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  • La viuda noble que desafió a la Iglesia, fue relegada en la historia oficial y estuvo al lado de San Francisco de Asís hasta su muerte

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 28/03/2026 02:56

    Mediante una carta a los ministros generales de las Ordenes Franciscanas, fechada el 7 de enero y titulada Sorella Nostra Morte (Nuestra hermana, la muerte), el Papa León XIV declaró al inicio de 2026, Año Jubilar Franciscano, el cual se extiende del 10 de enero de este año al 10 de enero del próximo, por motivo de los ocho sigloes del fallecimiento de san Francisco de Asís. Este documento rinde homenaje al tránsito del santo ocurrido el 3 de octubre de 1226 y establece el marco espiritual para el Año de San Francisco bajo la consigna que la conmemoración se centre en el mensaje de paz y la fraternidad universal del Poverello. En este transito emerge una figura que desafía las convenciones del tiempo y del género: Jacoba de Settesoli. No fue solo una seguidora, ni una simple benefactora de la aristocracia romana; fue, en palabras del propio Francisco, un hermano. La historia de esta mujer, a quien el Poverello de Asís llamó Frate Jacoba, es el relato de una amistad que trascendió los muros del convento y las jerarquías eclesiásticas, cimentada en una lealtad que solo la muerte pudo sellar en la piedra de la Basílica de San Francisco. Al hablar de Francisco de Asís, nuestra mente ubica a la par a santa Clara de Asís, pero si bien Clara fue importante en la historia franciscana es Jacoba de Settesoli, conocida en italiano como Giacoma de Settesoli, una figura preeminente para todo el movimiento franciscano. Casi olvidada por las biografías sobre el santo de Asís, fue baluarte fundamental del movimiento franciscano y en la santa muerte del santo de Asís. Según algunos historiadores, su nombre original era Jacopa de Normanni, lo que sugiere un posible origen ligado a familias normandas establecidas en Italia. Sin embargo, su vida cambió drásticamente cuando, siendo muy joven, fue dada en matrimonio a Graziano Frangipane de Settesoli, miembro de una de las familias nobles más poderosas de Roma, los Frangipane. Esta unión no solo elevó su estatus social, sino que también la situó en el corazón del poder feudal romano. Los Frangipane eran conocidos por su control sobre el Septizonio, una imponente estructura construida por el emperador Settimio Severo cerca del Circo Massimo, que tras la caída del Imperio Romano se convirtió en una fortaleza de esta familia. Aún hoy se puede contemplar parte de esta construcción en el circo Massimo. Jacoba, como esposa de Graziano, pasó su juventud inmersa en un entorno de riqueza y privilegios, rodeada de castillos y tierras en la región del Lazio italiano. A pesar de su posición, su vida temprana estuvo marcada por las responsabilidades de un matrimonio arreglado y la maternidad, ya que tuvo dos hijos, Giovanni y Giacomo. Graziano murió en 1217, dejándola viuda a una edad relativamente joven, con la tarea de gestionar el vasto patrimonio familiar y criar a sus hijos. Tras la muerte de su esposo, Jacoba asumió un rol de liderazgo poco común para una mujer de su tiempo. Como viuda de un Frangipane, heredó no solo tierras y castillos como los de Marino y Nemi sino también una considerable influencia política y social en Roma. En una ciudad donde las familias nobles competían por el poder y la proximidad al Papado, Jacoba se convirtió en una figura respetada. Su autoridad le permitió actuar como mediadora y protectora, especialmente en un contexto de tensiones entre la nobleza y la Iglesia. Su posición privilegiada le otorgó acceso a las esferas más altas de la sociedad romana, incluyendo la curia papal. Esta influencia sería crucial en su relación con Francisco y en su capacidad para facilitar encuentros importantes, como el que tuvo lugar entre el santo y el Papa Inocencio III. En 1209, San Francisco