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Gualeguaychu » El Argentino
Fecha: 27/03/2026 22:02
Mientras la guerra en Oriente Medio y Ucrania ofrece ventajas económicas a Rusia por el alza del petróleo y el gas, el Kremlin enfrenta un nuevo frente de inquietud: sus propios servicios de seguridad. En marzo, Moscú y San Petersburgo sufrieron un apagón de internet móvil que paralizó la vida cotidiana y generó descontento popular. La medida, atribuida al Servicio Federal de Seguridad de Rusia, se interpreta como un ensayo para desconectar al país de la red global y limitar el acceso solo a sitios autorizados. El bloqueo comenzó el 6 de marzo y se prolongó casi tres semanas. Padres sin poder comunicarse con sus hijos, repartidores incapaces de entregar pedidos y taxis que debían pedirse en la calle evocaron un regreso al pasado. Según el diario Kommersant, cada día sin servicio costó a las empresas hasta mil millones de rublos. La venta de radios, mapas y buscapersonas se disparó, mientras una cabina telefónica roja instalada en Moscú se convirtió en símbolo del entierro de la vida digital. El Kremlin justificó la medida en nombre de la seguridad, pero en el proceso socavó la apariencia de normalidad que había mantenido desde 2022. Expertos como Gregory Asmolov, del Kings College de Londres, señalan que la guerra en Ucrania catalizó el proyecto de transformar a Rusia en un sistema cerrado y controlable. El bloqueo de Telegram, con 94 millones de usuarios mensuales, se adelantó al 1 de abril y busca empujar a los internautas hacia Max, una aplicación nacional con vigilancia integrada. El rechazo es amplio: desde funcionarios como Dmitry Peskov, que admitió dificultades para trabajar sin Telegram, hasta gobernadores que alertan sobre la falta de información como amenaza. Incluso los blogueros militares, aliados del Kremlin, se rebelaron. Algunos llegaron a acusar públicamente a Putin de usurpar el poder y arruinar la economía, lo que derivó en represalias como hospitalizaciones forzadas. El apagón digital y la censura a Telegram revelan la tensión entre la obsesión por la seguridad y la necesidad de mantener instrumentos de propaganda y comunicación. Por primera vez en años, en Moscú se habla de protestas, mientras la élite rusa se divide entre quienes apoyan el cierre y quienes temen perder control sobre la sociedad y sus propios canales de influencia.
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