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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 26/03/2026 02:54
Libby German graba a su amiga y al asesino Abby (13) posa sobre el puente de madera Monon High Bridge, en las afueras de Delphi, Indiana, Estados Unidos. Su amiga Libby (14) le saca una foto. Hace frío, es invierno, la temperatura no supera los cinco grados pero hay sol. El reloj marca las 14.07 cuando Libby sube esa imagen a Snapchat. Siguen caminando despreocupadas, charlando. Minutos después el clima de tranquilidad cambia cuando observan a un sujeto en el otro extremo del puente. Avanza por el camino solitario por el que ellas venían. Se acerca. Libby es precavida. La situación le despierta temor. De acuerdo con Abby, disimuladamente saca su celular y finge grabarla sobre el puente. Incluye en el cuadro, como puede, al hombre que está varios metros detrás de Abby. El tipo va con las manos en los bolsillos, tiene una gorra que impide ver bien su cara y lleva puestos una campera azul, jeans y botas. Paso tras paso, él acorta los diez metros que lo separan de las adolescentes. Abby susurra nerviosa a Libby: -¿Sigue ahí detrás mío?. Libby apunta al piso con la cámara, pero no la apaga. Abby le dice a su amiga (esto en el audio sin mejorar no se llega a escuchar): No me dejes aquí. Libby responde sobre otro tema: -Ves, este es el camino que (no se entiende). Abby corre un par de metros hacia Libby hasta alcanzarla. Se siente la respiración agitada de ambas. Libby hablando: Mmmm, no hay camino para ahí, así que tendremos que bajar por aquí. Está en alerta. No deja de grabar con su celular. La tensión del audio que está quedando registrado, es palpable. Se escucha a Abby decir (solo en la versión mejorada por la policía) algo como ¿eso es una pistola?. Se oyen unos pasos cada vez más próximos y la voz de un hombre dice: Guys (Chicas) Una de ellas responde: Hi (Hola). Acto seguido el hombre ordena: Down the hill (Bajen la colina). El lente de la cámara de Libby enfoca las piedritas del camino. La filmación se interrumpe. Fin. El teléfono marca las 14.13 del lunes 13 de febrero de 2017. Liberty Libby German (14) y Abigail Abby Williams (13) van a morir en los próximos minutos en este páramo invernal sin un alma a la redonda. Solo están ellas a merced de su siniestro depredador. En el celular han quedado grabados 43 segundos. Las chicas no vuelven Esa mañana de lunes arrancó bien. Las amigas habían pasado la noche juntas en una típica pijamada adolescente en la casa de Libby, quien vivía en la casa de sus abuelos Becky y Mike Patty, y con su hermana mayor Kelsi German, en las afueras de Delphi. No tenían clases porque había una jornada docente programada, así que pensaron en hacer algo entretenido. Estaba soleado, ¿y si hacían una caminata por los senderos de piedra históricos de Delphi que circulaban entre los bosques desnudos del invierno hasta el viejo puente ferroviario de tablones sobre el arroyo Deer Creek? Todos los adolescentes lo hacían. La familia autorizó el paseo y la hermana mayor de Libby, Kelsi German, las llevó en auto hasta donde se iniciaba el circuito. Eran cinco minutos en auto desde la casa. Eran las 13.35 cuando las dos menores bajan del viejo Chevrolet. Pactan que estarán en ese mismo lugar a las 15.15 porque será Mike, el abuelo de Libby, quien las vaya a buscar. Pero los pactos no siempre pueden cumplirse. A la media hora de haber iniciado la caminata Abby y Libby detectan que un hombre camina detrás de ellas. La situación las pone nerviosas. No se equivocan. El descenso al infierno ha comenzado y no habrá vuelta atrás. A la hora señalada llegó Mike a buscarlas, pero las chicas no estaban esperándolo. Pensó que podrían haberse demorado y se armó de paciencia. Luego de un rato intentó buscarlas por su cuenta. Ingresó al camino y gritó sus nombres. Silencio impenetrable. No le parecía normal tanto retraso. Llamó a su mujer Becky quien, a su vez, se comunicó con los Williams para decirles que las chicas habían salido de paseo y no aparecían. A las 17.30, ya bastante asustados, los familiares fueron a hacer la denuncia a la comisaría local. Los agentes comenzaron el rastreo, pero durante la madrugada debieron suspenderlo. La zona no tenía ninguna iluminación y era peligroso seguir a oscuras. Podría haber accidentes serios. A las 10 de la mañana del martes se reanudó la búsqueda. A las 12.45, el horror quedó a la vista en una zona boscosa muy cerca del arroyo y a 800 metros del puente. El jefe de bomberos moduló por radio: no había buenas noticias. A las 14.10 la policía dio una conferencia de prensa: anunció que habían encontrado dos cuerpos. El 15 de febrero, tras las autopsias, se comunicó que las halladas eran, efectivamente, las dos adolescentes desaparecidas. No dijeron mucho más. Se guardaron los detalles escabrosos. Que habían sido degolladas es algo que se sabría después. La policía no demoró demasiado en encontrar el video que Libby había hecho con el móvil. Su