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La Plata » El dia La Plata
Fecha: 30/03/2026 03:17
Enrique Zuleta Puceiro eleconomista.com.ar De todos los accidentes sufridos por el gobierno de Javier Milei en las últimas semanas el más preocupante es, sin duda, el conflicto desatado al interior del triángulo de hierro del poder presidencial. La aparente ruptura de hostilidades entre Karina Milei y Santiago Caputo no solo evidencia la escasa resistencia de los materiales que componen la base del poder actual. Lo más importante es que abre grietas seguramente irreparables en la capacidad del gobierno para afrontar los desafíos que plantea la segunda parte de una gestión auto definida desde un principio como de reformas estructurales. Lo que se ha incendiado es, ni más ni menos, que la sala de máquinas del poder presidencial. Es decir, el núcleo institucional más directo y cercano al presidente, compuesto por un conjunto de secretarías, organismos y unidades de apoyo que lo asisten en funciones políticas, administrativas, jurídicas, estratégicas y de control. En sistemas presidenciales fuertemente concentrados como el argentino, caracterizado por la inexistencia de todo compromiso partidario que pueda operar como factor ordenador o proveedor de disciplina, quienes ocupan este primer círculo suelen ser personas de máxima confianza personal, con lazos familiares y sintonías profundas y de larga data. En la Argentina actual, gravita además la presencia de un consultor de máxima confianza del presidente como Santiago Caputo, que no parece reconocer marco de pertenencia ideológica ni inserción funcional alguna en la estructura institucional del gobierno. Este núcleo duro ocupa la Secretaría General de la Presidencia, que coordina a su vez un amplio arco de funciones políticas y administrativas, la Secretaría Legal y Técnica, con una intensa actividad de planeamiento, desarrollo normativo y, sobre todo, filtrado técnico de las iniciativas provenientes de los diversos ministerios. La sala de máquinas se completa con una Secretaría de Inteligencia de Estado, multiplicada en sus espacios institucionales y recursos y encargada no solo de la inteligencia estratégica, sino también de la seguridad presidencial. El organigrama íntimo de un presidente como Milei agrega como componente no menos central una secretaria de Comunicaciones y Prensa de proporciones elefantiásicas, dedicada a una campaña electoral permanente que enhebra una red inabarcable de comunicadores formales e informales. A la hora de cerrar esta columna, era obvio que la crisis interna del gobierno se propagaba con las características de un incendio y las llamas abarcaban ya las oficinas más importantes de la sala de máquinas. La velocidad de los acontecimientos dificulta, sin duda, la crónica detallada de los hechos. Sin embargo, la orientación parece inequívoca. Se disputa poder y se enfrentan estilos, modelos y visiones estratégicas mutuamente inconmensurables y muy difíciles de integrar en el marco de un espacio ideológico que siente aversión y desprecio por la política. También a la hora de cerrar esta columna, la Secretaria General de la Presidencia -alter ego del propio Presidente- avanzaba hacia el núcleo central de la usina de iniciativas gubernamentales, ocupado por María Ibarzabal, arquitecta de la usina productora de leyes decretos y resoluciones, desde el filtrado inicial de los textos normativos generados en otras áreas de gobierno, hasta su misma difusión desde el Boletín Oficial. La movida trasciende ampliamente la lucha por el protagonismo o el control de las herramientas. La disputa no es por las formas sino por el fondo. Las salas de máquinas son la última trinchera de las ideas de un gobierno. La máquina capaz de transformar, los sueños ideológicos y los delirios ministeriales en reglas de juego susceptibles de ser aplicadas en contextos de emergencia permanente. De allí su importancia central en todos los gobiernos. En la experiencia argentina operaron no solo como secretarias de control de los procesos administrativos. Fueron el corazón y el cerebro del poder presidencial, su coraza defensiva. Constituyeron siempre un reducto cerrado, fuertemente consolidado y unido detrás de los presidentes, capaces por tanto de navegar y mantener el rumbo en un ese mar de dificultades que plantean democracias bajo condiciones de emergencia permanente. Baste recordar la importancia de esta sala de máquinas en el gobierno de Raúl Alfonsín, con Germán López y luego Carlos Becerra en la Secretaria General, sus socios Costa y Giadone en la secretaria de Acción de Gobierno, Emilio Gibaja, David Ratto y el querido Boni Radonjic en la estructura de Medios, junto a sus amigos personales Fernández Pastor en Legal y Técnica y Fassi en la Procuración del Tesoro. En el gobierno de Menem la estructura fue ocupada también por personajes de intima confianza y relación personal como Eduardo Bauzá que fue el conductor operativo del gobierno desde sus funciones de Secretario General de la Presidencia y luego jefe de Gabinete. Considerado el jefe operativo del gobierno y uno de los hombres de mayor confianza personal. Baste recordar en este primer cinturón de cercanía a figuras como Granillo Ocampo o Alberto Kohan en su rol de Secretario General de la Presidencia. Mi tesis es la de que, si la sala de máquinas se incendia, todo el sistema político queda en condiciones de máximo riesgo. En la versión argentina del presidencialismo, el poder presidencial depende sustancialmente de este pequeño grupo de operadores de confianza. Estamos frente a una falla estructural cuya importancia se acrecienta en el caso de un presidente como Milei. Es decir, un presidente y un gobierno sin partido, sin coalición estable. Sometido a un clima de transacción interna y externa permanente. Bajo estas condiciones, una guerra sin cuartel como la que acaba de desatarse plantea escenarios de vulnerabilidad extrema. Baste considerar los ejemplos del gobierno de Fernando De la Rúa o de Alberto Fernández para conjeturar acerca las consecuencias y proyecciones futuras de esta fractura expuesta que amenaza la estabilidad a medio y largo plazo de un experimento político aun en curso de desarrollo. 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