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  • Los viajes de Junio: cuando el paraíso turístico convive con un país sin Estado

    Concordia » Diario Junio

    Fecha: 27/03/2026 02:48

    De los países más conocidos del sudeste asiático, Filipinas es el más pobre de todos. El Estado casi no existe y lo que sobresale es la absoluta falta de industrias, trabajo registrado y una infinita multitud de cuentapropistas. Filipinas es, a la vez, uno de los países más exquisitos para el turismo internacional por sus sorprendentes corales y playas paradisíacas pero donde el contraste no puede ser mayor. Por un lado, el fabuloso colorido del mar, su foresta exuberante, las bellezas de una naturaleza privilegiada; por otro, ciudades y poblaciones pobres donde el asfalto casi no existe: en vez de calles hay senderos, y los controles bromatológicos brillan por su ausencia, por lo que se puede ver a cada paso cabezas de chanchos y trozos de carne refrigerados con ventiladorcitos, en el medio de la tierra y la mugre. Comí, bebí, no me enfermé, sigo vivo, pero se lo cuento por si se siente atraído por el relato de un Estado ausente y de cómo, a veces, la naturaleza (como en este caso) o los estados emocionales de las sociedades promueven el poder de dictadores sanguinarios y de sus crías, adeptos e imitadores. Además, claro, está la parte bella del viaje. Una de sus siete mil y tantas islas, Palawan, es bellísima, exuberante, con una población similar a la de Entre Ríos. Tiene como capital a Puerto Princesa y es una de las más visitadas (allí se encuentran Port Barton, El Nido y Coron, por citar solo algunos de sus espectaculares encantos). Sin embargo, el movimiento económico que se observa es casi nulo. Me tomé el trabajo de contar: solo 20 camiones en un trayecto que duró cuatro horas, por rutas que, por suerte, están cubiertas de asfalto, aunque en su gran mayoría no están demarcadas (parecidas en algunos tramos a cómo estaba nuestra ruta 14 luego del abandono mileísta de esta y mil rutas más). Al costado de ese trayecto no se ven ni fábricas ni grandes negocios: solo miles de pequeñas plantaciones de arroz y muchas, muchísimas motos principal medio de transporte acondicionadas como si fueran autos o utilitarios. Los filipinos son muy ingeniosos, eso sí, y muy, muy amables. Lo único que el Estado parece hacer por ellos es enseñarles inglés en las escuelas desde chiquitos, para que se defiendan con el turismo, que es lo que seguramente los salva del hambre. A pesar de esto, la pobreza no parece inmutarlos: son alegres, atentos y no se muestran interesados en organizarse y luchar para alcanzar una mejor vida. Apenas una impresión de lo que sentí. Volviendo al tema Pocos son los que se quieren quedar en Manila, su capital, el lugar al que llegan los vuelos internacionales. Quienes han parado allí un día o un par no la recomiendan. En mi caso, seguí derecho a Puerto Princesa, a pesar de las ya más de 30 horas de viaje. Me resulta imposible no decir que ese lugar merece un viaje tan largo. Sus corales son de ensueño: ni en películas se ven especies tan, pero tan exuberantes, sorprendentemente flasheras, coloridas, indistinguibles respecto de si se trata de animal, vegetal o vaya a saberse qué peces con colores más extravagantes de lo que puedas imaginar, tortugas gigantes Verdaderamente algo que alucina, como si nos transportara a otro planeta. Lo maravilloso fue que, para ver esa impresionante demostración de vida marítima, no hacía falta ser un buzo experimentado: alcanzaba con snorkel o simples antiparras para ver esto y todo lo que no te cuento. Parte de la parte linda de la historia. Porque la otra serviría para que el odio no lleve a muchos de nuestros compatriotas a caer en la trampa del anti-Estado, porque lo que sobrevendría sería un país de