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» La Nacion
Fecha: 30/03/2026 14:07
Bullying Entrá a la guía de Fundación La Nación y encontrá los tips de los expertos sobre cómo prevenir, actuar y encontrar ayuda frente a este problema Un alumno de 15 años ingresó armado a la Escuela N.º 40 Mariano Moreno de San Cristóbal, en Santa Fe, mató a un estudiante de 13 años en el patio interno e hirió a otros chicos durante la formación de la mañana, cuando la comunidad educativa esperaba el izamiento de la bandera. El ataque, perpetrado con una escopeta que el adolescente llevaba en el estuche de una guitarra, volvió a poner en primer plano una de las preguntas más difíciles y dolorosas que atraviesan a familias, docentes y especialistas: qué puede haber detrás de un chico que entra a su propia escuela dispuesto a matar y qué señales previas podrían advertirse antes de que ocurra una tragedia así. Aunque los especialistas consultados aclaran que no se puede hablar de este caso puntual ni extraer conclusiones sobre el adolescente involucrado sin una evaluación específica, sí coinciden en algunos puntos centrales sobre hechos de este tipo. Advierten que no existe un perfil único del agresor, pero que suelen aparecer señales previas que muchas veces no llegan a ser vistas con claridad a los adultos; que el aislamiento, el malestar sostenido, el rechazo de pares, ciertas humillaciones o pérdidas y algunos cambios de conducta pueden ser indicadores relevantes; y que la prevención no depende de una intuición mágica, sino que se necesitan adultos atentos, vínculos reales, escucha cotidiana, articulación entre escuela y familia e intervención temprana cuando algo se sale de lo esperable. Para Juan Pablo Barreyro, investigador del Centro interdisciplinario de Investigaciones en Psicología Matemática y experimental (CIIPME - CONICET) y profesor Titular del departamento de Psicología de la Universidad de Palermo, uno de los errores más frecuentes frente a este tipo de hechos es imaginar que se trata de explosiones completamente repentinas e imposibles de anticipar. Según explicó, las señales muchas veces existen, pero no siempre son decodificadas a tiempo por los adultos. Es verdad que se perciben señales, sostuvo, aunque aclaró que con frecuencia esos indicios se filtran antes hacia los compañeros que hacia la familia o la escuela. Entre las alertas más visibles, Barreyro, ubicó el aislamiento sostenido. No es el típico `no estoy de humor´, sino que el adolescente comienza a estar solo, señaló. A la vez, remarcó que la evidencia no muestra un perfil único de riesgo, no hay un patrón específico ni un tipo social, académico o familiar que permita identificar linealmente a un potencial agresor. Eso, para el experto, obliga a correrse de las caricaturas y prestar más atención a los procesos que a las etiquetas. En esa línea, el psicólogo subrayó que en muchos de estos episodios aparece una acumulación de malestar vinculada con experiencias de bullying, rechazo de pares, humillaciones, fracasos o pérdidas personales que van dejando marca. Habló de una tensión crónica que puede sostenerse durante mucho tiempo y que, en determinado momento se agrava. En ese trayecto, los adultos a veces apenas alcanzan a registrar un alejamiento, sin dimensionar lo que realmente está pasando. Estos ataques normalmente no son tan impulsivos como uno quisiera creer, dijo el especialista, sino que suelen atravesar una etapa de planificación previa. El episodio visible, en otras palabras, puede ser el final de un proceso de deterioro subjetivo, aislamiento y resentimiento que se fue incubando bastante antes. Cuando se le pregunta por la prevención, Barreyro corre el foco de las fórmulas grandilocuentes y lo lleva a la vida cotidiana. Lo más concreto para los padres es hablar con los hijos, afirmó, aunque aclaró que no alcanza con un intercambio rutinario que termine en un bien automático. En cambio, sugirió abrir espacios más genuinos, con preguntas capaces de correr al adolescente de la respuesta prefabricada. Por ejemplo, consultarle qué fue lo más difícil que te pasó esta semana, cómo están las cosas con tus compañeros, qué te preocupa, qué te hizo sentir mal. También remarcó que el hogar debe funcionar como un espacio de seguridad y que los adultos tienen que interesarse no solo por el rendimiento escolar, sino también por los vínculos. Respecto del rol institucional, Barreyro planteó una idea fuerte: el problema no suele