01/04/2026 11:30
01/04/2026 11:30
01/04/2026 11:29
01/04/2026 11:28
01/04/2026 11:27
01/04/2026 11:25
01/04/2026 11:25
01/04/2026 11:25
01/04/2026 11:25
01/04/2026 11:25
» La Nacion
Fecha: 01/04/2026 09:50
Matías Duville rumbo a Venecia: Me quiero ir ya, me tiemblan las manos Un día antes de subirse al avión, el artista que representa al país en la Bienal comparte con LA NACION sueños, ansiedades y secretos del proyecto más grande de su vida; Me interesan esas obras en las que tirás una piedra y no sabés qué va a pasar - 10 minutos de lectura' Matías Duville es el artista que este año representará al país en la 61ª Bienal de Venecia y está a horas de subir al avión. En su estudio de Las Cañitas se lo ve tranquilo, pero esconde la ansiedad de que por fin va a volver realidad aquello que soñó hace apenas un par de meses: Monitor Yin Yang, su obra más ambiciosa. Por la dimensión (los 500 metros cuadrados del Pabellón Argentino, unos 40 metros de largo), los materiales (30 toneladas de sal y carbón) y por el desafío de hacer el dibujo más grande de su vida. En su valija solo lleva un mameluco para trabajar. El resto lo harán sus manos. Me quiero ir ya, me tiemblan las manos. Quiero ponerme a hacer la obra, sentir el crunch y soft del material. Escuchar cómo suena el pabellón, ver la acústica. Salir un poco de la pantalla. Mucho zoom, mucho rendering. Ahora, quiero meter la mano en la sal. Hacer una gran Fontana y meterle el cuchillazo a la pantalla. La cantidad de horas, de gente, reuniones, pruebas de material, de luces y de sonido, la publicación Hay una especie de evolución. Uno sale distinto de un proceso de trabajo así. Yo espero ser mejor persona después de esto, dice. El dibujo será hecho con líneas de carbón molido sobre un manto de sal: montañas, caminos, objetos, horizontes. El público podrá transitarlo, en una experiencia de varias capas: sonora, espacial, performática, literaria. En enero pasado hizo un ensayo de dibujo, en un galpón de Balvanera, junto con la curadora, Josefina Barcia. Fue una prueba grande, pero es la quinta parte de lo que va a ser en Venecia, cuenta. -Sobre crear algo plano en el terreno, siempre cambiante, hay una obra anterior tuya, Hogar. ¿Es un antecedente de ésta? -Ese trabajo sigue la lógica del terreno, porque es un plano de una casa desensamblada, donde vos ves el horizonte y no la ves. La obra tiene que ver con el cambio, cómo todo la va modificando: las sequías, las inundaciones. Cada vez que he ido, me encontré con un escenario distinto, y eso me encanta, porque también me hace sentir como un extraño. Lo que podría ser el agujero para una chimenea, es una extensión que conecta con la laguna, entonces cuando la laguna sube, se llena de agua la casa y ahí incluso he visto bagres. Me interesa ese tipo de proyectos que tirás una piedra y no sabés qué va a pasar. Los puntos de contacto con la obra de Venecia tienen que ver con la transformación. Es una instalación transitable donde el espectador modifica esos senderos. Es una cartografía abierta. -¿También es una pieza sonora? -En el sonido ocurre algo muy interesante. Con Centoya, la banda con Pablo, mi hermano, grabamos una serie de tracks muy extensos durante mucho tiempo. Después editamos y los tracks van desde algo muy noise y abstracto, hasta micro melodías que no tienen mucha definición. Este proyecto tiene pianos y sintetizadores, pero mucho de lo que hacemos son sonidos inventados. Empecé a incluir música en mis videos hace mucho, en 2010. La banda ya existía, y pasamos de una banda pop a una súper experimental. Estaba en una residencia en Maine, y yo le pedía a mi hermano sonidos, mandando un mensaje de texto como quiero una barra de hielo que se derrita y de repente que se evapore. Era casi un poema. Lo vinculo un poco con el dibujo, que es un lugar total. Pueden ocurrir distintos climas al mismo tiempo, glaciaciones en un segundo y después se puede quebrar todo por el calor. Esa lógica del tiempo la puedo manejar como si fuese un controlador. Hay la analogía con el sonido porque la música sin efectos es un genérico, después vos le vas haciendo cosas. La idea de distorsión puede ser congelarlo, derretirlo, evaporarlo, crashearlo. -En esta pieza musical entra otro elemento, que es el aire. -Es un trabajo en colaboración con el músico Alvise Vidolin y su equipo del Centro di Sonología Computazionale (CSC) de la Universidad de Padua. Es gente que entiende la música de otra forma, casi como eso, como forma más que como música. Los tracks que ya grabamos van a estar afectados por el aire, que tiene muchos elementos dentro, y variables que van cambiando minuto a minuto. A través de un sistema que ellos trabajaron, estos factores afectan los tracks. El sonido va a ser distinto siempre. Este proyecto desde que lo empecé a escribir hasta hoy fue creciendo y ramificándose de una manera muy natural y con toda su complejidad, pero a la vez con su simpleza. Son dos minerales emplazados en un pabellón. -Ahora es el tiempo de la sal. -Sí. Vamos a empezar a trabajar en el core de la obra: todo este descampado de sal es el cuerpo principal. Venecia era una salina, y su riqueza y poder inicial se basaron casi por completo en la producción y comercio de sal. Hay un libro interesante que se llama Salt: A World History, de Mark Kurlansky, que habla de ese mineral de distintas maneras y como antes valía oro (de ahí viene la palabra