miserables. PAÍS QUE SOBRESALE EN LA REGIÓN PORQUE PARECE NO TENER HISTORIA NI FUTURO Durante más de 20 años, un dictador sanguinario, Ferdinand Emmanuel Marcos, gobernó ese país a fuerza de persecución, torturas, desapariciones, encarcelamientos y penas de muerte (abolidas luego de que una pueblada lo echó del poder), en los albores de los años 90. Hoy ese país sigue gobernado por uno de sus hijos, Jr., y es la familia más rica de Filipinas. O sea Los gobernantes filipinos, desde antes de la llegada de ese dictador sanguinario hasta estos días, parecen no haber sentido tener demasiado para contar o no han querido hacerlo. La ignorancia, el desapego por la historia y la falta de interés en lo político juegan a favor de esa casta voraz que gobierna para sí y no para su pueblo. El contraste con el resto del sudeste asiático, conocido tiempo atrás como los tigres asiáticos, a los que casi todos los países de la región les copiaron y crecen a tasas chinas, es notable y al mismo tiempo instructivo de lo que no se debe hacer. Lo económico, en cuanto a desarrollo, tecnología e infraestructura pública, no es lo único que diferencia a Filipinas del resto de sus vecinos: Singapur, Vietnam y/o Tailandia. Los dos últimos impactan por su cultura, su historia y el supremo interés por mostrar su particular perfil. El impacto que provoca en el viajero pasar de Filipinas a Vietnam (país gobernado por el Partido Comunista) es más que provocador; ni hablar del arribo a Bangkok y a su modernísimo y extensísimo aeropuerto, del que se tardan horas en recorrer y salir. En estos países lo que se observa es el derroche de riquezas, mal distribuidas, sí, pero riqueza y movimiento que, al menos, generan alguna expectativa. En Vietnam ya hablan de un año (2026) con un crecimiento de su PBI superior al 9 %. En cuanto a historia y futuro, Vietnam y Tailandia tienen cada uno una impronta fácilmente distinguible. Desde el orgullo liberador de los Viet Cong, que en zapatillas derrotaron a los principales ejércitos del mundo, hasta esa cultura budista milenaria que se despliega con todo su esplendor en Bangkok, con templos impecables, esplendorosos, con cúpulas doradas que se pueden ver desde cualquier lugar de la ciudad, a los que cuidan como orgullosas reliquias de un pasado que veneran y que se esfuerzan para que siga presente. Los vietnamitas, en tanto, tienen mucho de qué enorgullecerse. La lucha de ese pueblo y de su líder y guía indiscutido, Ho Chi Minh, les permitió liberarse de los brutales colonialismos sufridos. Chinos, franceses, japoneses y yanquis fueron ocupas sanguinarios, sedientos de poder, que no pudieron con la voluntad inquebrantable de ese pueblo ansioso de liberación. Ho Chi Minh, ese pequeño gran hombre, está presente siempre. Su entrega, su sabiduría, ese compromiso inquebrantable con su pueblo aparece en cualquier relato y es lo que parece mantener vivo y esperanzado a ese pueblo, orgulloso de su pasado de lucha, expuesto en los Túneles de Cu Chi (la arquitectura bajo tierra que salvó a miles de morir incendiados con las bombas de napalm, que arden a temperaturas extremas de 800 a 1200 °C, adhiriéndose a objetivos y causando quemaduras devastadoras y asfixia); en cada uno de los museos de la guerra, tanto el que puede visitarse en Hanoi (capital del país) como en Ho Chi Minh, o ex Saigón, la antigua capital ocupada por los yanquis durante esa guerra impúdica que duró diez años y dejó millones de muertos. En Vietnam se siente el pasado: su historia está viva y parece incidir en el comportamiento de ese pueblo, que no parece sentirse interpelado por esa contradicción palmaria entre ciudades copadas por el despliegue capitalista junto a millones de banderas y cotillón comunista que exhiben la hoz y el martillo.

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