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» Clarin
Fecha: 29/03/2026 13:07
La división entre afectos alegres y tristes de Spinoza pensador de cabecera para Oliver Sacks también se da en las lecturas. La de sus recopilaciones de casos anómalos El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Despertares, Un antropólogo en Marte y de sus libros más personales El tío Tungsteno, Con una sola pierna, En movimiento, pese a la dureza de los primeros, se ubica siempre del lado de los afectos positivos. Lo mismo puede decirse de sus Cartas, pletóricas de avidez y afabilidad, de respeto incondicional al paciente, en medio de severas crisis de inseguridad y obstáculos de toda índole en el arco de una biografía tornasolada. Un buen libro suele ser reticente para dejarse medir el alcance de su profundidad y el radio de su resonancia son de las cosas que un lector sale a averiguar cuando abre sus páginas, y un vasto epistolario puede efectuar esa operación de seducción y lento revelado con respecto a la totalidad de una obra. La colección de cartas del neurólogo y escritor Oliver Sacks (1933-2015) evidencia cuánto puede tardar una vida, aun la de una persona brillante, en encontrar su curso (publicó su primer paper a los 34 años y unos años después su primer libro, Migraña), aunque en cuanto da con una vía propicia las partículas se aceleran y hasta llegan a desbocarse (acaso a todas estas cosas es más proclive un carácter como el suyo, sumamente proteico). Evidencia, asimismo, que buscaba delinear aquello en lo que creía firmemente, para sí y para sus pacientes: el relato que uno se crea de su propia vida como garante de supervivencia. Sacks escribió maravillosamente sobre sí mismo en El tío Tungsteno y En movimiento, pero acaso la correspondencia constituya, por involuntaria, su verdadera autobiografía. Una carta te obliga: a pensar, a ordenarte, abrirte, lanzarte, confesarte. Sacks no desconocía que una carta es un campo de ensayo de lo dicho, lo callado y lo que reverbera, y su epistolario delata también la multiplicidad de identidades que conviven y conforman una sola: Supongo que todos tenemos varias vidas, superpuestas, mutuamente atravesadas. En estos viejos correos de papel se reflejan otras verdades: el que no puede ayudarse a sí mismo logra, no obstante, ayudar a otro (y ese círculo virtuoso lo termina beneficiando). Las Cartas colocan al lector frente a un hombre desarmado, involucrado en un cuerpo a cuerpo literal y sin tregua, que estudiando y curando a los demás encontró una manera de estar en paz consigo mismo. Sacks era dado a los extremos fue motoquero, pesista, experimentó con no pocas drogas, en no menor medida en su escritura, de la que se valió hasta la grafomanía, incorregiblemente a mano, variando el color de la tinta según el tema o área de estudio. La primera carta ocupa 10 páginas de libro. Desde joven le resultó imposible separar la escritura de una larga sesión o trance. Sacks tuvo un hermano psicótico, cuidado en su casa por sus padres doctores. Después de recibirse de médico en Oxford, huyó hacia California a principios de los años 6o, en busca de un sitio más hospitalario para un gay tapado. Allí vivía su poeta favorito, el también inglés Thom Gunn, a cuyos textos y consejos prestaba gran atención. Ya mudado a Nueva York, donde había vivido otro poeta venerado W.H. Auden, cuyos trabajos y días frecuentó, acudió dos veces por semana durante medio siglo al mismo analista. Sacks amagó un par de veces con suicidarse, padecía una aguda desorientación y la imposibilidad de retener y reconocer caras. Las Cartas ponen de relieve, por otra parte, ciertas paradojas y abundantes prodigios. Sacks era de una timidez casi patológica y sin embargo conectó con decenas de pacientes de toda índole. (La admiración mutua dificulta verse, le insinuó en una ocasión a Susan Sontag). Dos de sus mejores amigos fueron el actor y director de teatro Jonathan Miller y el librero y magnífico crítico Eric Korn: No importa el conocimiento interno que uno pueda tener de sí; hay otro sentido de uno mismo, de la vida de uno, que sólo puede provenir de nuestros amigos... Tal vez tendría que reunirlos a todos en una fiesta o celebración, verlos a ellos todos juntos para saber quién soy, leemos en una misiva. Hace unos meses, como para poner el dedo en la llaga de su franca decadencia, el New Yorker denunció traicionó falazmente a Sacks como un tanto fabulador. Es un escándalo que ese medio que le cedió sus páginas a cuentistas como Salinger y Cheever pero también a los cronistas Joseph Mitchell, John McPhee, Janet Malcolm, Rebecca West y al propio Sacks ignore que toda escritura implica una ficcionalización, hasta un discurso de cierre lectivo en el patio de un colegio. Sacks había sembrado más que pistas al respecto y jamás escondió su pasión por la literatura, y si extremaba las interpretaciones de sí mismo, cómo no iba a hacerlo con otros, sobre todo porque al redactar estaba actuando como médico y escritor. Su intercambio con colegas eminentes demuestra a las claras que era tenido en alta estima por personas que eran todo menos ingenuas. A nadie pudo haber querido engañar quien estaba creando un género ante los ojos de todos, a la luz del día. Estas Cartas cura ideal para trastornos de atención de un lector atestiguan que si Oliver Sacks forzó su mano fue para darle forma a más de una vida (deshecha). Cartas, Oliver Sacks. Trad. Damià Alou. Editorial Anagrama, 928 págs. Mirá también Mirá también Sobre la firma Newsletter Clarín
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