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  • El as de la aviación alemana, ferviente defensor del nazismo, que contrató Perón para fabricar el Pulqui II

    » La Nacion

    Fecha: 31/03/2026 07:33

    Hans Ulrich Rudel, el piloto de la Luftwaffe más condecorado durante la Segunda Guerra Mundial vivió en la Argentina entre 1948 y 1956, trabajó en la Fábrica de Aviones Militares, practicó el andinismo y brindó asistencia a distintos criminales nazis - 14 minutos de lectura' Argentina es el país que me atrae. Allí gobierna Juan Domingo Perón, que había sido agregado militar en Alemania antes de la guerra y que tiene fama de ser amigo de Alemania. El autor de estas líneas es Hans Ulrich Rudel, un nazi convencido, que fue un as de la aviación alemana durante la Segunda Guerra Mundial y uno de los pilotos más admirados por Adolf Hitler. En su libro de memorias Entre Alemania y Argentina, el aviador cuenta que eligió nuestro país para vivir entre los años 1948 y 1956. Estuvo instalado buena parte de ese tiempo en Villa Carlos Paz. En la localidad cordobesa, asesoró a su compatriota Kurt Tank en la fabricación del Pulqui II, el avión caza a reacción icónico del primer peronismo. Rudel, que tuvo encuentros con el presidente Perón, era un defensor acérrimo del nazismo. Tanto, que creó en la Argentina una organización para asistir a sus compatriotas más nefastos. La idea era ayudar nazis que estaban presos, culpables de crímenes de guerra, dice a LA NACION Julio Mutti, escritor que centró gran parte de su obra en el nazismo, al describir otra de las actividades realizadas por este piloto alemán en Sudamérica. El aviador, nacido en 1916, también dio rienda suelta en la Argentina a su pasión por el deporte. Practicaba el esquí, el tenis y el andinismo. Todo eso pese a la secuela física que arrastraba desde la guerra: le faltaba una pierna. El alemán más condecorado Como integrante de la Luftwaffe (fuerza aérea alemana), Rudel fue piloto de los bombarderos en picada Junkers Ju-87, conocidos en la jerga bélica como Stukas. Su área de acción fue el frente oriental, es decir, luchó contra los soviéticos, y muchas de sus misiones fueron memorables. Es el alemán más condecorado de la Segunda Guerra -señala Mutti-. Tiene una distinción especial que se hizo para él: La Cruz del Caballero con Hoja de Roble en Oro, Espadas y Diamantes, otorgada por Hitler en diciembre de 1944. La foja de servicios de Rudel, a quien apodaron el Águila del Frente Oriental, incluye unas 2530 misiones de combate. Su Stuka se convirtió en el terror de los tanques soviéticos. Se le atribuye la destrucción de 519 de estos blindados. Además, dañó y hundió varios buques de guerra enemigos y envió al fondo del mar 70 lanchas de desembarque. Cuenta Mutti que los alemanes les añadían en el morro a sus Stukas una sirena que ululaba cuando las aeronaves se lanzaban en picada a arrojar sus bombas. Esto incrementaba el impacto psicológico que producía este tipo de aviones que, pese a ser robustos y lentos, fueron un elemento de destrucción implacable, especialmente en el frente oriental. El favorito de Hitler Mientras el nazismo oscurecía Europa con su macabra sombra, las hazañas del piloto hicieron crecer su fama y popularidad en su país. Cuando arrancó la guerra, Rudel era prácticamente desconocido, pero los nazis explotaban el tema de la propaganda -explica Mutti-. Salía mucho en los periódicos, lo condecoraban. Además, era como el nazi ejemplo. Un nazi convencido, a diferencia de otros aviadores también famosos a los que tal vez no les interesaba la política. Con todas estas características, el aviador se convirtió en el favorito del Führer. Muchas veces se entrevistó con Hitler, que también lo quiso sacar del frente y darle un puesto administrativo para que dejara de volar, pero él nunca quiso. Lo derribaron 30 veces. Incluso le amputaron una pierna (la derecha) por debajo de la rodilla, pero él se hizo una prótesis especial para seguir volando, y lo hizo hasta el último día de la