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» Clarin
Fecha: 02/04/2026 06:20
En una de sus primeras caminatas por las islas, María Abriani (50) encontró algo que no debía estar ahí. Restos de avión, casi borrados por el tiempo y la historia. Después de la guerra, los británicos habían retirado toda insignia argentina. Sin embargo, apareció un fragmento de fuselaje que todavía conservaba la escarapela. María lo cortó y lo protegió durante 25 años. Era parte del avión del piloto de la Fuerza Aérea Argentina Fausto Gavazzi, derribado en Malvinas por fuego amigo cuando regresaba de atacar y dejar fuera de combate al buque inglés HMS Glasgow. El año pasado, se encontró con su hija, Victoria Gavazzi, y se lo entregó. Estaba feliz, dice María con su voz suave. Esa forma de hablar -calma, medida- contrasta con la intensidad de todo lo que vivió. Tenía 24 años cuando se fue del país. Fue la primera argentina en casarse con un isleño después de la guerra. La entrevista transcurre en un bar reconocido de la Ciudad de Buenos Aires. Afuera, el ruido es constante. Adentro, María habla despacio, con timidez, como si hubiera adoptado la tranquilidad de las islas. María Abriani nació en Capital Federal. Antes de terminar el secundario ya tomaba clases de pintura. Después empezó la carrera de Bellas Artes y francés, pero dejó. Su vínculo con la fotografía fue siempre intuitivo, casi inevitable. Y ese instinto la empujó a un destino del otro lado del Mar Argentino. Mi primer viaje fue para sacar fotos y pintar porque no conocía a nadie que hubiera ido a las islas y que mostrara imágenes de allá. Esto fue a finales de 1999, cuenta. Hasta ese momento, los argentinos tenían prohibido entrar a las islas desde la guerra. En 1999, un acuerdo entre Gran Bretaña y Argentina habilitó los vuelos y María subió al primero. ¿Por qué querías ir a Malvinas? Para mostrar algo diferente. Quería ir a sacar fotos, hacer bocetos. Fui sola y me quedé una semana, pero en ese vuelo me crucé con grupos de familiares de ex combatientes. Fue muy fuerte el hecho de estar por primera vez en las islas. Pasé mucho tiempo con ellos, fuimos a los montes donde fueron las batallas, al cementerio también. Ahí conocí a quien iba a ser el papá de mis hijos que también era pintor. Ese primer viaje la marcó para siempre. Vio a los familiares de los caídos llorar en el cementerio. Los acompañó a recorrer los montes donde habían peleado. Los vio buscar restos, cualquier cosa: zapatillas, cantimploras, objetos que les recordara lo que habían vivido en esas tierras. Viví el dolor de ambos lados. Aprendí desde mi experiencia a respetar las vivencias de la gente, confiesa. Apenas llegó, María sintió la fuerza del viento y el frío, distintos a cualquier otro lugar en el mundo. Se maravilló por su cielo, lleno de nubes interminables. "El clima es un espectáculo. Por ahí llueve a las 3 de la tarde, a las 5 sale el sol y a las 6 graniza. Ellos le dicen las cuatro estaciones en un día. Me llamó la atención lo desolado porque no hay nada, muy pocos árboles porque el viento no los deja crecer", describe. Ese no hay nada vuelve en su relato. Fuera de Puerto Argentino hay pueblos muy chicos de diez personas, a veces menos. Sin hospital, sin escuela presencial. Los chicos estudian por radio. Los supermercados abren tres veces por semana. La vida tiene otro ritmo y a María le fascinó. Me encantan los lugares tranquilos, la soledad y la naturaleza. Me encantaba estar ahí, era todo una aventura, recuerda. La vida en las Islas Malvinas La historia de amor empezó en ese primer viaje. Un encuentro entre dos artistas. Algunas idas y vueltas entre Buenos Aires y las islas. Finalmente, María tomó la decisión de quedarse. Al principio vivieron en la casa de su suegra en Malvinas, quien entendió la situación más que nadie. Ella había estado en pareja con un argentino llamado Carlos, que trabajaba para YPF en las islas antes de la guerra. "Vivieron un año. Cuando fue la guerra lo echaron de las islas a él. Ella tenía siempre en el estante de su repisa las fotos de Carlos y nunca más volvió a salir con nadie", cuenta María. 