llegó a Roma con un grupo de seguidores para buscar la aprobación de su Regla por parte del Papa Inocencio III. Este encuentro era decisivo para el naciente movimiento franciscano, pero Francisco, un hombre humilde y sin conexiones políticas, enfrentaba obstáculos para ser recibido por el pontífice. Aquí entra en escena Jacoba, cuya posición social y contactos en Roma resultaron fundamentales. Aunque no hay registros detallados de cómo se conocieron, se cree que Jacoba, fascinada por la predicación de Francisco y su mensaje de pobreza evangélica, decidió apoyarlo. Ella lo alojó en Roma, probablemente en una propiedad de los Frangipane y luego solicitó a sus amigos los monjes benedictinos de la Ripa Grande que le dieran hospedaje (hasta el día de hoy se conserva el lugar en donde se hospedó el santo en la actual iglesia de San Francisco a Ripa) y utilizó su influencia para asegurar una audiencia con Inocencio III. Su intervención fue clave: el Papa, inicialmente reticente ante las ideas radicales de Francisco, accedió a recibirlo gracias a la mediación de esta noble dama. Este encuentro marcó un hito, ya que Inocencio III aprobó verbalmente la Regla, dando legitimidad al movimiento franciscano. La relación entre Jacoba y Francisco trascendió el simple apoyo logístico. Desde su primer encuentro en 1209, se forjó una amistad profunda basada en la admiración mutua y la fe compartida. Jacoba, a pesar de su riqueza, quedó cautivada por la simplicidad y la espiritualidad de Francisco. Él, a su vez, reconoció en ella una aliada sincera y una mujer de gran fortaleza espiritual. Durante los viajes de Francisco a Roma, Jacoba lo acogió en varias ocasiones, ofreciéndole refugio y sustento. Fue en estos encuentros donde Francisco probó los dulces que ella preparaba, conocidos como mostaccioli romani, hechos con mosto de uva, higos secos y pasas. Este detalle, aparentemente menor, revela la cercanía y el afecto entre ambos, un lazo que se fortalecería con el tiempo. Además de hospedarlo, Jacoba se convirtió en una de las primeras seguidoras laicas del movimiento franciscano, uniéndose a la Tercera Orden, una rama creada para quienes, como ella, deseaban vivir el ideal franciscano sin abandonar sus responsabilidades sea maritales, sea en sus labores cotidianas. Francisco la llamaba cariñosamente Frate Jacopa (Fray Jacoba), un título inusual que reflejaba su estima por su carácter y devoción. Este apelativo, en lugar de Suora (hermana o monja), subrayaba su papel único: no era una religiosa enclaustrada, sino una laica comprometida con la misma misión de pobreza y caridad que los frailes. Para Francisco, Jacoba encarnaba virtudes como la fortaleza y la generosidad, cualidades que él asociaba con sus hermanos varones, lo que explica esta designación especial. En 1226, cuando Francisco se encontraba gravemente enfermo en la Porciúncula de Asís, escribió una carta a Jacoba que ilustra la profundidad de su vínculo. En ella, le decía: Sappi, carissima, che la fine della mia vita è prossima. Perciò, se vuoi trovarmi vivo, vista questa lettera, affrettati a venire a Santa Maria degli Angeli (Sabes, querida, que el fin de mi vida está cerca. Por tanto, si quieres encontrarme vivo, después de haber visto esta carta, date prisa en venir a Santa Maria degli Angeli"). Además, le pedía que llevara un paño blanco para envolver su cuerpo (una mortaja) y quei dolci che tu eri solita darmi quando mi trovavo malato a Roma (esos dulces que me dabas cuando estaba enfermo en Roma). Sorprendente y milagrosamente, Jacoba llegó a Asís antes de que la carta fuera enviada, como si una intuición espiritual la hubiera guiado. Trajo consigo exactamente lo que Francisco había solicitado: la mortaja, los cirios y los mostaccioli. Este episodio, narrado en las fuentes franciscanas como la Compilatio Assisiensis, destaca su conexión casi mística con el santo. Jacoba permaneció a su lado hasta su muerte el 3 de octubre de 1226, siendo la