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» TN
Fecha: 28/03/2026 06:05
Son las 7 de la tarde y estamos en la esquina pautada, en la entrada de la villa 31. Esperamos a Alex, un hombre peruano que abrió un local de sushi y comida fusión peruano-japonesa dentro del barrio. Obviamente, somos identificados como outsiders por los que controlan la zona, somos unos pichis, no pasa nada. Es el horario en el que muchos vuelven de sus trabajos y la calle se ve muy transitada. Viven aquí más de 45 mil personas. Allá, no tan lejos, los últimos rayos del sol pegan en los edificios de la Recoleta. Los micros que salen de la estación de Retiro bordean el lugar y aceleran. ¿A propósito? Quién sabe. Un bus no alcanza a maniobrar muy bien y le raspa el costado trasero a un auto estacionado al filo de la calle, invadiendo el cordón amarillo. Algunos fisuritas o muertos vivos, como les dicen aquí, putean al chofer y otros se ríen. Enseguida aparece Alexander en su pequeña camioneta, sonriente. Vamos para un sector urbanizado del barrio, detrás del Ministerio de Educación de la Ciudad, que se instaló ahí hace unos años. Ya llegó la noche y hay bolsones de oscuridad por aquí y por allá. También focos luminosos dispersos, como en las canchitas de fútbol o sectores comerciales que ya cerraron sus puertas. En lo de Alex o el chico del sushi o chinito - su nombre completo es Jorge Alexander Osorio Ramos - hay una luz tenue y todo el local tiene evocaciones japonesas y peruanas, en las cocinas de Ososhi Nikkei se trabaja con frenesí porque hay que tener listas las más de 200 porciones que hoy Alex va a salir a repartir entre los más necesitados del barrio y de la zona de Constitución. Hoy hago arroz chaufa de pollo para los que más lo necesitan. Es algo que siempre quise hacer y viene de familia, en Perú mi familia también lo hacía y yo aprendí eso. Un plato de comida no se le niega a nadie. Aquí hay gente que necesita, es una forma de ayudar, porque a mi Argentina me dio todo", dice, mientras maniobra el wok como una extensión de su cuerpo, ya nos dijo los ingredientes conocidos, arroz blanco cocido luego salteado con el pollo, cebolla verdeo, huevo, salsa de soja, ajo, pizca de sal y otros condimentos mágicos y un envase misterioso que es su secreto gastronómico. Dentro del local sus hermanas y su mamá hacen los preparativos para cantarle el feliz cumpleaños, Alex hoy cumple 40 años. Hace 18 llegó al país y fue bachero, mozo, aprendiz de cocina y cocinero, luego se recibió de chef, hasta que puso -alquila el local- su emprendimiento en el barrio. Él decidió en su día, en lugar de recibir, salir a dar lo que puede. Para eso hizo una colecta por redes, algunos le donaron los paquetes de arroz, otra señora los pollos, y así. En la cocina está Nahuel, tiene 20 años y es uno de los cuatro empleados que tiene Alex y que aprenden ahí a cocinar y preparar sushi y también a realizar tragos para la barra, otro servicio con el que cuenta el bar. Aquí aprendo y esto lo hago porque quiero hacerlo. Yo no pasé hambre, pero mis padres, que son jujeños, me contaron que cuando llegaron comían de la basura, o iban a restaurantes o panaderías a pedir comida vieja. No lo viví pero duele, cuenta mientras va envolviendo cada porción en un film transparente y acomodándolos en una caja térmica, para que la comida le llegue a la gente lo más caliente posible. Casi todo está listo. ¡Falta apagar las velitas!, gritan las hermanas. Alex sopla y pide los tres deseos de rigor. Su familia lo abraza y hay alguna lágrima escondida. Y enseguida sube a la camioneta en donde cargaron la comida. La primera parada es cerca del barrio Mugica, en donde una reja divide al estacionamiento de la terminal de Retiro y el barrio. Paramos en una esquina donde se juntan varias personas a pasar la noche. Alex se acerca con la comida empaquetada y enseguida se corre la voz: Están dando comida, comida peruana, se comenta, Alex y una de sus hermanas y una sobrina reparten las porciones y las cucharas, también la salsa casera que es el toque necesario para saborear mejor el chaufa. Un manjar, repite otro. Yo me quedé sin trabajo, soy pintor. Esto me viene bárbaro... tenía un hambre. Alex simplemente les da la comida y no quiere molestarlos, sabe que algunos están en procesos de adicción y que cualquier cuestión por pequeña que sea puede hacer que todo lo que está bien, de pronto, puede estar mal. Queremos salir hasta otro punto del barrio, pero la gente sigue golpeando la camioneta por más comida. Una joven se acerca, pide dos porciones, se las dan, también la salsa casera. No me graben, porfa, no me graben. Gracias de todo corazón, gracias, dijo, y se perdió en uno de los pasillos. Arrancamos y volvemos a parar dentro del barrio. Otro remolino de necesitados