20 años después, María y su pareja lograron reencontrarlos en Buenos Aires, pero ya todo había cambiado. Finalmente, María y su pareja se mudaron a Pradera del Ganso, a cinco kilómetros de Puerto Darwin. Desde mi cocina veía la cruz del cementerio de Darwin, de argentinos, dice. María reconoce que al principio no fue fácil la vida en Malvinas. Al principio mucha gente ponía cierto peso como, viste el isleño y la argentina, pero no quería cargar con eso. Todo lo que sea pro paz y unión sí, porque en definitiva teníamos una pareja como cualquier otra, normal, explica. Una vez, en el supermercado, alguien le dijo: ¿Así que vos sos la argentina?. Y ella respondió: Sí, pero no soy Galtieri. Sirvió para romper el hielo con sus vecinos. La adaptación incluyó otros obstáculos. Uno de ellos fue el trabajo. Al principio, no me dejaron trabajar. Una traba que me quisieron poner. Me dijeron que en el acuerdo decía que no podíamos trabajar pero no era así, porque no decía nada. Si no lo prohíbe, lo permite. Terminó trabajando en distintos rubros: restaurantes, guardería, centro deportivo. En Malvinas, hay trabajo de sobra. Hay escalas como en todos lados pero nadie es pobre, tienen auto, casa. También hizo amigos de distintas partes: chilenos, isleños, europeos, en una comunidad donde conviven más de 40 culturas. Su primer hijo, Jack, nació en mayo de 2002 en Buenos Aires. No por elección. A los siete meses de gestación, me dijeron que si nacía en Malvinas iba a ser un NN. En ese momento no iba a ponerme a pelear, agarré y me vine a la Argentina, confiesa. Enseguida, volvieron a las islas. Su segundo hijo, Juan, nació en 2006 también en Buenos Aires, esta vez por decisión propia. En su casa, hablaban en inglés. El idioma en la casa era el inglés. Yo les hablaba a mis hijos en castellano y ellos me contestaban en inglés. Una familia atravesada por dos culturas muy distintas. María vivió en Malvinas durante diez años. También pasó dos en Sídney, Australia, cuando su pareja fue a estudiar Bellas Artes. Pero las islas siempre fueron el lugar familiar. Disfrutaba mucho las islas porque podés construir tu vida. Allá podés planificar, vas progresando. Me encantaba la sociedad organizada, que hay trabajo y seguridad. Criar chicos allá es genial porque no hay robos, no hay droga, los chicos pueden andar solos en bici. Y agrega: Para mí las islas están buenas cuando los chicos son muy chiquitos, pero no cuando van creciendo. En 2010, la familia decidió venir a Buenos Aires. La idea era quedarse un año, pero la pareja se separó. Me separé y él se fue y yo me quedé acá con los dos chicos. Tenían 7 y 3 años". María consiguió trabajo a los tres meses y se reinventó. Sus hijos se enamoraron de Buenos Aires. A mis hijos les encanta acá. No se irían nunca. Hicieron amigos, jugaron al fútbol en clubes como Racing y Platense, armaron su vida. Hoy en día te puedo decir que el cambio sí fue positivo. Aunque María nunca dejó del todo las islas. Para mí Malvinas es algo de todos los días, dice. El padre de sus hijos vive allá, sus hijos viajan, sus amigos siguen ahí. Reconoce que extraña la naturaleza, la paz. La vida es fácil en el sentido de que no estás peleando con el tráfico, o con el estrés, llegas a todos lados en dos minutos". Sin embargo, decidió quedarse en Buenos Aires. Hoy estudia nutrición y es profesora de yoga. Sus historias con los ex combatientes María no solo acompañó a muchos ex combatientes. Los escuchó y alojó en su casa. Sus historias la atravesaron. En el primer viaje conoció a un padre que había perdido a su hijo en la guerra, Coco Massad. En ese momento, muchas tumbas eran NN. No había nombres. No podías ir a la tumba de tu hijo y llorarlo ahí, recuerda. Y agrega: Entonces agarraban cualquier tumba. Él fue solo en ese viaje y yo pasé mucho tiempo con él". Compartieron días enteros. Luego, lo volvió a ver años después por casualidad en el Parque Las Heras. Tenía el barbijo de las islas. "Me lo crucé en el parque Las Heras. Una familia de Siria que huye de Siria y se viene a vivir a la Argentina para tener paz. Y termina perdiendo a su hijo en una guerra acá. Hay muchas historias muy humanas. Yo tengo mucho respeto con el tema", cuenta María. En ese momento, él le dijo algo que todavía la conmueve: Ese viaje de las Islas lo hizo solo y sufrió mucho, que si no hubiera sido porque lo acompañé lo hubiera pasado re mal. Nunca más quiso volver solo", cuenta. Ellos van tratando de sanar todos esos fantasmas que todavía tienen, explica. Y en ese proceso, cada gesto cuenta. Durante sus años en Malvinas, María conoció a Aníbal, del Regimiento 7 de La Plata, combatiente en Monte Longdon, una de las batallas más duras. Se quedó en casa junto con un par más del mismo regimiento, explica. A ambos les gusta el rock. Escucha mucho rock progresivo como yo, entonces desde siempre que vamos juntos a recitales. El año pasado fuimos a ver a otra banda que hace cover de Genesis. De hecho, ahora vamos a ir a ver a Steve Hackett", confiesa. Con el tiempo María entendió todo lo que vivió. Aprendí a respetar siempre las diferentes vivencias de la gente. Cada uno tiene su historia, repite. Hace una pausa, piensa. Y dice algo que resume todo: Yo vi el dolor de ambos lados. MG Sobre la firma Newsletter Clarín
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