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  • Violencia en la escuela y un desenlace fatal como develación: las consecuencias de no detectar el sufrimiento infantil

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 02/04/2026 09:45

    La evidencia muestra que quienes atravesaron maltrato, abuso o negligencia en la infancia cargan con un riesgo mayor de padecer enfermedades mentales, físicas y también de quitarse la vida. Muchas veces esta última es la única forma de no sentir más dolor, de desaparecer, pero no siempre hay lugar donde esconderse ni con quién. Hace pocos días, dos situaciones muy distintas volvieron a concentrar la atención pública. Una joven en España que solicitó el suicidio asistido después de una vida atravesada por violencias. Y un adolescente en Santa Fe, Argentina, que asesinó a un compañero de 13 años dentro de una escuela. En ambos casos hay una falla previa de lectura del sufrimiento. La muerte termina organizando la escena y volviendo visibles vidas que habían permanecido esquivas a la mirada del Otro. En la novela Las lealtades, Delphine de Vigan retrata a un niño de 12 años que se va desbaratando de a poco frente a la mirada de los adultos. Un niño como podría ser cualquiera de lo que nos llegan a los consultorios, a las ONGs, a los hospitales, o a los servicios locales. Como se sabe, los niños y niñas hablan de múltiples maneras, pero a veces solo encuentran respuestas fragmentarias. Sus señales se pierden en la vorágine en la que familias e instituciones intentan sostener su endeble equilibrio. Théo, el personaje de la novela, queda como botín de guerra entre un padre alcohólico y una madre furiosa por el abandono. En medio de esa guerra sin pausa, el niño se consuela con alcohol, posiblemente como una ecuación en búsqueda de un significante del Nombre del Padre, hasta llevarlo al límite, al extremo. Los síntomas vienen a revelar algo de lo que el sujeto sabe poco, pero siempre vienen a salvarlo del silencio. Su amigo Mathis, de la misma edad, lo dice así, cuando logra pedir ayuda a Hélene, su maestra, que también vivió maltrato en su infancia y por ello puede detectar las señales: Quería decirle que Théo ha perdido el conocimiento, en la plazoleta Santiago Du Chili. Está solo. En el suelo. Al fondo del todo. Ha bebido mucho alcohol. No es una escena excepcional. 7 de cada 10 adolescentes comienzan a experimentar con el alcohol antes de los 15 años, y un 12% lo hace antes de los 12. El consumo sostenido nunca es azaroso: siempre cuenta otra cosa. Escenas como estas se ven a diario y revelan hasta qué punto algunas vidas pueden ir deteriorándose sin que nadie las vea. En el caso del tirador de Santa Fe, que organizó una masacre con la escopeta de su abuelo, no sabemos aún por qué un adolescente con toda la vida por delante llevaría a cabo un plan tanático. Pero sí sabemos que, con la muerte, el foco se puso en él, y que es recién entonces cuando su historia comienza, o podría comenzar, a ser mirada. Tal vez por eso, cuando alguien desea o pide morir, o cuando alguien en los inicios de su vida organiza una escena de muerte, la pregunta no puede limitarse al presente, no alcanza y es injusto. En el caso de la joven, llamarlo eutanasia puede ser correcto en términos jurídicos, pero es realmente aterrador que alguien desee morir por una vida plagada de violencias y sin consuelo. El pianista James Rhodes, también víctima de violencia sexual durante su infancia, hecho que relata en su libro Instrumental de manera descarnada, no solo se ofreció a pagar los gastos médicos y psicológicos de Noelia para que posponga su muerte sino que escribió en sus redes sociales: Noelia, si por algún milagro estás leyendo esto, te ruego que te pongas en contacto conmigo (...) Simplemente se trata de proporcionarte algunas herramientas que puedan ayudarte a tomar una decisión tan permanente y definitiva desde un lugar de relativa tranquilidad en lugar de un dolor físico y emocional extremo. No fue escuchado. No puede haber nada más perturbador que la muerte funcione, finalmente, como aquello que obliga a mirar, como si solo en ese extremo letal lo que ocurrió antes se nos hiciera evidente. Lo cierto es que en algunas vidas, marcadas desde la infancia, la muerte, auto o heteroinfligida, termina siendo la pista para la develación de una vida silenciada. Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.

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