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  • El misterio del cuerpo decapitado, mutilado y enterrado descubierto por unos pescadores

    Gualeguaychu » El Dia

    Fecha: 28/03/2026 21:00

    Fue un gran desafío para la Justicia de la ciudad determinar la identidad del cuerpo al cual le habían quitado casi todo lo que pudiera identificarlo. Sin cabeza ni falanges y con cortes en la piel donde había un tatuaje. Mientras, en otra parte del país, se desarrollaba otra investigación paralela para localizar a una joven madre de dos hijos. En un camino vecinal próximo al puente Urquiza de la Isla Talavera, a metros del límite con la provincia de Buenos Aires, cuatro pescadores paraguayos descubrieron un cadáver semienterrado, en un lugar pantanoso y de difícil acceso. El hallazgo se produjo el 8 de septiembre de 2012. Fue junto a un arroyo, cerca del puente sobre el lado entrerriano del complejo Zárate-Brazo Largo. El cuerpo pertenecía a una mujer joven, que tenía entre 25 y 35 años. Estaba completamente denudo. Había sido decapitada y le habían cortado las falanges en todos los dedos de sus manos. El cadáver había sido tirado en una fosa y luego lo taparon con tierra y ramas: sólo podía verse parte de un omóplato. Estaba cerca de un camino que lleva a los complejos turísticos ubicados en el delta entrerriano, a un kilómetro de la Ruta Nacional 12, en una zona cubierta de vegetación. La semana antes había llovido intensamente en la zona, durante varios días, por lo cual todo el lugar se convertía en un pantanal. Sin embargo, no había huellas de vehículos ni de otra índole, no había signos de arrastre, por lo cual era una gran incógnita cómo había sido trasladado el cuerpo hasta ese lugar. Todo lo que involucraba a este hecho generaba mucho misterio. Los pescadores dieron aviso de inmediato a las autoridades y por jurisdicción, el caso quedó en manos de quien era entonces el juez de Instrucción N° 2 de Gualeguaychú, Arturo Dumón. Todavía no se había realizado la reforma del Código Penal y la instrumentación del actual sistema de enjuiciamiento, por lo cual la investigación quedaba a cargo de un magistrado y no de un fiscal, como ocurre actualmente. Rápidamente empezaron las pericias. Mientras el personal policial de la División Criminalística de la Policía trabajó en el relevamiento del lugar y levantamiento de rastros, los Bomberos de Ceibas e Ibicuy aportaron en la extracción del cuerpo para su traslado a la Morgue Judicial del Cementerio Norte de la ciudad. También se sumaron buzos tácticos de la Prefectura de Zárate, que además estuvieron abocados a las tareas de rastrillaje sobre los arroyos cercanos. Pero para la Justicia, era clave localizar la cabeza de la víctima. Esto no sólo iba a aportar a la identificación del cuerpo, sino también a determinar cómo había sido su muerte, pero no pudieron hallar nada. No había indicio sobre el lugar dónde pudiera estar. En un principio se creyó que el crimen tenía tintes mafiosos, e incluso se pensó que podría tratarse de un ajuste de cuentas vinculado a un caso de narcotráfico, pero sólo fueron especulaciones porque no había nada que pudiera orientar la investigación en esas primeras horas. El lugar, la clave Los investigadores tenían muy poco hasta ese momento. Lo único que se sabía era que se trataba de una mujer joven y que había una clara intención de su asesino para que el cuerpo no fuera identificado. De ello se desprendían varias hipótesis: podría ser una persona que se estuviera buscando y una vez identificada se llegaría rápidamente a sus últimos pasos. También, el solitario y desolado lugar que se eligió como esconder el cuerpo podía ser otro indicio. El cuerpo se conservaba en buen estado, por lo cual se estimaba que había sido enterrada entre 12 y 24 horas antes de ser encontrada por los pescadores paraguayos. La investigación puede cambiar de rumbo de momento a otro, nada se descarta, todo está librado a la investigación, había dicho a ElDía el jefe de la Policía Departamental de Islas, Enrique Hugo Tabia en esas primeras horas y ya se sospechaba que posiblemente no fue muerta en el territorio provincial, fue traída. La noticia comenzó a rodar por todo el país. Las características y los detalles que comenzaban a darse a conocer sobre lo que había sucedido eran tema en los diarios, radios y canales de televisión. Cuando el caso llegó a oídos del fiscal de San Isidro, Sebastián Fittipaldi, todo le hizo pensar que podía tratarse de la joven que se encontraba desaparecida desde hacía unos días en Benavídez. La búsqueda en Buenos Aires Solange Victoria Aguirre tenía 22 años y dos hijos: un varón de 5 y una nena que hacía pocos días había cumplido 2 años. El miércoles 5 de septiembre de 2012 salió de su casa a comprar cigarrillos a un supermercado cercano a su domicilio sobre la Ruta 9 y desde allí cruzó hacia la pollería de su ex pareja Alejandro Reynoso, un hombre de 41 años que era el padre de su hija. Pero a partir de ese momento no se supo nada más nada de ella. La familia de Solange denunció el 6 de septiembre la desaparición. Ella le había dicho a su madre que iba a ir hasta la pollería a encontrarse con su ex pareja, con quien tenía una relación complicada a raíz de los reclamos que la joven le hacía por la manutención de la pequeña. Reynoso, cuando se lo interrogó sobre la denuncia por el paradero de Aguirre, admitió que la chica había estado en su comercio, contó que le entregó dinero para la manutención de la