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  • A 125 años del nacimiento de Enrique Santos Discépolo, el flaco, fané y descangayado que sufrió por amor y murió de tristeza

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 28/03/2026 02:56

    Enrique Santos Discépolo había nacido el 27 de marzo de 1901 en el barrio porteño de Once. Era flaco, fané y descangayado, como lo describió años más tarde el gran amor de su vida. Su talento era infinito. Pero su historia fue una sucesión de tristezas que se fueron acumulando hasta el punto en el que, simplemente, se dejó morir. Era apenas un niño cuando el destino lo marcó para siempre con la muerte de su padre, primero, y la de su madre, después. Su hermano, el dramaturgo Armando Discépolo, fue el encargado de criarlo. Y así, casi sin planearlo, Discepolín terminó sumergido en el mundo artístico que luego lo consagraría como uno de los más grandes compositores de la Argentina. Su carrera, en verdad, comenzó en las tablas cuando tenía apenas 16 años y debutó como actor de teatro, para luego pasar al cine de la mano de Carlos Gardel en un cortometraje en el que el cantor interpretaba Yira Yira. Tenía pasta para la dramaturgia, aunque su porte no lo ayudaba. Pero, sin lugar a dudas, su nombre quedaría grabado en la historia del espectáculo por ser el autor de letras de tangos inolvidables como Cambalache, Uno y Cafetín de Buenos Aires, entre muchos otros. Sin embargo, su vida bien podría haber inspirado la melodía más triste jamás escrita. Hombre de principios, no le gustaba frecuentar los cabarets nocturnos. Más bien, prefería las reuniones bohemias, donde hablaba de política y soñaba con cambiar el mundo junto a otros intelectuales. Sin embargo, un día José Razzano lo convenció de que tenía que asistir al Follies Bergère para ver a una gallega, que con su boquilla en mano cantaba su propia versión de Esta noche me emborracho. Corrían los años 30, tiempos en los que no era habitual ni estaba bien visto que las mujeres entonaran tangos. Tampoco que fumaran. Y, mucho menos, que tuvieran el desparpajo de Ana Luciano Divis, conocida por todos con el nombre artístico de Tania. No obstante, al verla, Enrique se sintió atravesado por el amor. Un amor tan pasional como tortuoso, que nunca más le permitió experimentar el significado de la palabra tranquilidad. La mujer, nacida en Toledo, España, acababa de separarse de su marido, el bailarín Antonio Fernández Rodríguez, con quien había traído al mundo a su única hija, Ana. A la pequeña la había dejado en su patria natal al cuidado de su familia. Y, después de haber desembarcado en la Argentina a probar suerte con su esposo, decidió seguir su camino sola. Así que pasó de la orquesta de Roberto Firpo a la de Osvaldo Fresedo, hasta que se topó con Discépolo. Ella misma reconocía ser una mujer superficial e interesada. Engrupida, era la palabra que usaba para explicar que el compositor le parecía poca cosa para ella. Pero fue Alfonsina Storni la que la convenció de que este bonachón podía ser el hombre de su vida. Y así fue como ambos empezaron una relación sin papeles, que terminó siendo la comidilla de todos los chismosos de la época. Y no solo porque convivieran sin la bendición del Estado ni la Iglesia. No. Lo que más inspiraba a las malas lenguas eran los rumores que daban cuenta de las supuestas infidelidades de la mujer. Si me vieran desnudo, la entenderían a la pobre, cuentan que les había confesado Enrique una noche a sus amigos. El compositor prefería hacer oídos sordos a los comentarios y sufrir en silencio, en lugar de resignarse a vivir sin el calor de su amada. No obstante, las crisis de pareja se hicieron cada vez más frecuentes. Y, cuando la relación parecía ya irremontable, Discepolín viajó a México donde conoció a la actriz Raquel Díaz de León. Por un momento, el hombre sintió que la vida le había dado una nueva oportunidad. Se enamoró, o eso creyó. Y se abrazó con fuerza a la posibilidad de ser feliz y formar una familia. Sin embargo, cuando Tania se enteró de su relación y supo que Enrique estaba esperando un hijo con su nueva pareja, enloqueció. Y no solo fue a buscarlo sino que, según cuenta la leyenda, hasta lo amenazó con quitarse la vida si no volvía con ella a la Argentina. Fue entonces cuando Discépolo cometió el error más grande de su historia. Y abandonó a su hijo por nacer por ir detrás de esa mujer que lo atormentaba y que nunca lo había sabido valorar. Enrique Luis Discépolo Díaz de León, el único hijo del creador de Canción desesperada, nació el 21 de abril de 1947. Pero su padre no lo llegó a ver nunca. Fueron Tita Merello y Luis Sandrini quienes salieron de testigos de su paternidad y se convirtieron en sus padrinos. El compositor, en cambio, se negó a reconocerlo solo por complacer a Tania. Pero el dolor y la culpa que sentía adentro de su ser fue creciendo tanto que, según dicen, al poco tiempo se dejó morir. O, mejor dicho, murió de tristeza. El acta de defunción del 23 de diciembre de 1951, cuando partió, a los 50 años, decía que había sufrido un ataque cardíaco. Pero quienes lo conocían aseguraban que hacía tiempo que ya no le encontraba sentido a su existencia y había tomado la decisión de irse. Curiosamente, antes de partir, Enrique firmó un testamento por el que le dejaba el 80% de su patrimonio y los derechos de sus obras a su compañera y solo el 20 restante a su hermana Otilia. Permanezco soltero y no tengo ni reconozco descendencia natural, decía el documento que rubricó con su firma. Dada esta situación, su hijo recién logró que se lo incluyera en la sucesión como legítimo heredero después de una larga lucha judicial. Pero nunca llegó a recibir ni un solo peso, ya que murió el 28 de mayo de 2017, un mes antes de que se ejecutara un embargo de SADAIC para que pudiera cobrar las regalías por las obras de su padre.

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