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» La Nacion
Fecha: 31/03/2026 11:34
A 30 años del motín más sangriento de la historia argentina - 7 minutos de lectura' El 30 de marzo de 1996, en plena Semana Santa, la cárcel de Sierra Chica quedó atrapada en una violencia que todavía hoy impresiona. Ese mediodía, un grupo de presos intentó fugarse por el muro perimetral tras tomar rehenes. Cuando el plan fracasó, los internos se apoderaron del penal y lo que había empezado como un intento de escape derivó en el motín más sangriento de la historia argentina. La toma del penal duró ocho días. Hubo rehenes, muertos, cuerpos mutilados y una feroz disputa por el control de la cárcel. Lo que ocurrió en esas horas no quedó solo en la Justicia: con los años también se volvió parte de una leyenda negra. Sierra Chica no era una cárcel cualquiera. La Unidad Penal 2, en Olavarría, arrastraba desde hacía años fama de un penal duro, atravesado por jerarquías internas, códigos propios y una convivencia marcada por la violencia. Por eso, lo que estalló esa Semana Santa no fue solo una rebelión contra el encierro: también fue una guerra entre presos. En el centro del motín estaba el grupo que la prensa bautizó como Los Doce Apóstoles, con Marcelo Popó Brandán Juárez y Jorge Pedraza entre sus líderes. Del otro lado estaba Agapito Gapo Lencina, un peso-pesado del lugar, enfrentado con los amotinados y señalado por distintos testimonios como cercano a los guardias. Con el levantamiento, entonces, se desató también una vendetta... Las empanadas de carne humana Entre todos los relatos que dejó el motín, uno de los más perturbadores fue el de las empanadas hechas con carne humana. La versión circuló desde el principio y fue reforzada, con matices, por testimonios de presos, familiares e incluso personal penitenciario. En reconstrucciones posteriores, algunos testigos afirmaron que partes de los cuerpos mutilados terminaron en ollas y se utilizaron como relleno de empanadas, que cocinaron en el horno de la panadería. Jorge Kröhling, un guardia de seguridad que se entregó como rehén a cambio de uno de sus compañeros que estaba herido, vio cómo descuartizaban los cadáveres. Otro de los guardias declaró que había probado una de esas empanadas sin saber qué llevaba adentro. Más que una sola versión, lo que quedó fueron distintos relatos que coinciden en algo central: la violencia también pasó por el trato que les dieron a los cuerpos. Años más tarde, Ariel el Gitano Acuña, uno de los integrantes del grupo, sumó otra pieza a esa leyenda cuando dijo en una entrevista que él mismo había participado en la preparación de empanadas con restos humanos de distintos presos, entre ellos de Agapito Lencina. Contó que utilizaron la carne de los glúteos. Y que las empanadas se las dieron a los guardias de seguridad que, recién después de comerlas, fueron informados de qué estaban hechas. Como toda declaración tardía de un protagonista, su testimonio debe leerse con cautela: sirve menos como prueba autónoma que como señal de hasta qué punto los propios victimarios también disputaron el relato de lo ocurrido. Lo que sí quedó firme en la causa fue que varios cadáveres fueron descuartizados e incinerados en el horno de la panadería. Según explica él, descuartizarlos y quemarlos en el horno de la cocina de la cárcel fue únicamente una táctica para que no quedara rastro de los hechos y no los pudieran culpar por homicidio. Si bien nunca se pudo probar judicialmente mediante pericias, por que no quedaron restos de carne humana en el horno, el testimonio de los rehenes y de los propios internos sobrevivientes han consolidado como una verdad histórica que dentro del penal se hicieron empanadas con carne humana. El picadito Otra de las escenas que fijó para siempre la imagen de Sierra Chica fue la de una cabeza humana usada como pelota. La versión apareció en testimonios judiciales y en reconstrucciones periodísticas posteriores, aunque no todos los testigos la contaron del mismo modo. Algunos hablaron de internos pateando una cabeza en el patio; otros rechazaron la idea de un partido en sentido literal y describieron más bien una escena aislada, brutal y caótica. Esa diferencia no es menor: muestra cómo, incluso dentro del horror, la memoria y el relato fueron deformando lo sucedido hasta volverlo casi una postal del espanto. Entré al patio del pabellón 6 y el patio del pabellón 5 ya habían ajusticiado a dos internos No sé si uno de ellos sería el Agapo, pero estaban desnudos ya sin la cabeza atados en la reja del pabellón. Cuando entré y vi esa situación fue un golpe fuerte, estaban pateando la cabeza que después se dijo que habían hecho un partido de fútbol, no. No fue un partido de futbol, contó Marcelo Cortés un rehén en una entrevista. Aunque parezca una escena de una película de terror, los historiadores del sistema penitenciario argentino y periodistas que cubrieron el caso (como los que escribieron el libro Los 12 Apóstoles) coinciden en que la escena del picadito con una cabeza fue real. La jueza rehén Si las versiones sobre canibalismo y mutilaciones alimentaron la leyenda negra, la figura de la jueza María de las Mercedes Malere le dio al motín una dimensión todavía más impactante. Malere llegó al penal como jueza de turno junto con su secretario, Héctor Torrens, para intervenir en la negociación. Según declararía después, entró sin saber que los amotinados tenían un arma de fuego. A los pocos segundos, ambos quedaron como rehenes. Desde entonces, la magistrada pasó a ocupar el lugar más delicado de toda la crisis: adentro del penal era una garantía de negociación; afuera, la evidencia de que el Estado había perdido el control. Cuando recuperó la libertad, Malere habló poco. Dijo que habían recibido un trato respetuoso y evitó entrar en detalles. Con el tiempo, sin embargo, su declaración sumó matices: sostuvo que había ingresado sin información completa y dejó en una posición incómoda a las autoridades penitenciarias, a las que cuestionó por no advertirle el verdadero nivel de riesgo. También relató amenazas y agresiones durante el cautiverio. Su silencio parcial, más que cerrar la historia, la rodeó de nuevas especulaciones. Y en Sierra Chica, como tantas veces ocurre con los episodios extremos, el vacío terminó siendo terreno fértil para el mito. El horno La panadería del penal ocupa un lugar central en la memoria de Sierra Chica. No solo porque allí, según la sentencia, fueron incinerados varios cuerpos, sino porque ese espacio condensó buena parte del horror que dejó el motín. Los investigadores encontraron el horno todavía caliente y en condiciones que llamaron la atención de los peritos. En juicio, un testigo resumió el terror que se vivía con una frase brutal: Todo el que se rebelaba contra los porongas iba a parar al horno de la panadería. Cuatro años más tarde, el juicio oral también fue inédito. Se realizó en la cárcel de Melchor Romero, con un sistema de transmisión cerrada de imágenes y audio para seguir a los acusados a distancia. Allí, entre testimonios quebrados, pactos de silencio y versiones cruzadas, se confirmaron varias de las peores escenas del motín. Otras quedaron suspendidas en una zona menos precisa, donde el expediente no alcanza a disipar del todo la sombra de la leyenda.
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