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  • Murió Angelo Milano, el peluquero de las estrellas: testigo privilegiado de la fama, el poder y la noche porteña

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 01/04/2026 09:40

    La noticia cayó como un susurro que se transforma en silencio: murió Angelo Milano a los 85 años. Y con él, se fue algo más que un nombre asociado al brillo de las celebridades: se apagó una historia de inmigración, oficio, lealtades y confidencias que atravesó décadas de la vida cultural y social argentina. El primero en poner en palabras ese vacío fue Luis Ventura, quien eligió una imagen compartida para sostener la despedida. No fue un mensaje más. Fue un texto cargado de memoria y afecto: Te fuiste, amigo de mil ilusiones Angelo Milano, algún día volveremos a juntarnos donde vos estés Me duele mucho la previa a tu último adiós Te voy a extrañar, Tano. En esa frase, el apodo, el dolor anticipado y la promesa de reencuentro delinearon una relación que iba más allá de la peluquería: la de dos hombres que compartieron años, charlas y silencios. Las redes, ese territorio donde la memoria se vuelve colectiva, empezaron a poblarse de recuerdos. Marisa Andino eligió un tono íntimo, casi familiar: Mi papá se cortaba con él, ¡lo quería mucho!. Una frase breve, pero reveladora sobre el inolvidable Ramón, fallecido en 1985. Porque Angelo no era solo el peluquero de las figuras: era también el de las historias cotidianas, el de los vínculos que se transmitían de generación en generación, el de las charlas que comenzaban con un corte de pelo y terminaban en confesión. El cantante Orlando Netti, en cambio, construyó un retrato más amplio, atravesado por el respeto y el afecto: Falleció el querido Angelo Milano, peluquero emblemático de Buenos Aires, nacido en Sicilia, Italia, y argentino por adopción desde sus 10 años. Pasaron por sus tijeras muchas celebridades. Y luego, en un giro que lo devuelve a lo esencial, agregó: Desde que empecé a cantar, el Tano me cortaba el pelo con gran dedicación y mucho afecto. Gran tipo, cálido, simpático, afable, comunicativo y amistoso. Mi recuerdo sentido y colmado de cariño para él. Angelo Milano Milano 1940-2026 Q.E.P.D.. La enumeración de nombres impresiona, pero no define del todo la dimensión de su recorrido. Por sus manos pasaron Sandro, Palito Ortega, Alberto Olmedo, Jorge Porcel, Julio Iglesias, Raphael y Luis Miguel, entre tantos otros. Pero lo que lo distinguía según coinciden quienes lo conocieron era su capacidad de generar cercanía. Angelo no solo cortaba el pelo: escuchaba, opinaba, aconsejaba. Era parte de la escena. Su historia, como la de tantos inmigrantes, comenzó lejos. Nació en Sicilia el 14 de julio de 1940, en un contexto atravesado por las sombras de la guerra. A los diez años, su destino cambió: un tío que vivía en la Argentina lo llamó, lo convocó, le ofreció un futuro posible. Ese viaje no fue solo geográfico; fue también el inicio de una identidad nueva. Angelo nunca pensó que sería peluquero, pero la vida, con su lógica imprevisible, lo llevó a ese salón donde trabajaba su tío. Y ahí, entre tijeras y espejos, descubrió su vocación. El crecimiento fue sostenido, paciente. Primero como aprendiz, luego como dueño de su propio espacio, finalmente como referencia. Tuvo madrinas que marcaron su inserción en el mundo del espectáculo, como Nélida Roca y Nélida Lobato, dos nombres fuertes de la escena que confiaron en su talento cuando aún estaba construyendo su camino. Su clientela se expandió hacia territorios diversos. No solo artistas: también figuras de la política, del sindicalismo, del poder. Él mismo lo decía con una mezcla de orgullo y picardía: atendió a los más pesados. Y, fiel a su estilo frontal, dejaba frases que lo definían, como una sobre Mauricio Macri: A él no lo atendí porque es de Boca. Humor, identidad y carácter, todo en una línea. El legado también se proyecta en su familia. Fue tío y maestro de Fabio Cuggini, quien siempre recordó sus comienzos con una frase que hoy resuena con otro peso: Me inicié allá por el año 1980, bajo la dirección de mi tío, Ángelo Milano. No fue solo un aprendizaje técnico: fue la transmisión de un oficio entendido como vínculo humano. En una entrevista con Infobae, al cumplir 80 años, Angelo dejó una de las radiografías más sinceras del mundo al que pertenecía. Habló de colegas, de tradiciones, de rivalidades y admiraciones. Andrea era un número uno, murió. Era el tío de Leo Paparella. Esa gente trajo en el maletín cuando vinieron de Italia el oficio dentro, cortaron el pelo en el barco ¿Vos te imaginás a este hombre?, decía, al evocar una mística casi artesanal. Y seguía: Para mí, el número uno sobre el número uno para mujeres hay una competencia entre él y yo, es Miguel Romano. Miguel Romano tiene una trayectoria importante, igual que yo, siempre en el mismo lugar, en referencia a quien reconocía como par y competidor. Ese universo estaba lleno de nombres, historias y tensiones: Arrancás con Miguel, seguís con Oscar Colombo, con Sanders y de los chicos jóvenes, el que era bueno en su momento es Rubén Orlando, pero hizo muchas macanas se peleó con Giordano, y se mataron entre los dos. Su manera de narrarlo, sin filtros, construía una crónica viva del oficio. Entre tantas historias, una quedó grabada como símbolo de su lugar en el ambiente. La noche en que fue llamado para atender a Luis Miguel. Cuando me dijeron que a tal persona le iba a cortar el pelo, yo creí que me estaban cargando A las diez de la noche me llama Polo Martínez y me pide por favor que fuera porque había ido otro peluquero y le había hecho un desastre. Le respondí: ¿Vos me estás cargando?. Fue. Y todo salió bien. Pero lo que siguió fue más que un corte: Charlamos un poquito, yo le dije: Vos sabés que yo a tu papá lo conocí yo la peluquería la abrí a la vuelta de los boliches donde actuaba tu papá era todo de los españoles, flamenco toda la noche un mundo lleno de drogas y en esa época era otra cosa, pero la droga los arruinó a todos. Hoy, esas anécdotas toman otro espesor. Ya no son solo recuerdos pintorescos: son fragmentos de una vida intensa, de una Buenos Aires que cambiaba al ritmo de sus noches, de sus artistas y de sus códigos. Con la muerte de Angelo Milano no solo se va el peluquero de las estrellas. Se despide un testigo privilegiado de una época, un hombre que supo construir confianza en un ámbito donde la imagen lo es todo, alguien que transformó un oficio en un espacio de pertenencia. Quedan sus historias. Quedan sus frases. Queda, sobre todo, ese gesto repetido miles de veces frente al espejo, donde cada corte era también una conversación. Y en esa memoria que hoy se multiplica, Angelo sigue estando: como el Tano que escuchaba, que opinaba, que hacía reír y que, sin saberlo, ya formaba parte de la historia.

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