niña, pero le dijo a la Policía que luego de ello, Solange abandonó el lugar y no volvió a tener noticias. Para ese momento no se había descubierto el cuerpo en el sur entrerriano, por lo cual no había nada que lo involucrara en ningún delito. Hasta ese momento, sólo había una búsqueda de paradero de una persona mayor de edad. Igualmente, en Benavidez ya se realizaban marchas e incluso atacaron las pollerías de Reynoso a quien ya señalaban los familiares de Solange como el responsable de la desaparición. El reconocimiento y la confesión Fittipaldi y Dumón se pusieron en contacto rápidamente cuando la noticia comenzó a rodar. El fiscal bonaerense creía que el cuerpo que Dumón tenía en la morgue podía ser el de la joven que estaba buscando. Y no se equivocó. Desde la Justicia de Gualeguaychú remitieron fotos a la familia de la joven para determinar si podían reconocer el cuerpo y con ello hacer una primera identificación. Un tatuaje con las iniciales A y L, que tenía en un hombro y con cortes profundos con la intención de que no fuera identificable, fue clave en el reconocimiento. Luego, la madre y una hermana de la víctima llegaron hasta Gualeguaychú y realizaron una segunda identificación, pero ya para ese momento se habían extraído muestras de ADN para una identificación fehaciente. Una vez que finalmente el cuerpo fue identificado, la sospecha se volcó sobre la última persona que la había visto con vida: su ex pareja Alejandro Reynoso. Cuando fue detenido e interrogado, rápidamente se quebró y contó lo sucedido. Confesó ante la Justicia de Buenos Aires haberla asesinado tras una discusión en la pollería de Benavídez. Dijo que le pegó un golpe en la sien con una chaira para afilar cuchillos. Al advertir que la había matado, colocó el cuerpo en unas bolsas de consorcio grandes que había en el local, lo cargó en su camioneta y concurrió a su casa de Boulogne, donde estaba su hijo Sergio de 19 años. Por la madrugada del día siguiente, fue con su hijo al lugar que conocían porque solían ir a pescar, y allí enterró el cadáver. Pero la investigación no se quedó en esa confesión: había muchas preguntas sin respuestas que todavía faltaban esclarecer. Aún restaba encontrar la cabeza de la joven, que permitiría obtener conclusiones que servirían en la imputación que realizaría el fiscal Fittipaldi para el momento en llevar a juicio a Reynoso. Fue el propio acusado, luego de reconocer su responsabilidad material en el hecho y desligar de cualquier responsabilidad a su hijo, quien señaló el lugar donde había ocultado la cabeza de la mujer. Fue a fines de septiembre de 2012 que se lo trasladó hasta el lugar y en presencia del fiscal Fittipaldi y con ayuda de los buzos tácticos de la Policía de San Nicolás, permitió el hallazgo. En la autopsia realizada en Gualeguaychú, realizada por los forenses Oscar Chiapetti y Mauricio Godoy, se había podido determinar que el cuerpo había sido vejado y que la mujer había fallecido entre el mediodía y la noche previa al día en que fue encontrada. Incluso, se confirmó que el cuerpo había sido lavado y no presentaba sangre en el exterior. Por una cuestión de jurisdicción, porque el crimen -según el confeso asesino - se había producido en la pollería, la competencia se fijó en la Justicia de San Isidro. Pero al aparecer la cabeza y realizar un segundo análisis en tierras bonaerenses, se conoció un detalle espeluznante en abril de 2013: los estudios histopatológicos realizados sobre algunos tejidos del cuello y otras heridas que presentaba el cadáver, determinaron que hubo irrigación sanguínea al momento en el que a Solange le rebanaron las yemas de los dedos y los tatuajes; y luego la decapitaron. "Esto demuestra que Solange sangró y por lo tanto aún estaba con vida, cuando el asesino la llevó a la isla de Entre Ríos donde le mutiló y luego la decapitó de una manera salvaje", fue lo que le dijo a Télam el abogado querellante José Vera, cuando se conoció el dato. La cabeza de la víctima -que fue hallada 20 días más tarde que el cuerpo-, presentaba una fractura con hundimiento de cráneo, por lo que los peritos consideraron que Solange pudo haber estado inconsciente por ese golpe, y en realidad murió desangrada al momento de la decapitación. Perpetua y la duda Tras su detención, a Reynoso se le dictó una prisión preventiva que cumplió en el penal de Campana, mientras que su hijo también implicado en el crimen e imputado por el fiscal Fittipaldi quedó en libertad hasta el inicio del juicio, luego que su padre se responsabilizara plenamente del crimen y lo desvinculara del hecho. Según lo que había dicho el hombre, la noche del hecho le dijo al joven que lo acompañara a pescar al puente de Zárate-Brazo Largo y cuando llegaron a esa zona le pidió que se alejara; y fue él quien se encargó de mutilar y enterrar el cadáver sin decirle lo que había hecho. Por ese motivo, el hijo fue liberado por el juez de Garantías de San Isidro, Rafael Sal Lari, por falta de pruebas. A principios de agosto de 2014, casi dos años después del hecho, se realizó el juicio. El Tribunal Oral en lo Criminal N° 1 de San Isidro condenó a prisión perpetua a Alejandro Reynoso por homicidio calificado por ensañamiento y alevosía, tal como lo había requerido en su alegato de clausura el fiscal, Sebastián Fitipaldi. Sergio Reynoso, que para el momento del juicio tenía 21 años, coimputado en la causa, quedó absuelto por el beneficio de la duda.

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