celular lo habían encontrado debajo de su cuerpo. No se veían imágenes violentas, pero se observaba a ese sujeto acercándose. Había una contextura y un registro auditivo con la voz del atacante. Lo que decían las chicas aterradas costaba entenderlo. Lo consiguieron mejorando el audio de la grabación. La última señal de movimiento del teléfono situaba la muerte de Libby a las 14.32. Enseguida se dedujo que ese hombre las había apuntado con un arma para obligarlas a descender del puente y atacarlas. Inferir que, inevitablemente, una de las chicas debió observar el crimen de la otra despertó el espanto. Habían muerto en el lugar donde habían sido halladas. Sin embargo, a los detectives les llamó la atención que no hallaron mucha sangre derramada en el lugar y que la escena pareciera montada: había ramas cruzadas por encima de los cuerpos. ¿Sería algo ritual o simbólico? El homicida no parecía un novato, podría ser alguien que hubiese cometido más crímenes. Si bien Libby estaba parcialmente desvestida y Abby tenía encima ropa de su amiga, los peritajes no pudieron demostrar que hubiera existido violación. Entre los dos cadáveres hallaron una bala calibre .40 que había pasado por la recámara de un arma Sig Sauer. Sería clave el día que hallaran al asesino. La bala que habla El homicida no identificado fue bautizado por la prensa y los pobladores como El hombre del puente. Los expertos no hallaron un perfil de ADN claro que pudiera identificarlo. Desesperados, los investigadores decidieron dar a conocer el breve video filmado por Libby: querían la colaboración del público. En un pueblo de menos 3.000 pobladores podría ser muy útil. Alguien podría reconocer a ese sospechoso con las manos en los bolsillos. La estrategia no funcionó. Nadie llamó a contar nada nuevo y el caso siguió estancado. Entre los sospechados del momento había un hombre, llamado Kegan Kline, que había usado una cuenta falsa en redes sociales para hablar con chicas menores. No pudieron conectarlo con el caso. Quedó descartado. No lo sabían, pero entre las muchas personas que habían testificado estaba el culpable. Es más: había ido a declarar voluntariamente. En esa entrevista sostuvo que había estado en el sendero aquel día y a la misma hora que las chicas y dijo haberse puesto un jean y una campera azules, como las del video. Ese hombre se llamaba Richard Allen y se había colocado solo en la escena del crimen. Sin embargo, su conversación con un oficial del Departamento de Recursos Naturales de Indiana -no con los detectives que llevaban adelante el caso- quedó perdida dentro del sistema policial. Se archivó como Información de testigo, dentro de otras miles de pistas recolectadas. Encima anotaron mal su nombre y escribieron Richard Allen Whiteman. Ese segundo apellido de más agregó confusión. La pista fue pasada por alto. Así de simple. El asesino degollador había quedado suelto por ineptitud policial. Seguía viviendo lo más campante entre los habitantes del pueblo que imaginaban un monstruo más lejano. En 2022, cansados de no tener ningún avance, los investigadores comenzaron a revisar el caso desde cero. Fue así que encontraron esa vieja conversación con Richard Allen. El hombre, un técnico farmacéutico de la farmacia CVS de Delphi, había llegado a vivir al pueblo con su familia en 2006. Estaba casado con Kathy y tenía una hija de 23 años que ya no vivía con ellos. Allen se había colocado en la escena de los crímenes: a esa hora y con ropa parecida. Esta vez si ulularon todas las alarmas: ¡¿cómo habían pasado por alto a este sujeto?! Pidieron una inmediata orden de registro para su casa. En la requisa del 13 de octubre del 2022 la policía encontró ropa similar a la usada por El hombre del puente y una pistola para la que Allen tenía portación legal. Era una SIG Sauer P226 calibre .40 S&W. El análisis balístico la comparó con la bala sin disparar hallada entre los cuerpos de las víctimas. Ese plomo había estado dentro del arma: coincidió ciento por ciento. Lo tenían. El 26 octubre de 2022 la policía arrestó a Richard Allen. Cuando su mujer entró a verlo al lugar donde la policía lo había interrogado, él le dijo: Vos sabés que yo no soy capaz de algo así. Kathy eligió creerle. El 28 fue acusado por los homicidios de las adolescentes. Tenía ya 50 años cumplidos. Dos días después se anunció públicamente su detención. En la conferencia estuvieron presentes las familias de las víctimas. Becky, la abuela de Libby, dijo: Hoy es el día que esperábamos desde hace casi seis años. Anna Williams, la madre de Abby, sostuvo: Abby lo merecía. Libby lo merecía. Dimos un paso hacia la justicia. Pero Kelsi German reveló que el impacto de que el capturado fuera un hombre del pueblo, tan cercano, era algo inesperado: Allen había vivido 16 años en Delphi y a solo cuatro kilómetros de donde los cuerpos fueron localizados. Mirando a cámara dijo: Da miedo pensar cuán cerca estaba. La comunidad quedó en shock. Discutían si ese tipo era el mismo que una vez