guerra, cuenta el investigador. A tal punto llegaba la confianza del dictador alemán en el destacado piloto que solo por una cuestión azarosa Rudel no terminó siendo jefe de la fuerza aérea germana. En los últimos días de la guerra, a fines de abril, cuando Hitler, desde su búnker en Berlín, destituye del frente de la Luftwaffe a Hermann Goering por traición, necesita que alguien comande esa fuerza. Llama a Rudel y a otro piloto, Robert von Greim, porque no estaba seguro de que alguno de los dos pudiera llegar, ya que la ciudad estaba sitiada. El primero que llega es von Greim. Cuando Rudel llama desde un aeródromo cercano, Hitler le dice que ya no es necesaria su presencia. El artillero argentino Quizás como un guiño histórico a la futura estadía de Rudel en la Argentina, hay un detalle que registró Mutti en su libro Nazis argentinos en la Segunda guerra Mundial. Sucede que este alemán llegó a ser líder de una flota de aviones que componían el Schlachtgeschwader (ala de ataque) 2 Immelmann. En esa misma compañía había un suboficial nacido en Buenos Aires. Se trata de Jurgen Schütze, que oficiaba como artillero y operador de radio en las misiones aéreas. Es que los Stukas tenían lugar para el piloto y otro para un segundo hombre ubicado en la retaguardia que manejaba las comunicaciones y una ametralladora contra los ataques por retaguardia. Este porteño de padre alemán no sobrevivió a la guerra. Su avión fue derribado en la región de Donbas, en la actual Ucrania, el 30 de septiembre de 1943. Pero la suerte de Rudel sería distinta. El 8 de mayo de 1945, tras la derrota definitiva de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, evitó rendirse ante los rusos y se dirigió al oeste. Aterrizó en una base bajo dominio estadounidense en Kitzingen, en el estado alemán de Baviera. Detención y defensa del nazismo A partir de allí, el militar pasó por distintos campos de prisioneros de Alemania y Francia, hasta obtener su liberación en 1946. De acuerdo con la página especializada Warfare History Network, durante su detención, Rudel negó conocer los campos de exterminio que habían sembrado los alemanes en los países ocupados. Ante cualquier mención a la maquinaria criminal de los nazis, el aviador respondía que mujeres y niños alemanes habían sido masacrados por bombardeos aliados en su país. También invitaba a los estadounidenses a investigar las atrocidades que habían realizado los soviéticos con los alemanes. Si bien Rudel no tuvo ninguna acusación como criminal de guerra, ya que estuvo en el frente con la Luftwaffe durante toda la conflagración, justificaba cada vez que podía el accionar de los hombres del Tercer Reich. Siempre hacía declaraciones a favor, o por lo menos no condenatorias del régimen nazi, destaca Mutti. Llegada a la Argentina En 1948, el célebre piloto buscó nuevos horizontes. Según cuenta en Entre Alemania y Argentina, el negocio de transportes que tenía en su país se había estancado por las malas condiciones económicas. Otras versiones señalan que el aviador estaba harto de que su nación culpara a sus soldados de todos los males de la Segunda Guerra Mundial. Lo cierto es que, como tantos otros nazis lo harían antes y después, El Águila del Frente Oriental llegó a la Argentina a través de la llamada Ruta de las Ratas, una vía de escape organizada desde Roma por el obispo austríaco Alois Hudal para ayudar a los alemanes perseguidos a huir hacia Sudamérica. La llegada de Rudel fue en avión desde Roma, en junio de 1948. Llegó al país con un pasaporte falso, con el nombre de Emilio Mayer. Pero lo hizo porque era una persona de notoriedad más que nada, no porque fuera culpable de crímenes de guerra, que no lo era, dice Mutti. Seducido por Perón y la tercera posición La elección de la Argentina como destino para el destacado piloto de los Stuka tuvo una motivación precisa: le simpatizaba el presidente Juan Domingo Perón quien, según él mismo asegura en su libro, tenía fama de ser amigo de Alemania. También se sintió atraído por la política peronista