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  • Rudi Haymann: Estaba en la lista de espera hacia el campo de concentración

    » La Nacion

    Fecha: 28/03/2026 17:51

    Rudi Haymann: Estaba en la lista de espera hacia el campo de concentración Escapó del nazismo a los 16 años, lo combatió en el ejército británico y encontró en Chile su lugar; hoy, a los 104, recuerda sus vivencias en un documental - 16 minutos de lectura' A los 104 años (en agosto cumple 105), Rudi Haymann mira la pantalla de su computadora con ojos vivaces y comprometidos. Atrás, un mueble de madera sobrio muestra adornos y fotos que podrían integrar un museo viviente del siglo XX. Se atisba que su casa ofrece una cortesía sobria, casi prusiana. El gesto de Rudi no denota su edad, sino una vida entrenada en la observación y el silencio. Habla con precisión, sin grandilocuencias, como si cada recuerdo hubiese sido ya decantado por el tiempo. No narra para impresionar: narra porque estuvo ahí. Testigo y protagonista, como él mismo se define, de un siglo que no dio tregua. Nació en Berlín en 1921, en una familia judío-alemana profundamente integrada a la cultura de su país. Hasta los once años su infancia fue cómoda, ordenada, atravesada por una ética del trabajo y la modestia que hoy parece de otro mundo. Ese mundo, dice, murió con la llegada de Hitler al poder. No de golpe, sino por capas: primero el colegio, luego los amigos, después los espacios públicos, finalmente la dignidad. El niño que no practicaba el judaísmo descubrió que era judío cuando dejó de pertenecer. La expulsión fue progresiva y metódica, como lo sería luego el exterminio. Recuerda con una nitidez quirúrgica la Noche de los Cristales Rotos. El teléfono sonando temprano, la advertencia, la carrera de su madre para interceptar al padre antes de que regresara a casa. La solución improvisada viajar todo el día en transporte público para no ser detenido tiene algo de absurdo kafkiano, pero salvó una vida. A los pocos meses, la amenaza ya no era difusa: Rudi debía presentarse tres veces al día en una comisaría. Era, lo supo después, una lista de espera hacia el campo de concentración. La familia tomó entonces la decisión más brutal: separarse para sobrevivir. A los 16 años subió solo a un tren. En el andén quedaron sus padres, su hermana, su abuela. No lloró. Los jóvenes de 16 años no cachan la profundidad trágica de ese momento, dice hoy, con una mezcla de lucidez y compasión por aquel adolescente que no sabía que, para muchos de sus compañeros, ese saludo desde la ventana sería el último. Su acento tiene un dejo alemán y su vocabulario denota un devenir trasandino. Rudi cruzó los Alpes a pie, llegó a Italia y escribió una postal con cuatro palabras: Gut angekommen. Llegué bien. Nada más hacía falta. De refugiado pasó a pionero en la Palestina británica. Trabajó la tierra, fundó un kibutz y creyó como tantos que era posible construir un mundo más justo. La guerra volvió a irrumpir, esta vez con uniforme. Se alistó como voluntario en el ejército británico y combatió en El- Alamein, Egipto, donde el avance nazi fue detenido por primera vez. Más tarde ingresó al servicio de inteligencia. Interrogó prisioneros alemanes en su propio idioma, con la disciplina de quien sabe que la información correcta puede salvar vidas. Uno sale con treinta hombres y quiere volver con treinta, resume. Cuando terminó la guerra, la celebración duró poco. Las noticias del Holocausto apagaron cualquier euforia. Volvió a una Alemania en ruinas para buscar a los suyos. Encontró a un solo tío sobreviviente, quebrado por la pérdida. Supo entonces el destino de su abuela, dejada morir de hambre en el patio de una sinagoga incendiada. Décadas después, todavía visita su tumba anónima en Berlín, donde una piedra y una flor reemplazan a los nombres borrados. Chile apareció primero como refugio para sus padres y luego como destino final para él. Llegó en 1948, tras años de espera y viajes precarios, con un pasaporte británico y una visa que casi se le vence. El reencuentro en la estación diez años después fue tan desconcertante como emotivo: no se reconocieron de inmediato. El adolescente que se había ido era ahora un hombre curtido por la guerra; los padres, envejecidos por el exilio. Esta vez las lágrimas fueron de alivio. Nuevo comienzo En Santiago inventó una profesión. Quiso ser arquitecto, terminó siendo uno de los pioneros de la decoración de interiores en Chile. Diseñó