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Fecha: 28/03/2026 07:01
Cinco días. Tal vez si soportaba cinco días más, hubiera sobrevivido. Helene Berr murió el 10 de abril de 1945 en Bergen-Belsen, cinco días antes de que los Aliados liberaran el campo de concentración. O, tal vez, ya estaba tan frágil que su estado era irremediable. Nunca lo podremos saber. Había cumplido 24 años dos semanas antes. Pero parecía tener muchos más. La piel pegada a los huesos. Los ojos hundidos, la mirada vacía. Había llegado al campo de concentración de Bergen Belsen, proveniente de Auschwitz. Llevaba un año detenida y los maltratos, el hambre, el dolor por la muerte de sus padres, la desolación y el tifus habían hecho su trabajo. Sin embargo, todavía resistía, a pesar de que la enfermedad la había dejado casi sin fuerzas. Leé también: Tiene 88 años, escapó del Gueto de Varsovia y sobrevivió al Holocausto: la dura historia de Irene Shashar Un día no pudo levantarse de la cama, no tuvo energía, las piernas no la sostuvieron más. Dio un paso y cayó al piso polvoriento, infecto. Se arrastró de nuevo hacia su cama y quedó allí, exhausta. Los guardias entraron a la barraca y la obligaron a ponerse de pie. Ella, aunque intentó, no pudo hacerlo. Los guardias nazis asumieron el gesto vencido como una afrenta y le dieron una paliza feroz. Helene murió unas pocas horas después. Durante décadas, pocos supieron de Helene Berr. Fue una de las tantas, de los millones masacrados por los nazis. Pero en 2007 se publicó el registro que ella llevó durante más de dos años (Diario 1942-1944), durante la ocupación nazi de Francia. Escribió hasta que fue apresada y deportada a Auschwitz. Leé también: Fue el auto creado por deseo de Hitler, superó al Ford T y se convirtió en un ícono pop mundial Desde principios de 1942, Helene llevó un diario detallado de su vida en París. Allí consignaba sus lecturas (múltiples y variadas: De Shakespeare a Hemingway, de Keats a los clásicos latinos pasando por Víctor Hugo y Tolstoi), sus paseos por la ciudad, su vida cotidiana, sus estudios, el amor por Jean Morawiecki. Tenía 21 años, mucha energía, sed de conocimientos. En la Sorbona cursó literatura inglesa, francesa y también profesorado; ya en 1944 no la dejaron defender la tesis final por su condición de judía. Su mirada aguda describía cómo se movía esa París extraña, tensa y que pugnaba por dejarla afuera. Una inteligencia fulgurante cuya ambición era registrar su mundo. Quiero acordarme de todo, anota. Se obligaba a escribir para que nada se le escurriera en el olvido. El diario de Helene Berr comienza con una caminata por París que finaliza en la casa del poeta Paul Verlaine. Es un día soleado, despejado, radiante. Ella pregunta en la portería si el poeta dejó algo para ella. Efectivamente, había un pequeño paquete para la joven. Era un libro que Helene le había dejado para que le dedicara. Helene abrió el paquete con ansiedad, y fue a la primera página. Allí Paul Verlaine le había escrito: Al despertar, tan suave la luz y tan hermoso este azul vivo. Esa misma luminosidad tendrán sus registros de París en los primeros tiempos. Sus inquietudes intelectuales, el primer amor con ese chico que tocaba el piano mientras ella lo acompañaba con el violín, las caminatas, la vida familiar. Pero todo cambia. Si bien cada tanto da cuenta de días soleados, lo que su escritura muestra es que la ciudad se va oscureciendo, ya los días no son radiantes. El desprecio, el peligro, la idea de que el futuro no existe. París está envenenada. Helene se inscribe para cuidar y acompañar chicos en Drancy, un campo de tránsito. Allí hace labor social. También se va enterando de las deportaciones, de los campos de concentración, de la gente que no vuelve, del exterminio. Todo se ensombrece y vive día a día. Pensar que si me detienen esta noche (lo cual tengo presente desde hace mucho), estaré en la Alta Silesia dentro de ocho días, quizá muerta, que toda mi vida se apagará de golpe, con todo el infinito que siento dentro de mí, escribe cinco meses antes de que la detengan. Pregunta sobre los traslados en trenes atestados, quiere saber cómo hacen para sobrevivir ocho días hacinados, con muy poca comida, cómo hacen sus