sesenta por ciento en núcleos urbanos y seguía siendo peronista. De ese marco teórico inapropiado surgían otras afirmaciones desmesuradas, como la de suponer que el capitalismo estaba agotado. En decenas de países alertó ha sobrevivido a crisis más graves que la actual crisis argentina; y sin embargo, ignorar la evidencia podía resultar conveniente: si el socialismo fuese la única salida posible, entonces el peronismo queda relegado a un museo. La CN había estimado que a comienzos de 1978 estarían en condiciones de superar la etapa defensiva y de pasar a la ofensiva que los conduciría a la toma del poder. Para Walsh, ese plan diseñado bajo el concepto de la guerra popular y prolongada revelaba una fuerte influencia del pensamiento maoísta que los hacía caer en un déficit de historicidad. Perón recordó desconocía a Karl Marx y Vladimir Lenin, pero conocía muy bien a Hipólito Yrigoyen, Julio Argentino Roca y Juan Manuel de Rosas, cada uno de los cuales estudió a fondo a sus predecesores. Walsh también señaló que la influencia de Clausewitz la guerra como continuación de la política por otros medios les impedía ver otras fallas cometidas: En vez de hacer política, de hablar con todo el mundo, en todos los niveles en nombre del peronismo, decidimos que las armas principales del enfrentamiento eran militares y dedicamos nuestra atención a profundizar acuerdos ideológicos con la ultraizquierda. Tenían que dejar de lado el ideologismo reclamó que los llevaba a querer imponer nuestros esquemas a la realidad; debían ser más modestos y evitar los delirios de grandeza. A Walsh le pareció excesivo el protagonismo que había adquirido Firmenich; desde que las reuniones se habían vuelto demasiado riesgosas, la comunicación interna se hacía con cintas grabadas con intervenciones del jefe montonero que pasaban de mano en mano. La personalización de la política nos parece peligrosa. Primero porque creemos que en el pueblo existen los muchachos, los montoneros, antes que Firmenich. Segundo, porque si a él le pasa algo, es un desastre. El lenguaje aparatoso que utilizaba la CN para comunicar sus decisiones tampoco le parecía indicado. Para hacer política señaló hay que empezar por pensar en términos políticos, y expresarlos con sencillez y claridad. En los documentos hizo dos advertencias dramáticas; Walsh no pedía una renuncia a la lucha armada, pero consideraba muy inoportuna la guerra de aparatos en la que se habían embarcado: Nos están dando muy duro y sólo empeñan una parte mínima de sus fuerzas. La Organización Político Militar ha sufrido una derrota militar que amenaza con convertirse en exterminio. El mismo día en que iba a morir, Walsh despachó por correo la carta pública que escribió a la Junta Militar para el primer aniversario del golpe. El texto incluía una radiografía precisa del esquema represivo que estaba en marcha, con un grado de precisión que iba a demorar una década hasta ser documentado y juzgado en democracia. Había recabado gran parte de la información mediante la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA), que había propuesto a la conducción y había creado él mismo. El nombre buscaba confundir a las fuerzas armadas, pero pretendía replicar, aun con la censura y desde la clandestinidad, el trabajo de una agencia de noticias. Coordinaba una redacción de tres integrantes que también formaban parte del Servicio de Informaciones: Lila Pastoriza, Carlos Aznárez y Lucila Pagliai. Usaban fuentes públicas, hacían escuchas de las radios de la policía y de los militares (una expertise que Walsh tenía desde que organizó las columnas del 1° de mayo de 1974 en la Plaza de Mayo) y apelaban a una red de fuentes de la organización. Hacían llegar sus despachos cables de noticias sin el tono de la prensa militante a los medios locales, que los ignoraban, y a las oficinas de los corresponsales extranjeros, que a veces los publicaban. El autor de Operación Masacre todavía confiaba en el poder del periodismo para generar cambios al revelar verdades ocultas. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento arengaba al cierre de cada cable. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información. Walsh supo asociar datos y acercarse al método que usaban los marinos para matar y desprenderse de los cuerpos de los secuestrados. En la carta a la Junta, destacó que veinticinco cuerpos mutilados habían aflorado en siete meses en las costas de Uruguay: Pequeña parte quizás del cargamento de torturados hasta la muerte en la Escuela de Mecánica de la Armada, fondeados en el Río de la Plata por buques de esa fuerza. Entre 1976 y 1977, los grupos de tareas de la ESMA seleccionaban, entre una y dos veces por semana, a veinticinco o treinta secuestrados para los traslados, eufemismo que encubría la muerte. Los aislaban del resto en una sala y les inyectaban una droga que los adormecía, los desnudaban, los subían en un avión y los arrojaban al Río de la Plata, a morir ahogados. Como la protagonista era la Armada, Walsh creyó que usaban buques, pero acertó en todo lo demás. Seguía el rastro de los cadáveres que aparecían sin explicación aparente, hallazgos que la dictadura prohibió difundir. Un verdadero cementerio lacustre descubrió en agosto de 1976 un vecino que buceaba en el Lago San Roque de Córdoba; acudió a la comisaría donde no le recibieron la denuncia y escribió a los diarios que no la publicaron, señaló en su carta. También reparaba en las crónicas de los diarios, que en base a la información oficial demostraban que a cada acción de la guerrilla le seguía una represalia feroz, aunque no establecieran una relación causal. Setenta fusilados tras la bomba en Seguridad Federal, cincuenta y cinco en respuesta a la voladura del Departamento de Policía de La Plata, treinta por el atentado en el Ministerio de Defensa, y así. Aún los presos reconocidos son la reserva estratégica de las represalias de que disponen los Comandantes de Cuerpo según la marcha de los combates, la conveniencia didáctica o el humor del momento, concluía. Escudriñaba cada comunicado. En un año atribuyeron a la guerrilla seiscientos muertos y sólo diez o quince heridos, proporción desconocida en los más encarnizados conflictos concluyó. Esta impresión es confirmada por un muestreo periodístico de circulación clandestina que revela que entre el 18 de diciembre de 1976 y el 3 de febrero de 1977, en cuarenta acciones reales, las fuerzas legales tuvieron veintitrés muertos y cuarenta heridos, y la guerrilla sesenta y tres muertos. Con todo, consideraba más nocivas las medidas económicas de la dictadura. Basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires apuntó para comprobar la rapidez con que semejante política la convirtió en una villa miseria de diez millones de habitantes. La pobreza se medía con una metodología diferente a la que se usa en la actualidad, pero el sociólogo Daniel Schteingart estimó que era del 15 por ciento en el conurbano, cinco puntos por debajo del piso que tendría desde la década siguiente. Créditos - Edición fotográfica Aníbal Greco - Diseño María Rodríguez Alcobendas Copyright 2026 - SA LA NACION | Todos los derechos reservados

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