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» La Nacion
Fecha: 26/03/2026 06:53
El reconocido diseñador y empresario de la industria del calzado mantuvo una extensa charla con LA NACION a propósito de la edición de sus memorias donde relata aspectos desconocidos de su vida - 15 minutos de lectura' Sus padres Catalina y Esteban, sobrevivientes del Holocausto, son el punto de partida de esta historia. Alguien podría preguntarse qué interés puede tener el libro de un zapatero, pero va mucho más allá de eso. Nuestra historia es una historia distinta a la de la media de la gente, explica el empresario y diseñador Ricky Sarkany en el inicio de la charla con LA NACION, mientras ofrece café y desperdiga cordialidad y deseos de contarse. Sarkany, memorias de un zapatero (Editorial El Ateneo) es el título que aglutina las páginas donde se condensa con amorosa pluma su propio devenir. Ese camino que él observa hacia atrás y hacia adelante, como un vaivén que explica lo uno y lo otro. Causas, consecuencias, vivencias, azares y destinos. Lo que hoy hacemos, mañana es parte de nuestra historia. Indudablemente, reflexiona sobre moda, tendencias y zapatos, pero también, y muy simbólicamente, sobre la construcción de ese legado familiar y de su aporte a la tradición que comenzó con su bisabuelo y de un árbol genealógico que padeció la tragedia del Holocausto. Nosotros vamos hacia el futuro, estamos en la alegría de vivir en lo que viene. Habla de su oficio artesanal, pero, quizás de manera inconsciente, o no tanto, de la forma en la que encaró su propia tragedia personal, la que no se define en palabras. En marzo de 2021, a poco de ser madre, falleció Sofía, su hija mayor de tan solo 31 años. Desde ya, la vida de Ricky Sarkany se modificó. Es otro. Y es el mismo. Apoyado en el afecto, en la fe y en algunos hechos que la razón no alcanza a elaborar, pero que experimenta. Sobre esto también versará esta entrevista realizada en el corazón de su empresa, un espacio en el barrio de Saavedra pletórico de luz, claridad, alegría y energías reparadoras. El tiempo no cura nada, hay que convivir con la situación, dice y habilita a que la entrevista también circule por esos ámbitos recoletos, personales y diezmados por el dolor, pero no derrumbado. Orgullo y oficio Cuando, en alguna charla, me consultan cómo deben presentarme, siempre respondo ´zapatero´. Muchos se asombran, sienten que la palabra le da un rango menor a mi oficio, pero, sin embargo, ser zapatero es mi mayor orgullo, remite a un oficio mágico. Nuestro trabajo es transformar una suela, un pedazo de cuero o un taco en algo que genere emociones; se trata de mutar materiales ordinarios en objetos extraordinarios, soy amante de los zapatos. Es la cuarta generación de zapateros, lo que el define como artesanos de los zapatos. Su bisabuelo, al igual que su abuelo y su padre, comenzaron a sembrar huella en el rubro del calzado en Budapest. Hoy, sus hijas trabajan activamente en la empresa familiar que convirtió el apellido en una marca que trascendió las fronteras de nuestro país. Un camino de ida y vuelta. Es arte aplicado a los zapatos. Sarkany hace una diferencia entre un artista plástico y un artesano de su oficio: Lo nuestro siempre es celebratorio, pero un cuadro encuentra su lugar en una pared, en cambio, los zapatos, además de conllevar un diseño, tienen que soportar la vida cotidiana de las personas, aguantando el peso de un cuerpo en el roce sobre el piso. Por un lado, está el diseño, que es lo que causa emociones, y, por el otro, el armado del producto con los mejores estándares de calidad. Los diseñadores decoramos el mundo. -Lo que se elige habla de la identidad de quien lo porta. -Antes, la gente se vestía para agradar a otros, hoy eso cambió. Uno no se tiene que disfrazar de algo que no es para que lo acepten en un grupo social, hay que mostrarse tal cual se es, y eso, además, genera una buena reputación. -El valor de lo auténtico. -Pregonamos la no censura en el hablar y pensar, pero, muchas veces, nos censuramos al vestirnos por el qué dirán de los demás. Hace una diferencia no menor: Los inventores inventan algo que no existió, parten de la nada; en cambio los diseñadores somos