tiendas, casas, espacios que hablaban de reconstrucción más que de lujo. Formó una familia, tuvo hijos y nietos, estuvo casado 66 años. Eso me hace millonario, dice, sin ironía. La riqueza, para él, nunca fue otra cosa que la posibilidad de volver a armar lo que había sido destruido. No guarda rencor. Tampoco idealiza. Mira el siglo XX con distancia histórica y una serenidad que desconcierta. Cree que los libros, las biografías y hasta las novelas sobre el Holocausto cumplen una función: mantener viva una memoria que ya casi no tiene testigos. Él es consciente de pertenecer a los últimos. Por eso habla. Por eso acepta entrevistas. Por eso insiste en un mensaje simple, dirigido a los más jóvenes: cuidar la paz. Chile, dice, es una rareza en un mundo acostumbrado a la guerra. Una joya frágil. A veces, en medio del relato aparece una anécdota mínima que condensa toda una época: un paseo dominical por Berlín, su madre deteniéndolo para saludar a un hombre de bigotes blancos. Es el profesor Einstein, le dijo. A Rudi, entonces, le importaba más el fútbol que la física. El siglo todavía no le había enseñado cuánto pesan esos encuentros fortuitos. Hoy, a los 104 años, no siente que le falte nada por hacer. Si le quedara una misión, dice, sería pacificar el ambiente. No como consigna política, sino como actitud vital. Después de haber visto hasta dónde puede llegar la violencia organizada, Rudi Haymann eligió algo mucho más difícil: seguir creyendo en la vida. Rudi Haymann: testigo y protagonista es un documental realizado por la Escuela de Periodismo y Comunicación de la Universidad Finis Terrae de Chile y se emitió en enero en History2. Actualmente está disponible en VOD y va a formar parte de un especial de la Segunda Guerra Mundial que el canal History va a presentar a mitad de año con una superproducción, aun no anunciada, presentada por Tom Hanks. Después de la Noche de los Cristales Rotos, ¿qué sintió cuando sus amigos alemanes lo comenzaron a discriminar por ser judío? En un momento, antes de irme, me obligaron a presentarme en la comisaría tres veces al día, a la mañana, al almuerzo y a la noche. Ya había sido expulsado del colegio porque ningún niño judío podía estudiar más allá del octavo básico. Eso fue un castigo grave. Nos dijeron, mire, esto en el fondo es la lista de espera para ser mandado en algún momento al campo de concentración. La solución, entonces, fue salir de Alemania como sea. Papá tuvo que tomar la dura decisión de desarmar la familia porque ese día murió la palabra emigración y se transformó en sálvese quien pueda. Así me inscribí en una de las tres instituciones humanitarias que sacaron a un niño judío de la Alemania nazi. Me aceptaron y me dijeron, esté atento a nuestro aviso, te vamos a sacar del país. Y llegó el aviso: el próximo lunes es tu turno. A las ocho y media parte un tren en dirección a la frontera italiana y ese tren lo vas a tomar tú con muchos otros jóvenes en la misma situación. Te esperamos a las ocho en el andén con una mochila de excursionista y nada más. Del resto de la logística nos encargamos nosotros. Llegó el lunes. A la mañana fui donde mis tíos y mis primos a despedirme y a la hora del almuerzo fui donde la abuelita. Yo consolaba a la omi porque sabía que nunca más iba a ver a su nieto. A la tarde le di el último abrazo a la polola y, a las siete y media, mis padres y mi hermana me acompañaron a la estación de ferrocarril. Allá estábamos juntos a las ocho en el andén. Se escuchó la voz del jefe de la estación: Todos a bordo, el tren está a punto de partir. Los últimos abrazos fueron con nuestros padres, los últimos besos, las lágrimas furtivas de los padres, los sollozos de nuestras madres. Y nosotros, los jóvenes, nada... los jóvenes de 16 años no lloran. Los jóvenes de 16 años no cachan la profundidad trágica que hay en este momento. Subimos al tren y se puso en marcha. Nos asomamos a la ventana y le dimos un saludo más a los nuestros y, un minuto más tarde, el tren ya estaba fuera de la estación. Regresamos a nuestros asientos y muchos de mis compañeros no sabían, lo supieron recién siete años más tarde, que esos saludos a través de la ventana serían los últimos. Que no volverían a ver a sus padres y a sus hermanos. El sufrimiento mayor, como lo veo ahora, con la contemplación de muchos años después, es que el gran dolor mío era que me habían quitado la pertenencia. Yo fui educado en los 12 años anteriores, y después también en una Alemania