única mujer admitida en ese momento final, un privilegio excepcional que refleja su importancia y afecto que sentía por Jacopa. Tras la muerte de Francisco, Jacoba regresó a Roma, donde continuó su labor de caridad y apoyo a los franciscanos. En 1229, ayudó a los frailes a obtener la propiedad del Ospedale di San Biagio, al lado del monasterio de los benedictinos de la Ripa Grande que se transformó en el convento di San Francisco a Ripa gracias a la intervención del Papa Gregorio IX. Luego de un tiempo decidió retirarse como terciaria franciscana a Asís, donde murió, probablemente en 1239. Inicialmente, Jacoba fue sepultada en la Basílica di San Francisco, en la iglesia inferior, cerca del altar mayor. Su tumba llevaba una inscripción que decía Hic requiescit Jacopa sancta nobilisque romana (Aquí descansa Jacoba, santa y noble romana). En 1932, durante las celebraciones del VII centenario de la muerte de Francisco, sus restos fueron trasladados a la cripta de la basílica, frente a la tumba del santo y junto a sus primeros compañeros. Este traslado simbolizó su unión eterna con Francisco, y su urna quedó marcada con las palabras Fr. Jacopa de Septtesoli. Pero, ¿por qué esta mujer, fundamental en la logística de la orden y en el consuelo final del santo, ha sido relegada a las notas al pie de la gran historia oficial? ¿Por qué el nombre de Jacoba de Settesoli no resuena con la misma fuerza que el de Clara de Asís en el imaginario colectivo? La respuesta se esconde en los pliegues de una Iglesia que, durante siglos, no supo qué hacer con una laica que no encajaba en el molde que la jerarquía le había otorgado a las mujeres. Jacoba era una mujer de acción, una viuda poderosa, una gestora de voluntades. Su figura resultaba incómoda para una hagiografía que prefería la pasividad del claustro a la libertad de una mujer que cabalgaba entre Roma y Asís sin pedir permiso a ningún hombre. El silencio que rodeó a Jacoba no fue un olvido accidental, sino una omisión casi deliberada. La historiografía franciscana, al institucionalizarse, buscó purificar la imagen de Francisco de cualquier rastro que pudiera parecer demasiado humano o demasiado independiente de los cánones clericales. Una mujer que es llamada hermano rompía el binario sagrado. Jacoba no era una plantita de Francisco, como lo era Clara; era su fra, su confidente económica y política, la que le enseñó que el Evangelio también se sirve en los palacios y se defiende ante los pontífices. Al silenciarla, se intentó borrar la dimensión más radicalmente libre del Poverello: la capacidad de reconocer la autoridad espiritual por encima del género. ¿Qué nos dice hoy esta mujer casi olvidada? Nos habla de una Iglesia de puentes, no de muros. Nos recuerda que Francisco no fue un hombre solo, sino el centro de una constelación de afectos donde lo femenino no era un accesorio, sino parte de un todo. El título de Frate que él le otorgó es quizás el mayor galardón de igualdad que se haya dado en la Edad Media. No fue un capricho léxico; fue una declaración de principios. Para Francisco, Jacoba tenía la fortaleza de un hombre y la ternura de una madre, y esa síntesis la hacía digna de ser llamada hermano. El olvido de Jacoba es el olvido de la propia capacidad de reconocer la santidad en lo cotidiano, en la gestión, en el poder puesto al servicio de la humildad. Mientras Francisco se dormía en su último sueño, Jacoba de pie, veía como su amigo se marchaba a la eternidad del Señor que tanto amaba. Mientras la historia escribía grandes crónicas de varones, ella guardaba los dulces en su alforja. Hoy, al mirar su sepulcro en la cripta perpetuamente mirando de frente a su amigo, entendemos que el silencio no pudo con ella. Jacoba de Settesoli sigue allí, en el centro de la basílica, recordándonos que para el amor no hay clausura y que, a veces, un bizcocho de miel es el camino más corto hacia la eternidad.

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