ser la ausencia total de información, sino la dificultad para articularla. El sistema no está fallando por falta de información, sino por problemas en la articulación de esa información, resumió. Por su parte, Charo Maroño, miembro del Departamento de Bebés, Niños y Adolescentes de la Asociación Psicoanalítica Argentina, puso el acento en señales de alarma que pueden aparecer a simple vista en la vida diaria y que muchas veces se naturalizan. Mencionó el retraimiento, el aislamiento social y familiar, las conductas impulsivas, los cambios bruscos de ánimo, la ansiedad, la irritabilidad, el insomnio y la pérdida repentina de interés por actividades que antes resultaban placenteras, como el deporte, el estudio o los vínculos con otros. También advirtió sobre la sustitución de esos espacios por el juego online, el bajo rendimiento académico, las mentiras y la tendencia a negar o minimizar lo que está pasando. Maroño propuso, además, una distinción importante para no patologizar cualquier cambio adolescente. Recordó que la adolescencia, en sí misma, es una etapa atravesada por transformaciones hormonales, búsqueda de independencia y construcción de identidad, por lo que ciertos movimientos de irritabilidad, desafío o repliegue pueden ser esperables. Lo que preocupa, aclaró, es cuando esas conductas se vuelven repetitivas, persistentes y no se modifican con el tiempo. Por eso, para la especialista no alcanza con preguntar cómo estás o cómo te sentís si el cambio ya se volvió evidente. Si ven algún cambio significativo de conducta o de ánimo, ya no preguntar sino directamente actuar, remarcó. Actuar, en este contexto, no significa castigar de inmediato, sino acercarse, sentarse a hablar, revisar qué está ocurriendo. Estar atentos, mirarlos, es central. Mientras alguien me mira alguien me quiere y yo existo para alguien. Eso es fundamental, sugirió la experta. Su planteo es que la mirada adulta no debe confundirse con vigilancia persecutoria, sino con presencia, registro y disponibilidad. En esa misma línea, destacó el papel de la escuela como escenario clave porque es allí donde los chicos pasan gran parte del día, interactúan con sus pares y dejan ver si están aislados, sobreconectados a los dispositivos o desenganchados del entorno. Parte de estas observaciones dialogan con un estudio que Barreyro sugirió revisar: Inside the Mind of the Adolescent School Shooter: Contributing Factors and Prevention, del psiquiatra Eugenio M. Rothe. El trabajo parte de una premisa que los especialistas repiten: no existe un perfil único del agresor. No hay un molde sociodemográfico, familiar o académico que permita predecir automáticamente quién puede cometer un ataque. Sin embargo, el estudio sí identifica regularidades significativas. Entre ellas, que muchos agresores se habían sentido hostigados, perseguidos o lesionados por otros. También, suelen arrastrar dificultades para procesar pérdidas personales o fracasos y que en una gran proporción de los casos habían mostrado conductas previas que habían generado preocupación en su entorno. Las cinco etapas El artículo retoma un modelo secuencial en cinco etapas: una tensión crónica construida sobre rechazo, bullying, pérdidas y frustraciones; una etapa de saturación o descontrol que a menudo pasa inadvertida; una crisis aguda gatillada por una pérdida vivida como catastrófica; una fase de planificación; y finalmente el ataque. Desde esa perspectiva, el episodio violento no aparece como un relámpago inexplicable, sino como el desenlace de un proceso largo de sufrimiento. En materia de prevención, el trabajo de Rothe vuelve sobre varias de las ideas que los expertos locales consideran centrales: fortalecer la escucha en la escuela, frenar el bullying, romper la lógica de que hablar con un adulto es buchonear, garantizar que cada estudiante tenga al menos un adulto de confianza dentro de la institución, mejorar la articulación entre familias, docentes y salud mental, y prestar atención a lo que se conoce como leakage, es decir, filtraciones o indicios del plan que el agresor deja entrever antes del ataque. La investigación recuerda, además, que una parte importante de los agresores accedió al arma en su propia casa o en la de un familiar, un dato que desplaza la prevención también hacia el mundo adulto y hacia la responsabilidad de resguardar aquello que no puede quedar al alcance de un adolescente en crisis.
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