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Gualeguaychu » El Dia
Fecha: 02/04/2026 07:04
Pasaron 44 años del 2 de abril de 1982 y el país vuelve a detenerse frente a sus islas con una mezcla de duelo, orgullo y confusión que casi ningún otro hecho de la historia argentina genera. No es solamente nostalgia o patriotismo. Es algo más incómodo: la marca de una herida que este país jamás procesó del todo. Hay cosas que duelen de una manera que no se explica bien. No es el dolor de perder algo y saberlo perdido. Es otro tipo, más raro: una herida con capas, con silencios de décadas y llantos que aparecen de golpe, sin aviso, sin que nadie pueda explicar del todo por qué. Cada 2 de abril, Argentina se pone en pausa. En ciudades grandes y chicas, en escuelas, en lugares públicos, en la mesa de los veteranos que ya van quedando cada vez menos. En lugares como Río Grande, donde más de 150 instituciones se unen a un desfile conmemorativo con el objetivo de mantener viva la memoria y el reclamo de soberanía sobre las islas; o en Gualeguaychú, con su vigilia nocturna y un acto que cada año convoca más gente de la que se espera. Este 2026 el ritual pesa más: se cumplió también medio siglo del último golpe de Estado y eso nos fuerza a volver sobre uno de sus hitos más difíciles de explicar: la guerra de Malvinas, un acontecimiento injusto que implica reconocer que el conflicto se libró por una causa justa, pero durante una dictadura donde estaba suspendida la soberanía popular. Esa paradoja la causa justa en la guerra injusta es el nudo que, desde hace poco más de cuatro décadas, intentamos desatar. La plaza que no debería haber aplaudido El 2 de abril de 1982 es una fecha que todavía no terminamos de entender. La Junta Militar ordenó la recuperación de las islas usurpadas por el Reino Unido desde 1833. La Operación Rosario, que comenzó en la madrugada de ese día, cumplió su cometido casi sin resistencia. Y entonces pasó algo que todavía cuesta explicar: la Plaza de Mayo se llenó. El mismo pueblo que la dictadura había aterrorizado durante seis años salió a aplaudirlos y a aclamarlos. Eso desconcertó a los analistas de entonces y sigue sin tener una explicación simple. Lo que ocurrió ese día en la plaza no fue solo manipulación ni locura de multitudes. El historiador Federico Lorenz, que dedicó toda su carrera académica a estudiar el conflicto y dirigió durante años el Museo Malvinas en la ex ESMA, siempre insistió en que la lectura puramente política fue solamente la maniobra de la dictadura es verdadera, pero incompleta. Detrás de la manipulación había algo real: el reclamo de soberanía sobre las islas no era una invención de Galtieri. Era una demanda histórica legítima que el régimen usurpó para sus propios fines. Y una parte del pueblo, agotada por el miedo y hambrienta de cualquier cosa que se pareciera a la dignidad, dejó que eso ocurriera. Y eso cuesta asumirlo. No el patriotismo, sino la imagen de la plaza llena; ese momento en que el pueblo y sus verdugos querían, aparentemente, lo mismo. Los chicos de la guerra La cultura popular eligió una palabra para nombrarlos: los chicos. No fue una elección inocente. Las tropas estuvieron integradas mayoritariamente por soldados conscriptos de todas las provincias, de las clases del 62 y del 63, pibes que hacían el Servicio Militar Obligatorio porque no había opción. Tenían dieciocho, diecinueve y veinte años. Muchos no habían terminado la secundaria. Muchos no sabían exactamente dónde quedaban las islas por las que iban a pelear. Algunos fueron al frente sin el calzado adecuado, con temperaturas bajo cero y viento constante, con miedo y sin el entrenamiento que ese tipo de situación exigía. Seiscientos cuarenta y nueve de ellos no volvieron. Hubo una Junta que los mandó. Hubo oficiales que los trataron con la misma brutalidad con que la dictadura trató a todos: hay testimonios documentados de soldados estaquedados en el frío como castigo, de hambre administrada como método de control, de terror ejercido por quienes debían conducirlos. La guerra tuvo dos enemigos para muchos de ellos: el ejército británico, que estaba en frente; y los propios mandos, que estaban detrás. Los conscriptos que se fueron bajo la euforia colectiva volvieron en silencio. Muchas veces de noche. Sin ceremonia. Con la instrucción explícita o implícita de no hablar de lo que habían visto. La sociedad de 1982 no estaba preparada para procesar la derrota, quería olvidarla y el modo en que lo hizo dejó una marca que tardó décadas en hacerse visible. El país que los había enviado entre aplausos no supo o no quiso recibirlos. Y ese abandono los fue destruyendo por dentro, uno a uno, en silencio, sin que nadie lo contara. La herida que espera cerrar La causa soberana sigue pendiente: los territorios continúan bajo administración británica. Los kelpers como se llama a los habitantes de las islas rechazaron en el referéndum de 2013 cualquier cambio de soberanía con el 99,8% de los votos. El reclamo diplomático argentino persiste, pero