aparece, esta vez las manos que reciben las porciones tienen mugre y llagas, producto del constante encendido de las pipetas del paco. Hoy duermo por ahí, o dormimos todos juntos, cuenta José, nunca había probado comida peruana. Probemos... ¿ a ver?, dice y engulle una cucharada repleta, cierra los ojos. Te felicito, riquísimo, y gracias, le dice a Alex, que sonríe tímido, todavía con la chaqueta negra y el mandil que utiliza para cocinar. La sobrina y hermana de Alex siguen repartiendo las porciones y la salsa casera. La comida puede juntar a personajes que seguramente son antagónicos durante el día. Se escuchan comentarios como a ese no le des, si ya comió en el otro comedor de abajo la autopista, o los que tienen viejas rencillas: Ya te voy a agarrar, vas a ver. Tranquilos, tranquilos, se llama a la calma. Arrancamos la pequeña camioneta. Antes, vuelven a tocar la puerta y se van dos porciones más. Alex decide arrancar para Constitución. No solamente en la villa pica el hambre. Dejamos atrás la 31 y vamos por Alem, subimos por Garay y hacemos una parada un poco más allá del cruce con la calle Santiago del Estero. Bajamos. Un joven con un bolso agarra una porción, vuelve con varios muchachos que también piden un plato, casi desesperadamente. Me llamo Valentín. Sí, claro que se necesita la comida. ¿Cómo está el barrio? No pasa nada. Hace dos meses que estoy en la calle. Busco trabajo y no encuentro, soy mecánico, me doy maña con los motores. Después se queda en la puerta de una casa antigua a media luz. Alguien envuelto en una frazada y tirado en la vereda se despierta, le llega el chaufa y se lo guarda, sigue durmiendo. Otro dice que los colombianos y dominicanos, dominan la zona. Los manipulan con las drogas. Mucho fisura. Mucho hambre. Volvemos a la camioneta, la noche no se termina. Paramos en la plaza de Constitución. Hay gente con bolsos muy cerca de una panchería. Alex se acerca, dice que tiene comida. Cambian las caras de desconfianza. Dos chicos muy jóvenes aceptan el chaufa. Hoy no sé si duermo, no podés dormir, te descansan si te dormís. La calle es así, yo vengo del conurbano, Ituzaingó, dice uno. Los dos comen y hay un tercero que se quedó escuchando la charla. Ese acota:Es brava la calle. Decimos gracias por la diminuta entrevista y el que viene de Ituzaingó, pregunta si no hay una moneda para comprar algo para tomar. Lele, corazón de camarógrafo, le está por dar unos billetes y el que se había arrimado dice que sea para todos. -Es que él me pidió... - dice Lele, sin saber qué hacer para evitar una pelea. Empiezan los gritos. ¡No! ¡Me lo da a mí! ¡No, para todos! ¡Pará!. Me acerco y calmo al otro con dos billetes anaranjados. Aunque igual rebuzna y dice para todos, gracias y sigue comiendo el chaufa. Finalmente la discusión termina cuando unas señoras dicen que ya basta, ya fue, que se calmen. Una es Ana, que no puede pagar el hotel y se quedó en la calle. Dice que espera a una amiga que fue a trabajar con un cliente, que le prometió que le iba a pagar el hotel, 18 mil pesos la noche. Mi marido está privado de su libertad, por lo que me hizo, me pegó, casi me mata. Pero ya tenía antecedentes. Está en Melchor Romero. Ahora estoy sola. Ana le guarda una porción de chaufa a su amiga. Cuando ella vuelva lo vamos a comer juntas, dice. Si su amiga no consigue nada, Ana cuenta que hay un sector de árboles en la plaza, a donde va a refugiarse. A veces estoy ahí pero no duermo. Es peligroso, soy mujer. Está jodida la calle, cuenta. La otra señora vive en calle con sus hijos adolescentes. El chico come y la nena también mientras su mamá cuenta sus penurias. Tampoco dormirán aunque consigan un lugar. Las hermanas de Alex y su sobrina vuelven a la camioneta, quedan pocas porciones que van a repartir en Once. La noche se pone fresca y nos despedimos de Alex, que se va satisfecho de haber cumplido su meta de hoy. Me voy contento que la gente se vaya feliz, dice. Con él asistimos a una radiografía social de los marginados y el hambre agazapado en una tierra rica. Lo vuelvo a saludar por su cumpleaños. Le pregunto si va a haber algún tipo de festejo, incrédulo de que todo haya sido esa torta rodeado de pocos familiares. Con la mirada cansada responde: Tengo que trabajar, no hay tiempo para eso. ---------------------------------------------- Gustavo Barco es periodista y productor de Telenoche. Magíster en Periodismo de la Universidad Di Tella. Es documentalista y escritor. Su cuento, La Perrera, de su libro homónimo, fue publicado por la revista de cultura Temporales, de la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad de New York y traducido al inglés por la revista de literatura latinoamericana de la Universidad de California.
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