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Paraná » 9digital
Fecha: 26/03/2026 09:05
Astillas Siempre supimos por cual parcela caminar, reconocÃamos la parte del césped donde crecen los abrojos. el pastito deshilachado que se esparce como un alga. Igual nos olvidábamos, el corazón galopaba en nuestro pecho hasta detenernos de dolor. El pie blanco y los puntos oscuros de las espinas asomaban como si fueran estrellas contra la superficie de un lago. Nos inclinábamos contra nuestros tobillos, daba lo mismo de quién fuera la herida, entre yeguas podÃamos revolcarnos hasta oÃr a las pequeñas flores salvajes nacer entre las encÃas. Buscábamos apretar a los costados, hacer de nuestras uñas pinzas y quitar el pequeño clavo blando de la suela. La casa también tenÃa su zona minada, un tiempo para pisar en puntas de pie como si las hebras de vidrio fueran pelusas siempre cayendo sobre las superficies. La mañana de los sábados limpiábamos adornos de plata con un producto pastoso, por las persianas de cedro el sol formaba rayas rectas que cortaban nuestras caras. Mamá y mi hermana elegÃan hacer cosas que las muevan, pasar cera en los piso, patinar sobre rectángulos tejidos, buscar cosas del almacén. Le quitaban al tiempo su peso lerdo. En esa casa el calefón solÃa sonar como algo que podÃa explotar, o eran las tuberÃas que guardaban aire y al abrir una canilla el agua sacaba chispas traslúcidas. Creo que sentÃamos el mismo ánimo en los cuerpos. La alerta encendida en el sistema nervioso. Tuvimos un búfalo, la aproximación de un hombre que nunca llegó a ser hombre. Nuestro propio Frankenstein hecho con los bordes más miserables de cada dueño. Por la noche permanecÃa en alerta, entiendo que es difÃcil que alguien con tanto odio entre sus fauces pueda soñar escondido de la oscuridad. TenÃa armas, una devoción por el lustre de los caños, por el cálculo de los disparos. TenÃa una lengua de dragón y un lenguaje analfabeto en el que las mujeres eran siempre putas, siempre ratas, siempre intacta la pretensión de callarlas con su fuego y luego, caÃa rendido en sumisión ante las viudas negras. Pólvora en sus ojos, los bolsillos del creador vaciados. Nunca le temà a ningún búfalo. Cada familia lo guarda en el rincón donde las cosas se pudren y oxidan. Un herrumbre que recordamos al quitar la herramienta del jardÃn del rocÃo. La caÃda del filo de la noche sobre los mangos y las porquerÃas sin resguardo. A veces pregunto qué pasa con los vidrios que quedan incrustados, qué tan hondo alcanza a hundirse la esquirla cristalina cuando no se eligió correr junto al caballo blanco que quitaba las astillas con los dientes. Los relinchos despejan las preguntas. Hay campo en el horizonte, las pelusas caen y reflejan el brillo del sol. Mamá disfruta del tiempo que viene suave, con mi hermana seguimos galopando en favor del viento.
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