sin horizonte claro de resolución. En ese limbo, la herida no puede cicatrizar porque la pérdida no puede ser ni recuperada ni definitivamente resignada. Y lo que no puede nombrarse del todo ni como recuperación ni como renuncia queda suspendido, sin destino. A eso se suma lo que el país nunca terminó de llorar con nombres propios. Cada caído con una historia antes del Atlántico Sur: un barrio, una madre, un club de fútbol, un primer amor, un futuro imaginado. La mayoría venía de las provincias más pobres del país, de las familias que no tenían cómo evitar el servicio militar, de los sectores que nunca tuvieron demasiadas opciones en ningún aspecto de su vida. No hubo para ellos el duelo que merecían. La derrota fue tan vertiginosa 74 días de conflicto, el 14 de junio de 1982 ya todo era pasado y la transición democrática tan urgente y tan sobrecargada de otros dolores, que los muertos del sur quedaron en un lugar extraño: demasiado presentes para olvidarlos, demasiado incómodos para llorarlos del todo. Y lo que no se llora no desaparece: espera, vuelve y se reinventa. Lo que se hereda sin que nadie lo enseñe Malvinas es el nombre de un sentimiento que puede vivir en una canción, un tatuaje, una pintada, una bandera de una hinchada, un nombre de una calle, un monumento y otra cantidad de lugares simbólicos y materiales que la sostienen y recrean a lo largo del tiempo. Ningún decreto hubiera podido fabricar eso: Malvinas sobrevivió a la derrota militar, a los cambios de gobierno y a las distintas modas intelectuales porque entró en la cultura popular por la puerta grande y se quedó. El rock, por ejemplo, hizo con todo esto lo que hace con los traumas: lo convirtió en canciones. El 16 de mayo de 1982, con los enfrentamientos todavía en curso y los soldados cayendo, más de sesenta mil personas fueron al club Obras Sanitarias para el Festival de la Solidaridad Latinoamericana. Tocaron Charly García, Spinetta, León Gieco, Litto Nebbia, Nito Mestre artistas cuya difusión había estado prohibida por los mismos que promovían el festival. La ironía era tan brutal que resultaba difícil de tragar en tiempo real. Charly lo hizo a su manera: bajó del escenario con una bronca que le duró meses y que derivó en No bombardeen Buenos Aires, grabada mientras los combates en las islas terminaban y presentada en diciembre de aquel año en Ferro, ante 25.000 almas, con un simulacro bélico que derrumbó la escenografía. Era una canción sobre el miedo, sobre la hipocresía, sobre los jefes de los chicos tomando whisky con los ricos mientras los obreros hacían masa en la plaza. Una canción de guerra para bailar. Más acá en el tiempo, en las canchas, las hinchadas evocan las islas con una intensidad que sorprende a cualquier visitante extranjero. Las Malvinas son argentinas se escucha en partidos que nada tienen que ver con la diplomacia. Ese grito vive en el lugar más básico: ahí donde operan los reflejos y no los argumentos, donde está lo que somos antes de pensar. Hay veteranos de sesenta y tantos años con las islas tatuadas en el antebrazo. Hay hijos de ex combatientes que nunca conocieron a sus padres en paz porque esos días en el sur los devolvieron rotos y que llevan el mismo tatuaje. Hay pibes de veinte que nacieron décadas después de lo que pasó y que lo sienten como algo propio sin que nadie se los haya enseñado. Eso no se fabrica, se hereda. El reclamo también vive en los foros internacionales, en las resoluciones de la ONU y en las notas diplomáticas que se envían al Reino Unido sin demasiada urgencia. Esa Malvinas institucional coexiste con la del tatuaje y la de la cancha, pero rara vez se hablan. Lo que todavía espera Malvinas duele tanto porque es demasiadas cosas al mismo tiempo y ninguna de ellas está resuelta. Es la causa soberana legítima que sigue pendiente. Es la guerra que ordenó una dictadura criminal. Son los muertos que merecen más que un desfile. Son los veteranos que volvieron y fueron abandonados, y que siguieron muriendo en silencio durante décadas. Es el pueblo que aplaudió su recuperación y la sociedad que tardó años en poder mirarse al espejo. Es el nudo imposible entre la condena a los militares y el reconocimiento de quienes pelearon bajo sus órdenes sin pedirlo. Es el reclamo diplomático que no avanza. Es la canción que se aprende antes que la historia. Es el nombre de una avenida o una calle. Es el tatuaje. Es el llanto que aparece en los actos sin que nadie pueda explicar exactamente de dónde viene. Malvinas es una herida abierta porque el país que la vivió todavía no terminó de entenderse a sí mismo. La democracia volvió sobre los escombros que dejó la dictadura, y fue de urgencia en urgencia, de crisis en crisis, y todo eso quedó siempre ahí, a la espera. Como esos temas de familia que se evitan en las reuniones y que sin embargo organizan todo lo que ocurre debajo de la superficie. Lo que no se llora, duele. Y mientras eso pase, algo en este país todavía puede cambiar.
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