salario), cómo permite conservar comida, o momificar cuerpos es la madre de los recursos. Hay una vinculación fuerte con el mar. El primer trabajo que hice con sal fue para el MAM de Río de Janeiro, una muestra en el 2015 donde una de las obras era un casco lleno de sal. Pensé en la idea del mar interno, el diálogo entre fondo mental y fondo marino. Después vinieron una serie de anzuelos que están sobre un manto de sal, Fondo en cumbre, porque tiene algo de nieve: la sal es utilizada para hacer nieve ficticia en las películas, tiene un brillo parecido un brillo nocturno. Lo que más me interesa es la reducción de un océano: tener en la mano un pedacito de viejos mares. Se conecta con mi niñez en lugares de mar. Pero sobre todo, con el misterio del fondo de la mente y los tiempos remotos, porque el carbón remite a los estratos de la Tierra. -¿Y el monitor? -Es un elemento de tecnología que da una idea de control: puede ser autocontrol, control social, el control de algo tecnológico invisible. Por otro lado, está este territorio vasto donde la libertad física y mental se proyectan. Busca afectar al visitante, porque es un proyecto performático. -¿Qué vas a dibujar? ¿Vas a hacer un yin yang? -¡No! El dibujo es un descampado. Empecé a decirles descampado a las obras hace mucho tiempo porque para mí primero es un descampado y después se van componiendo las cosas. Microescenas o situaciones grandes componen toda esa vastedad y tiene que ver con lo natural, con entender el territorio como un cambio constante. Algunos son incluso catástrofes, son dinámicos y se ven. Otros cambios son más moleculares, donde una escena parece que está congelada y simple, pero dentro de mi mente están ocurriendo revoluciones. Tiene que ver con dinámicas naturales o cómo percibe el humano algo que está ocurriendo en la naturaleza. Empecé a pensar en mi trabajo desde ahí, marcado por el primer encuentro con el gran paisaje en mi vida, que se remonta a mi infancia. Mi papá tenía un trabajo que era un híbrido, porque hacía biología marina en el sur de la Argentina, pero también hacía documentación de geología. Entonces, lo primero que recuerdo es el bosque petrificado. Para un niño eso es distinto, porque yo no pensaba acá ocurrió esto sino esto es el presente y toda esta vastedad, esta erosión, está ocurriendo ahora. A mí me gusta esa mirada y mis paisajes tienen mucho de eso: están sucediendo ahí como una foto del presente. No es una cosa vintage ni futurista. Es ahí. Una mirada desde ese lugar. Cada vez que me preguntan qué artista me influencia, hay un montón, pero el primero fue mi papá. Ahí está la química, la biología, la geología, un pequeño laboratorio en el fondo de mi casa. -¿Es la primera vez que vas a dibujar con carbón sobre sal? -Sí. Trato de buscarle otra idea al trabajo, porque finalmente lo que hace luce siempre parecido, pero distinto, o sea, no vas a escapar de vos mismo, con todo lo fantástico y lo terrible de eso. A veces me imagino qué pasaría si de repente cortás y empezás a hacer algo absolutamente distinto. Vengo experimentando. Desde que empecé a pensar el proyecto a mediados del año pasado, lo empecé a experimentar en pequeños cajones de sal. Hay una parte que es la presión. Me gusta la manera como se amalgaman los dos elementos. Obviamente hay áreas a las que no vas a poder acceder, no tiene sentido, y otras que son caminables. Pero hay algunas reglas, que van de la mano de la clave menor, In minor keys, que es el lema de la Bienal que dejó la curadora Koyo Kouoh. Para percibir bien la obra tenés que escuchar tus pasos, tenés que escuchar lo que está pasando también en el aire. Y eso te da la pauta de un movimiento sigiloso. Después, cada uno es libre de hacer lo que quiera. -¿Es un proyecto con mucha gente? -No se trata de mí nada más, sino de un equipo gigante. Hay un trabajo de una publicación muy interesante también, que es una guía de viaje. Un libro de 216 páginas, trilingüe (español, inglés e italiano), con ensayos del escritor Michel Nieva y de la curadora Josefina Barcia, junto con una selección de 50 dibujos y un álbum fotográfico de mis viajes, además de un dibujo desplegable que funciona como mapa de la obra. Es increíble cómo de repente esta pata literaria entra y fluye en la obra. -Hubo una dificultad grande, al ser el primer año en que hubo tiene financiación del Estado para el envío nacional. ¿Quién paga la fiesta? -Yo aplico a Venecia desde hace casi doce años. Soy como una locomotora. Después están las vicisitudes, buenas o malas, con las hay que lidiar. Gracias a la ayuda de fundaciones, de coleccionistas, de galeristas, todo esto se puede llevar a cabo. Mucha gente que desinteresadamente me apoya. Hace tanto que aplico, y justo me tocó. Por suerte, se pudo. Hay mucha gente involucrada. Hay productores de la galería, de mi estudio, diseñadores. Y es una obra efímera un envío nacional. Hay mucha gente subida a este barco. -Faraónico como el barco de Fitzcarraldo -Es toda una locura, pero perseguimos eso en el arte. Mucha gente, supongo, en el mundo lo entenderá como un hecho banal, pero para mí es todo lo contrario. Lo que hace interesante a un lugar, a un territorio, a una nación, a una bandera, lo distintivo, es lo vas a ver en una bienal así: el corte desde la literatura, el cine, el arte visual y la música. Eso para mí es muy importante. Hago esto hace 30 años.
Ver noticia original