que proclamaba una tercera posición. Esta doctrina, alejada por igual del capitalismo como del comunismo, explica el propio aviador, convierte al Estado argentino en uno de los pocos cuyos gobiernos todavía respetan al ser humano como la medida de todas las cosas. En su estadía en el país, Rudel conoció a Perón y tuvo al menos una entrevista con él, que registra en su libro. Allí describe el líder justicialista como una persona de estatura alta y robusta, de porte erguido, con un rostro delgado cuyos rasgos están marcados por la bondad, pero también por una inteligencia superior y una fuerte voluntad. Además, el alemán añade en favor de la nación que eligió: Argentina es un país nuevo, que ofrece muchas oportunidades a los alemanes. Y, finalmente, tiene una gran colonia alemana, donde puedo encontrar apoyo y conexión. De Belgrano a Carlos Paz Durante sus primeras semanas en el país, Rudel vivió en el barrio porteño de Belgrano, donde incluso buscó un club alemán para practicar tenis. El deporte fue siempre una obsesión para mantenerse activo y, en sus propias palabras, bajo ninguna circunstancia, oxidarme. Pero su estadía en la Ciudad de Buenos Aires duró poco: desde el Estado nacional le ofrecieron ser asesor en la fábrica de aviones de la Fuerza Aérea Argentina que se encuentra en las inmediaciones de la ciudad de Córdoba. Con la alegría de estar por fin nuevamente en contacto con el vuelo y la construcción aeronáutica, el alemán se instaló en Villa Carlos Paz, a 37 kilómetros de la capital provincial, en un chalet llamado Mary. La casa se ubica en la actual calle Alvear, próxima a la terminal de ómnibus. El Pulqui II El su rol como asesor en la Fábrica Militar de Aviones, Rudel aportó su vasta experiencia como piloto de guerra en el proceso de diseño y construcción del Pulqui II, un avión caza a reacción que marcó un avance importante en la aeronáutica nacional. El proyecto del Pulqui II lo dirigió Kurt Tank, un ingeniero alemán de nivel mundial que trajo a la Argentina su equipo de ingenieros de la Focke Wulf, la fábrica de aviones más importante de Alemania. Allí desarrollaron el caza Focke Wulf FW-190, el último caza a hélice de producción masiva que Alemania puso en servicio, describe Mutti. Este Pulqui, que en lengua mapuche significa flecha, fue presentado exitosamente el 8 de febrero de 1951 en el aeroparque Jorge Newbery, ante la presencia del presidente Perón y varios funcionarios. Se fabricaron siete u ocho prototipos. Se puede decir que en ese momento los tres aviones más avanzados del mundo eran el Mig-15 soviético, el Pulqui II y el F-86 americano. Los tres con un diseño muy parecido, asegura Mutti. Un diseño, dos aviones En su libro Entre Alemania y Argentina, Rudel destaca un dato curioso. Las coincidencias de diseño entre el Pulqui II y el Mig-15 y Mig-19 soviéticos no son azarosas: los dos modelos fueron inspirados en el TA-183, un avión caza que diseñó Tank en Alemania entre 1944 y 1945, pero que no se llegó a fabricar en serie. Los planos y la documentación de esta aeronave, que tenía características similares al Pulqui II superficie alar, flecha, envergadura y disposición del timón-, se encontraban en el Instituto Alemán de Investigaciones Aeronáuticas de Berlín y habrían caído en manos de los soviéticos cuando arribaron a la capital alemana en el final de la Segunda Guerra. Se estima que estos diseños de Tank dieron origen al Mig-15. Y también, claro, al Pulqui II. Con el derrocamiento de Perón, en 1955, el proyecto del Pulqui II no prosperó. Tank y gran parte del equipo abandonaron el país poco tiempo después del final del gobierno justicialista. La ayuda a los criminales de guerra A la par que trabajaba en la fábrica de aviones, Rudel continuaba activo en la faz política. Era un referente de los círculos militarizados que todavía quedaban con reminiscencias del nazismo. Él decía que hablaba en nombre de los excombatientes, donde incluía a las SS y a los nazis, dice Mutti. En ese contexto, el hombre de la Luftwaffe fundó la