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» La Nacion
Fecha: 01/04/2026 17:35
Bullying Entrá a la guía de Fundación La Nación y encontrá los tips de los expertos sobre cómo prevenir, actuar y encontrar ayuda frente a este problema Los episodios extremos de violencia escolar, como el ataque ocurrido días atrás en Santa Fe, rara vez empiezan el día del disparo. Así lo afirma la psicoanalista Mónica Toscano, especialista en adolescentes y violencia entre pares: Cuando el dolor no encuentra palabras, aparece la venganza. Toscano es la creadora de un método de prevención de la violencia en el aula que se aplica desde hace más de dos décadas en unas 20 escuelas de la Argentina y varias de Europa. En una investigación realizada con más de 35.000 estudiantes, detectó un patrón que se repite: muchos chicos están dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de pertenecer a un grupo. Cuando quedan del lado de los humillados, el sufrimiento puede transformarse en deseo de reparación violenta. Recuerda el caso de una escuela primaria donde durante años un grupo había establecido dos roles fijos: el jefe y el humillado. Nadie intervino. Hasta que un día el chico hostigado atacó por la espalda al líder y le clavó una tijera. La violencia extrema es una olla a presión, dice Toscano. Tras lo ocurrido en Santa Fe, insiste en que la pregunta no debería ser solo qué pasó con el agresor, sino qué señales quedaron sin leer antes. Cuando escuchaste lo ocurrido en Santa Fe, ¿qué fue lo primero que te resonó? Lo que sucedió es una de las tantas situaciones de sufrimiento que atraviesan los adolescentes, cada vez a edades más tempranas. Con mi equipo empezamos trabajando con jóvenes de 15 años y hoy intervenimos desde los 6 porque vemos niveles de violencia muy fuertes en pequeños. Los chicos dicen algo muy impactante: que son capaces de hacer cualquier cosa con tal de pertenecer a un grupo. En los grupos les piden cada vez más a cambio de ser parte. Para todos los adolescentes, llegar a la escuela y no tener amigos es un gran problema. En el caso de Santa Fe, al chico que murió no lo vamos a recuperar nunca. Pero también el que ejecuta queda, de algún modo, autoejecutado. Por eso es fundamental reconstruir la esperanza y el trabajo en equipo entre adultos. Trabajás hace años dentro de las escuelas. ¿Qué pasa cuando el sufrimiento de un adolescente no es escuchado? Se acumula y en un momento explota. Recuerdo el caso de las dos mellizas argentinas en Barcelona que se tiraron por un balcón. Una, que estaba con mucho sufrimiento psíquico, decidió saltar. La otra se tiró con ella diciendo: Te acompaño, hermana. ¿Dónde estaba el padre? En el cuarto de al lado. Hoy muchos chicos dicen: No voy a hablar con mi papá porque no me va a entender o ¿para qué se lo voy a decir a la seño si no puede hacer nada?. Se debilitó la idea de autoridad. Los adolescentes sienten que tienen que arreglarse solos frente a situaciones muy graves. Después de un hecho así siempre surge la pregunta: ¿cómo nadie lo vio venir? Los chicos siempre dejan señales. Cambian su manera de estar en la escuela, baja el rendimiento, se quedan solos en el aula mientras los demás salen al recreo, se encierran en el cuarto. Ese chico está pidiendo ayuda de muchas maneras. Nosotros hablamos de la importancia de formar a los docentes y padres en la lectura de signos. Un signo es algo que se repite: malhumor constante, aislamiento o un chico que empieza a mostrarse violento con un hermano más chico. Muchas veces está repitiendo con otro lo que hacen con él. No todo es normal de la adolescencia. ¿Por qué callan los chicos? A veces ese chico no habla porque teme decepcionar a sus padres por ocupar el lugar del humillado o porque cree que nadie va a saber qué hacer. Dicen algo muy claro: Si le cuento a mis padres, ellos van a tener más miedo que yo. El dolor del acosado también incluye la angustia de ver sufrir a sus padres. Muchas veces también