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Parana » AnalisisDigital
Fecha: 26/03/2026 21:03
Marcelo Albarenque Rausch El reciente libro publicado por Daniel Enz trata, desde múltiples aristas, los conocidos hechos del Convento de Carmelitas Descalzas de Nogoyá. Estos eventos se dieron dentro de un contexto, de un entramado cultural e histórico. No es casual que ocurrieran en una diócesis que estuvo encabezada por Adolfo Servando Tortolo (1911-1986), vicario castrense, figura de la iglesia reaccionaria, integrista y conservadora. Representante de la curia cómplice del último proceso militar (1976-1983), justificador público de la tortura como método, testigo directo de interrogatorios sangrientos a detenidos clandestinos. Iglesia de Paraná, en cuyo seminario se refugiaron en los 70 y 80 seminaristas de familias patricias de toda Argentina, que buscaban salvarse de otras casas contaminadas con ideas marxistas. El viernes 22 de agosto de 2014, le envié un correo electrónico al director del periódico Análisis. Solicitando reserva de identidad para no exponer a las víctimas, le informé lo poco que, como familiar de una ex carmelita, sabía en ese momento: Hay un tema delicado que me gustaría tratar con vos. Se relaciona con situaciones de violencia verbal y física, privación de contacto con la familia, privación de correcta atención médica y psicológica y privación de correcta alimentación, padecidas por una consagrada de una orden religiosa dentro del ámbito de la Diócesis de Paraná. Años después fuimos los primeros atónitos al conocer la totalidad de los hechos, cuando el muro de silencio finalmente se derribó. Por aquellos días, mi hermana se disputaba entre la vida y la muerte. Una mezcla de indignación e impotencia derivó en ese mail. Algo que no conocíamos le habían hecho, y ese algo debía saberse. La -paciente- investigación de este medio derivó en la entrevista a Silvia dos años después, la publicación en tapa de la investigación, el allanamiento, la denuncia formal ante el Ministerio Público Fiscal, la onerosa defensa contratada por el obispo de Paraná con el solo fin de salvar su pellejo, las dilatorias de la defensa en su -ya clásica- táctica de alegar la jurisdicción federal de los hechos y, finalmente, el juicio y condena. En el ámbito del juicio oral ante el tribunal de apelaciones, los testimonios de las víctimas resultaron desgarradores. En esta última categoría -víctimas-, permítanme incluir a mis padres, María Luisa y Miguel Ángel. Ellos vieron burlada la confianza que depositaron en una institución que les inspiraba respeto y confianza. No me atrevería a juzgar a personas que suponían la buena fe de quienes gobernaban ese lugar. Entiendo: solamente quienes tienen hijos podrán comprender el significado de enterarse de que una hija padeció por años, sufrió y por poco se extingue; todo al servicio de una trama psicológica y de autoritarismo, velada por un conveniente manto de piedad y religiosidad. Es difícil darle sentido al padecimiento que este grupo de mujeres sufrió y se procuró recíprocamente, según el caso. Alguien sugirió que el sufrimiento era autotélico, adjetivo usado para designar acciones que se justifican en sí mismas. Se ejercía violencia como herramienta de control, pero además por el solo disfrute de ejercer violencia, de doblegar, de objetivar a un sujeto, de rendir la voluntad de una persona. Por no hablar de la violencia y sacrificios sufridos por animales dentro del mismo entorno: pájaros crucificados por endemoniados y perros asfixiados, según el expediente judicial. Tal como se describe con exactitud en la obra publicada, Silvia buscó respuesta en la propia Iglesia durante tres años. Se encontró con el rechazo y la inacción del obispo, quien actualmente goza de su retiro -digno de un burgués piadoso- en compañía de su lacayo predilecto, Mario Gervasoni -presbítero condenado por falso testimonio en una causa de abuso sexual a menores-. Ya antes, la diócesis de Paraná se mofó de las víctimas de Ilarraz, cuando el entonces obispo Karlic hizo juramentar silencio a niños violentados, bajo invocación a la Virgen María. Para llegar a lo que se llegó, fue necesario el coraje de las víctimas. Son el eje de lo que se escriba sobre este tópico. Resultó fundamental la atención de la prensa, en especial del autor del libro que termino de leer hace pocos minutos. Y la decisión del Ministerio Público Fiscal de perseguir penalmente la conducta de la acusada, dentro de las razonables posibilidades. En especial, la persona de Cecilia Goyeneche -ex profesora del suscrito-; del entonces fiscal de Nogoyá, Federico Uriburu y; del fiscal coordinador Jorge Gamal Taleb, cuyo alegato de clausura fue simplemente antológico y guardo en registro de audio para consultar periódicamente. Leer el libro no fue fácil; fue necesario. Cualquier persona que pretenda entender esta trama siniestra y casi inexpugnable tendrá en la obra un aporte fundamental. Lo relatado en sus diecisiete capítulos me recordó detalles olvidados e incluso, a trece años de la salida de Silvia del convento, me agregó información. Finalmente, el epílogo me resultó exquisito. Ofrece una hipótesis que luce justa: la peor de las condenas a los responsables de todo el sufrimiento inútil y de todo el daño irreparable es la ignominia, la irrelevancia, si no el simple olvido. (*) Abogado. Hermano de Silvia, excarmelita de Nogoyá.
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