necesidades, cómo se asean. Entiende, muy pronto, que nada de eso sucede. Casi no comen, no se bañan y que muchos no soportan el tortuoso trayecto. Escribe en el Diario: Sin duda no hay que reflexionar. Porque los alemanes no buscan siquiera razones ni utilidad. Tienen un objetivo: exterminar. Berr se sentía francesa. Escribe en el diario: El judaísmo es una religión, no una raza. Cuando le ordenan ponerse la estrella amarilla, ella, al principio, se niega. Después lo hace. Sabemos, porque lo deja asentado, que ese primer es el 8 de junio de 1942. Sabe que la estrella representa la barbarie y el mal. Las miradas por la calle cambian. Algunos la miran con congoja, otros con curiosidad, como si dijeran Ah, no sabía que esta chica era judía, y muchos con odio, con bronca. Al llegar a la estación de tren, cuando intenta subirse en el vagón de siempre, el guardia le grita: ¡Al último vagón!. Allí debían ir los judíos. Consigna en su diario: Estaba decidida a no llevar la estrella. Lo consideraba una infamia y una prueba de obediencia a las leyes alemanas. Esta noche todo ha vuelto a cambiar: no llevarla me parece una cobardía con respecto a quienes la lleven. En una escena cotidiana, se cruza por una avenida parisina a varios soldados alemanes. Se muestran corteses con ella, más de lo que hubiera imaginado. Eso la hace pensar: ¿Por qué, entonces, el soldado alemán con quien me cruzo en la calle no me abofetea, no me injuria? ¿Por qué muchas veces me sujeta la puerta del metro o me dice perdone cuando pasa antes que yo? ¿Por qué? Porque son gente que no sabe, o más bien que ya no piensa; están para cumplir el acto inmediato que les ordenan. Pero ni siquiera ven la incomprensible falta de lógica que hay en sujetarme la puerta en el metro, y quizá mañana enviarme a la deportación: y sin embargo yo sería la misma y única persona. Ignoran el principio de la causalidad. Se pregunta por la humanidad y el sentido moral de los invasores, de los que ella está convencida serán sus victimarios: ¿Lo sentirían, si supieran? ¿Sentirían el dolor de esas personas arrancadas de sus hogares, de esas mujeres separadas de su carne y de su sangre? Están demasiado embrutecidos para eso. (...) Y además no piensan en ello, vuelvo siempre a lo mismo, yo creo que es la base del mal y la fuerza que sustenta al régimen. El primer paso del nazismo consiste en aniquilar el pensamiento personal, la reacción de la conciencia individual. Mientras sucedía, en vivo y en directo, con sus 22 años, Helene Berr comprendió antes que casi todos la verdadera naturaleza del nazismo y sus mecanismos. Una compañera le cuenta que vio llegar a un campo de transición a una veintena de mujeres judías provenientes de Viena. Había de todas las clases sociales. Allí en ese espacio infernal todas se habían igualado. Las trataban con una brutalidad inaudita. Las despertaban a golpes de fusta a las 5 de la mañana y no volvían hasta bien tarde a la noche del campo dónde las hacían trabajar (trabajo esclavo) a destajo y quien se desmoronaba era castigada con golpes y latigazos. Helene se pregunta: ¿Quién había autorizado a esos hombres a tratar como animales a seres humanos que seguramente le eran superiores en valor espiritual?. Helene dejó las más de trescientas hojas de su diario a su cocinera Andreé. Lo hizo poco antes de ser apresada por los nazis. Le pidió que si ella moría, el sobre le fuera entregado a alguno de sus hermanos o a Jean, su enamorado. Apenas se supo de su muerte, su hermano Jacques lo recibió. Al terminar de leerlo creyó que lo más conveniente, lo más justo, es que lo conservara Jean, para que supiera la magnitud del amor que su Helene había sentido por él. Jean lo leyó conmovido y lo guardó como se guardó un tesoro. Casi no habló de él con nadie, no lo mostró, lo cuidó como si fuera su posesión más importante. Hasta que una sobrina de Helene le pidió leerlo y al finalizar le propuso editarlo. Al poco tiempo el Diario de Helen Berr se convirtió en un best seller en toda Europa (en español está editado por Anagrama). Desde hace veinte años se reedita con regularidad. Patrick Modiano, Premio Nobel de Literatura y prologuista del Diario, dijo que de haber sobrevivido, Helene Berr se podría haber convertido