30/03/2026 11:37
30/03/2026 11:37
30/03/2026 11:37
30/03/2026 11:36
30/03/2026 11:36
30/03/2026 11:35
30/03/2026 11:35
30/03/2026 11:35
30/03/2026 11:35
30/03/2026 11:34
» La Nacion
Fecha: 30/03/2026 09:58
Las minicentrales nucleares tienen un contexto propicio para salir de tierra A principios de este año, había en el mundo 416 centrales nucleares en actividad más 63 reactores en construcción y 127 minirreactores en proyecto para responder al consumo energético de los 8.000 millones de personas que habitan el planeta. A pesar de esa aparente abundancia, la población mundial corre serio riesgo de entrar en el período de penuria energética más grave de los últimos decenios, debido al impacto conjugado de la guerra en Oriente Medio y la proliferación de los data centers que requiere el vertiginoso desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA). Ese escenario se agudizó con la devastación que generó el conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán. En esas condiciones, parece imposible alcanzar el objetivo definido en 2023 por la conferencia de Dubai sobre cambio climático (COP28), que aspiraba a triplicar la producción nuclear a 1.100 gigawatts antes de 2050 para reducir el consumo de energía fósil. El campo de ruinas que dejaron las bombas y misiles obligará a acelerar los proyectos previstos para los próximos 25 años en Irán, Arabia Saudita y los estados del Golfo Pérsico (Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Omán, Kuwait y Qatar), donde fueron pulverizadas decenas de instalaciones productoras de gas y petróleo, puertos y hubs energéticos, refinerías y plantas de energía eléctrica. Aunque no existen cálculos precisos sobre la magnitud y el costo de los daños, los especialistas estiman que las guerras modernas destruyen entre 30 % y 80 % de la potencia instalada. Este escenario será la más grave de las seis disrupciones globales que sufrió la industria petrolera desde 1974, según el experto norteamericano Daniel Yergin en The Prize: The Epic Quest for Oil, Money, and Power (Precio. La épica búsqueda de petróleo, dinero y poder). En el caso actual, resulta extremadamente arduo realizar previsiones, teniendo en cuenta que el conflicto aún está en curso. De cualquier modo, se necesitarán sumas colosales para reparar o remplazar las infraestructuras dañadas. El teórico checo Vaclav Smil en Energy and Civilization: A History (Energía y civilización. Una historia), uno de los mayores expertos mundiales en innovación energética, moderó todo optimismo al recordar que la reconstrucción de infraestructuras no es simplemente una tarea de construcción, sino un proceso complejo, con múltiples actores e interdependencias. El drama principal, sin embargo, es que no se podrá acelerar el tiempo, propiedad indispensable para cicatrizar las heridas materiales, técnicas y humanas, ni los daños económicos colaterales, que golpearán a las sociedades más frágiles con la violencia de un látigo diabólico. La guerra, en definitiva, provocará un retroceso de varias décadas. Uno de los principales sectores afectados en ese contexto será la ansiada construcción de la infraestructura que necesita la IA. Ese sector de punta de la alta tecnología atraviesa un proceso de stress test, provocado por la demanda de energía que necesita para alimentar los centros de datos y ese nuevo mercado. El mejor ejemplo en ese sentido es el caso de Irlanda, donde los data centers devoran un cuarto de la electricidad que produce el país. Para alimentar las instalaciones que operan en Dublín y sus suburbios una aglomeración de solo 2,1 millones de habitantes, los centros de datos requieren una potencia eléctrica de hasta 1 150 MW en simultáneo. Ese volumen equivale aproximadamente a la potencia de un reactor nuclear. En Europa, solo Londres, ciudad cuatro veces más grande, supera ligeramente ese récord (1 189 MW), mientras que París no llega siquiera a la mitad (523 MW). Esa voracidad puso en peligro los esfuerzos para multiplicar las fuentes alternativas como el gas (38% y la energía eólica (38%). Pero ese ciclo virtuoso, destinado a