querida y completa. Mi familia ya estaba como hacía 170 años allá, y me quitaron la pertenencia. Esto fue lo más doloroso, pero efectivo. Efectivo en el sentido de que estaba buscando otra pertenencia, y la encontré en el movimiento sionista". Soldado vencedor Escapó de Alemania cruzando los Alpes. ¿Volvió a esa zona? ¿Cruzó los Alpes de nuevo? Sí, volví a esa zona sin querer porque con la no desnazificación yo pedí un traslado. Me llevaron a otro lugar para trabajar en lo que se llamaba la Allied Screening Commission, que fue una comisión del ejército británico para revisar a los inmigrantes, a los desplazados de la guerra. La central era en Trieste, justamente el lugar al cual había llegado seis, siete años antes, primero como un niño refugiado y ahora como soldado vencedor. Escapó de Alemania a Italia, pero luego tuvo que pelear también contra Italia porque formaba parte del Eje. ¿Cómo vivió esta situación? Italia es un capítulo triste, porque en el fondo, creo, combatió contra su voluntad en esa guerra. Y por eso también ellos vivieron esa tristeza, porque el ejército italiano se dividió en dos, [Pietro] Badoglio con nosotros, y [Rodolfo] Graziani con los alemanes. Esto era notorio todo el tiempo, y fue una situación grotesca y triste al mismo tiempo. Estando en el norte de África y trabajando para los ingleses siendo también un espía, ¿cómo era su día a día en ese período de recibir cables en alemán, de traducirlos, de buscar quizás información para pasarlos? Había dos días a día. El servicio de espionaje con una rama de 19 agentes, al cual pertenecía yo, estaba dedicado a interrogar prisioneros alemanes. Y la interrogación de prisioneros alemanes se daba en dos niveles. Uno que se llamaba táctico, donde nosotros íbamos con las patrullas en la primera línea, no para combatir, sino para sacar información a los alemanes que serían tomados prisioneros. Esto fue agotador y peligroso, y no se podía hacer más de 20 días, porque quedabas completamente agotado, aparte de perder varios kilos de peso. El otro tramo era la interrogación estratégica también a prisioneros alemanes, pero a otro nivel, no de combate, sino de estrategia, de saber los impactos de nuestra acción sobre las tropas alemanas, las decisiones que tomaron, los impactos de los bombardeos y del movimiento o del resentimiento civil alemán. Cuando hablaba con prisioneros alemanes, ¿ellos sabían por qué estaban luchando? ¿Creían en la causa del nazismo o eran solamente soldados que obedecían órdenes? No, ellos nunca conversaron de sueños de grandeza. Hablábamos sobre la dureza de la guerra y la actualidad que hay que afrontar, combatir y sobrevivir. No había entre ellos ilusiones, salvo los fanáticos y los Reichskommissar [gobernadores locales] que eran de alto rango. Igual como el ejército soviético, el ejército alemán tenía a sus agentes políticos que no combatían, pero acompañaban a las tropas. ¿Cuál era para usted el motivo por el cual Hitler quería no solamente quedarse con Europa, sino también ir a África y a Medio Oriente? ¿Por qué quería expandirse más todavía? Creo personalmente que eran traumas o sueños de grandeza, pero la verdadera cosa era más real. Estaba tratando de llegar a las fuentes de petróleo y tenía dos caminos, o desembarcar en África del Norte y llegar a Arabia Saudita. O desembarcar en el Líbano y llegar a Kuwait, al norte, en Irak y Persia. ¿Qué siente cuando ve partidos políticos en la actualidad que usan la esvástica o el saludo nazi? No puedo evitar la relación con el pasado, me da carne de gallina. Después puedo tomar decisiones o actitudes cerebrales, pero primero es la impresión sensorial, que es horrible, y no puedo evitar que me traiga recuerdos. ¿Sueña todavía con ese periodo? ¿Tiene sueños sobre que está en la guerra o con algo que te haya pasado? Durante muchos años, muchas veces. Con la edad y con el tiempo transcurrido, esto se da muy pocas veces, pero existe todavía. Y cuando se despierta, ¿qué sensaciones tiene? Uno se despierta con espanto, completamente desconcertado y, por momentos, vienen de vuelta todas las memorias. Es imborrable. Por suerte, después uno se olvida de haberlo soñado. ¿Ve películas sobre la Segunda Guerra Mundial? Generalmente trato de evitar ir a ver esas películas. Son a veces reales, entonces peor todavía porque despiertan memorias, o son un poquito absurdas, o no corresponden bien a la realidad. Entonces uno se siente molesto y queda distorsionado en la historia. Pero