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Fecha: 30/03/2026 08:01
Desde la Catedral San Antonio de Padua, de la que es párroco, el Presbítero José Luis Bogado centró su prédica en el Cristo roto, no como una idea abstracta sino como una realidad en la misma Concordia: Lo vemos en los cuerpos cansados de quienes no llegan a fin de mes, en las familias atravesadas por la desocupación o la incertidumbre, en los jóvenes sin horizonte, en los ancianos solos, en los que sienten que la vida se les fue rompiendo de a poco. Allí está Cristo. Roto, pero presente. Bogado resaltó que Jesús, en la Pasión, no huye. Permanece. Se queda del lado de los quebrados, de los descartados, de los que no cuentan. El Cristo roto se identifica con todo lo que en nuestra ciudad está herido y duele. Y enseguida interpeló: la fe no puede reducirse a un ramo en la mano o a una devoción pasajera: seguir a Jesús es animarse a no huir del dolor del otro. Aquí, la homilía completa: Domingo de Ramos en la Pasión del SeñorEntramos en la Semana Santa no desde un lugar ideal, sino desde una realidad concreta, frágil, muchas veces rota. Venimos con ramos en la mano, sí, pero también con preocupaciones, cansancios, miedos y preguntas. Así llega hoy Jesús a nuestra vida y a nuestra ciudad: no a un escenario perfecto, sino a una Jerusalén herida, parecida a nuestra Concordia, donde conviven la esperanza y el dolor. Hoy la liturgia nos pone delante al Cristo roto. No como una imagen lejana, sino como una presencia viva que se acerca a lo que duele. Jesús entra en Jerusalén sabiendo lo que le espera. No ignora el sufrimiento, no lo esquiva. Se deja romper: en su cuerpo herido, en su dignidad pisoteada, en el abandono de los suyos. Este es el Cristo que venimos reflexionando: un Dios que no se salva a sí mismo para salvarnos a nosotros, un Dios que se deja quebrar por amor. El relato de la Pasión de San Marcos (hoy hemos escuchado a San Mateo) nos regala una imagen muy interesante: en el monte de los olivos un joven que seguía a Jesús, envuelto en una sábana, pero cuando llega el peligro, suelta la sabana y huye desnudo. Es la imagen del discípulo frágil, del que quiere pero no puede, del que tiene miedo. Ese joven somos muchos de nosotros. También es imagen de una sociedad que, cuando la cosa se pone difícil, se desentiende y mira para otro lado. Y si miramos nuestra realidad de Concordia, el Cristo roto no es una idea abstracta. Lo vemos en los cuerpos cansados de quienes no llegan a fin de mes, en las familias atravesadas por la desocupación o la incertidumbre, en los jóvenes sin horizonte, en los ancianos solos, en los que sienten que la vida se les fue rompiendo de a poco. Allí está Cristo. Roto, pero presente. Jesús, en la Pasión, no huye. Permanece. Se queda del lado de los quebrados, de los descartados, de los que no cuentan. El Cristo roto se identifica con todo lo que en nuestra ciudad está herido y duele. Por eso, la fe no puede reducirse a un ramo en la mano o a una devoción pasajera: seguir a Jesús es animarse a no huir del dolor del otro. La Pasión también nos pregunta: ¿qué hacemos nosotros frente a tanta rotura? ¿Acompañamos o escapamos? ¿Nos acercamos, o preferimos la indiferencia? Jesús no nos pide que solucionemos todo, pero sí que permanezcamos, que no dejemos solos a los crucificados de hoy. Pidamos en esta Semana Santa la gracia de reconocer al Cristo roto en nuestra propia fragilidad y en la fragilidad de nuestra comunidad. Que no huyamos de lo que duele, que no cerremos el corazón. Porque creemos que Dios no desprecia lo roto, sino que lo abraza, y que de ese cuerpo herido y entregado brota la esperanza que nuestra ciudad tanto necesita. ¡Viva Jesús!
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