reducir las emisiones de CO2 se rompió a partir de 2023, debido al crecimiento de la demanda generado por la IA. El mismo dilema aparece, con escasas diferencias, en el resto del mundo, debido al desarrollo desenfrenado de las infraestructuras que requiere el desarrollo y funcionamiento de la IA, en particular los data centers. Para anticipar la crisis de abastecimiento energético, capaz de ralentizar la industria de la high tech (alta tecnología), las empresas Open AI de Sam Altman y Space X de Elon Musk decidieron fusionarse y pedir una licencia para lanzar una constelación de satélites dedicados al procesamiento de datos en el espacio, donde la energía solar es gratis e inagotable. El proyecto es seductor y verosímil, pero no en forma inmediata por su costo, su factibilidad técnica y la urgencia que requiere la proliferación mundial de la IA. Para reducir el tiempo que necesita la construcción de centrales energéticas destinadas a alimentar centros urbanos, infraestructuras de puertos y aeropuertos como en el caso de las petromonarquías bombardeadas por Irán o inmensos parques de data centers, los expertos proponen resolver la emergencia con SMR (small modular reactors), que tienen la virtud de ser fáciles y rápidos de construir, de bajo costo y reducida dimensión. La Organización de Cooperación para el Desarrollo (OCDE) listó 127 proyectos de SMR, en su mayoría quimeras que aún no salieron de la tabla de diseño. En la prestigiosa World Nuclear Exhibition, realizada en noviembre pasado en París, se presentaron numerosas ideas de modelos del tamaño de un contenedor, que pueden ser fabricados en una planta industrial y entregados en una sola pieza o incluso en kit, con una potencia 100 veces inferior a los reactores tradicionales. Por su capacidad de producir energía limpia, pueden ser instalados sin riesgo de contaminación en el centro de una ciudad o contiguos a un parque industrial o en medio de un ecosistema digital para abastecer un hub de centros de datos de los gigantes del Net. Una minicentral de 25 a 30 MW puede alimentar una aglomeración de 50.000 a 100.000 personas. China y Rusia son, paradójicamente, los únicos países que poseen los dos minirreactores en construcción o en funcionamiento experimental que existen en el nivel mundial. La Argentina, que fue uno de los pioneros de esa nueva tecnología, parece incapaz de romper el inmovilismo para superar el déficit de suministro que padece desde hace años. A principios de 1980 lanzó las obras del reactor Carem, cerca de la central de Atucha, a unos 100 km de Buenos Aires, con una potencia prevista de 25 a 30 MW eléctricos (30 veces menos que un reactor clásico). Casi medio siglo después, los trabajos se paralizaron en 2019 por motivos técnicos y financieros. En Estados Unidos, las empresas Kairos y X-Energy cuentan con el respaldo financiero de gigantes de la tech como Amazon o Google , interesados en adosar SMR a sus data centers voraces consumidores de energía. También hay otros proyectos en suspenso, incluido el programa militar Pele/Janus) del Departamento de Defensa. Sin embargo, hasta ahora fue imposible superar la resistencia de los adversarios de la energía nuclear, las dificultades de financiación y la burocracia para poder llegar a la fase de obras. Las iniciativas más avanzadas están concentradas en Gran Bretaña, donde la empresa X-energy sin ningún vínculo con Elon Musk formó un consorcio con Last Energy y TerraPower, fundada por Bill Gates, para equipar un complejo urbano e industrial con 12 AMR (Advanced Modular Reactors), más grandes que los SMR. En forma paralela hay otro proyecto de 14.000 millones de dólares, piloteado por el gigante energético francés EDF, para desarrollar varios SMR destinados a alimentar data centers. En ese contexto, el nuevo terremoto geopolítico y la voracidad energética de los Gafam pueden ser, curiosamente, los principales promotores de esta tecnología emergente. Especialista en inteligencia económica y periodista Últimas Noticias Ahora para comentar debés tener Acceso Digital. Iniciar sesión o suscribite
Ver noticia original