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» Clarin
Fecha: 27/03/2026 06:15
A los 17 años, Payo abandonó la vida gitana de sus padres. Consiguió el trabajo como puestero en el Mercado Central del Abasto y poco después también desertó del enrolamiento obligatorio al servicio militar. No hubiera sido fácil encontrarlo en el carromato, tampoco en la pensión de doña Gringa, donde se instaló, sobre la calle Lavalle, a la vuelta de la que fuera una de las viviendas de Gardel. Nunca terminó de entender si cada una de estas decisiones las había tomado antes o después de conocer a Brisa, o simultáneamente. La muchacha era la hija de un poderoso jefe sindical y administrador del Mercado. Brisa pintaba y dibujaba en el sector reservado a los remitos y autoridades. Payo se la cruzaba como a una fruta desconocida y logró llamar su atención con malabares de peras y manzanas. Pero no tenía sensibilidad para sus dibujos y no sabía qué decirle. Apenas si tocaba la guitarra, en una deriva, que consideraba inmerecida, de sus ancestros. Finalmente Brisa lo aprontó pidiéndole que posara y lo dibujó con las circunferencias verdes, rojas y amarillas en el aire. El rostro de Payo, rumano y eslavo, era nítido y metálico. Pero el amor de la chica lo debilitó. La tuvo entre sus manos como un tesoro indescifrable. Por una vez en su vida fue feliz. Se dejó dibujar el alma. Para cuando Brisa le dijo que se había enamorado de otro, no tenía escapatoria. Había sido más fácil dejar de ser de sus padres y huir de la conscripción que entender quién era después de esa tragedia sentimental. Abandonó el trabajo y la pensión. Con las monedas que había juntado se anotó en el Campeonato de Truco de la Casa del Disco para ganarse un pasaje a París y no volver nunca más. Era un gran jugador. No solo ganó el campeonato; el dueño, Santiago Buker, le ofreció trabajo. También vivienda, allí mismo, en el sótano, muy razonable. Le gustó tanto el desempeño estratégico de Payo, que le ofreció una tarea de enlace necesaria en la empresa. El quinto piso se dedicaba al ocio, la gente escuchaba gratis los discos en grandes consolas, había almohadones sobre el lustroso parqué y cómodos sillones. En el cuarto, las bateas de los interminables simples y long plays. En el tercero grababan los grupos experimentales; y en el segundo los consagrados. El primer piso se dedicaba a la administración y despacho. Buker le encargó a Payo la conexión entre todos los pisos. Quería que su gente supiera lo que ocurría en cada sitio de aquella torre de Babel: que hablaran todos un mismo idioma. Pero en esos primeros meses de 1976 aparecieron inesperados problemas. Por comentarios de empleados de la administración y plomos del segundo piso se supo que un extraño merodeaba por dentro. Era un joven veinteañero, con aire reconcentrado pero sin propósito evidente, que fingía trabajar o estar ocupado. Cuando le preguntaban en qué andaba, se iba. Buker ya había sufrido el intento de secuestro de un sobrino, en el infernal año 1975: había abatido de un balazo al delincuente montonero que pretendía llevarse al chico. Por entonces no procedían las investigaciones: matar y morir eran actos anónimos; antes, durante y después. Bastaba con ganar de mano y replegarse. No había denuncias ni alegatos. Pero Buker temía que el infiltrado fuera parte de una suerte de venganza, al punto de imaginarla: grabarían secretamente el lado B de un disco para propagar su sanguinaria patraña. Lo distribuirían clandestinamente, usándole la logística. Compartió ese temor con Payo, asignándole la nueva misión: debía descubrir al enemigo. Payo puso toda su enjundia, que era aleatoria pero ilimitada, desordenada pero talentosa, en atrapar al intruso. Pero los días transcurrían sin resultado. Sí fue exitoso en coordinar todos los sectores del negocio. El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 llegó sin que Payo hubiera siquiera visto al sospechoso. Buker, enfrentado con los terroristas de izquierda, y sentenciado por la Triple A por alguno de los discos editados, no podía sobrellevar la nueva etapa del país. En París lo aguardaban contactos y amigos, un destino como productor musical. Payo se había ganado aquel viaje en el campeonato de truco. Viajaron en el mismo avión, aunque Buker en Primera y Payo en turista. Habitaron barrios distintos, viéndose a menudo. Trabajando como camarero y malabarista callejero, Payo ensayó sus primeras composiciones en el estudio recién montado por Buker en el Barrio Latino. Con una pizca de ayuda, Payo se rindió al destino de la guitarra que lo había cortejado desde las brumas del tiempo, más allá de los Cárpatos y Moldavia. Se dejó Payo como nombre artístico. Pronto se hizo una fama bohemia y consistente. Apenas siete años después, que le parecieron siete siglos, cuando en 1983 conmovió la escena musical argentina con ritmos alegres e imprevistos, irreverentes y atávicos, se dijo que quizá él mismo fuera el infiltrado. Brisa lo había despersonificado. Nunca había vuelto a saber quién era. Ese que le habían pedido que atrapara, no era un delincuente sino el otro Payo, el fantasma del que había sido feliz. No buscaba grabar el lado B de un disco a traición contra la propia firma, sino la canción de amor única de un hombre desdoblado, separado de sí mismo en dos. No lo podía terminar de explicar, y ni su mejor canción, basada en esa idea, transmitía con claridad ese sentimiento. Sobre la firma Newsletter Clarín
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