Kameraden-Werk (ayuda a los camaradas), una organización para asistir a nazis en el exilio o con problemas con la justicia. Dice Mutti: La organización ayudaba a nazis que estaban presos, culpables de crímenes de guerra, como Rudolf Hess, que llegó a ser el segundo de Hitler, o Karl Dönitz. La Kameraden-Werk juntaba en la Argentina alimentos para enviar a esos reos de guerra y también recolectaba dinero para pagar a sus abogados. Mengele y los neonazis Un caso emblemático de ayuda a un criminal nazi por parte de este piloto de Stukas fue su asistencia a Josef Mengele, el nefasto médico de las SS que vivió oculto en la Argentina en la década del 50. Se cree que Rudel ayudó a Mengele a huir a Paraguay y Brasil o participó en la organización de alguna manera para que Mengele pudiera escapar cuando lo estaban buscando en la Argentina, dice el historiador. El Águila del Frente Oriental también tuvo incursiones en la política tradicional de su país. En 1953 fue el principal candidato en elecciones legislativas de Alemania por una formación de extrema derecha, el Partido del Imperio Alemán. Y a mediados de los 70 se convirtió, por un tiempo, en vocero del partido neonazi Unión Popular Alemana. Esquí y alpinismo En su faceta deportiva, y pese a la falta de su pierna derecha, Rudel se destacó por su pasión por el esquí, que practicaba en Bariloche y por sus ascensos a picos desafiantes de la Argentina. En 1951 llegó a la cima del Aconcagua. Y más de una vez ascendió, en Salta, el imponente volcán Llullallaico, de 6739 metros. De acuerdo con el sitio Cultura de Montaña, este aviador alemán fue de los primeros que descubrieron ruinas incaicas en lo alto de esta montaña. De hecho, la pica o piolet utilizada por Rudel en su ascenso a este volcán se encuentra en poder del Museo Arqueológico de Alta Montaña, en la ciudad de Salta. Todos los recorridos en el andinismo del piloto nazi se encuentran registrados en su libro De los Stukas a los Andes. Perón, Stroessner y Yaciretá En 1956, poco después de la caída del peronismo, Rudel regresó a Alemania. Sin embargo, volvió a la Argentina en varias oportunidades. El tenía varios amigos acá, varios camaradas, aclara Mutti. En ese sentido, hay una foto de marzo de 1974 en Buenos Aires, en la que se ve al soldado alemán reunido con el mismo Perón, que ya era presidente del país por tercera vez. Ambos se encontraron en la quinta de Olivos y la imagen causó malestar en la embajada de Alemania Occidental. Rudel estaba muy identificado con el nazismo y los movimientos que lo reivindicaban. En ese mismo año, además, el expiloto nazi participó como gestor para una compañía constructora franco-alemana. Fue en una reunión en Asunción de la que participaron Perón y el dictador paraguayo Alfredo Stroessner para superar algunos desarreglos contractuales que tenían respecto de la construcción de la represa Yaciretá. Con su pierna ortopédica a la rastra y hablando un precario castellano, Hans-Ulrich Rudel cumplió al pie de la letra la labor de gestor. Consiguió que se firmara el contrato con la consultora, a la que se le encargó que diseñara el proyecto original y supervisara los trabajos durante todo el tiempo de su construcción, por el precio de sumas varias veces millonarias, dice un artículo de LA NACION del año 1999 que recrea aquella transacción. La última visita del héroe de la Luftwaffe al país fue en 1978, cuando en la Argentina se jugaba la Copa Mundial de Fútbol. De acuerdo con el Archivo Histórico Digital de Carlos Paz, el visitante estuvo junto a la delegación alemana alojada en Ascochinga. Para pasar la estricta seguridad, el piloto mostró una tarjeta en la que se presentaba como asesor personal del Director Técnico teutón, Helmuth Schön. El 21 de diciembre de 1982, en Rosenheim, Alemania, Hans Ulrich Rudel murió víctima de un derrame cerebral. Tenía 66 años. A su funeral se acercaron a despedirlo camaradas de guerra que le dieron el último adiós ejecutando el saludo nazi. 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