observadores, fisgones de lo que sucede alrededor nuestro. Hasta acá De frenos sabe. Convertir su apellido en marca lo ha llevado a pagar algún costo. La vida lo ha encarado de la forma más brutal en un par de oportunidades. Con inteligencia, supo mutar dolores físicos y de los otros en aprendizajes que le fueron confiriendo una nueva forma de entender la existencia propia y la de los demás. Trabajaba todas las horas del día que podía, era un orgulloso workaholic. Tenía una adicción al trabajo, una adicción socialmente bien vista, pero es tan mala como el consumo de una sustancia que no cuenta con buena reputación. La adicción al trabajo me generó estrés, se me terminaron tapando arterias del corazón y me tuvieron que poner dos stent. Aprendió a delegar. Allí están sus hijas Josefina, Clara y Violeta trabajando en la empresa familiar con el mismo empeño y creatividad que su padre. De legados se trata. Ricky Sarkany se casó con Graciela Papini, con quien conformó una familia unida a más no poder. Sin embargo, el matrimonio debió soportar una sentencia que podría haber sido traumáticamente definitoria. Una eminencia en fertilidad nos dijo ´no van a poder tener hijos´, pero, antes de retirarnos de su consultorio, me pidió que, si mi mujer llegaba a quedar embarazada, se lo comunicáramos para sumar a la estadística. Al tiempo nacieron sus cuatro hijas, todas de forma natural. -¿Le contó la noticia al médico? -No. Aún se percibe su enojo ante el profesional que realizó un diagnóstico negativo y casi insoslayable sobre su posible paternidad. La charla deriva en cuestiones que hacen a un existencialismo filosófico: Cuando nos pasan cosas buenas, uno dice esto es lo que me tenía que suceder, hice todo para que así fuera, me lo merezco. El tema es cuando uno considera que no es merecedor de las cosas que le puedan suceder. -Se acciona algo quizás no del todo explicable desde la razón y, generalmente, aparece el enojo. -Yo no tendría que haber nacido, porque mis padres, supuestamente, deberían haber muerto. El primer barco que salió del puerto donde estaban iba para Australia, pero ellos se subieron al que venía para Argentina y nací acá. -¿A qué lo atribuye? ¿Azar, Dios, destino? -Antes pensaba que era casualidad, pero el tiempo me hizo entender que no existen las casualidades. Mi libro Historia de un zapatero lleva como subtítulo una parte de mí, porque hay una parte que es terrenal, pero también entendí que hay una zona espiritual, que nadie puede afirmar que existe, pero que vivo de la misma forma que la más tangible. De fe se trata. Era orgullosamente ateo, pero hoy me permito dudar si no existe otra cosa. Su mujer es católica y Sarkany solía acompañarla a misa donde se hermanaba con la idea de esa existencia no terrenal. Veía a toda esa gente rezar y me parecía fantástico. Lo que no es posible nombrar -Atravesó la situación más dura que puede transitar un ser humano, al punto tal que la muerte de un hijo no conlleva una palabra que la defina. ¿Cómo lo modificó la partida de Sofía desde el punto de vida espiritual y en su mirada sobre la existencia? -La vida no sigue, es otra, sin lo que uno más amaba, luego de un duelo importante, que me hizo aprender mucho. Dicen que Sofía es el nombre más hermoso que existe, significa sabiduría. Ella me dio sabiduría. Lo primero que uno piensa es en la barbaridad de haber partido tan joven, en el poco tiempo que compartió con nosotros, pero también puedo pensar que tuvimos el privilegio de compartir 33 años con ella. Sabiamente, y sin dejar de lado el dolor, Sarkany reconoce que 33 años es poco, pero también hubiesen resultado escasos, 40 o 50 años. Para un padre siempre es escaso si de partida de un hijo se trata. El infinito es poco, pero fueron 33 años de disfrutarla, luego que un médico me dijera que no iba a poder tener hijos. Padecimiento Lo más duro fueron los momentos de sufrimiento. Sofía se preocupaba porque yo estuviera bien, llamaba a mis amigos y les pedía que estuvieran atentos a cómo me encontraba. La enfermedad de la joven creativa iba y venía. Mejoraba y recaía al poco tiempo. Su primera operación fue en Estados Unidos, el médico nos contó que, al sacar determinados ganglios, todo estaba perfecto