27/03/2026 19:32
27/03/2026 19:30
27/03/2026 19:30
27/03/2026 19:29
27/03/2026 19:29
27/03/2026 19:29
27/03/2026 19:26
27/03/2026 19:25
27/03/2026 19:25
27/03/2026 19:25
» La Nacion
Fecha: 27/03/2026 18:00
Termina Política ficción, la serie de verano que combinó literatura con tecnología Este domingo se estrena el último capítulo del policial protagonizado por Remil y Cálgaris, dos agentes que se dedican al espionaje político e ilegal; fue seguido por cientos de miles de lectores de LA NACION - 6 minutos de lectura' Termina este domingo la serie Política ficción, que se publicó durante enero, febrero y marzo de 2026, y que representó un desafío literario y a la vez tecnológico, puesto que sorprendió principalmente por el espléndido e innovador trabajo con Inteligencia Artificial que realizó el equipo audiovisual de LA NACION: sus trailers o teasers, con gran creatividad y una obsesión por el detalle, llevaron acaso por primera vez la cultura cinematográfica de Netflix a un diario digital y captaron la atención de cientos de miles de lectores en todas las redes sociales. El responsable de esa tarea pionera, que reconocieron en privado varios de los directores más encumbrados del cine argentino e incluso alguno del español, se llama Matías Boela. Fue también el culpable de que me esforzara por escribir anticipadamente muchos de esos relatos, por cuanto ese fascinante proceso visual necesitaba tiempo y paciencia para su elaboración: guion, imágenes, montaje, edición y todo lo demás. Esos teasers, realizados por un equipo de cinco personas (un productor, dos editoras, un operador de IA y un líder de proyecto) funcionaban como una anticipación épica de los relatos, y lograban condensarlos y a la vez imprimirles su propia lógica y estilo. Micropelículas para lectores de diario, o para flâneurs de redes sociales. En la primera plana de la primera edición del diario LA NACION (4 de enero de 1870) Bartolomé Mitre inaugura la sección Folletín -novela por entregas- que encargó a un eficaz escritor español del siglo XIX. Parecía reconocer así desde el mismísimo origen del periódico la necesidad no sólo de informar, analizar y dar un servicio al lector, sino de brindarle además la experiencia ética y estética de soñar, de vivir vicariamente sentimientos y peripecias. Es decir, de poder hacer un acto de inmersión en la literatura. Durante su larga historia, este diario ha prohijado ficciones puras y duras, narraciones con aire novelesco, y ha publicado cuentos célebres y crónicas con estilo. Salvando los tiempos y la distancia, me gusta pensar que estos modestos relatos de turbios espías argentinos (de malevos modernos, diría Borges) se inscriben en esa misma tradición. Desde que llegué a esta redacción legendaria, el diario me permitió probar con distintas series; comencé con el periodismo tradicional pero en una sección de pensamiento e ideas: los diálogos con grandes intelectuales de la Argentina y del mundo que iban directamente en la portada dos días a la semana. A eso siguieron otras aventuras: relatos de amor, crónicas de héroes desconocidos, cuentos de la vida real, y hasta una narración verídica por entregas sobre la batalla de Bailén, donde José de San Martín fungió como el líder de la heroica vanguardia española contra los entonces invictos guerreros de Napoleón. No menciono aquí otros emprendimientos que no tuvieron la misma suerte con los lectores: los hubo y fracasaron por mi culpa. No fue el caso, afortunadamente, de Política ficción, que como se dice ahora obtuvo altas métricas durante este verano caliente. Remil y Cálgaris, dos agentes que se dedican al espionaje político e ilegal, protagonizaron tres novelas que publicó hace unos años editorial Planeta. Era, hasta entonces, una trilogía completa y acabada. No se encontraba en mis planes volver a esos personajes, pero como dice mi mujer evidentemente no estaban muertos, apenas eran una célula dormida. Y a punto de despertar cuando menos lo esperaba. En noviembre pensé que sería interesante cruzar la línea y contar con ficción ese inframundo peligroso al que el periodismo no puede penetrar y desde el que se ven crudamente los modos y detalles de la verdadera trastienda del poder. La idea era imaginar, usando la experiencia de cronista político, esas inquietantes bambalinas casi en tiempo real. Una literatura a ras de la actualidad, bajo una consigna clara: Cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad. Ese formato había funcionado en los libros, pero ¿podría funcionar en la contratapa de LA NACION y en su web? Para eso, pensé, debían tener un hilo argumental -Estados Unidos y la CIA contratan a baquianos de los servicios locales para salvar a la administración Milei de sí misma-, pero tenían que ser relatos autoconclusivos, para que el lector actual pudiera leer en cualquier ocasión, en cualquier orden y en cualquier dispositivo. Se habla desde siempre del valor de la vanguardia literaria, pero dudo que haya un gesto más arriesgado y novedoso que ser leído en una página de un diario de última generación, en un sitio de internet, en una red social o en un teléfono móvil. Lo nuevo es lo olvidado, dice Arturo Pérez-Reverte. Y añado de mi cosecha: la búsqueda de la innovación no está adelante sino atrás, en lo que hemos inventado alguna vez y hemos abandonado por mediocridad, superstición o desidia. Ya que esto es una despedida, quisiera agradecer a los cientos de lectores que se comunicaron conmigo durante estos meses, a los escritores y periodistas de investigación que se sentían en la necesidad de comentarme sus impresiones semana a semana, y a los remiles y a los detectives -gente experta y amiga, tertulianos- que me ayudaron con los libros y que estuvieron atentos ante cualquier consulta, por más estrambótica que fuera. También, por supuesto, al director y a los editores de esta entrañable redacción, que me alentaron y se pusieron al hombro este aparato narrativo tan extraño y distinto. Cuando tenía 25 años, a mediados de la década del ochenta del siglo pasado, el secretario general del vespertino La Razón -donde yo era cronista policial- me permitió hacer relatos por entregas que contaran lo indecible, lo que sabíamos pero no podíamos narrar con las meras armas del periodismo. Ese secretario general -Jorge Azcárate- no sólo me abrió las puertas de la prensa escrita, sino también de la literatura popular: ambos oficios son anverso y reverso de toda mi obra. Los libros resultan maravillosos, lo sabemos bien los periodistas culturales y los fervorosos lectores de toda la vida. Pero los periódicos -en papel o en digital- son también una gran pasión. El telar incesante -como diría Manuel Vicent- para que un escritor pueda de vez en cuando meter una cuña literaria en el vasto océano de las noticias. Y mostrarlas desde el otro lado del espejo.
Ver noticia original