generalmente no busco verlas. ¿Y alguna relacionada con África del Norte? Una de hace mucho tiempo, El paciente inglés. Esa sí estaba relacionada con lo que yo hacía porque en África, al principio de mi trabajo en la inteligencia del ejército, trabajé en counterintelligence, que es descubrir, penetrar, desarmar los anillos de inteligencia del adversario detrás de nuestras líneas. Y allá me topé con cosas que vi en esa película. ¿Qué era lo que más le gustaba de ese trabajo? Básicamente el trabajo me gustaba porque encontré que podría contribuir al esfuerzo de la guerra y al éxito a través de esa coincidencia de poder hablar alemán y no solamente levantar un rifle. Pero de por sí hoy día, tantos años atrás, cuánta suerte tuve al poder haber sido miembro de esta organización porque la viví a fondo y a otro nivel. Volvió a Alemania varias veces. En un momento del documental dice que la desnazificación de Alemania no existió, que seguía habiendo nazis. ¿Sintió eso en los últimos años también? Alemania cambió, la desnazificación es un hecho. Estuve como quince veces y doce años después en Alemania y ya empezaba a cambiar. En el otro viaje que hicimos, veintitrés años después de la guerra, el país ya había cambiado. Hoy día es una Alemania próspera, democrática, grande y agradable. Ha cambiado completamente. La conclusión es que castigo y paz no van de la mano; porque no se aplicó castigo y por eso no había resentimiento, lo que ocasionó casi ochenta años de paz. Después de la Primera Guerra Mundial, Alemania sí fue sancionada. 21 años mas tarde tuvimos la Segunda Guerra Mundial. La última vez que fui a Alemania fue exactamente hace tres años por una invitación por el Museo de la Memoria y encontré un país sumamente vibrante e interesante, lleno de extranjeros. Y me gustó. Me puse contento de haber abatido el nazismo y ver un resultado positivo. Al haber estado en el teatro de operaciones en el norte de África, y en Palestina Británica, ¿qué sintió al enterarse del ataque terrorista de Hamás del 7 de octubre de 2023 en la zona donde vos vivió? Cuando éramos jóvenes en Europa, teníamos dos sueños. Uno era la independencia judía a través de un Estado, y el otro fue un mundo mejor a través del socialismo. Desgraciadamente, el mundo mejor del socialismo fue una gran desilusión, no se desarrolló como nosotros soñamos, como nosotros lo vivimos en la vida kibbutziana. Esa es la gran pena de mi vida. Respecto al Estado de Israel, lo conseguimos mucho antes de lo que habíamos soñado. Después de diez años, nosotros no habíamos puesto fecha, porque no nos atrevimos. Así que este fue un gran logro. Lo que hoy pasa hoy día, para mí personalmente, no tiene que ver con el sueño nuestro de Israel. Nosotros soñamos primero por la inocencia de un Estado binacional. Rápidamente nos dimos cuenta de que esto no es una realidad, sino un sueño. Pero permanentemente hemos pensado que existía una pacífica convivencia entre dos Estados, uno al lado del otro. Eso desgraciadamente tampoco funcionó. Y la guerra de Gaza es un triste ejemplo de este fracaso. Cada vez quedarán menos testimonios directos de la Segunda Guerra Mundial. ¿Siente que hay algo que necesite decir para que no olviden las nuevas generaciones? Exacto. Éramos muchísimos los soldados judíos en el ejército británico, en el ejército americano, especialmente en el ejército ruso. Y bueno, yo tengo, si tú quieres llamarlo, la suerte de vivir muchos años, algunos años más allá de lo acostumbrado. Desde hace mucho tiempo, justamente, trato de contarles a las nuevas generaciones cómo era. No estoy dando clases de historia, sino contando vivencias, para que lo sepan no a través de un profesor, sino a través de un sobreviviente. ¿Qué piensa que se podría hacer para que no se repita lo que pasó hace más de ochenta años? ¿Para que no se repita? Bueno, contar los horrores de la guerra, fomentar a los que trabajan para la paz y contar mi la historia. Doy muchas conferencias en colegios y cuento los horrores de la guerra y también la suerte de vivir en Chile, un país maravilloso y afortunado donde hay 145 años sin guerra. Esto es un milagro casi; somos una gran excepción entre las 200 naciones que forman Naciones Unidas. No creo que haya diez países que puedan contar 145 años sin guerra. Y yo se lo cuento a todos los alumnos, para que sepan lo afortunados que son y que sigan en la misma línea. Me importa muchísimo.

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