y nos dijo ´no tiene nada´. Sin embargo, la enfermedad accionaba desde lo que en medicina se denomina recidiva. Ella atravesó el camino, nosotros acompañamos. Conocí gente hermosa y conocí a miserables. En esos momentos, uno encuentra a los verdaderos amigos y a las personas que prefiere tener lejos. Con entereza, el empresario recuerda un momento clave y fundacional en torno a esa nueva vida que comenzaría a transitar, con otro tipo de sabidurías: Cuando nos avisaron que estaba muy mal, y luego de despedirnos de ella, se quedaron a su lado mis otras tres hijas junto con Tommy, su pareja. Cuando salieron de la habitación, me dijeron: fue hermoso. No entendía nada, hasta me enojé; después entendí. Sabemos perfectamente que nos vamos a morir, si eso sucede rodeados de la gente que nos quiere acariciándonos, escuchando música, charlando, ¿qué otra cosa más hermosa podemos pedir?. Trascendencia Cuando Sofía ya estaba transitando la enfermedad, con Tommy, su pareja, decidieron congelar óvulos para tener un hijo. Por tratamiento de vientre subrogado, Sofía y Tomy pudieron ser padres. Un milagro en medio del dolor. Sofía conoció a su hijo Félix. Debido al avance del cuadro, ella no iba a poder conocer a su bebé, sin embargo, nació una semana antes que ella se fuera, con lo cual, lo tuvo en brazos y hasta durmió con su hijo al lado. Lo esperó antes de partir. El niño, de cinco años, va a tener un hermanito, fruto de una nueva pareja de su padre, una chica maravillosa, reconoce Ricky Sarkany. El después Cuando partió Sofía, estuve un mes sin salir de casa. Recibí cientos de mensajes de gente que conocía y otros de personas que no conocía, recuerda el empresario y agrega: Hay dos formas de convivir con lo que nos pasó. De acuerdo a cómo lo siento yo, Sofía está acá. Entonces, me pregunto ¿cómo nos quisiera ver? La respuesta es felices, alegres. Sarkany se encontraba en Estados Unidos transitando su duelo. Llevaba semanas sin pisar la calle. Su cuñado lo convenció para salir a caminar. Tomamos uno de los senderos posibles, con barbijo, porque era tiempo de post pandemia. Eso me ayudaba a no ser reconocido, no quería hablar con nadie. Sin embargo, una persona que lo identificó se acercó para saludarlo. Se trataba de Gustavo Yankelevich, el productor televisivo y teatral que había padecido un dolor similar ante la partida de su hija, la actriz Romina Yan. -¿Qué le dijo Yankelevich? -Lo recuerdo perfectamente: Recibiste muchos mensajes, pero ninguno mío, por eso no estoy aquí de casualidad, a mí me mandaron. Vivo a sesenta cuadras y mi hijo jamás me propone caminar, fue la primera vez que lo hicimos juntos. Cuando lo pasé a buscar, tardó veinte minutos en bajar, lo más probable es que no lo hubiese esperado, pero lo esperé. Además, soy una persona grande, y no es habitual que camine tanto. ¿Te das cuenta que no es casualidad que te haya cruzado?. -¿Se volvieron a ver? -Sí, charlamos mucho. -Gustavo Yankelevich transitó el fallecimiento de su hija desde un lugar muy espiritual, incluso, luego de la partida, percibiendo su presencia de manera muy tangible. -Me explicó diversas cosas, que, por supuesto, quedarán en nuestra privacidad, con lo cual pude experimentar situaciones que me fueron pasando. -¿Siente la presencia o algún tipo de manifestación concreta de su hija Sofía? -Sí, claro. Es muy difícil de contar. Es más, no hay que contarlo, porque raya lo indemostrable. Entendí que físicamente no está, no la puedo abrazar ni darle un beso, pero está. -¿Le costó volver a sonreír? -Durante el primer mes ni siquiera me afeitaba. Aceptarlo es difícil. Uno sigue con el recuerdo, con la alegría y sabiendo que algún día nos vamos a volver a encontrar. Le perdí el miedo a la muerte. Sobre el horror y sus consecuencias -¿Por qué sostiene que su historia es diferente al del común de la gente? -Tiene que ver con el destino. Mi bisabuelo nació en el seno de una familia judía en Budapest, por donde pasa el Danubio. Cuando mi padre creció se sumó al oficio familiar que también había continuado mi abuelo. Fueron artesanos fabricantes de calzado. Mi padre y mi madre crecieron en Hungría, pero se encontraron con una realidad que no esperaban. Por la radio se enteraron que