sienten vergüenza de contarles que esa violencia que sufren es psicológica, verbal, y no física. Hoy los chicos se destruyen con la palabra: se golpean con insultos, maltratos e indiferencia. Necesitamos abrir espacios donde puedan hablar sin sentir que empeoran la situación. ¿La violencia extrema empieza el día del ataque o mucho antes? Mucho antes. Es una olla a presión. El dolor de un chico que fue maltratado física o psicológicamente se va acumulando. Ellos mismos lo dicen: Quiero hacerlo pasar por lo que yo pasé, que sufra lo que yo sufrí. Aparece la lógica del ojo por ojo. En una escuela primaria en Barcelona trabajé con un grupo donde desde los 8 hasta los 12 años había quedado fijado quién era el humillado. Todos lo sabían. Nadie intervenía. Un día ese chico atacó por la espalda al líder con una tijera. Cuando hablamos con el curso, todos reconocieron que lo maltrataban mucho. Si el dolor no encuentra salida, aparece la venganza. ¿Qué le pasa por dentro a un chico hostigado durante años? Empieza a sentirse profundamente solo. El grupo drena su crueldad sobre el más vulnerable. Una nena de 12 años me dijo algo muy fuerte cuando pregunté por qué nadie defendía al humillado: Si lo dejan de humillar a él, tengo miedo de ser la próxima. Entonces muchos participan del maltrato para protegerse. Si ese dolor no sale a la luz, el chico empieza a perder referencias sobre lo que está bien y lo que está mal. ¿Qué es lo primero que un adulto debería dejar de hacer frente al bullying? Decir ignoralo. También frases como lo hacen por envidia, contestales, es cosa de chicos. Eso deja el dolor adentro. El chico siente ese sufrimiento como un puño en el corazón y no desaparece porque le digamos que no le dé importancia. ¿Se puede prevenir la violencia extrema? Sí. Cuando intervenimos temprano, la violencia disminuye mucho. Nuestro método trabaja formando equipos entre docentes, directivos y familias. Primero se crea un espacio de confianza para que los chicos puedan hablar. Cuando reconectan con los adultos, baja la violencia. La clave es reconstruir el puente entre jóvenes y adultos. Hoy la violencia parece no terminar cuando suena el timbre. ¿Qué cambió con las redes sociales? Los chicos entran en un laberinto del que muchas veces no saben cómo salir. Aparecen grupos anónimos que hostigan e incluso inducen al suicidio. Recuerdo el caso de una adolescente de 12 años de La Plata cuya foto íntima fue difundida por sus compañeros. La pusieron en una de las pantallas centrales de la escuela. Después de esa exposición, intentó suicidarse. Hoy un chico puede estar más expuesto en su cuarto que en la escuela. Subrayás que con tal de pertenecer al grupo, los chicos hacen cualquier cosa. ¿Podés dar algún ejemplo? Intervenimos en un curso de nenas de 10 años que habían ido a un viaje de hockey. Cambiaron el shampoo por vodka y, para pertenecer al grupo, había que tomar. Una de las chicas terminó en coma alcohólico. Afortunadamente pudieron asistirla a tiempo. Cuando nos llamaron desde esa escuela en Buenos Aires, el profesor de educación física hizo una pregunta que me quedó grabada: ¿Qué no vimos? Estas chiquitas están acá desde sala de 2. ¿Cómo llegamos a esto?. Eso es lo que tenemos que preguntarnos como sociedad: qué no vemos, qué no escuchamos. Porque para los chicos lo más importante es darle al grupo lo que el grupo pide. Y mientras más les das, más te pide. El trabajo consiste en transformar un grupo cruel en un grupo que colabore. Después de un hecho como el de Santa Fe, ¿qué conversación debería empezar mañana mismo en las escuelas? Tenemos que volver a generar un puente. Padres, docentes y sociedad debemos capacitarnos para escuchar y crear un espacio para hablar más allá de nuestra propia angustia. Debemos poner primero el dolor del chico. Porque cuando un adolescente siente que finalmente alguien lo escucha, muchas veces ahí empieza la prevención.
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