en una nueva Simone Weil o Hannah Arendt. La analogía perezosa la iguala con Anna Frank. Son experiencias diferentes con un mismo final trágico. Helene, más grande, no estaba encerrada. Ella recorría las calles, se relacionaba con la gente, sufría el desprecio, las postergaciones, escuchaba con atención -y repreguntar- sobre la experiencia de los campos. Ya se sabía mucho. Caminaba por París como una forma de resistencia mientras veía venir el monstruo hacia ella y su familia. Aunque intentó seguir con su vida, no pudo, no la dejaron. Su padre es llevado a la comisaría. Helene va junto a su madre a pedir por él. Pueden verlo unos días después. El lugar es sucio, él está sin corbata, cinturón y cordones, la camisa arrugada, con la barba crecida, demacrado, hambriento. No importó que hubiera sido héroe de Verdún y soldado condecorada en la Primera Guerra Mundial, tampoco que fuera una de las ocho personas que habían sido exceptuadas de las leyes raciales por su fundamental aporte a Francia, menos influyó que fuera un industrial al que le iba bien. Lo acusan de no llevar cosida la estrella amarilla. Raymond Berr la llevaba, pero agarrada con un alfiler de gancho para poder usarla en cada saco y traje de los muchos que poseía. Eso tampoco importó. La ley decía cosida y por ello debía ser castigado. El hombre pudo volver a su casa, pero a partir de ese momento el destino de los Berr estaba sentenciado. Los otros hermanos de Helene se habían ido de París. Sólo quedaban sus padres y ella. Recibieron amenazas y se salvaron de un par de razzias más por fortuna que por prevención. A partir de ese día, los tres fueron durmiendo en diferentes casas de amigos y familiares. Hasta que el 7 de marzo de 1944 volvieron a su hogar. Allí fueron detenidos. Esa misma noche. En el diario, Helene narra una historia escalofriante de unos soldados rusos convertidos en prisioneros de guerra. Transcribe el relato que le hace una mujer que había trabajado en un campo de concentración: Me dice también, hablando de las fosas de Katyá, que había presenciado escenas exactamente parecidas. En el año 41, llegaron a su campo miles de prisioneros rusos en un estado de indigencia horripilante, muertos de hambre. El tifus se implantó allí dentro; morían centenares todos los días. Cada mañana, los alemanes iban a rematar de un tiro de revólver a los que ya no podían levantarse. Entonces, los enfermos, para no correr la misma suerte, se hacían sostener en brazos por sus camaradas sanos para formar en las filas. Los alemanes golpeaban con la culata las manos que les sostenían. Los enfermos caían al suelo, los amontonaban sobre carretas, les despojaban de las botas y las ropas, los llevaban hasta una fosa donde los descargaban sobre montañas de estiércol y los arrojaban dentro, revueltos con los cadáveres, con un poco de cal viva por encima. Y se acabó. Lo que Helene no sabía es que, al mismo tiempo de transcribir el relato de su compañera, esa escena también estaba anticipando, profetizando su propio final. El 10 de abril de 1945, estropeada por el tifus, Helene no pudo levantarse y los guardias nazis la castigaron tanto que esa misma tarde murió. El diario de Helene Berr es sorprendente. No solo por su capacidad de mirada y su conciencia sobre su entorno, sobre lo que estaba pasando, sino porque está muy bien escrito. Sus escenas tienen potencia, elocuencia, miedo. Es un diario real, que no está escrito para ser publicado, sino por su necesidad de expresarse, de dejar registro, de contarle a alguien (ella misma) lo que sucedía. Acaso fuera la única manera que tenía de cerciorarse de que lo inconcebible estaba sucediendo. La letra es clara y armónica,-excepto las de las últimas semanas en las que se percibe un deterioro, el nerviosismo. Pero no hay casi tachaduras. Helene escribió a mano alzada una obra maestra testimonial. Leé también: De carpinteros y plomeros a asesinos en masa: el dilema del Batallón 101 en la Alemania nazi Unas semanas antes de su apresamiento escribió la última entrada en su diario. En la última línea de la última entrada parafrasea a Shakespeare y pinta una época. Solo necesita eso, tres palabras: Horror, horror, horror.
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