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  • Malvinas: el enemigo también estaba adentro. «Nos golpeaban por pedir pan

    Concordia » Diario Junio

    Fecha: 02/04/2026 12:56

    Arias es uno de los miles de conscriptos que padecieron la crueldad de sus propios oficiales en la guerra de Malvinas. Su testimonio, recogido en un relato de primera persona, reconstruye no solo la precariedad y el miedo en combate, sino también los castigos físicos que marcaron su cuerpo y memoria hasta hoy. Oriundo de Gan Gan, nacido el 30 de enero de 1962, Arias llegó a Trelew a los 15 años. Hizo el servicio militar en el Regimiento de Infantería 25 de Sarmiento, desde febrero de 1981 hasta marzo de 1982. Pero cuando creía que había cumplido, apareció una carta. «Me tenía que presentar urgente el 29 de marzo en Sarmiento. Y me tocó Malvinas». Llegó a Malvinas alrededor del 10 de abril. Ahí conoció a Javier Rodríguez, otro soldado con el que compartiría pozos, guardias y castigos. «Éramos cuatro chatos -dice-, pero el único de la 62 que había en el grupo era yo, porque todos eran de la 63. Yo fui de rebote nomás». «Pan te voy a dar yo» El hambre era una presencia constante. Una noche, él y Rodríguez salieron a buscar pan. Se acercaron a la pista de aterrizaje, donde sabían que podía haber comida. Pero fueron interceptados. -¿Qué andan haciendo ustedes? Estamos buscando pan, tenemos mucha hambre Sí, pan les voy a dar yo. «Nos agarraron de la nuca y llevaron hasta el cemento de la pista. Ahí nos pusieron bocabajo a los dos. Un frío hacía». Después los metieron en un galpón, los taparon y no los dejaron volver a su puesto. «Esa noche habían matado dos soldados. Nos dejaron hasta el otro día a las nueve de la mañana». Cuando por fin aparecieron los jefes de su grupo, la escena cambió de espacio físico, pero no de violencia. «Uno me pegó una patada en el piso que aún puedo sentir el dolor. Nos llevaron a salto rana, cuerpo a tierra, patadas y arrastre, hasta que llegamos a la posición donde estábamos nosotros». La estaca Allí ocurrió lo que describe como el castigo más extremo: el estaqueamiento. «Ahí nomás llamaron a dos o tres soldados más, buscaron cuatro palos, un pedazo de piña y nos estaquearon arriba de una roca. Y ahí quedamos con Javier, horas, inmóviles, uno al lado del otro». A él le sacaron el fusil. «Yo usaba una 1145 y un fal, así que el tipo me sacó eso y con eso me pegaba». Además, «hacían pasar filas de soldados para que nos golpearan, y encima te sacaban la campera y quedabas en remera y en pulover. Nada más». Rodríguez, su compañero, sufrió el estaqueamiento de manera sistemática. «Yo estuve una sola vez, porque me acobardé en seguida -admite-. Pero Rodríguez, por lo menos quince o veinte veces». Décadas después, las consecuencias siguen ahí. «No puedo hacer la más mínima fuerza, porque realmente me duelen los huesos o la columna. «Olvidensé de la familia» En las islas, los reunieron a todos en un pozo. Los subtenientes les dieron una charla: tenían que olvidarse de la familia. «Eso ya te decía todo», resumió Arias asegura que nunca lloró. Ni durante los castigos ni en el combate, pero si cuando confirmó la derrota. La vuelta: del caldo al atracón y la enfermedad Cuando la guerra terminó, pasaron a órdenes de los ingleses. Subieron a un barco inglés, arriba, a la intemperie. Desembarcaron en un barco argentino y caminaron hasta embarcar de regreso. «Empezamos a comer, que ni te imaginás. Primero nos dieron para el frío un caldo y una naranja. Después un guiso, que capaz hasta el plato comimos. Y repetimos, y repetimos.Nos enfermamos de tanto comer» La ropa que tenían estaba rota y mugrienta. Se la sacaron, la tiraron al mar y les dieron un mameluco azul. «Una vez que me acosté, no me levanté más» Desembarcaron en Punta Quilla, tomaron un avión a Comodoro Rivadavia, y allí les daban cajitas con chocolate, turrón, alfajores y una botellita de whisky. «Nos vinimos a dedo» Cuando llegaron a Sarmiento, la gente los esperaba. «Estaba todo el pueblo, había muchos autos y personas que nos saludaban y abrazaban». Sin embargo, la desmovilización tuvo para Arias un final que condensa el desamparo con el que muchos soldados cerraron la guerra. «Cuando todos se fueron, tuvimos que volver a dedo» La guerra adentro Hoy, Ramón Arias habla con los años encima y el dolor todavía en el cuerpo. Su testimonio no es solo memoria: es una forma de poner en palabras lo que durante años estuvo en silencio. Porque el horror visible fue la guerra, pero lo que pasó adentro, entre los propios, es una herida más profunda que como él mismo dice «eso sí no tiene nombre» Fuente: ExtremoSur

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