había impreso gratis fotos para las pancartas de una de las familias de las víctimas en el CVS y sobre lo normales que parecían con su esposa Kathy que había trabajado como veterinaria asistente. Era un matrimonio totalmente corriente. No podían creer la noticia. En las declaraciones de 2017 la policía encontró otros testimonios interesantes: tres adolescentes habían visto a un desconocido aquel día cerca de la entrada del parque. Lo saludaron pero él no les respondió. Iba serio o enojado. La descripción que dieron de su aspecto fue la que se utilizó para el primer retrato robot que tuvo el caso. Hubo más: un conductor de la zona había visto a un hombre caminando por la ruta 300 North. Le llamó la atención porque parecía nervioso e iba muy desaliñado. Resultó, también, que el Ford Focus de Allen había sido reportado en la zona de los senderos. Nadie unió esos puntos que, ahora prestando atención, sí pudieron hilar. La policía había dejado bastante que desear. Confesiones y un amor perturbado Desde la cárcel, el detenido con prisión preventiva realizó más de sesenta conversaciones con frases incriminatorias. La mayoría a su esposa quien lo apoyó ciegamente: su detención no podía ser otra cosa que un error. En esas llamadas a Kathy o a su madre, terminó de una u otra manera confesando los crímenes. Hubo frases como soy responsable de lo que pasó o maté a Abby y Libby y comentó que había sacado el arma para controlar a las chicas. A Kathy le dijo literal: Tengo que decírtelo: yo lo hice. Sus abogados alegaron que eran confesiones bajo presión y que su cliente tenía graves problemas mentales. Los psicólogos y psiquiatras oficiales que analizaron a Allen sostuvieron que, si bien era un hombre que padecía ansiedad y depresión, estaba simulando síntomas para ser tratado por un brote psicótico grave. El juez Frank Gull desestimó cualquier posibilidad de que Richard Allen fuera un enfermo mental y lo declaró competente para ser juzgado. Durante el proceso judicial, que se llevó a cabo entre los meses de octubre y noviembre de 2024, pudo saberse más sobre lo ocurrido, aunque algunos detalles jamás fueron expuestos. El patólogo a cargo del proceso testificó que ambas víctimas habían muerto por las profundas heridas en sus cuellos y que no había encontrado signos compatibles con asalto sexual. La fiscalía planteó que Allen las obligó a bajar por la empinada colina, que las hizo caminar una tras la otra por un sendero angosto mientras él las controlaba por detrás con su arma. Luego de cinco minutos de trayecto terminaron cruzando el arroyo Deer Creek. Con el agua del arroyo helada hasta los muslos, las chicas podrían haber intentado escapar. Esto habría desordenado el plan inicial de Allen quien al perder el control de la situación las asesinó sin dudarlo. Los fiscales creen que primero atacó con un arma blanca a Abby quien casi no opuso resistencia. Tenía una única herida profunda en el cuello. Si no murió enseguida, quedó herida de muerte y pudo ver a su atacante agrediendo a Libby. Libby, en cambio, sí se resistió. Eso lo delatan las graves heridas que sufrió. También murió degollada, sin soltar nunca su celular, el que contenía la evidencia crucial. Parte de la ropa de las chicas fue encontrada en el arroyo. Libby había quedado parcialmente desvestida, lo que daba indicios sobre un móvil sexual que no pudo ser consumado. Pero en este orden de los sucesos hay algo difícil de explicar: en la ropa de Abby había sangre de Libby y eso sugeriría que tuvo contacto con su amiga cuando ella también ya estaba herida. Quizá Abby vivió unos minutos más de lo que se cree y las cosas se dieron de otra manera. También se especula que el asesino podría haber movido los cuerpos y que la sangre de una se estampara en la otra. De hecho Abby tenía puesta ropa de Libby al ser hallada. ¿Ese cambio lo había hecho Allen? El orden de sus muertes no pudo ser esclarecido de manera indubitable. La abogada del acusado, Mónica Wala, dijo que él le había confesado ser adicto al sexo y al alcohol, y que ese había sido el motivo de los crímenes. Según el medio Independent, Allen describió en su declaración cómo había cortado las gargantas de las chicas pero los detalles de los crímenes fueron debidamente resguardados para proteger a las familias de más dolor y exposición. El juicio se llevó a cabo sin la presencia de cámaras ni medios de prensa. El veredicto del jurado -compuesto por siete mujeres y cinco hombres- se dio a conocer el 11 de noviembre: culpable. El 20 de diciembre se supo la condena a 130 años de prisión. En una entrevista con ABCNews, grabada en febrero de 2025 pero emitida en agosto de ese año, Kathy dijo que, a pesar del veredicto, creía en su marido. Aseguró que él no es el monstruo que la gente piensa, que lo quiere y agregó: Nuestro sueño era envejecer juntos y lo sigue siendo. No me rindo. Hay veces que el amor se parece más a una perturbadora enfermedad que a la ternura.
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