había un país que quería conquistar el mundo. No entendían ni qué país era ni cuáles eran los motivos. Luego se enteraron que ese país quería mejorar la raza humana y el modo para hacerlo era exterminando a los judíos, homosexuales, gitanos. Luego se enteraron que ese país era Alemania y que ya había invadido Polonia y que podía llegar a Hungría, algo que, finalmente, sucedió. -¿Cuál fue el destino de sus padres? -Por pertenecer a una familia judía, a mi madre la llevaron a un campo de concentración, a Auschwitz y a mi padre a un centro de exterminio. Soportaron eso y fueron de las muy pocas personas que se salvaron. -¿Cómo pudieron sobrevivir? -A mi madre se la llevaron con su hermana, que era de contextura más débil que ella. Cuando mi mamá preguntó por su hermana, le señalaron una chimenea. Soportó eso y mucho más. Mi madre nunca me contó todo lo que vivió. Se pudo hacer mi libro porque mi madre grabó tres videos de una hora para los integrantes de la producción de Steven Spielberg cuando se estaba por hacer la película La lista de Schindler. No se pueden soportar esos videos. Se emociona. Cuando los bañaban, no sabían si saldría agua o gas de las duchas, pero nunca hablaron sobre eso con detenimiento. Mi madre contaba sin rencor todo lo que había vivido, siempre estaba sonriente, a pesar de las atrocidades. En Auschwitz la recibió (Josef) Mengele. -¿Cuál fue el destino de su padre? -A mi padre lo llevaron directamente a un campo de exterminio para ser fusilado. Cuando iban caminando al borde de un barranco, en medio de la nieve, se tiró junto a un compañero. Les dispararon, pero no pudieron herirlos y, al buscarlos, no los encontraron. Finalmente, una mujer católica los escondió en su casa, con el riesgo que los maten a todos. En la liberación de Hungría pudieron escapar. Mi padre se hizo pasar por médico y se alistó en el ejército ruso. Le salvó la vida a mucha gente. Les agarraba las piernas de manera muy fuerte a los heridos, cuando los médicos debían realizar una amputación. Generalmente, no había anestesia, así que los gritos eran infernales. Sus padres fueron la excepción a la atroz regla. Lograron sobrevivir. La fábrica familiar, luego de la guerra, y con Hungría ya ocupada por la liberación del ejército ruso, pasó a manos del Estado. No había actividad privada. Mi papá iba a votar en contra del Partido Comunista, así que tuvieron que escapar. Argentina les dio asilo político. Llegaron a nuestro país sin saber el idioma, pero con un oficio. Mi papá solo sabía decir ´tenga la bondad de darme fuego´, porque fumaba, y mi madre aprendió a decir ´un cuarto de sémola, por favor´, para poder comprar comida. Argentina estaba feliz de recibir inmigrantes con oficios, conocimientos. Solo tenían sesenta y cinco dólares en el bolsillo. Paradójicamente, un alemán les dio trabajo. Mi padre hizo acá su primer fracaso, fabricar una bota de mujer. Le decían que estaba loco y que las botas tenían reminiscencias militares, que el clima no ayudaba. Luego generó su segundo fracaso, fabricó sandalias y recibió todo tipo de críticas; le decían que los pies no se mostraban. Es evidente que tales sentencias no tuvieron ningún asidero. Somos lo que fueron nuestros antepasados, a los cuatro años ya clavaba clavitos en la mesa de los artesanos de la fábrica de mi papá. Como consecuencia del duro trabajo y la creatividad, se comenzaron a abrir los locales de venta al público, alfombrados -inusual en una zapatería- y con modelos que se salían de la norma, pero no de la horma. Fue pionero. A Ricky Sarkany lo mandaron a la facultad de ingeniería debido a los resultados de un test vocacional. Ese tipo de test te dice para lo que estás apto, no lo que te va a hacer feliz. Luego, un breve paso por Ciencias Económicas algo le sirvió. A pesar de su paso por la universidad, su mayor aprendizaje transita el andarivel de las cuestiones más personales, esos dolores que lo convirtieron en alguien más sabio, algo más importante que ser un empresario exitoso. La partida de Sofía me hizo ver la vida con agradecimiento y disfrutando cada día, haciendo felices a los demás. La vida no es un principio y un fin, es el camino".
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